Capítulo 33
Aura
Todo lo que había organizado mi futura suegra para el bautizo era una minucia en comparación con lo que estaba preparando para la boda.
Ahí sí que ni su hijo ni yo metimos las narices: que hiciera y deshiciera lo que le diera la gana.
La única condición que pusimos fue que no queríamos una boda multitudinaria, sino algo íntimo, prácticamente con las mismas personas que habían estado en el bautizo.
A Isabel le pareció perfecto y nos aseguró que, por su parte, tampoco pensaba invitar a nadie más.
En cuanto sus amigas se enteraron del escándalo que había protagonizado su marido y de que se habían separado, muchas le dieron la espalda creyendo que se había quedado arruinada, cuando la realidad era muy distinta.
Isabel simplemente decidió que no necesitaba seguir viviendo en una casa tan grande y cargada de malos recuerdos, así que la vendió y compró otra más pequeña.
Cuando aquellas mujeres descubrieron que todo lo que habían supuesto era mentira, intentaron retomar el contacto con ella, pero mi suegra ya había abierto los ojos respecto a todas.
Las apartó de su vida sin ningún miramiento y les dejó claro que, si no habían estado a su lado cuando las necesitó, ahora solo quería cerca a su familia y a las amistades que había ido haciendo en su nueva vida.
Elegir el vestido fue bastante rápido porque tenía clarísimo lo que quería. Nada estrambótico ni demasiado pomposo, sino algo sencillo, pero con un punto sexy que sabía que volvería loco a mi futuro esposo. Y lo encontré.
Aquel era el día en el que por fin nos daríamos el «sí, quiero».
La noche anterior me había ido a dormir a casa de mi hermana con Sofía, mientras mi suegra se instalaba en la nuestra para que Daniel y yo no nos viéramos antes de la ceremonia.
Había pasado ya un año desde que nos comprometimos, tiempo más que suficiente para organizarlo todo con tranquilidad.
Por supuestísimo, de mi peinado y maquillaje se encargaron mis chicas. Sandra se ocupó del pelo y Davinia, del maquillaje. Ella y Mariola serían, además, mis damas de honor.
Habíamos decidido casarnos por la mañana para disfrutar de todo el día con la familia y reservarnos la noche para nosotros solos, así que Marquitos nos casaría a las doce.
Saúl llevaría los anillos y las dos niñas, que ya empezaban a dar sus primeros pasitos, se encargarían de las arras acompañadas por mi hermana.
No había permitido que nadie viera mi vestido. Ni mis amigas, ni Marta, ni absolutamente nadie. Lo elegí yo sola un día en el que dije que iba al gimnasio y también acudí sola a todas las pruebas. Os puede parecer raro, pero qué queréis que os diga, soy así. Rara y poco común.
Por eso, cuando abrí la funda y lo vieron, se quedaron con la boca abierta.
Mi vestido de novia no era precisamente convencional, pero fue el que me llamó la atención en cuanto entré en la tienda.
Tenía un escote en V que bajaba casi hasta el ombligo, con un tul muy fino que unía ambos lados para mantenerlo en su sitio, y dejaba la espalda completamente descubierta.
En la cintura llevaba un delicado cinturón de pedrería que daba paso a una falda larga y estrecha con una abertura en la pierna derecha que quedaba al descubierto al caminar.
Había elegido unas sandalias blancas de tiras, con una pequeña plataforma y tacón cuadrado, para que las piernas se me cansaran lo menos posible. En el pelo no llevaba ningún adorno, solo mis rizos bien definidos y recogidos en una especie de moño informal formado por varias trenzas.
El maquillaje tampoco era recargado. Davinia me había ahumado ligeramente los ojos en tonos tierra, había aplicado máscara de pestañas y, eso sí, me pintó los labios de rojo porque sabía que me hacían sentir poderosa. También llevaba la manicura y la pedicura francesas.
—No se puede estar más bonita que tú, te lo prometo —dijo mi hermana.
—Oye, que tú también ibas muy guapa el día de tu boda.
—Sí, pero eso no tiene nada que ver con cómo vas tú. Verás cuando te vea Daniel. Va a flipar.
—Eso espero, porque lo he elegido todo pensando en él.
Salimos de la habitación en la que me había estado arreglando y, cuando mi cuñado me vio, se le escaparon un par de lágrimas. Raúl sería quien me llevaría al altar y verlo emocionarse consiguió que a mí también se me llenaran los ojos.
—Aura, si tu madre pudiera verte… Estaría tan orgullosa de ti, de la mujer en la que te has convertido y de cómo has luchado siempre por tu familia, por todos nosotros…
Tragué saliva para contener las lágrimas.
—Ella me está viendo, estoy completamente segura. Desde donde esté, seguro que está sonriendo al vernos así, con nuestras propias familias, pero siempre juntos.
—Seguro que sí. Y estoy convencida de que también estaría feliz de verte con Daniel, porque te merecías encontrar a alguien con quien compartir todo esto —añadió mi hermana.
Mis niñas ya estaban vestidas y esperaban sentadas en sus cochecitos. Almudena llevaría el de Sofía y Marta, el de Martina. Cuando bajamos, descubrí otra de las sorpresas de mi suegra: había contratado un coche de caballos decorado con flores que combinaban con mi ramo.
Al llegar a la iglesia ya estaban allí nuestros amigos, además de mi prometido y mi suegra, que nos esperaban dentro.
Cuando Daniel me vio bajar del coche de caballos y pudo fijarse bien en mi vestido, abrió la boca sorprendido.
Supe entonces que había conseguido exactamente lo que pretendía porque, desde luego, no esperaba verme vestida de aquella manera.
—Te juro que así es como menos me esperaba verte. Estás preciosa, y me quedo corto —me dijo cuando llegué a su altura.
—Tú tampoco estás nada mal, guapo.
—Venga, dejaos de ñoñerías, que todos tenemos ganas de irnos a comer ya. Porque, si la boda es como el bautizo, me voy a poner como el Kiko —soltó Marcos, consiguiendo que todos nos echáramos a reír.
La ceremonia fue preciosa. Mi suegra había contratado incluso un coro, aunque no uno de iglesia al uso, sino uno con marcado aire gaditano que consiguió darle a la celebración exactamente ese punto diferente que tanto nos gustaba.
Ninguno sabíamos que Isabel hubiera preparado aquello y fue otra de las sorpresas del día.
Después llegó el momento de nuestros votos, que habíamos escrito por separado y cuyo contenido ninguno conocía. Reconozco que estaba nerviosa por escuchar lo que Daniel había preparado y todavía más por tener que decir lo mío delante de todos.
Él tomó mis manos.
—Aura, desde el momento en el que te conocí de verdad, y no me refiero precisamente a aquel encontronazo en la administración de lotería, supe que eras diferente.
Han sucedido muchas cosas antes de llegar hasta aquí, pero volvería a pasar por todas si el resultado fuera este: compartir mi vida contigo y con nuestra familia.
»Porque, además, ya te aviso de que no pienso conformarme solo con Sofía. Así que quiero preguntártelo delante de todos: ¿quieres seguir siendo mi compañera, mi familia y, desde hoy, también mi mujer?
Sonreí antes de responder.
—Daniel, aquella quiniela tuvo la culpa de que hoy estemos aquí y le agradeceré toda la vida a Saúl que aquella mañana me insistiera para que fuera a comprobarla.
»Si no hubiera entrado en aquella administración, si no me hubiera tropezado contigo y si nuestros boletos no hubieran acabado mezclados por el suelo, probablemente ninguno de los dos estaría viviendo todo esto.
»Así que sí, quiero seguir compartiendo contigo todo lo que venga. ¿Quieres ser mi marido?
Daniel sonrió y me apretó las manos.
Marcos esperó a que termináramos nuestros votos antes de continuar con la ceremonia y, cuando llegó el momento adecuado, tampoco pudo resistirse a soltar una de las suyas.
—Bueno, pues después de escuchar a estos dos creo que nos ha quedado bastante claro que han venido voluntariamente y que se quieren. Vamos a terminar como Dios manda y después ya podremos irnos todos a comer, que algunos llevamos desde el bautizo esperando esta boda.
Señaló su reloj y consiguió que volviéramos a reír.
De verdad que todavía no entendía cómo aquel hombre, que de joven había ligado como si no hubiera un mañana y no dejaba títere con cabeza, había terminado vistiendo una sotana.
Por mucho que se lo había preguntado, nunca soltaba prenda.
Todo parecía indicar que algún desengaño amoroso había tenido bastante que ver con que acabara acercándose a la fe, pero él jamás me lo había confirmado y, mientras no lo hiciera, no dejaba de ser una de nuestras teorías.
Después de la ceremonia nos fuimos al restaurante donde celebraríamos la boda y decidimos hacer allí las fotos. La terraza tenía el mar de fondo y unos jardines preciosos, además de espacio suficiente para que todos los nuestros pudieran participar.
Como ya os he dicho, no quería una boda típica y tampoco quería unas fotografías de catálogo en las que todos estuviéramos tiesos mirando a cámara.
No os podéis imaginar lo bien que lo pasamos haciéndolas ni lo divertidas que quedaron.
Mi favorita terminó siendo una de Mariola, en zapatillas de deporte, saltando con Saúl en el castillo hinchable que Isabel había contratado para los niños.
Si hubiéramos intentado planear algo mejor, os prometo que no nos habría salido. Estábamos exactamente los que queríamos que estuvieran, ni uno más ni uno menos, y celebramos nuestra boda justo como nos apetecía: rodeados de nuestra gente y sin tener que aparentar nada para nadie.