La Quinta Dirección CAPÍTULO CUATRO
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CAPÍTULO CUATRO

CAPÍTULO CUATRO

El balneario se llamaba El Edén y llevaba tres años cerrado, y esa mañana de julio tenía más gente adentro que en toda su última temporada de vida: dos patrullas, una camioneta de la Fiscalía, una ambulancia que ya no tenía prisa, y un puñado de curiosos apretados contra la reja oxidada, filmando con el teléfono lo que no alcanzaban a ver.

Un hombre que le tenía terror al agua estaba muerto en metro y medio de agua para niños.

—No puede pasar. —Un policía joven le puso la mano en el brazo, no con fuerza, casi con lástima—. Es escena.

—Soy… —Su voz salió rota y tuvo que empezar otra vez—. Trabajaba con él. El doctor Ferrán. Me llamaron.

El muchacho la miró, midió su cara, y algo en lo que vio le hizo aflojar la mano.

—Espere aquí. Voy a llamar al licenciado.

El licenciado resultó ser un agente del Ministerio Público de cara amable y camisa mojada de sudor bajo los brazos, que se acercó secándose las manos con una toallita y le habló con la cadencia gastada de quien ha dado demasiadas veces la misma noticia.

—¿Familiar?

—Colega. Discípula. —Itzel se obligó a mirar más allá de él, hacia el borde del cenote, donde dos peritos de camisa blanca se movían con una lentitud que le pareció obscena—. ¿Qué pasó?

—Un accidente lamentable. —Ya. La palabra ya estaba ahí, redonda, terminada, a las nueve de la mañana—.

Al parecer el señor vino solito anoche. La reja estaba forzada, quizá quiso ver el cenote, se acercó demasiado, la piedra estaba húmeda…

—Se encogió de hombros con una compasión de trámite—.

La orilla es traicionera. Un resbalón, un golpe en la cabeza, y en el agua uno se desorienta. Le pasa hasta a los jóvenes.

—Le tenía miedo al agua. —Itzel oyó su propia voz salir plana, la voz de dar clase—. No sabía nadar. No se metía ni a una alberca. En treinta años nunca lo vi acercarse a un cenote a menos de tres metros del borde. ¿Y me está diciendo que forzó una reja, de noche, solo, para asomarse a uno?

El agente la miró con una paciencia nueva, más fría.

—La gente hace cosas raras cuando no está bien, señorita. ¿Sabe si el doctor tenía problemas? ¿Tomaba? ¿Estaba deprimido? A veces uno cree que conoce a una persona…

Y ahí Itzel entendió la forma de lo que iba a pasar.

No la iban a escuchar. Ya tenían la historia, y la historia era limpia, y ella —una mujer temblando en el acotamiento— sólo podía ensuciarla.

Cualquier cosa que dijera se convertiría en la discípula está muy afectada, en no acepta la pérdida.

Vio el expediente escribirse solo. Vio la palabra accidente firmarse y archivarse y volverse, con el tiempo, verdad.

Pensó en la camioneta bajo el laurel. En el punto naranja del cigarro.

En la cara que miraba la casa iluminada con paciencia.

No dijo nada de eso. Un instinto viejo, de animal, le cerró la boca: si ellos lo mataron y a ti te vieron salir con la mochila, lo único que te mantiene viva es que no saben cuánto sabes.

—¿Puedo verlo? —preguntó en cambio.

No la dejaron acercarse a la camilla, pero desde donde estaba alcanzó a ver la forma bajo la sábana, los pies descalzos asomando.

Descalzo. Aurelio, que se ponía zapatos para bajar por el periódico.

Le habían quitado los zapatos, o nunca los trajo, o alguien quería que pareciera que se había metido al agua por su voluntad.

Detalles. Su cabeza, entrenada durante veinte años para ver el patrón que los demás no ven, empezó a coleccionar detalles a pesar de ella, contra su voluntad, como una forma de no derrumbarse: los zapatos, la reja “forzada” desde afuera con demasiada limpieza, un hombre seco por dentro en un charco para niños.

—Itzel.

La voz vino de atrás y de un solo golpe le quitó las rodillas.

Se volvió y ahí estaba Sol —Marisol Chan, el pelo todavía húmedo de la mañana, la playera del proyecto del acuífero, los ojos ya rojos— y Itzel se dejó caer contra ella sin decidirlo, y por primera vez en toda la noche larga y la mañana horrible dejó de sostenerse.

—Me enteré por Delgado —dijo Sol contra su pelo, abrazándola fuerte, meciéndola un poco como se mece a los niños—. Vine corriendo. Dios mío, Itzel. Aurelio. ¿Cómo…?

—Dicen que se cayó. —Itzel habló contra el hombro de su amiga, y sintió el olor conocido a neopreno y protector solar y café, el olor de trece años de expediciones, de noches en hamacas junto a bocas de cuevas, de la única persona a la que le confiaría su cuerpo bajo treinta metros de agua negra—.

Dicen que forzó la reja y se resbaló. Sol, él le tenía pavor al agua. Tú lo sabes. Lo sabes.

—Lo sé. —Sol se apartó lo justo para mirarla, y tenía la cara descompuesta de verdad, y ésa era la parte que Itzel no podría perdonarse después: que el dolor de Sol era real.

Que se puede querer a alguien de verdad y venderlo al mismo tiempo—.

Es una locura. Nada de esto tiene sentido.

—Le apretó las dos manos—. Oye. Oye, mírame.

No te quedes aquí sola con estos buitres.

Vente a mi casa. O yo me voy contigo. No deberías estar sola hoy.

Y Itzel estuvo a punto. Sintió las palabras subirle a la garganta, la mochila quemándole el hombro con su USB y su sobre y su diccionario de abuela: Sol, anoche vi algo.

Anoche Aurelio me enseñó un libro que no existe y me hizo prometer que no se lo dijera a nadie y ahora está muerto y creo, Sol, creo que lo mataron por eso.

Las palabras estaban ahí. Sol era el lugar natural donde ponerlas.

No traigas a nadie. Todavía no. Ni a Chan. Prométemelo.

La última cosa que Aurelio le pidió en vida.

—Gracias —dijo Itzel, y se tragó todo lo demás, y odió tener que hacerlo—. De verdad. Pero necesito… necesito estar sola un rato. Necesito ir a la casa. Alguien tiene que ver lo de sus cosas, sus papeles, antes de que…

—Claro. Claro. —Sol asintió, le acomodó un mechón detrás de la oreja, un gesto de hermana—. Pero me marcas. En cuanto llegues a tu casa me marcas, ¿sí? Cualquier hora. —Le sostuvo la mirada un segundo de más—. No quiero que andes cargando esto tú sola.

—Te marco —mintió Itzel, sin saber que mentía, creyendo que decía la verdad, y las dos mentiras —la de ella y la que no sabía que Sol le estaba diciendo— se quedaron flotando entre ellas en el aire caliente, ligeras, invisibles, como el humo de un cigarro apagándose detrás de un parabrisas.

La casa de Itzimná estaba abierta y vacía.

No saqueada: vacía. Ésa fue la obscenidad.

Un ladrón deja desorden; esto era orden.

La mesa del comedor limpia, sin una mota de polvo, sin un papel, como si nunca hubiera sostenido doce hojas de un libro imposible.

El estudio de Aurelio con los libreros intactos y el escritorio despejado.

Su laptop, ida. Sus discos, idos. El cesto de la basura, vacío y lavado.

Alguien había entrado con guantes y una lista y se había llevado exactamente lo que buscaba y nada más, y luego había pasado un trapo, y las luces —Itzel se quedó parada en la sala sintiendo el vello erizarse otra vez— las luces estaban todas apagadas.

Alguien las había apagado al salir. Un asesino ordenado que también cuidaba el recibo de la CFE.

Se sentó en el escalón de la entrada, en la casa vaciada de su maestro, con la mochila en el regazo, y por fin lloró: fuerte, feo, sin testigos, el llanto que no se había permitido delante de la policía ni delante de Sol.

Lloró por el viejo que le tenía miedo a la oscuridad por primera vez en cuarenta años y que había tenido razón en tenerlo.

Lloró de rabia. Y en algún punto, del otro lado de las lágrimas, sintió endurecerse dentro de ella una cosa fría y clara que la asustó más que la camioneta: la certeza de que no iba a soltar esto.

Que no podía. Que era la única persona en el mundo que todavía tenía las doce hojas, y por lo tanto la única que podía hacer que la muerte de Aurelio significara algo distinto de accidente.

Manejó a su departamento. Cerró con doble llave, cosa que no hacía nunca. Corrió la cortina. Y sólo entonces sacó la memoria USB del sobre y la conectó, con dedos que no le obedecían del todo.

Las carpetas estaban ahí, tal como Aurelio las había preparado: los doce folios escaneados, sus notas, el archivo con la transcripción de la palabra de su abuela. Doce imágenes.

Y una decimotercera, que ella no había visto anoche, en una carpeta suelta llamada, con el humor negro de Aurelio, sáamal. 1

La abrió. No era un folio. Era una foto tomada con el teléfono de Aurelio, mal encuadrada, temblorosa, de la pantalla de su propia computadora: la ampliación del octavo glifo, la palabra que no existía, los que bajaron.

Y encima, escrito de prisa con la app de notas y fotografiado como quien esconde un mensaje en el único lugar donde sabe que sólo buscaría la persona correcta, tres líneas en el maya torpe y cariñoso que Aurelio hablaba con acento de libro:

In waatak. Ma’ u ha’il.

Y debajo, en español, por si a ella le fallaba la lengua de su abuela en la peor mañana de su vida, la traducción que él mismo le había puesto:

Vienen por mí. No fue el agua.

Itzel se quedó mirando la pantalla mucho tiempo, en el departamento cerrado con doble llave, mientras afuera Mérida hervía bajo el mediodía y en algún lugar del norte un hombre se tomaba un café caliente esperando a que ella empezara a leer.

Después, muy despacio, sacó el teléfono. No para llamarle a Sol.

Buscó en sus contactos el número de la única persona que quedaba viva capaz de decirle si un fragmento de códice sacado del patrimonio Vandeleur era real: el número que Aurelio le había hecho jurar que no usaría salvo que él muriera.

Y por primera vez desde que sonó el teléfono de Delgado a las 6:40 de la mañana, Itzel Canul no tuvo miedo. Tuvo otra cosa. Algo que se le parecía pero que iba en dirección contraria.

sáamal — “mañana”, el día siguiente, en maya yucateco. ↩︎