La quiniela que nos unió Capítulo 31
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Capítulo 31

Aura

Empecé a sentirme mal mientras estábamos comiendo, pero, como no había roto aguas, tal y como le había sucedido a mi hermana en sus dos partos, no le di demasiada importancia.

Supuse que serían los nervios o la tensión de tener que revivir todo lo ocurrido meses atrás, pero me equivoqué de todas, todas.

Llegó un momento en el que pensé que, si Daniel tardaba media hora más en salir del juzgado, por lo menos no tendríamos problemas para inscribir a la niña, porque iba a terminar naciendo allí mismo. Respiré hondo, bebí agua e intenté disimular el dolor horrible que estaba sintiendo.

Al principio, las contracciones aparecían cada diez o quince minutos, pero, conforme fue pasando el tiempo, empezaron a llegar cada cinco o seis. Por suerte, mi chico salió justo entonces y, en cuanto nos montamos en el coche, no dudé en decirle que necesitaba ir al hospital.

Mi ironía había escapado por la ventanilla del coche, la misma que abrí porque tenía la sensación de que me faltaba el aire. Gracias al cielo, Mariola se dio cuenta enseguida de lo que estaba ocurriendo y no perdió ni un minuto en ponerse al volante.

Si unos meses antes le había dicho a mi hermana que envidiaba el parto tan rápido que había tenido con Martina, parecía que alguien me había escuchado, porque el mío llevaba exactamente el mismo camino.

Cuando llegamos al hospital y entré en la zona de partos, la niña ya tenía tanta prisa por salir que no hubo tiempo para epidurales ni para nada que se le pareciera.

Me subieron al potro y, mientras Daniel se ponía la bata a toda velocidad, yo ya no pude contener las ganas de empujar. Por suerte para él, consiguió llegar a mi lado antes del último empujón, el que terminó de traer a nuestra hija al mundo.

Los dos rompimos a llorar en cuanto escuchamos su primer llanto.

No podía ser más bonita. Tenía el cabello negro y abundante, como yo, tanto que ya me imaginaba poniéndole en unos días aquellos lacitos y diademas que tanto me gustaban.

Sus ojos eran grises como los de su padre, aunque todavía era demasiado pequeña para saber si conservarían aquel color, y tenían esa misma mirada intensa que tanto me había cautivado en Daniel.

—Es preciosa, mi amor, y tiene tus ojos —le dije sin poder contener las lágrimas.

—Sí, pero seguro que también será fuerte y luchadora como su madre. Y tan bonita como tú, mi vida —me contestó mientras lloraba tanto como yo.

Por suerte, tampoco necesité puntos. El parto había sido tan rápido y había ido tan bien que, unas semanas antes de alcanzar las cuarenta previstas, Sofía había decidido que aquel era el momento perfecto para conocernos.

Como bien había dicho Mariola, los embarazos no eran una ciencia exacta y cada niño parecía tener su propia opinión sobre cuándo debía venir al mundo.

Cuando todo se tranquilizó un poco y ya pudimos respirar, miré a Daniel.

—Creo que deberíamos decirles de una vez a los padrinos que los hemos elegido a ellos. Con todo lo que ocurrió aquel día, al final no pudimos hacerlo.

—Claro que sí. Por eso metí en la bolsa del hospital todo lo que teníamos preparado. Como están todos ahí fuera, en cuanto te suban a la habitación podemos dárselo.

Lo miré sorprendida.

—¿Has cogido la bolsa del hospital? ¿Cuándo? Yo pensaba que estaba en casa.

—No, porque tu hermana me dijo que, a partir del séptimo mes, era mejor llevarla siempre en el coche. Según ella, el bebé podía decidir llegar en cualquier momento y, con los nervios, cuando nos hiciera falta no íbamos a encontrar ni nuestra propia cabeza.

—¿En serio llevabas la bolsa en el coche?

—Desde hace exactamente seis semanas, que fue cuando cumpliste los siete meses.

Solté una carcajada. Lo último que me habría imaginado era que mi chico llevara mes y medio paseando la bolsa del hospital en el maletero por si a su hija le daba por salir antes de lo previsto. Visto lo visto, menos mal que había hecho caso a mi hermana.

Poco después me trasladaron a la habitación en la que pasaría aquella noche mientras se llevaban a Sofía para hacerle las comprobaciones rutinarias.

Al cabo de unos minutos entraron todos, incluidos Marta y Raúl. Habían vuelto a dejar a Saúl y Martina con la vecina que solía echarles una mano, una chica joven que cuidaba niños para sacarse un dinero mientras estudiaba.

—¿Y podemos saber ya cómo se llama? Porque yo todavía no me he enterado. Y mira que ni Radio Patio, que es Mariola, ha soltado prenda —dijo Javier entre risas.

—Se llama Sofía —contesté—. Mi hermana ya lo sabía desde hacía tiempo, pero al resto no se lo habíamos contado porque queríamos mantenerlo en secreto hasta que naciera.

—Y habéis hecho bien —añadió Marta—. Así os habéis ahorrado el debate sobre si el nombre es muy feo, demasiado antiguo o cualquiera de las opiniones que hemos tenido que aguantar nosotros.

—Sabes que a mí me da igual lo que opinen los demás. Cuando tomo una decisión, es inamovible. Con lo que nos ha costado encontrar un nombre que nos gustara a los dos…

Daniel me miró y asentí. Era el momento perfecto para hacer aquella pregunta que llevábamos meses demorando.

Fue hasta el armario de la habitación, donde había guardado la bolsa con el detalle que habíamos preparado para los padrinos, y sacó una cajita. Se la entregó a Mariola y a Raúl, que nos miraron sin tener la menor idea de lo que contenía.

Los dos la abrieron y leyeron las palabras grabadas en aquel trozo de madera:

«Sois mis tatos y os querré siempre por eso, pero… ¿Queréis ser mis padrinos?»

Ambos dijeron que sí y se acercaron enseguida a abrazarnos.

Mi hermana también había terminado de elegir los padrinos de Martina. Como yo ya era madrina de Saúl, había decidido que esta vez fueran Daniel y Davinia, algo que a mi chico le hizo muchísima ilusión.

Además, habíamos acordado bautizar a las dos niñas juntas. Al fin y al cabo, los invitados serían prácticamente los mismos y ninguna de las dos iba a enterarse de si había tenido una celebración exclusiva o compartida, así que no tenía demasiado sentido organizar dos.

La noche fue bastante tranquila. Sofía era una niña encantadora que solo se despertaba cuando tenía hambre y ni siquiera parecía saber llorar todavía. En lugar de eso, soltaba una especie de gruñidito que se parecía más al sonido de un gatito que al de un bebé.

A la mañana siguiente, el doctor Sancho pasó a vernos, comprobó que tanto la niña como yo estábamos bien y nos dieron el alta.

Sofía había nacido con tres kilos doscientos gramos y medía cuarenta y nueve centímetros, unas medidas estupendas teniendo en cuenta que había decidido adelantarse unas semanas a la fecha prevista.

Cuando llegamos a casa me esperaba otra sorpresa. Bueno, también a Daniel, porque, aunque sabía que su madre estaba preparando la habitación de la niña, no había visto el resultado.

Isabel había contratado a un especialista en murales para pintar una de las paredes con animalitos en tonos pastel. También habían montado los muebles: la cuna, una cómoda y un cambiador que hacía también las veces de bañera.

Todo estaba pensado al detalle. La ropa de cama combinaba tonos rosa pastel con pequeños lunares blancos y las estanterías estaban llenas de peluches y muñecas de trapo que su abuela había encargado especialmente para ella, además de algunos juguetes adecuados para cuando fuera creciendo.

—Todo esto es precioso, Isabel…

—Me alegro de que te guste, cariño. Hemos tenido tiempo para dejarlo preparado y quería que, cuando llegarais con Sofía, no tuvierais que preocuparos de nada.

La cunita está en vuestro dormitorio y en el salón os he puesto una minicuna, para que no tengáis que estar entrando y saliendo continuamente.

—Has pensado en todo, mamá.

—Y no vayáis a creer que he hecho distinciones entre mis tres nietos. Ahora mismo está el chico en casa de tu hermana preparando también las habitaciones y dentro de poco tendrán allí los muebles.

—¿También se lo has comprado a ellos? No me malinterpretes, no es que me moleste. Todo lo contrario. Me encanta que trates a mis sobrinos igual que a mi hija porque, para mí, son igual de importantes.

—Precisamente por eso lo hago. Además, teniendo en cuenta que tu sobrina va a ser ahijada de mi hijo, con más motivo todavía.

Daniel la miró sorprendido.

—¿Tú ya lo sabías?

—Pues sí. Marta me lo ha contado esta mañana, igual que a ti.

Los padrinos de Martina seréis Davinia y tú.

Me lo explicó para que no me enfadara porque no me había elegido a mí como madrina, como si semejante cosa se me hubiera pasado alguna vez por la cabeza.

Con ser su abuela tengo más que suficiente.

La miré con una emoción difícil de explicar.

—Eres de las mejores cosas que le han pasado a mi familia, Isabel. Que formes parte de nuestra vida, que nos trates con este cariño y que quieras así a nuestros hijos significa muchísimo para nosotros.