La quiniela que nos unió Capítulo 32
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Capítulo 32

Daniel

Nuestra vida en familia nos estaba resultando mucho más fácil de lo que habíamos imaginado. La peque no podía ser más buena: se tomaba el último biberón sobre las doce y media de la noche y, la mayoría de las veces no pedía el siguiente hasta las seis y media o las siete de la mañana.

Aura había intentado darle el pecho durante los primeros días, pero Sofía no parecía quedarse satisfecha y nos preocupaba que no estuviera tomando suficiente. Después de hablarlo con el pediatra, empezamos a complementar las tomas con leche de fórmula mientras veíamos cómo evolucionaba todo.

Finalmente, mi chica decidió pasar por completo al biberón y, como aquella iba a ser la forma en la que alimentaríamos a la niña, consultó con el médico para que le indicara cómo proceder con la lactancia.

Sofía había recuperado estupendamente el peso del nacimiento y seguía creciendo a buen ritmo, que era lo único que nos importaba.

Aquel día era el bautizo de las dos niñas.

Martina tenía ya cuatro meses y Sofía cumpliría un mes en apenas unos días.

Mi madre se había encargado prácticamente de toda la organización y nosotros nos limitamos a elegir la iglesia, porque las hermanas querían que fuera la de la Palma, donde se habían casado Raúl y Marta y también habían bautizado a Saúl.

Con Isabel al mando, lo más sensato era dejarla hacer y disfrutar del resultado.

Cuando hablamos con el padre Marcos y le contamos quiénes serían los padrinos, no puso ninguna pega a que Mariola fuera la madrina de Sofía.

Aura había llegado a preguntarle directamente por el tema porque había escuchado alguna que otra historia sobre situaciones parecidas y prefería dejarlo todo claro desde el principio.

—¿Ya estáis todos listos? —nos preguntó cuando llegamos a la iglesia.

—Nosotros, sí. Pero no sé si el resto de los padres estarán —respondió Aura, que lo conocía desde pequeña.

—Ay, Aurita, corazón, ¿todavía no te has dado cuenta de que hoy solo se van a bautizar las niñas de tu familia? Desde luego, sigues con la misma torrija encima que cuando eras pequeña —le dijo el cura entre risas.

—Mira, Marquitos, que no quiero recordarte que a ti, de pequeño, te llamaban el Alfajor, del polvorón que tenías encima.

Todos rompimos a reír.

Yo estaba nervioso, pero no precisamente por el bautizo, porque sabía que aquello saldría bien. Lo que me tenía el estómago encogido era la sorpresa que había preparado para Aura y no tenía ni idea de cómo iba a terminar.

Solo contemplaba dos posibilidades: que todo saliera a pedir de boca, como esperaba, o que mi chica me enviara de excursión a las canteras. Traducido a un lenguaje más comprensible, que me pegara una patada en el culo delante de toda la familia.

Entramos en la iglesia y la ceremonia resultó tan bonita como habíamos imaginado, aunque con el padre Marcos era imposible que fuera completamente solemne.

Mi novia lo llamaba Marquitos porque habían ido juntos al colegio y él aprovechó la confianza para soltar algún que otro comentario dirigido a ella que consiguió arrancarnos más de una carcajada.

La celebración sería en un restaurante cercano en el que, según Aura, se comía de miedo.

Seríamos unas veinte personas entre familia y amigos, más o menos lo que habíamos previsto desde el principio.

El padre Marcos también se vino con nosotros después de que Marta y Aura insistieran en que no aceptaban un no por respuesta.

—¿Tú cuándo te vas a decidir a ponerle un anillo a la madre de tu hija, bribón? —me preguntó mientras caminábamos hacia el restaurante.

Tuve que contener la sonrisa.

—Uy, padre, más pronto de lo que se imagina…

—Ni me hables de usted ni me llames padre, que me haces sentir un viejuno. Para mis amigos sigo siendo Marcos y, por supuesto, todos me tutean.

—Debe ser la costumbre de haber estudiado en un colegio de curas.

—Será eso, pero, como yo estudié en uno de monjas, no te lo voy a permitir.

Solté una carcajada y seguimos andando. Si aquel hombre sospechaba algo por mi respuesta, tuvo la delicadeza de no preguntar.

En cuanto llegamos al restaurante descubrimos que mi madre, una vez más, había tirado la casa por la ventana.

Como hacía buen tiempo, había organizado el aperitivo en el exterior y contratado a un cortador de jamón que sacaba platos como churros, además de otra persona encargada de preparar diferentes quesos.

Las bandejas de entremeses salían de la cocina como si tuvieran que alimentar a un regimiento en lugar de a las veinte personas que éramos.

Pero mi madre era así de exagerada, qué le íbamos a hacer.

Y eso que todavía ni siquiera habíamos entrado en el salón donde comeríamos ni sabíamos todo lo que nos esperaba dentro.

Cuando por fin nos dieron paso, nos quedamos con la boca abierta.

Mi madre había mandado preparar dos mesas dulces, decoradas con los nombres de Martina y Sofía, llenas de pequeños detalles y golosinas.

Y, como no estaba dispuesta a que Saúl se sintiera desplazado entre tanto protagonismo de bebés, en otro rincón había preparado para él una mesa temática de fútbol con su nombre y todas las chucherías que más le gustaban.

—Isabel, te has pasado. De verdad —le dijo Raúl, completamente sorprendido.

—Y, encima, no has permitido que pongamos ni un céntimo —añadió Aura—. Eso no puede ser. Al menos tienes que dejarnos pagar una parte entre mi hermana y yo.

Mi madre la miró como si acabara de escuchar la mayor tontería del día.

—Me parece que el vino blanco que te has tomado antes se te ha subido directamente a la cabeza. Ya os he dicho que, para mí, los tres niños son iguales. A los tres los considero mis nietos y, si no pienso cobrarle un céntimo a mi nuera, ¿por qué iba a cobrárselo a su hermana?

—Nosotros también somos sus abuelos y tampoco nos has permitido pagar nada. Por esa regla de tres… —intervino el padre de Raúl, más divertido que molesto.

—Uy, para vosotros tengo yo una cosa preparada. Venid conmigo y me decís si os parece bien.

Mi madre se alejó con los padres de Raúl en dirección a una de las mesas.

Era impresionante la capacidad que tenía aquella mujer para envolver a todo el mundo en su red. Cuando querías darte cuenta, Isabel ya había conseguido exactamente lo que pretendía y tú, además, estabas convencido de que la idea había sido tuya.

Comimos, partimos la tarta y, cuando llegó el momento de los brindis, respiré hondo y pedí la palabra.

Me temblaban hasta las pestañas.

Mariola, que estaba sentada en la otra punta de la mesa, no tardó ni dos segundos en empeorar la situación. Ella era la única que conocía mis intenciones y, evidentemente, guardar silencio durante un momento tan delicado habría sido pedirle demasiado.

—¡Vamos, machote, que tú puedes!

—Si te callaras, lo mismo hasta consigo hablar —le contesté entre risas.

Todos soltaron una carcajada y, al menos, me dieron unos segundos para tranquilizarme. Mariola me miraba expectante y con una sonrisa enorme en la cara, así que decidí dejar de alargar mi propia agonía.

Busqué la mirada de Aura.

—Nuestros comienzos no fueron precisamente los esperados. Ni siquiera se puede decir que nos enamoráramos de golpe… aunque, teniendo en cuenta cómo nos conocimos, nunca mejor dicho.

Algunos se rieron y Aura negó con la cabeza, sonriendo.

—Pero sí tengo claro algo: quiero que lo nuestro sea para siempre. Hemos pasado por momentos buenos, malos y otros que habría preferido ahorrarnos, pero todos ellos me han llevado hasta aquí, contigo y con nuestra hija. Y no quiero imaginar mi vida de ninguna otra manera.

Metí la mano en el bolsillo de la chaqueta y saqué la pequeña caja que llevaba todo el día notando como un peso constante. Mariola me había ayudado a elegir el anillo y, según la chica de la joyería, a Aura le iba a encantar. Más me valía.

Me arrodillé delante de ella y mi chica se llevó las manos a la boca, completamente sorprendida.

—Daniel…

Abrí la cajita.

—Aura, ¿quieres pasar el resto de tu vida conmigo y convertirte en mi esposa?

—¡Yo celebro la boda! —gritó Marcos desde el otro extremo de la mesa, donde estaba sentado junto a Mariola.

Lo miré sin levantarme del suelo.

—Todavía no ha contestado, Marcos…

—¡Sí! ¡Claro que sí! ¡Y mil veces sí! —respondió Aura con los ojos llenos de lágrimas.

No fui consciente de que llevaba varios segundos conteniendo el aire hasta que conseguí volver a respirar.

Os confesaré que, durante el instante en el que Aura alternó la mirada entre el anillo y mi cara, llegué a pensar que podía decirme que no.

No porque dudara de lo que sentía por mí, sino porque más de una vez me había asegurado que estábamos bien como estábamos y que no necesitaba una firma en un papel para considerarse mi mujer.

Me levanté, le puse el anillo y la besé.

—Respira, Daniel, que no había otra respuesta posible —me dijo contra mis labios.

—Pues yo no las tenía todas conmigo, te lo prometo. Cada vez que recordaba lo que me decías cuando salía el tema…

—Eso te lo decía para que nunca pensaras que tenías la obligación de casarte conmigo por tener una hija juntos. Pero voy a confesarte una cosa: más de una vez me he visto en sueños vestida de novia y entrando por la puerta de la misma iglesia en la que hoy hemos bautizado a Sofía.

Abrí la boca, indignado.

—Eres una cabrona. Y yo aquí, muriéndome de miedo pensando que ibas a decirme que no delante de todo el mundo.

Aura soltó una carcajada que resonó por todo el salón.

A esas alturas, la celebración ya se había desmadrado lo suficiente como para que todos estuvieran bailando, bebiendo y asaltando las mesas de chucherías. Bueno, todas menos la de Saúl, porque allí no hubo un dios que consiguiera acercarse.

Por mucho que sus padres le explicaron que no podía comérselas todas porque terminaría con dolor de barriga, él permaneció firme junto a su pequeño tesoro.

—Las que no me coma hoy me las llevo a casa —sentenció, abrazando una bolsa de chucherías como si alguien pretendiera arrebatársela.

Estaba claro que, en aquella familia, cuando alguien tomaba una decisión, no había mucho que discutir.