La Quinta Dirección CAPÍTULO UNO #2
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CAPÍTULO UNO #2

Lo que vino después fue una pelea de tres años que Itzel sólo entendió mucho tiempo más tarde, cuando supo cuántas veces Aurelio la había peleado sin decírselo: contra un comité que quería reprobar a “la india que adivina”, contra colegas que le concedían el oído pero no el método, contra su propia timidez de pueblo.

Él le corregía las tesinas en tinta verde, nunca roja —“el rojo es para matar, m’ija, el verde es para crecer”—, y le regalaba libros carísimos que decía haber encontrado “repetidos” en su biblioteca, y que ella supo, años después, que compraba de a dos a propósito.

Le enseñó el corpus entero y, en la misma respiración, le enseñó a desconfiar de él.

Le enseñó a fiarse de su oído, que era el de su abuela, que era el de mil años.

Era viudo —Marta se había muerto joven, sin dejarle hijos— y había hecho de sus estudiantes la familia que no tuvo, y de Itzel, sobre todo, la hija con la que se podía pelear sobre un sufijo hasta las dos de la mañana.

Todo lo que Itzel era, lo era porque un viejo solo había decidido un martes cualquiera que una muchacha de un pueblo cerca de Valladolid leía mejor que sus libros.

Con los años, la pelea se volvió costumbre, y la costumbre, sin que ninguno lo dijera nunca, se volvió familia.

Los jueves —jueves y no otro día, porque Aurelio le tenía a la rutina el mismo respeto supersticioso que a los glifos— Itzel llegaba a la casa de Itzimná con comida de una fonda distinta cada semana, un concurso privado que llevaban trece años sin declarar ganador: los panuchos de una señora del mercado de Santiago, la sopa de lima que sabía casi a la de su madre, los salbutes de una esquina de la Ermita, el papadzul que él juraba que era “comida de dioses aburridos” hasta que se comía tres.

Comían en la mesa de los papeles, apartando calcas de estelas para no mancharlas de recado, discutían un sufijo hasta que el café malísimo se enfriaba en las tazas, y a la medianoche él la corría —“vete, m’ija, que mañana los dos tenemos que fingir que somos gente seria”—, pero no la dejaba salir sin un táper de sobras, porque una arqueóloga flaca, decía, lee mal.

De todos esos jueves y todos esos años, el que Itzel guardaba más hondo era de un mes de muertos.

El primer Hanal Pixán 4 después de que se murió su abuela, Itzel no quiso poner altar: le parecía, con su cabeza recién estrenada de universidad, una cosa de pueblo que ella ya había dejado atrás.

Y Aurelio —el hombre que en clase reducía a los dioses a “la forma que un pueblo le da a su miedo”, el escéptico más fino que ella conocería jamás— se apareció en su departamento un treinta y uno de octubre con un mucbipollo 5 tibio envuelto en hoja de plátano, que había ido a sacar de un píib de verdad hasta un pueblo del sur, y una veladora, y una foto despintada de su Marta, y le dijo, sin darle opción: “Yo no creo que vengan, Itzel. Tú tampoco tienes que creerlo. Pero se pone la mesa igual. No por ellos: por uno. Para acordarse de que existieron con el cuerpo, y no nada más con la cabeza.” Montaron entre los dos un altar torpe sobre el mosaico —la abuela de ella y la esposa de él, dos muertos que no se conocieron compartiendo un mantel de flores de plástico—, encendieron las velas, sirvieron saká 6 y un poco de mucbipollo en dos platos hacia los cuatro rumbos, y el viejo que no creía se quedó callado un rato largo mirando la llama, y al final dijo nada más “híjole”, muy bajo, y a Itzel le bastó esa palabra para medir el hueco del tamaño de veinte años que le había dejado su mujer.

Cada Hanal Pixán, desde ése, lo pasaron juntos.

Era lo más cerca de la fe que los dos se permitían: ponerles comida a los muertos y jurar, mirándose de reojo, que era sólo por costumbre.

Le había enseñado el corpus entero, sí. Pero también le había enseñado eso, que resultaría ser lo único que de verdad le serviría: que a los muertos se les pone la mesa.

De pie en su cocina, con el café frío en la mano y el huipil a medio poner, Itzel todavía no sabía que en menos de un año iba a tener que ponérsela a él.

Y ahora ese mismo viejo tenía la casa llena de luces prendidas y miedo en la voz, y le pedía que le llevara el diccionario de su abuela. A Itzel se le apretó en el pecho algo que no supo nombrar, y que era —aunque todavía no lo supiera— la última vez en su vida que iba a poder ir a salvarlo.

Itzel se quedó un rato de pie en el aire que giraba del ventilador, el huipil a medio poner, el café frío entibiándose en su mano, mirando una palabra que su lengua había guardado durante mil años y jamás había dicho en voz alta hasta esa mañana, cuando dos personas que debían saberlo mejor la habían dicho, cada una, dos veces.

Afuera, las campanas de la iglesia de Itzimná dieron la hora, y en algún lugar bajo el Yucatán —bajo los caminos blancos y las aldeas ahogadas y la gran pirámide donde el dios baja por la escalera en los días que giran y se desliza dentro de la tierra— una quietud que se había sostenido diez siglos sintió, muy levemente, la manera en que el agua siente una mano suspendida un aliento sobre su superficie.

Ella todavía no lo sabía.

Y tampoco sabía lo que Aurelio acababa de decirle sin decírselo del todo: que al fondo de ese libro no había una respuesta esperándola, sino una pregunta —la más vieja de todas, la que ningún hombre ha contestado y ninguno ha conseguido dejar de hacerse—, y que ella acababa de empezar, sin querer, a hacérsela.

Terminó de meter el brazo en la manga, fue a buscar el diccionario de su abuela y empezó, sin proponérselo, a leer demasiado.

chi’ich’ — pájaro; en sentido figurado, persona que se alborota o se asusta con facilidad. ↩︎

huipil — vestido tradicional de las mujeres mayas, de manta blanca con flores bordadas en el cuello y el ruedo. ↩︎

píib — horno excavado bajo tierra donde se cuecen, envueltos en hoja de plátano, platillos como la cochinita, a la manera antigua. ↩︎

Hanal Pixán — “comida de las ánimas” en maya; la celebración yucateca de los días de muertos, en la que se levanta un altar y se ofrenda a los difuntos la comida que amaron en vida. ↩︎

mucbipollo (o pib ) — gran tamal de maíz relleno de pollo y cerdo, cocido bajo tierra en el píib; se prepara especialmente para el Hanal Pixán. ↩︎

saká — bebida ritual de maíz cocido sin cal, que se ofrece a los muertos, a las cruces y a los dueños de la tierra. ↩︎