La quiniela que nos unió Capítulo 30
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Capítulo 30

Daniel

Habían pasado varios meses desde aquella tarde en la casa de campo y, por suerte, nuestras vidas habían ido recuperando poco a poco cierta normalidad.

Martina crecía sana y preciosa, Raúl estaba prácticamente recuperado de la herida del hombro y la barriga de Aura había aumentado tanto que ya entrábamos de lleno en la recta final del embarazo.

Mi madre seguía completamente volcada con Marta y los niños.

Trataba a mi cuñada como si fuera su propia hija y, con Saúl y Martina, directamente había perdido cualquier posibilidad de ser una abuela moderada.

Llevaba y recogía al niño del colegio, lo acompañaba a las extraescolares y aparecía en casa cargada de cosas para la pequeña cada dos por tres.

Raúl, como había tenido que coger primero la baja médica y después enlazarla con el permiso de paternidad, había contratado temporalmente a uno de sus compañeros y a un auxiliar para que se hicieran cargo de la clínica hasta que pudiera incorporarse de nuevo.

Tanto mi madre como yo les ofrecimos ayuda económica, pero rechazaron la propuesta porque, según nos explicaron, tenían ahorros suficientes para afrontar los gastos durante aquellos meses.

Eso no impidió que mi madre y yo, por nuestra cuenta, reserváramos una cantidad para los niños con la intención de entregársela cuando llegara el momento.

Si algo habíamos aprendido era que intentar discutir con Marta o Raúl sobre dinero podía convertirse en una batalla bastante más complicada que cualquier procedimiento judicial.

Y hablando de procedimientos judiciales, por fin había llegado el día que llevábamos meses esperando.

Los asuntos relacionados con mi padre y Mónica habían ido avanzando durante los últimos meses desde su detención.

Declaraciones, informes, pruebas y todo lo necesario para esclarecer lo ocurrido se habían ido acumulando hasta llegar a aquella mañana, en la que por fin esperábamos cerrar una parte importante de aquella pesadilla.

Muchos de nosotros tendríamos que declarar como testigos o perjudicados, entre ellos Raúl, que todavía cargaba con las consecuencias de aquel disparo.

—Estoy nerviosa. No quiero volver a ver a esos dos seres indeseables —me confesó Aura en la puerta del juzgado.

—Venga, corazón, que será una de las últimas veces que tengamos que verles la cara. Y, con suerte, cuando salgamos de aquí sabremos que van a pasar una buena temporada sin poder acercarse a ninguno de nosotros —le dijo Mariola.

—Eso es lo importante —añadí—. Que respondan por todo lo que han hecho y que nosotros podamos pasar página de una vez.

—Ojalá, porque no viviría tranquila sabiendo que cualquiera de los dos puede aparecer otra vez cuando menos lo esperemos.

Entramos en el edificio y esperamos hasta que comenzaron a llamarnos. Raúl fue uno de los primeros en declarar y relató cómo Mónica había apuntado contra Aura con la intención de hacerle daño y cómo él se interpuso justo antes de que disparara.

Después fuimos pasando los demás, cada uno para contar la parte de los hechos que había presenciado.

Una de las cosas que más nos sorprendió durante el procedimiento fue conocer el resultado de los informes médicos y forenses realizados a Mónica.

A pesar de que ella había repetido una y otra vez que había perdido un bebé, no existía constancia de que hubiera estado embarazada.

Aquella certeza formaba parte de la realidad que se había construido y en la que parecía creer de manera absoluta.

Cuando terminó la vista, salimos del juzgado mientras esperábamos conocer los siguientes pasos.

—Vamos a tomar algo ahí enfrente. Necesito despejarme un poco después de todo lo que hemos escuchado —propuse.

—Sí, porque yo todavía estoy intentando asimilar algunas cosas —respondió Aura.

Salimos del juzgado y cruzamos hasta uno de los locales que había enfrente. Después de tantas horas allí dentro, nos vino bien sentarnos un rato, comer algo y rebajar un poco la tensión.

Marta y Raúl no se quedaron con nosotros. Saúl se había despertado aquella mañana con fiebre y se había quedado al cuidado de una vecina, mientras que Martina era todavía demasiado pequeña para tenerla dando vueltas por un juzgado durante horas, así que prefirieron regresar a casa con los niños.

Nosotros permanecimos allí hasta que llegó el momento de volver. Terminamos lo que estábamos tomando y regresamos al juzgado para continuar con los trámites que todavía quedaban pendientes.

El tiempo y los diferentes procedimientos habían ido poniendo cada cosa en su sitio.

Mi padre recibió una condena muy importante por los delitos que se le atribuían, incluidos los relacionados con todo lo que había hecho a mi madre y lo sucedido durante su fuga.

Cuando conocimos el alcance de la pena, respiré tranquilo por primera vez en mucho tiempo.

Aunque sabía que existían recursos, revisiones y toda una maquinaria judicial por delante, al menos teníamos la sensación de que ya no podría volver a aparecer en nuestras vidas de un día para otro.

Con Mónica la situación fue diferente. Los informes de los especialistas habían confirmado que sufría un trastorno mental grave que había alterado profundamente su percepción de la realidad, y las resoluciones judiciales tuvieron en cuenta esa circunstancia a la hora de determinar las medidas que correspondían.

Finalmente, su destino sería un centro psiquiátrico adecuado a su situación y bajo control judicial.

También se reconoció el derecho de Raúl a ser indemnizado por las lesiones y perjuicios sufridos a consecuencia del disparo.

Ramón estuvo presente durante buena parte de todo aquello y, cuando pude salir de la sala, se acercó a mí con la mirada clavada en el suelo.

—Daniel, ¿podemos hablar un momento?

—Por supuesto. Dime.

—En primer lugar, quería pedirte disculpas. Y me gustaría que se las transmitieras a todos los que estaban aquella tarde en la casa. Pudo ocurrir una desgracia si Raúl no se hubiera interpuesto entre la bala y Aura.

—Podría haber ocurrido algo muchísimo peor, sí.

Solo imaginarlo conseguía revolverme el estómago.

—Si a Aura o a mi hija les hubiera pasado algo, no sé cómo habría reaccionado —admití—. Prefiero no pensarlo.

—¿Necesitáis algo? Me refiero a vosotros, a Raúl, a los niños… Si puedo ayudaros económicamente de alguna forma, por favor, dímelo. Me siento en deuda con todos. Si hubiera sabido que mi hija tenía un problema de esta magnitud, habría intentado buscar ayuda mucho antes.

—No te castigues de esa manera, Ramón. Yo conviví con ella durante años y tampoco supe ver hasta dónde llegaba lo que le ocurría. Ahora, con perspectiva, entiendo algunos comentarios y comportamientos que entonces no supe interpretar.

Asintió despacio.

—Quiero hacerme cargo personalmente de la cantidad que corresponda a Raúl. Sé que la responsabilidad es de Mónica, pero soy su padre y quiero hacerlo yo si él acepta.

—Eso tendrás que hablarlo directamente con él. Es una decisión suya, pero se lo comentaré.

—También me gustaría hacerles algún regalo a los niños.

—Eso creo que te lo aceptarán bastante mejor —respondí con una sonrisa—, aunque primero se lo preguntaremos a sus padres.

Pareció relajarse un poco.

—Hay otra cosa que quería contarte. He vendido mi participación en la empresa al mismo comprador que adquirió la parte que correspondía a vuestra familia.

»He perdido dinero, porque he recibido bastante menos de lo que invertí en su momento, pero ya no me importa. No quiero conservar nada que me obligue a seguir vinculado a todo esto.

—Te entiendo perfectamente. Nosotros pensamos algo parecido. Después de todo lo sucedido, lo último que queríamos era seguir ligados a cualquier cosa en la que mi padre hubiera metido las manos.

—También me he separado de mi mujer.

Aquello sí consiguió sorprenderme.

—No quiero continuar junto a alguien que ha pasado años justificando determinadas actuaciones de nuestra hija y ocultando cosas que quizá tendríamos que haber afrontado mucho antes. Todo esto me ha hecho abrir los ojos.

—Si algo bueno podemos sacar de semejante desastre es precisamente eso. Aprender, romper con lo que nos hace daño y seguir adelante.

—Supongo que sí. Al menos quiero intentarlo.

Nos despedimos con un apretón de manos y fui a reunirme con los demás, que me esperaban fuera de la sala.

Bastó con que vieran mi expresión para que entendieran que, dentro de todo lo malo, las noticias eran buenas. Les conté lo que había hablado con Ramón, incluida su intención de hacerse cargo voluntariamente de la indemnización de Raúl si este aceptaba y de hacerles un regalo a los niños.

—Está claro que habría preferido que no sucediera nada de todo esto —dijo Aura—, pero, ya que hemos tenido que sufrirlo, al menos que las cosas terminen como deben.

—Opino exactamente lo mismo, mi amor.

—Bueno, pues ahora vámonos a casa, porque hoy me siento pesadísima y mis piernas ya no pueden más.

Salimos del juzgado y nos despedimos de los demás en la puerta antes de caminar hacia el coche.

Aura estaba ya en su octavo mes de embarazo y cada día acusaba un poco más el peso de aquella barriga que a mí me tenía completamente enamorado.

Había dejado de trabajar temporalmente en el centro de belleza y contratado a otra chica, amiga de Almudena, para que la sustituyera durante los últimos meses y las primeras semanas después del nacimiento.

Aquel día, sin embargo, la notaba especialmente incómoda.

Supuse que se debía a todas las horas que llevaba sin descansar y a la tensión de haber tenido que revivir otra vez lo sucedido en la casa de campo.

Aunque Raúl estaba prácticamente recuperado y nuestras vidas habían seguido adelante, volver a escuchar todo desde el principio había resultado duro para todos.

Subimos al coche y, antes siquiera de que pudiera arrancar, Aura se giró hacia mí.

—Daniel, ¿puedes llevarme al hospital, por favor?

Se me heló el cuerpo.

—¿Qué te ocurre? ¿Te encuentras mal? Por lo que tú más quieras, dime algo.

Aura respiraba profundamente, intentando controlar lo que fuera que estaba sintiendo, y cada vez que cerraba los ojos me ponía un poco más nervioso.

Por suerte, Mariola y Sandra, al igual que Javier y Davinia, todavía estaban muy cerca de nosotros. Al ver mi cara y la manera en la que Aura respiraba, se acercaron enseguida.

—¿Qué ocurre? —preguntó Javier.

—No lo sé, tío. Solo me ha pedido que la lleve al hospital, pero no me dice qué le pasa.

Mariola miró a Aura y después a mí como si acabara de descubrir que estaba rodeada de idiotas.

—De verdad, parecéis tontos los dos. ¿Qué crees que le pasa? Está de parto. Anda, baja del asiento del conductor y ponte atrás con ella, que conduzco yo.

—¿Cómo va a estar de parto si todavía le faltan, al menos, tres semanas?

—Porque los bebés no consultan el calendario antes de decidir que quieren salir, cariño. Tres semanas antes de la fecha prevista puede empezar perfectamente el parto.

—Yo no quiero interrumpir este precioso debate —intervino Sandra—, pero, viendo la cara de Aura, o nos vamos ya al hospital o acabaremos haciendo de comadronas en el aparcamiento.

Giré la cabeza hacia mi chica. Estaba agarrada al tirador de la puerta como si le fuera la vida en ello y respiraba intentando soportar otra contracción.

Sandra tenía razón, así que no tardé ni un segundo en hacer lo que Mariola me había ordenado.

Mi sitio no estaba detrás del volante, sino en el asiento trasero, junto a la madre de mi hija.

Mi madre se marchó con Javier, Sandra y Davinia en el coche de este, mientras Mariola conducía el mío con Aura y conmigo detrás.

Siempre había escuchado que los primeros partos podían alargarse durante horas, pero el de mi chica decidió no hacer caso de las estadísticas y casi tuvimos que conocer a nuestra hija dentro del coche.