La Quinta Dirección CAPÍTULO DOS
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CAPÍTULO DOS

CAPÍTULO DOS

La casa de Itzimná tenía las luces encendidas a las nueve y media de la noche, y eso, más que ninguna otra cosa, fue lo que le apretó el estómago a Itzel.

Aurelio apagaba las luces. Era un hombre que había crecido pobre en Peto y nunca había dejado de sentir cada foco encendido como una moneda ardiendo.

Verlas todas prendidas, la casa entera brillando entre las buganvilias como una vitrina, fue como llegar a un velorio antes de que hubiera un muerto.

Tocó. Los pasos de Aurelio llegaron demasiado rápido, como si hubiera estado esperando del otro lado de la madera.

—Trajiste el diccionario —dijo él, en lugar de saludar, mirando la mochila y no su cara.

—Traje cochinita. El diccionario también. Buenas noches a ti también, Aurelio.

Él se rió, y por un segundo fue otra vez el hombre que le había enseñado a leer el tiempo maya en un salón sin aire acondicionado quince años atrás: los ojos vivos, la barba blanca mal recortada, la camisa de lino arrugada como un mapa.

Luego se asomó por encima del hombro de ella, a la calle, al coche bajo el laurel, a las sombras de las buganvilias, y el otro hombre volvió: el de esa mañana, el asustado.

—Pasa. Rápido.

La casa de Itzimná era, por dentro, el desorden ordenado de toda la vida de Aurelio: libreros que se combaban bajo el peso de tesis que nadie más iba a leer, una hamaca que usaba de sillón, ceniceros que fingían no ser ceniceros porque el médico le había prohibido fumar hacía una década y él obedecía a medias, y por todas partes, en las paredes, las fotografías de sus excavaciones de hacía cuarenta años: él joven y flaco y feliz junto a estelas que ahora estaban tras vidrio en museos de tres continentes.

Itzel conocía cada rincón. Había aprendido la mitad de lo que sabía en esa sala, discutiendo hasta la madrugada sobre un afijo mientras Aurelio le servía un café malísimo del que estaba orgulloso —“el café bueno es para gente que no tiene nada urgente que pensar”— y se negaba a darle la razón aunque la tuviera, por puro deporte.

Esta noche la sala era la misma y era otra.

Estaba demasiado iluminada, para empezar.

Y Aurelio se movía distinto: caminaba mirando de reojo la ventana, y cada pocos minutos ladeaba la cabeza hacia la calle como un animal que ha oído algo que los demás no.

En la cocina, la cafetera vieja borboteaba su brebaje imposible.

Le temblaban un poco las manos, y él lo sabía, y las metía en los bolsillos para que ella no lo viera, y ella lo veía.

Y aun así había cumplido su promesa tonta del teléfono.

La cafetera acababa de terminar su brebaje imposible de siempre —Aurelio no había hecho un café bebible en su vida, y lo defendía como una postura moral—, pero por una vez lo había hecho fresco, calientito, esperándola, y no el resto helado de la jarra de la mañana que le servía cualquier otro día.

Yo pongo café que no esté frío, le había dicho por teléfono, como quien promete una nimiedad.

Y lo había puesto. A Itzel, ese detalle —un viejo terco calentando a tiempo un café malo para que su discípula no lo tomara frío— le apretó la garganta más que las luces prendidas, porque era la única clase de ternura que Aurelio sabía decir con las manos y nunca con la boca.

—Te ves fatal —le dijo Itzel, porque entre ellos la ternura siempre había ido disfrazada de grosería.

—Tú también, y yo tengo la excusa de setenta y un años y un cuarto códice —contestó él, y por un segundo fue otra vez sólo Aurelio, y a los dos les sirvió de algo—. Deja la comida ahí. Ven. Antes de que me arrepienta de haberte llamado, o de no haber llamado a nadie.

La mesa del comedor estaba cubierta de papeles.

No los códices reales —esos vivían bajo vidrio y bajo llave, y Aurelio lo sabía mejor que nadie—, sino impresiones de altísima resolución, hoja por hoja, ampliadas hasta que el papel de corteza de mil años se veía poroso como piel.

Doce hojas. Un libro completo. Alguien lo había fotografiado con equipo de museo y se lo había mandado a Aurelio sin una sola palabra de quién ni por qué.

—Doce folios —dijo Itzel, dejando la bolsa de comida en la única silla libre—. El Dresde tiene treinta y nueve. El de Madrid, cincuenta y seis. ¿Doce? Es un fragmento.

—Es lo que sobrevivió. —Aurelio le puso café en las manos, del que no estaba frío, y ella lo aceptó sin darse cuenta de que lo hacía—. O es lo que decidieron salvar. Mira el orden, Itzel. No lees esto como un almanaque. Lo lees como una carta que alguien escribió sabiendo que iba a ser la última.

Se sentó. Y a pesar del coche en la calle, a pesar del estómago, a pesar de todo, en el momento en que sus ojos cayeron sobre la primera columna el mundo se estrechó hasta el tamaño de un glifo, como le pasaba siempre, como le había pasado desde niña cuando su abuela le señalaba las figuras de una vasija y le decía esto no es un dibujo, m’ija, es una boca que todavía habla.

Leyó. Aurelio la dejó leer sin interrumpir, que era su forma de quererla.

Las primeras hojas eran, en efecto, casi ordinarias: la consagración de una estructura, fechas en cuenta larga, los nombres-emblema de señores de una Chichén que se llamaba a sí misma con un glifo que ella no había visto fuera de las estelas.

Pero a la cuarta hoja el texto cambiaba de registro.

Dejaba de contar hacia afuera, hacia el pueblo, y empezaba a hablar hacia adentro, a una sola persona, en segunda persona, con la intimidad terrible de una instrucción.

Cuando el cielo haya olvidado, leyó, y sintió el vello de los brazos otra vez. Cuando una mano firme encuentre estas hojas. El orden de las cuatro bocas. La hora del cruce.

—Aquí —dijo en voz alta, y su dedo se detuvo sin tocar el papel, a un centímetro, como su abuela le había enseñado a señalar lo sagrado—.

Cuatro topónimos. No son lugares cualesquiera.

Norte, poniente, sur, oriente. —Levantó la vista—.

Aurelio, son los cuatro cenotes. Los que rodean El Castillo en los puntos cardinales.

Y este verbo… no es “visitar”. Es abrir. Ábrelos en este orden.

—Sigue.

—“La hora del cruce.” —Frunció el ceño. Pasó a la siguiente hoja, y a la siguiente—.

Hay un signo astronómico aquí, repetido.

La banda del cielo cruzando el… —se detuvo.

Volvió atrás. Volvió a mirar—. Es un equinoccio.

Está describiendo el día en que la sombra baja por la escalera del Castillo.

El día en que Kukulcán “entra en la tierra”.

—Su propia voz le sonó lejana—. Todo esto está construido alrededor de un solo día del año.

Aurelio se rió, bajito, y por un instante el miedo se le cayó de la cara como una máscara mal puesta y quedó debajo el otro Aurelio, el de las fotografías, el que amaba esto más que a su propia prudencia y —ella se lo había reprochado una vez, enojada, y él lo había tomado por un elogio— más que a su propia vida.

—¿Te das cuenta de lo que estamos haciendo?

—dijo, y le tembló la voz, pero esta vez de gozo, no de miedo—.

Cuatro personas, en toda la historia, han leído estos signos, Itzel.

Tres se murieron hace mil años. Y la cuarta es una muchacha de un pueblo cerca de Valladolid a la que un viejo tonto sacó de la última fila de un salón porque leía mejor que sus libros.

—Le puso la mano seca sobre la de ella, sobre la mesa—.

Todo lo que te enseñé fue para esta noche.

No lo sabía. Uno enseña cuarenta años sin tener idea de para qué, y una madrugada, de golpe, se entera.

Valió la pena, ¿sabes? Todo. Aunque no leyéramos una sílaba más.

Sólo por estar sentado aquí contigo, viéndote leer esto. Valió la pena la vida entera.

Se le quebró en la última palabra, y carraspeó, y volvió a ponerse la máscara del miedo, porque el gozo, a su edad y esa noche, daba más vértigo que el terror.

Pero Itzel alcanzó a verlo entero un segundo —feliz, orgulloso, vivo— y no lo olvidaría nunca, y en los años que vinieron no supo si agradecer o maldecir haberlo visto así justo antes.

—Y ahora la última parte —dijo Aurelio, muy quedo—. La que no está en ningún diccionario que yo tenga.

El último tercio del libro era distinto hasta en la mano que lo había trazado.

Los primeros escribas —porque eran varios, ella lo veía en los trazos— escribían con la seguridad de funcionarios.

Este último escribía como un hombre con la mano temblando.

Los glifos se apretaban, se repetían, perdían la elegancia.

Y entre ellos, una y otra vez, volvía el octavo signo.

El que no existía. El que ella había pronunciado esa mañana y había hecho —no, no había hecho, se dijo, no seas chi’ich 2 — que se detuviera el ventilador.

Sacó el diccionario de su abuela. No era un diccionario de universidad.

Era una libreta de tapas de hule reventadas por la humedad, llena de la letra apretada de una mujer que nunca fue a la escuela y que sabía más maya que cualquier doctor que Itzel hubiera conocido.

Palabras que las abuelas se pasaban y los libros no recogían.

Palabras para cosas que la gente educada había decidido no seguir nombrando.

Buscó las tres sílabas. Pasó las hojas con cuidado, porque el hule se desprendía en escamas, y llegó a la página, y encontró la palabra escrita con la letra de su abuela, y al lado, en español, la glosa de una anciana que llevaba doce años muerta.

Se quedó mirándola mucho tiempo.

—¿Qué? —dijo Aurelio—. ¿Qué dice?

—Dice —Itzel tragó— “los que bajaron”. —Levantó la vista—. Y abajo mi abuela escribió una nota para sí misma. Dice: no es cuento. No decir el nombre completo después del rezo de la noche.

El café se enfrió otra vez entre las manos de Aurelio. Afuera, un coche que no arrancaba siguió sin arrancar, ocupando su lugar bajo la noche de Itzimná con la paciencia de algo que no tenía prisa.