La Quinta Dirección CAPÍTULO TRES — (POV Duarte)
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CAPÍTULO TRES — (POV Duarte)

CAPÍTULO TRES — (POV Duarte)

Ochenta minutos antes de que sonara el teléfono de Delgado, a tres mil kilómetros al norte, Rafael Duarte estaba de pie ante una vitrina en el tercer piso de la Fundación Vandeleur, en Cambridge, Massachusetts, tomando un café que sí estaba caliente y mirando un cascabel de oro del tamaño de una avellana.

La gente lo llamaba saqueo. Duarte prefería una palabra más honesta: custodia.

Su bisabuelo no había robado ese oro. Lo había rescatado del lodo de un pozo en un país que se despedazaba en una revolución, lo había llevado a un lugar con clima controlado y guardias y curadores, y por eso, ciento veinte años después, seguía existiendo, seguía brillando, seguía enseñándole algo a alguien.

Los objetos que se quedaron en México se habían ido a bodegas húmedas y a manos de políticos.

Los que se llevó su bisabuelo estaban aquí, intactos, bajo un cono de luz.

Díganme cuál de los dos amó más el objeto.

—Está despierto —dijo Karl desde la puerta, jefe de “adquisiciones”, un hombre grande y callado que había trabajado para gobiernos cuyos nombres no aparecían en su currículum—. El profesor. Dijo que no. Otra vez. Y hoy hablaba de ir al INAH. Con acta.

Duarte no apartó la vista del cascabel.

—¿Con acta?

—Mañana por la mañana, decía. —Karl se acercó, bajó la voz aunque no había nadie—. Y ya no tiene una sola copia. Anoche recibió visita. Una mujer. Salió con una mochila.

Ahí Duarte sí se volvió.

—¿Qué mujer?

—La que usted temía. La epigrafista. La que lee de verdad.

—Karl le pasó una tableta. En la pantalla, una foto de vigilancia, granulada, verdosa: una mujer bajando unos escalones con una mochila apretada al pecho, la cara a medias bajo la luz de una farola, una blusa blanca con flores bordadas en el cuello—.

Itzel Canul. Maya. Habla la lengua y lee los signos.

Nuestro contacto en el proyecto del acuífero la conoce.

Dice que si alguien en este hemisferio puede leer ese libro completo, es ella.

—Nuestro contacto. —Duarte devolvió la tableta sin mirar la foto una segunda vez, porque ya la había memorizado y porque hombres como él no miran dos veces delante de hombres como Karl—. ¿La buzo sigue siendo confiable?

—La buzo tiene deudas —dijo Karl— y las deudas son la forma más confiable de lealtad que existe. Sí. Nos avisará hacia dónde se mueve la Canul. No sabe para qué. Cree que protegemos el hallazgo. —Una pausa—. En cierto modo se lo cree porque en cierto modo es verdad.

Algo casi como una sonrisa cruzó la cara de Duarte, y se fue.

Caminó hasta la ventana. Abajo, el río Charles amanecía gris y ordenado entre sus dos orillas de ladrillo, un río que jamás en su vida se había tragado a un dios.

Pensó en el otro, el verde, el quieto, el de sesenta metros de boca, que sí.

Pensó en un libro de doce hojas que llevaba un siglo a treinta metros de donde él estaba parado, catalogado como objeto ritual, procedencia desconocida, esperando a la única persona capaz de decirle qué decía.

Y pensó, con el desapego administrativo que había heredado junto con el apellido, que el problema nunca había sido el profesor Ferrán.

El profesor era una puerta. Las puertas se abren o se quitan.

—El profesor va a tener un accidente —dijo Duarte, sin volverse de la ventana, en el tono con que otro hombre pediría que le subieran la calefacción—.

Algo tranquilo. Algo con agua; le queda al tema.

—Bebió el último trago de café, todavía tibio—.

Y a la señorita Canul no la tocamos. Todavía no.

La necesitamos leyendo. —Al fin se volvió, y la luz del río le dejó la cara sin edad y sin crueldad, que era lo peor de todo, porque no había nada ahí que odiar, sólo un hombre haciendo un trabajo que creía noble—.

Que lea el libro por nosotros, Karl. Que ella nos encuentre la puerta.

Y cuando la encuentre, estaremos parados detrás de ella.

Afuera, en Mérida, faltaban ochenta minutos para que amaneciera sobre un balneario cerrado y un hombre que le temía al agua. Aquí, el sol ya daba en el cascabel de oro, y lo hacía arder, callado, dentro de su vitrina.