La quiniela que nos unió Capítulo 29
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Capítulo 29

Aura

Cuando vi entrar a aquella mujer acompañada de un hombre mayor que era prácticamente un clon de mi chico, aunque con unos cuantos años más, y encima con un arma apuntándonos directamente, os prometo que me quise morir.

No me salían las palabras y, después de que disparara, todo se volvió confuso para mí. No sé de qué manera llegué hasta el interior de la casa ni siquiera a quién había alcanzado aquella bala, si es que le había dado a alguien, hasta que giré la cabeza y lo vi.

No podía ser. Mónica había disparado a Raúl, mi cuñado. Según me explicó Javier después, aquella bala iba dirigida a mí, pero Raúl no se lo pensó y se interpuso para protegerme, recibiendo él el impacto.

La ambulancia se los llevó a los dos: a mi cuñado como paciente y a mi hermana como acompañante. Saúl lloraba, tremendamente asustado, preguntando si su papá se iba a morir como sucedía en las películas, pero la gran Mariola se encargó de tranquilizarlo y consiguió que poco a poco dejara de llorar.

—Tenemos que ir al hospital. No puedo quedarme aquí, por favor —le dije a Daniel.

—No te preocupes, ahora mismo vamos. Pero antes déjame tranquilizarme un poco o acabaremos dándonos un tortazo con el coche.

—Dios, no sé cómo mi intuición no me ha advertido de esto…

—Cariño, no eres infalible. Y, además, no ha sido culpa tuya, sino de ellos. Mi padre, por incitar a esa mujer, y ella, por querer vengarse de mí. Si te llega a pasar algo, me habría muerto, te lo juro.

—A mí no, pero Raúl…

—Está bien. Javier consiguió controlar la hemorragia haciendo presión sobre la herida hasta que llegaron los sanitarios y ellos mismos nos han dicho que ha tenido mucha suerte. La bala tiene orificio de entrada y salida.

—Eso espero, porque, si le pasa algo por mi culpa, no me lo perdonaré en la vida.

—Verás como no. Venga, vamos a ver quién puede quedarse con el niño hasta que volvamos.

Aunque prácticamente teníamos claro quién se haría cargo de él, porque Mariola no se había separado de Saúl desde que ocurrió todo, no podíamos darlo por hecho y preferimos preguntárselo.

Efectivamente, ella y Sandra se ofrecieron a llevárselo.

Saúl conocía a Sandra desde hacía muchísimo tiempo y estaba completamente cómodo con las dos.

Después de lo sucedido, ninguno queríamos permanecer en aquella casa más tiempo del imprescindible, así que todos recogeríamos nuestras cosas y regresaríamos a las nuestras.

Los demás iríamos al hospital, incluida Isabel, que aseguraba que no pensaba marcharse a casa sin saber qué había ocurrido con el marido de su «otra niña».

En cuanto llegamos a urgencias, encontramos a Marta en la sala de espera mientras terminaban de atender a Raúl y los agentes se ocupaban también de tomar declaración sobre lo ocurrido.

—Está bien. Han tenido que curarle y suturarle la herida y estará unos días de baja, sin poder mover demasiado el brazo, pero eso es lo de menos. Mañana mismo avisaré a los pacientes que tenía para esta semana.

—Eso es lo importante, Marta. Y tú, ¿cómo te encuentras?

—No lo sé. Me siento rara. No es como cuando me puse de parto de Saúl, pero tengo algunas molestias.

Daniel la observó con atención.

—¿Te apetece salir un momento a que te dé el aire? Nosotros nos quedamos aquí.

—Venga, yo te acompaño —se ofreció Isabel.

Pero no les dio tiempo ni a dar un paso. En cuanto Marta se levantó de la silla, vimos cómo un líquido le chorreaba por las piernas.

Mi hermana se quedó inmóvil.

—Creo que he roto aguas.

Como pudimos, avisamos a una enfermera, que enseguida apareció con una silla de ruedas para trasladarla a la zona de maternidad. Isabel y yo nos fuimos con ella mientras Javier y Daniel corrían a avisar a mi cuñado de que su mujer se había puesto de parto.

Y aquel terminó siendo el parto más rápido que había visto en mi vida.

Fue llegar a la zona de partos y casi no me dio tiempo ni a ponerme la bata para acompañarla. Cuando la exploraron, Marta estaba ya prácticamente en dilatación completa y el nacimiento era inminente, así que aquello avanzó a una velocidad que nadie esperaba.

Cuatro empujones después, tenía a su niña en brazos.

La pequeña Martina era una preciosidad, con una cabecita cubierta de pelo negro, unos ojos verdes igualitos a los de su padre y una boquita diminuta que daban ganas de comérsela a besos.

—Es preciosa, ¿verdad?

—Más bonita no puede ser. Se parece a su hermano.

—Tu valoración no me sirve porque, para ti, mi hijo siempre será tu niño y, donde esté él, no llegará nadie. Estoy por decirte que ni tu propia hija…

—Es cierto. Mi niño siempre será mi niño por muchos más niños que vengan a la familia, pero eso no significa que no vaya a querer a Martina o a Sofía.

Al decir aquel nombre recordé que, con todo lo ocurrido, ni siquiera les habíamos preguntado todavía a los padrinos que habíamos elegido si querían serlo ni habíamos anunciado oficialmente cómo se llamaría nuestra hija.

Se me había escapado delante de mi hermana, así que Marta era, de momento, la única que sabía que habíamos elegido Sofía.

Marta había tenido un parto estupendo y no había sufrido ningún desgarro, así que ni siquiera necesitó puntos. Nada que ver con el nacimiento de Saúl, que había sido una auténtica tortura tanto para ella como para quienes estuvimos a su lado.

Para empezar, estuvo unas diecinueve o veinte horas de parto, dilatando mientras el niño se negaba a bajar. Debía de encontrarse demasiado cómodo allí dentro como para que le apeteciera salir a conocer el mundo.

Después, cuando ya estaban valorando ayudar al nacimiento porque empezaba a haber signos de sufrimiento fetal, mi cuñado, entre la impresión y el ambiente del paritorio, cayó redondo al suelo y tuve que entrar yo con ella.

Y, para rematar la faena, Marta sufrió un desgarro que tuvieron que suturar después del parto. Por eso, cuando le explicaron que esta vez no necesitaba ningún punto, no tardó ni dos segundos en hacer una de las suyas.

—¿Cómo me vais a poner puntos? Su hermano mayor ya se encargó de que me pusieran los correspondientes a todos los embarazos de mi vida.

—Anda que no eres exagerada ni nada.

—Sí, sí. A ti te quiero ver yo aquí cuando te toque dentro de unos meses…

—Si mi parto es como este, firmo ahora mismo.

Se llevaron a la niña durante unos minutos para hacerle las comprobaciones habituales mientras trasladaban a mi hermana a la habitación.

Una vez que salimos del ascensor, vimos a mi cuñado aparecer por el pasillo a toda velocidad, seguido de Javier y Daniel, que venían detrás casi con la lengua fuera.

—¿Qué ha pasado?

—Chico, ¿qué va a pasar? Pues que tu mujer ha dado a luz a una niña. No creo que se haya puesto a pintar el paritorio —le soltó Javier al llegar hasta nosotros casi sin aire.

—No, precisamente pintar el paritorio no le ha dado tiempo —añadí—. Entre otras cosas, porque el parto ha sido tan rápido que casi ni yo llego a tiempo para verlo.

Raúl abrió los ojos de par en par.

—¿Dónde está? ¿Ya ha nacido? Joder, el primero me lo perdí porque me desmayé y este me lo he perdido porque ha sido demasiado rápido. Soy un desastre como padre y como marido.

—¿De qué coño estás hablando? —le espetó mi hermana mientras le cogía la mano—. Eres el mejor padre y marido del mundo. Ojalá todos los hombres fueran como tú.

—¿Quién se ha quedado con mi niño? —preguntó Raúl.

—Está con Mariola y Sandra. No te preocupes por él. Además, ahora Aura y yo iremos a recogerlo —le contestó Daniel.

—Gracias, chicos, de verdad. Me he sentido muy arropado por todos —dijo mi cuñado antes de mirar a Isabel—. Empezando por ti, que has tratado a mi mujer como si fuera una hija más.

Al final, cuando comprobamos que mi hermana estaba instalada en la habitación con Martina en la cunita y su marido a su lado, decidimos marcharnos.

Por mucho que insistimos en que Raúl, con el hombro recién atendido, debería irse a descansar, no hubo manera de separarlo de Marta y su hija, así que quedamos en que Isabel se quedaría con ellos.

Aquella mujer era una de las mejores cosas que nos había puesto la vida por delante. A veces pensaba que mi madre, al saber que nos había dejado demasiado pronto, debía de haber hablado con quien mandara ahí arriba y le habría pedido que nos enviara a alguien como Isabel.

Cuando fuimos a recoger a Saúl y le contamos que su hermanita ya había nacido, empezó a saltar de alegría y a repetir que quería ir a conocerla. Le explicamos que tanto su madre como Martina necesitaban descansar y que al día siguiente iríamos todos a visitarlas.

—Tata, quiero comprarle algo a mi hermana. Un muñeco o cualquier cosita, pero tengo el dinerito en mi hucha de casa.

—No te preocupes, cariño. Mañana, antes de ir al hospital, pasaremos por el centro comercial y compraremos lo que tú quieras sin necesidad de ir ahora a buscarla.

—Tata, pero entonces se lo comprarías tú, no yo. Y llevo un montón de tiempo ahorrando para esto.

Daniel se agachó un poco para ponerse a su altura.

—Saúl, te propongo una cosa. Lo que compres se lo regalarás tú, porque yo voy a darte cincuenta euros por lo bien que te has portado hoy y porque has sido un auténtico campeón.

—¿De verdad?

—Claro que sí. Cualquier niño habría querido salir corriendo después de todo lo que ha pasado y tú has estado pendiente de tu papá y de tu mamá.

—Pero he llorado y he tenido miedo.

—Como era normal, mi vida —intervine—. Cualquier persona habría tenido miedo, y mucho más un niño como tú. Llorar no significa que no hayas sido valiente. Yo también he llorado del susto.

Al final conseguimos convencerlo de que el regalo para Martina sería suyo y Daniel le puso los cincuenta euros en la mano para que los guardara él mismo.

La cuestión era hacer que Saúl siguiera sintiéndose importante y evitar que pudiera tener celos de su hermana. Al fin y al cabo, llevaba siete años siendo el rey de la casa y ahora le tocaba compartir el trono.

Cogimos la mochila que había llevado a la casa de la familia de Javier y nos marchamos al ático, no sin antes explicarles a Mariola y Sandra que Raúl, Marta y Martina estaban bien y que, por suerte, la herida de mi cuñado había resultado más aparatosa que grave.

En cuanto llegamos, Saúl cogió su mochila y se metió directamente en el baño. Cuando se quedaba con nosotros ya sabía que no nos gustaba andar por casa con la ropa de la calle, así que fue a ducharse y ponerse el pijama, igual que hicimos nosotros.

Mi sobrino era completamente independiente, al menos en lo referente a su autonomía personal, pero seguía siendo un niño tremendamente cariñoso que se derretía en cuanto le dabas un beso o un abrazo.

—Seguro que quieres pizza para cenar, ¿verdad, Saúl? —le preguntó Daniel.

Enseguida se le dibujó una sonrisa en los labios, de esas que conseguían borrar de un plumazo todo lo malo del día.