La Quinta Dirección CAPÍTULO DOS #2
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CAPÍTULO DOS #2

—Hay una fundación —dijo Aurelio por fin, y ahora no la miraba a ella sino a las doce hojas, a su libro imposible—.

Ya te lo dije. Lo que no te dije es cuánto ofrecieron.

Ni que cuando les dije que no, el hombre —un tal Duarte, muy fino, muy suave— no se molestó.

Sonrió. Me dijo que lo entendía perfectamente, que un hallazgo así pertenece a la ciencia, y que estaba seguro de que “encontraríamos la manera”.

—Alzó los ojos—. Fue el “encontraríamos” lo que no me dejó dormir.

Como si ya supiera cómo termina esto y sólo estuviera esperando a que yo llegara.

—Entonces no se lo des. —Itzel cerró la libreta de su abuela—.

Guarda las fotos. Repórtalo al INAH mañana, con testigos, con acta.

Que sea del Estado, que sea de la gente, que sea de cualquiera menos de un cuarto con temperatura controlada en Massachusetts.

—Se oyó decirlo y se oyó, por debajo, la clase que daba: extracción, no descubrimiento. Sólo que esta vez no era una clase.

—Sí. —Aurelio asintió, demasiadas veces—.

Sí. Mañana. —Empujó hacia ella un sobre grueso y una memoria USB—.

Pero esta noche te llevas tú una copia. Todo.

Las doce hojas, mis notas, tu palabra de abuela.

No —levantó la mano cuando ella empezó a protestar—.

No discutas conmigo, Itzel. Soy un viejo con una casa llena de luces prendidas porque tengo miedo de la oscuridad por primera vez en cuarenta años.

Concédeme esto. Dos copias en dos ciudades es más difícil de borrar que una.

Pensó en Sol entonces. Fue un reflejo, casi tierno: si esto de verdad llevaba a los cenotes, a algo bajo el agua, no había una sola persona en la Tierra en quien confiara más para bajar que Marisol Chan, que buceaba las cuevas inundadas del acuífero como si hubiera nacido con branquias y que le debía a Itzel trece años de una amistad que había sobrevivido a todo.

Casi sacó el teléfono. Casi le escribió tienes que ver esto.

—No traigas a nadie —dijo Aurelio, leyéndole la cara, porque siempre había sabido leerla—. Todavía no. Ni a Chan. A nadie. Una boca más es una filtración más. —Le sostuvo la mirada—. Prométemelo.

—Te lo prometo —dijo ella, y guardó el sobre y la USB en la mochila, junto al diccionario de su abuela, y no le escribió a Sol.

Ojalá, muchas veces, en los días que vinieron, haber roto esa promesa por la razón equivocada.

En la puerta, Aurelio se detuvo, y por primera vez en quince años pareció no saber qué hacer con las manos.

—Itzel. —Carraspeó—. Si esto se pusiera feo.

Si mañana yo no estuviera para… —Se interrumpió, molesto consigo mismo—.

Lo voy a decir mal, porque estas cosas no las sé decir, y a mi edad ya no las voy a aprender.

No tuve hijos. Lo sabes. Y los estudiantes son de uno un rato y luego se van, que así debe ser, así está bien.

—Miró hacia la sala iluminada a sus espaldas, la casa entera encendida contra la oscuridad—.

Pero tú no te fuiste. Tú te quedaste quince años discutiéndome un sufijo.

—La miró, y tenía los ojos húmedos, y fingió que era el desvelo—.

Sólo quería que lo supieras esta noche, antes de que leamos este libro y todo se ponga solemne y ya no haya modo de decir una cosa así sin que suene a testamento.

Ya. Lo dije. No pongas esa cara de vasija rota.

Itzel, que tampoco sabía decir estas cosas —lo había aprendido de él—, hizo lo único que supo hacer: le dijo que era un viejo cursi, y que al día siguiente, cuando terminaran de leer, le iba a cobrar esa frase con la peor tanda de correcciones en tinta verde de toda su vida.

Aurelio soltó una carcajada, sorprendido, agradecido.

Fue la última vez que Itzel lo oyó reír.

Le puso entonces las dos manos en los hombros, un gesto que no le había hecho nunca, y le dijo, en el maya torpe y cariñoso que hablaba con acento de libro: sáamal.

Mañana. Y ella le contestó sáamal, y bajó los escalones con el olor a cochinita todavía en la bolsa que había olvidado dársela, y ya no hubo un mañana en que dársela.

El coche seguía bajo el laurel del otro lado de la calle.

Una camioneta, en realidad, oscura, nueva, con placas que no alcanzó a leer.

Al pasar junto a ella con la mochila apretada contra el pecho, Itzel vio el punto naranja de un cigarro encenderse detrás del parabrisas, iluminar un instante una cara que no la miraba a ella —que miraba, con paciencia, la casa iluminada— y apagarse.

No corrió. Se obligó a no correr. Metió la llave, arrancó, y manejó las doce cuadras a su departamento revisando el retrovisor, diciéndose que era una arqueóloga cansada asustada por un fumador y una casa con demasiadas luces.

A las 6:40 de la mañana la llamó Delgado, llorando, para decirle que a Aurelio lo habían encontrado en el cenote de un balneario cerrado a las afueras de Mérida, un cenote turístico de metro y medio de fondo al que un hombre que le temía al agua no tenía ninguna razón para entrar, boca abajo, ahogado, y que la policía ya había escrito la palabra accidente antes de terminar de sacarlo.

Y la casa de Itzimná, cuando Itzel llegó, tenía todas las luces apagadas y la mesa del comedor limpia, vacía, sin una sola hoja de un libro que ninguna persona viva había leído.

píib — horno excavado bajo tierra donde se cuecen, envueltos en hoja de plátano, platillos como la cochinita, a la manera antigua. ↩︎

chi’ich’ — pájaro; en sentido figurado, persona que se alborota o se asusta con facilidad. ↩︎