Capítulo 28
Daniel
Os prometo que, si no hubiera sido mi madre, la habría cogido por los pelos y puesto de patitas en la calle. Si había algo que odiaba por encima de todo era que los planes no salieran como los habíamos organizado, y aquella mujer acababa de saltarse uno de los nuestros a la torera.
—Mamá, ¿en serio has sido capaz de hacer eso?
—Daniel, no te pongas así —intervino Aura, intentando contener la risa—. Estoy segura de que no se lo ha dicho a nadie. ¿Verdad, Isabel?
—Por supuesto que no. Solo lo sé yo, y desde ayer. Pero, sabiendo que hoy veníamos todos aquí, no quería aparecer con las manos vacías. Necesitaba saberlo porque quería traeros algo para el bebé y no me apetecía comprarlo en un color neutro.
Giré la cabeza hacia Javier.
—¿Y tú se lo has dicho?
Mi amigo levantó las manos, como si quisiera dejar claro que se declaraba inocente antes incluso de que empezara el juicio.
—Tu madre es muy insistente.
—¡Javier!
—¿Qué quieres que te diga? Me sometió a un tercer grado. Te aseguro que intenté resistirme.
—Está bien, mamá, pero deberías habérnoslo consultado.
—Si te hubiera consultado, me habrías dicho que no. Así que fui directamente a quien tenía la información.
—¿Te imaginas que Javier te ha dicho justo lo contrario para castigarte por cotilla? —preguntó Aura entre risas.
—Pues se lo tendría merecido —respondí—. Por metiche.
Aura soltó una carcajada mientras nos acercábamos a la barbacoa, donde Raúl se estaba encargando de la carne.
Marta y Davinia estaban sentadas con un refresco en la mano y mi madre fue a reunirse con ellas como si no acabara de confesar que había estado sonsacándole información confidencial a uno de mis mejores amigos.
Javier terminaba de preparar todo lo relacionado con la revelación, que haríamos justo después de comer. La tarta tenía el relleno del color correspondiente al sexo del bebé, así que estaba claro que nadie podía acercarse a ella antes de tiempo.
Mariola y Sandra jugaban a la pelota con Saúl, que se había convertido en el sobrino mimado de todo el grupo.
Ninguno queríamos que se sintiera desplazado por la llegada de su hermana ni por el bebé que esperábamos Aura y yo.
Llevaba siete años siendo el centro de atención de su familia y, de pronto, iba a tener que compartir protagonismo con dos pequeños casi al mismo tiempo.
Cuando la carne estuvo lista, nos sentamos a la mesa.
Mi madre había llevado unos bocaditos de atún de una de las mejores pastelerías de la ciudad para tomar como aperitivo, mientras que Mariola y Sandra habían encargado varias tortillas de patata con distintos ingredientes.
Todo iba perfectamente, quizá demasiado, visto lo que ocurrió después.
Justo cuando estábamos terminando de comer, vimos a Saúl levantarse de la mesa.
Pensamos que iba al baño o a buscar alguno de los juguetes que había llevado, pero nada más lejos de la realidad.
Cuando apareció de nuevo con un pedazo de tarta en la mano y el relleno rosa perfectamente visible, os juro que quise desaparecer, no por mí, sino por Aura, que llevaba días ilusionadísima con aquel momento.
—Me cago en la madre que te parió, Saúl, que fui yo —soltó Marta.
—Mujer, que tampoco es para tanto. No te pongas así con el niño —le dijo Davinia, que intentó colocarse delante del trozo de tarta para que nadie lo viera, aunque ya era bastante tarde para aquello.
—¿Cómo que no me ponga así? Acaba de joderle todo el sarao a mi hermana, joder. Si lo dije: había que hacerlo antes de que alguien pudiera estropearlo, pero aquí nadie me hace caso.
—Marta, no pasa nada. Es un niño. Ha visto una tarta, ha querido probarla y ya está —intervine.
Aura miraba a su sobrino con una expresión que no dejaba claro si quería matarlo o comérselo a besos. Dos lágrimas empezaron a resbalarle por las mejillas y me acerqué enseguida a ella, sin saber si eran por la emoción o porque la revelación no había salido como esperaba.
—Aura, ¿estás bien?
—Es una niña, Daniel. Vamos a tener una princesa.
—¿Estás llorando por eso o porque tu sobrino se ha adelantado a todos?
—Por las dos cosas. Pero, en cuanto se me pase la emoción, ese enano se va a enterar de lo que vale un peine. Que dé gracias al cielo de que con esta barriga no puedo correr como antes, porque, si no, iba a hacer más kilómetros que un autobús del IMSERSO.
No pude evitar soltar una carcajada. Aquella mujer tenía más salidas que una plaza de toros y siempre encontraba alguna comparación capaz de desmontar hasta el momento más dramático.
Al final, Javier nos colocó delante de la pancarta y puso la tarta de manera que no se viera el trozo que faltaba.
Después soltamos el confeti rosa como estaba previsto.
Ya sabíamos el resultado, claro, pero al menos tendríamos las fotografías de aquel momento y, dentro de unos años, podríamos fingir delante de nuestra hija que su primo no había destripado la sorpresa antes de tiempo.
Mi madre, que también conocía el secreto, desapareció durante unos minutos y regresó desde el garaje empujando un cochecito de bebé que era una auténtica preciosidad.
Era azul marino, aunque venía vestido entero en tonos rosas, de una firma bastante conocida e incluía la bolsa, la pañalera y un montón de accesorios más.
Aura y yo nos miramos inmediatamente, porque era precisamente el modelo que habíamos estado viendo unos días antes y uno de los que más nos había gustado por lo cómodo y ligero que resultaba.
Pero mi madre no se había conformado con eso. También había comprado una trona de madera con varios accesorios que permitían adaptarla conforme el bebé fuera creciendo y, por si aquello no fuera suficiente, lo había comprado todo por duplicado.
—Mamá…
—¿Qué? —preguntó con una inocencia que no engañaba a nadie—. Voy a tener dos nietas prácticamente al mismo tiempo.
Una de las cosas era para nuestra hija y la otra para Martina.
Y como tampoco quería que Saúl se sintiera desplazado, le había comprado una consola de videojuegos de última generación que consiguió que el niño abriera la boca de tal manera que pensé que no iba a poder volver a cerrarla.
—Mamá, creo que te has pasado un poquito comprando cosas —le dije, negando con la cabeza.
—¿Y para quién mejor que para mi familia? Dinero tengo de sobra y lo sabes. Podría vivir tres vidas y todavía me quedaría.
—Ya, pero no necesitas comprarnos nada. Sé que durante muchos años esa ha sido la forma en la que se hacían las cosas con mi padre, pero nosotros no necesitamos eso de ti. Con el cariño que nos des a nosotros y a nuestros hijos tenemos más que suficiente.
—Lo sé. Pero también quiero que esos niños tengan todo lo que necesiten. Quiero hacer con ellos muchas de las cosas que no pude hacer contigo, Daniel. Sé que tengo mucho que aprender y mucho tiempo que recuperar, pero poco a poco lo conseguiré.
Marta se acercó a ella y la abrazó.
Mientras las observaba, comprendí perfectamente lo que estaba ocurriendo.
Mi cuñada veía en mi madre una figura que había echado mucho de menos durante años, especialmente durante su primer embarazo.
Había tenido a Aura a su lado, sí, pero una hermana no sustituía a una madre.
Y sabía que a mi chica le ocurría exactamente lo mismo.
Mi madre había entrado en aquella familia casi sin proponérselo y, de alguna manera, ellas también la estaban acogiendo en la suya. Todo parecía perfecto, hasta que dejó de serlo.
De repente, vi cómo la expresión de Aura cambiaba por completo. Perdió el color de la cara y se quedó paralizada, con la mirada fija en un punto detrás de nosotros. Parecía querer decir algo, pero las palabras no le salían, así que seguí la dirección de sus ojos y me giré.
No podía ser.
Mónica estaba delante de nosotros junto a mi padre.
¿Qué hacía ella allí? Y, sobre todo, ¿qué hacía acompañada precisamente por él?
Lo que yo no vi en un primer momento, pero Aura sí, fue la pistola que llevaba en la mano. Mi padre, mientras tanto, nos observaba con un odio capaz de poner los pelos de punta.
—Salid ahora mismo de esta casa —les ordené.
—Tú ya no estás en condiciones de exigir nada —respondió mi padre—. Me lo quitaste todo y ahora te toca perder a ti. Vamos a arrebatarte lo que más quieres.
—Si yo he tenido que perder a mi bebé por tu culpa, por lo que le hiciste a tu padre y porque no me elegiste a mí, voy a hacer que tú pierdas el tuyo —dijo Mónica.
Su mirada estaba completamente desquiciada.
Intenté colocarme delante de Aura mientras pensaba también en Marta y Saúl. Quería decirles que entraran en la casa, que se alejaran de allí y me dejaran a mí ocuparme de aquello, pero no me dio tiempo.
Mónica levantó el arma y disparó.
Todo ocurrió en apenas un segundo. Raúl se interpuso delante de Aura y recibió el impacto. El sonido del disparo, verlo tambalearse y escuchar los gritos bastó para hacerme reaccionar. Me lancé sobre mi padre mientras mi madre sacaba el teléfono para llamar a la policía.
—¡Dentro! ¡Todos dentro! —gritó Javier.
Mi amigo se hizo cargo de Raúl mientras los demás alejaban a las chicas y a Saúl de allí. La bala le había alcanzado en el hombro y sangraba bastante, así que Javier presionó con firmeza sobre la herida para intentar controlar la hemorragia hasta que llegaran los sanitarios.
Mariola se quedó a su lado ayudándolo mientras el resto entraba en la casa. Cuando llegó la policía, yo continuaba manteniendo a mi padre inmovilizado contra el suelo.
Mi madre, por su parte, había conseguido dejar a Mónica inconsciente de un puñetazo. Sí, mi madre. La misma mujer que hasta hacía unos meses apenas levantaba la voz acababa de tumbar a alguien de un golpe y ahora se sujetaba la mano con una mueca de dolor. Como para que no le doliera.
Los agentes se hicieron cargo de los dos y, según nos explicaron en aquellos primeros momentos, mi padre había conseguido escapar de prisión aprovechando una situación de confusión.
Todo apuntaba a que había recibido ayuda desde fuera y, después de aquello, los problemas que ya tenía pendientes acababan de multiplicarse.
Tanto él como Mónica tendrían que responder además por lo ocurrido esa tarde.
Los sanitarios atendieron también a Mónica, que seguía desorientada después del golpe, y a mi madre, que tenía una contusión en la mano y acabó con un vendaje.
La prioridad, sin embargo, era Raúl, así que el equipo de emergencias se ocupó de estabilizarlo antes de trasladarlo al hospital, mientras Marta insistía en acompañarlo en la ambulancia. Nadie intentó impedírselo.