CAPÍTULO CINCO
CAPÍTULO CINCO
El teléfono sonó cuatro veces, y con cada tono Itzel estuvo más segura de que nadie iba a contestar, y más segura, también, de que si nadie contestaba se quedaría sin el único hilo que Aurelio le había dejado. Al quinto tono se cortó el silencio.
No hubo saludo. Hubo una respiración de hombre viejo, y detrás de ella, muy lejano, el canto de un gallo y el rechinido de una hamaca. Alguien en un patio, en un pueblo, lejos del ruido de Mérida.
—Este número —dijo la voz, por fin, en español, despacio— sólo lo tenía una persona, y esa persona no me llamaría desde un teléfono de mujer. —Una pausa que pesó como una losa—. ¿Está muerto?
No era una pregunta. Itzel cerró los ojos.
—Anoche. Esta madrugada. Dicen que se ahogó.
El aire salió del otro lado del teléfono como si al hombre lo hubieran golpeado en el pecho. Cuando volvió a hablar, la voz se le había vuelto de ceniza.
—Le dije. Hace treinta años le dije, cuando era un muchacho con más curiosidad que juicio, que ese libro no era para leerse.
Que había cosas que nuestros abuelos no cerraron por ignorancia sino por sabiduría.
—Otro silencio—. Y usted. Usted es a quien le pasó las hojas antes de morir.
Por eso tiene este número. —No esperó respuesta—.
Escúcheme bien, señorita, y hágame caso como no me lo hizo él.
Queme lo que tenga. El papel, los archivos, todo.
Bórrelo de donde lo haya guardado. Olvide la palabra que leyó. Y viva muchos años.
—Me dejó un mensaje. —Itzel abrió los ojos. Su propia voz le sonó extrañamente firme—. Antes de morir. Lo escondió donde sabía que sólo yo lo encontraría. ¿Quiere saber qué decía?
—No.
— No fue el agua. —Lo dijo de todos modos, y oyó al viejo contener el aliento—.
Lo mataron, señor. Usted lo sabe. Yo lo sé.
Le tenía terror al agua y apareció ahogado en metro y medio, y vaciaron su casa con guantes y apagaron las luces al salir.
No voy a quemar nada. Voy a averiguar quién y por qué. Con su ayuda o sin ella.
El gallo cantó otra vez, lejísimos. La hamaca dejó de rechinar; el hombre se había puesto de pie.
—Entonces ya está muerta también —dijo, sin crueldad, con algo peor, con lástima—, y sólo falta que su cuerpo se entere.
—Un suspiro largo—. Pero no voy a dejar que se muera por teléfono, sin saber siquiera contra qué.
Se lo debo a él. Venga hoy. Sola. Nada de la buzo que la abrazó en el balneario esta mañana; sola.
—A Itzel se le heló la sangre: alguien la había visto ahí—.
Al atrio de la iglesia de Itzimná, a las siete, cuando salga la gente del rosario.
Un lugar con testigos y con Dios es el más seguro para hablar de estas cosas. Y traiga la libreta de su abuela.
—Yo nunca le dije que tengo una libreta de mi ab…
Pero ya había colgado.
El atrio de la iglesia de Itzimná se vació despacio a las siete y cuarto, los últimos rezanderos saliendo de dos en dos hacia la noche caliente, las señoras con el suéter al hombro por costumbre y no por frío, un vendedor de marquesitas montando su carrito bajo el laurel de la plaza.
El olor a azúcar quemada y queso de bola llegaba en oleadas.
Itzel esperó junto a la reja, la mochila cruzada al pecho, revisando cada cara, sintiéndose ridícula y sintiéndose, por debajo, cazada.
El viejo la encontró a ella. No al revés.
—No mire alrededor así —le dijo en voz baja, apareciendo a su lado como si siempre hubiera estado ahí, un hombre menudo de guayabera impecable y sombrero de jipi en la mano, la piel del color y la textura de la corteza de un chicozapote, los ojos negros y rápidos dentro de una cara de ochenta años—.
Los busca con los ojos y les avisa que sabe que están.
Camine conmigo. Despacio. Somos un abuelo y su nieta después de misa.
Caminaron por el atrio, hacia la sombra de la nave lateral, y él la tomó del brazo con una mano ligera y seca.
—Aurelio nunca me dio su nombre —dijo Itzel.
—Me llamo, para usted, don Fabián. Es suficiente.
—La miró de reojo—. Él y yo nos conocimos hace mucho, cuando yo todavía creía que a los curiosos se les podía enseñar dónde detenerse.
Aprendí que no. Se detiene el que le tiene miedo a la cosa correcta, y a los curiosos hay que enseñarles primero el miedo.
—Se detuvieron bajo un arco, a la vista de la plaza pero fuera del oído de nadie—.
Dígame qué leyó. Las hojas del final. No las de los señores y las fechas. Las otras.
—El orden de los cuatro cenotes —dijo Itzel, en voz muy baja—. La hora del cruce, el equinoccio. Y una palabra que se repite. La que mi abuela glosó como “los que bajaron”, con una nota de no decir el nombre completo después del rezo de la noche.
Don Fabián cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, algo en ellos había cambiado; ya no la miraba como a una intrusa a la que hay que espantar. La miraba con una atención nueva, casi con miedo.
—Aurelio leyó demasiado —dijo—. Eso es todo lo que pasó, y es todo lo que va a pasarle a usted.
No lo mató una fundación, ni un ladrón, ni el agua.
Lo mató leer demasiado. La fundación, el ladrón, el agua: ésos son sólo las manos.
Lo que mueve las manos es otra cosa, y tiene mil años de paciencia.
—Bajó aún más la voz—. Hay quienes cerramos las bocas, señorita.
Generación tras generación. No somos muchos, no somos ricos, no salimos en los periódicos.
Sólo sabemos el orden y la hora, como su libro, pero al revés: nosotros sabemos cómo dejarlas cerradas, y enseñamos a nuestros hijos a no querer abrirlas.
Aurelio quiso ver. Nada más. Quiso ver, y del otro lado también hay quien quiere ver, y entre los que quieren abrir por avaricia y lo que espera abajo por hambre, un viejo bueno y curioso no dura ni una noche.
—¿Qué espera abajo? —Itzel oyó su propia pregunta salir en un susurro, y odió que le temblara.
—No —dijo don Fabián—. Ésa es exactamente la pregunta que lo mató a él.
No la haga. —Le apretó el brazo—. Le voy a pedir una sola cosa, y si tiene el juicio que él no tuvo, la va a cumplir.
Deme las hojas. Todo. La copia que le dejó.
Yo sé qué hacer con ella; mi familia lleva treinta generaciones sabiendo qué hacer con cosas como ésta.
Y usted vuelve a sus glifos y sus alumnos y su vida, y en cincuenta años se muere en su cama sin saber nunca lo que se salvó de saber.
Por un instante —Itzel lo reconocería después, con vergüenza y con alivio— estuvo a punto de dárselas. El cansancio, el miedo, el olor a azúcar quemada, la voz de abuelo del viejo. Sería tan fácil. Poner la mochila en esas manos secas y volver a ser quien era ayer.
Entonces don Fabián, para convencerla, cometió su único error.
—Su abuela lo habría entendido —dijo—. Una mujer así, que escribió no decir el nombre después del rezo , sabía exactamente lo que tenía entre manos. Sabía de qué lado hay que estar. —Movió la cabeza, con un respeto genuino—. ¿Cómo se apellida usted, hija? Del lado de su abuela.
—Canul —dijo Itzel—. Se llamaba Rosa Canul. De un pueblo cerca de Valladolid, se llama…
El viejo soltó su brazo.
Fue un gesto pequeño, involuntario, como quien suelta sin querer algo que quema.
La miró de arriba abajo, la cara, los pómulos, la línea de la frente, con una intensidad que le erizó la piel, como si de golpe estuviera leyéndola a ella igual que ella leía los glifos, buscando el signo que había estado ahí todo el tiempo y que él, viejo tonto, no había querido ver.
—Rosa Canul —repitió, y la voz se le quebró en el nombre—. De Xocén. —No era pregunta—. Dios santo. Dios santo, Aurelio, ¿sabías a quién le estabas dando el libro? ¿O sólo tuviste, hasta el final, más suerte de la que merecías?
—¿Conoció a mi abuela? —El corazón de Itzel golpeaba fuerte—. ¿De qué la…?
—No le pasó las hojas a una epigrafista cualquiera.
—Don Fabián hablaba ahora consigo mismo, rápido, en un maya y español mezclados que Itzel apenas seguía—.
Se las pasó a una Canul de Xocén. A una nieta de Rosa.
—Volvió a mirarla, y en sus ojos había ahora algo que no era ni lástima ni miedo por ella, sino un principio terrible de esperanza, que era mucho peor—.
Usted no encontró este libro por casualidad, hija.
Y no la voy a poder mandar a su casa. Ya no.
Porque si la sangre de su abuela lee lo que hay en esas hojas, entonces quizá no todo esté perdido; quizá haya, todavía, una mano lo bastante firme.
—Se puso el sombrero. Su decisión, fuera cual fuera, ya estaba tomada—.
Venga. Aquí no. Nos están mirando desde hace cuatro minutos, desde ese coche que no es de nadie de esta cuadra.
Camine conmigo hacia la luz y ría, ría como si le contara un chiste, y no voltee.
Itzel rió —una risa falsa, horrible, que le raspó la garganta— y caminó del brazo del viejo hacia las luces de la plaza, hacia el carrito de marquesitas y el olor a azúcar quemada, y no volteó a ver el coche, y sintió sobre la nuca, tibia y paciente, la mirada de algo que llevaba toda la noche esperando a que ella empezara, por fin, a leer.