La quiniela que nos unió Capítulo 27
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Capítulo 27

Aura

Por fin había llegado el día en el que nos dirían el sexo del bebé, y tanto Daniel como yo estábamos bastante nerviosos.

Ni que decir tiene que, en cuanto dimos la noticia del embarazo a los chicos, todos se volvieron locos de alegría y empezaron a pelearse entre ellos para saber quiénes serían los padrinos, aunque nosotros hacía tiempo que lo teníamos más que decidido.

Habíamos acordado que Daniel y yo iríamos el día anterior para ayudar a Davinia y a Javier a prepararlo todo.

Además, le entregaríamos a Javier el sobre en el que venía anotado el sexo del bebé para que pudiera encargarse de los últimos detalles de la revelación: el confeti y la tarta, cuyo interior tendría el color correspondiente.

—Bueno, antes de empezar con la ecografía, decidme una cosa. ¿Queréis que os diga el sexo del bebé o preferís que lo apunte en un papel? —nos preguntó el doctor.

—No, no. Si es usted tan amable, apúntelo en un papelito y métalo en un sobre, por favor —le pedí.

—Queremos hacer una fiesta de revelación con nuestros amigos y la familia —le explicó Daniel.

—Por mí no hay ningún inconveniente. Venga, vamos a ponernos manos a la obra.

El ginecólogo me indicó que me tumbara en la camilla y extendió el gel sobre mi vientre, que ya empezaba a estar bastante abultado. Después fue deslizando el transductor mientras observaba la pantalla, tomaba medidas y hacía diferentes comprobaciones.

Cuando terminó, nos miró con una sonrisa y nos dio lo que Daniel y yo solíamos llamar el veredicto final después de cada consulta.

—Bueno, chicos, pues está todo de maravilla. El bebé crece perfectamente y, en poco menos de cinco meses, lo tendremos ya por aquí.

—¿Se ha dejado ver, doctor? —preguntó Daniel.

—Si te refieres a si hemos podido ver el sexo, tengo que decir que el pudor no parece estar entre sus cualidades. En cuanto he pasado por esa zona, ha abierto las piernas de par en par.

—Se parecerá a su tía Mariola —dije entre risas.

—Eso te pasa por juntarte tanto con ella —contestó Daniel.

El doctor nos dio las indicaciones correspondientes para el segundo trimestre y nos explicó las pruebas rutinarias que tendría que realizarme durante las siguientes semanas, dejándonos claro que no había ningún motivo para preocuparnos.

Salimos de allí con el sobre que guardaba el secreto más importante de aquel momento y varias imágenes de la ecografía.

También habíamos hablado de hacernos una ecografía 5D, pero decidimos esperar un poco más, al menos hasta que el embarazo estuviera más avanzado y pudiéramos verlo con mayor claridad.

—Ahora mismo me siento el hombre más feliz del mundo.

—Y yo, la mujer más feliz de todo el universo.

—Y pensar en lo que te costó asumir este embarazo…

—Ya, pero no era por el bebé ni mucho menos por ti. Era por la inseguridad que sentía, por ese miedo absurdo a que la vida me volviera a joder. Entiende que estoy tan acostumbrada a perder que, cuando por fin gano algo, hasta me cuesta creérmelo.

—Mi vida tampoco ha sido fácil. Tuve una infancia marcada por la falta de cariño de mis padres y no pienso permitir que nuestro hijo pase por algo parecido.

—Juntos vamos a conseguirlo. De eso estoy completamente segura.

Daniel me abrazó por detrás y puso las manos sobre mi vientre mientras esperábamos a que el semáforo se pusiera en verde.

No me preguntéis por qué, porque ni yo misma sé explicarlo, pero, de repente, sentí algo extraño. Una alarma dentro de mí, una necesidad urgente de apartarnos de allí.

Cogí a Daniel de la mano y tiré de él.

—Vamos.

—¿Qué ocurre, Aura?

—No lo sé, pero tenemos que quitarnos de aquí.

Eché a correr sin darle tiempo siquiera a reaccionar y él me siguió.

Apenas unos instantes después, cuando ya nos habíamos alejado bastante del semáforo, escuchamos un estruendo a nuestras espaldas. Un coche había perdido el control y acababa de impactar justo en el lugar en el que habíamos estado esperando.

Se me heló la sangre.

Si hubiéramos permanecido allí unos segundos más, nos habría alcanzado de lleno. Y, por la posición en la que estábamos, Daniel abrazándome por detrás, probablemente el golpe habría impactado primero contra mí.

—¿Habías oído el coche o algo? —me preguntó, todavía pálido.

—No. No he oído nada. Simplemente he sentido que teníamos que movernos.

—Joder, Aura, me has dado miedo.

—Pues imagínate a mí. Me he dado miedo hasta yo misma.

Nos montamos en el coche. Se nos habían quitado de golpe las ganas de ir a tomar algo, que era el plan que teníamos después de la consulta, así que pusimos rumbo directamente a la casita donde celebraríamos la fiesta al día siguiente.

Desde allí pusimos rumbo directamente a la casita donde celebraríamos la fiesta al día siguiente y donde habíamos quedado con Davinia y Javier para terminar los preparativos.

Mi hermana Marta ya sabía que esperaba una niña y apenas le quedaban un par de semanas para verle la cara. Se llamaría Martina, un nombre que Saúl había elegido en cuanto supo que tendría una hermana. Lo había tenido clarísimo desde el primer momento.

Nosotros también teníamos decididos los dos nombres. Si era niño, se llamaría Enzo; si era niña, Sofía.

Y los padrinos tampoco estaban en discusión. Habíamos preparado un pequeño detalle para cada uno con una pregunta impresa: «¿Quieres ser mi padrino?» o «¿Quieres ser mi madrina?», según correspondiera.

—Chica, ¿todo bien? Porque traéis una cara que parece que habéis visto un fantasma —preguntó Davinia nada más vernos.

—Un fantasma, no, pero hemos visto la muerte bastante cerca —contestó Daniel.

—¿De qué estáis hablando? —preguntó Javier, acercándose.

Les contamos lo que había sucedido desde que salimos de la consulta del ginecólogo. Mientras Javier nos miraba completamente asombrado, Davinia, que me conocía de toda la vida, tenía una media sonrisa en los labios.

—Daniel, siento decirte que no es la primera vez que tu querida novia hace algo así y probablemente tampoco será la última.

—Me dejas muchísimo más tranquilo, oye.

—Es verdad, te lo prometo. Recuerdo una vez que teníamos preparado un viaje de fin de semana. Estábamos de lo más ilusionadas y, justo cuando íbamos a salir de su casa, Aura se quedó completamente quieta y dijo que no nos íbamos, que tenía una sensación rarísima.

—¿Y qué pasó?

—Que el autobús en el que teníamos que viajar sufrió un accidente. Nuestros asientos fueron precisamente de los que se llevaron la peor parte. Una viga de hierro que transportaba el camión contra el que chocó atravesó aquella zona.

—¿En serio?

—Completamente. Si hubiéramos estado sentadas allí, probablemente habríamos muerto. Desde aquel día, cuando el instinto de mi amiga le dice que no haga algo, yo no discuto.

—Pues después de escuchar esto, creo que yo tampoco voy a discutir nunca más —dijo Javier con expresión asustada.

Preferí cambiar de tema porque bastante mal cuerpo llevábamos ya los cuatro.

Nos pusimos con la decoración y dejamos preparado todo lo que pudimos para cuando llegaran los invitados al día siguiente. Daniel apenas me permitía hacer nada. Se comportaba como si, en lugar de estar embarazada, tuviera algún problema de movilidad.

—Daniel, estoy embarazada, no inválida.

—Y yo estoy practicando para ser un padre pesado. Déjame entrenar.

No pude evitar reírme.

Aquella noche dormimos allí y, como ocurría cada vez que me quedaba entre sus brazos, el lugar dejó de importar. Podíamos estar en su ático, en aquella casa o en cualquier punto del planeta. Si Daniel estaba conmigo, yo sentía que estaba en casa.

Antes de dormir habíamos hecho el amor despacio, sin prisas, disfrutando de cada beso, cada caricia y cada gesto. No necesitábamos demostrar nada más que lo mucho que nos queríamos y lo importantes que nos habíamos vuelto el uno para el otro.

A la mañana siguiente empezaron a llegar nuestros familiares y amigos y, durante unas horas, me sentí inmensamente afortunada.

Nos querían, nos apoyaban y se alegraban de nuestra felicidad como si fuera también la suya. Después de tantas pérdidas y tantos momentos difíciles, estar rodeada de aquella gente me hacía pensar que, quizá, la vida también sabía devolver algunas cosas.

Mis amigos habían aceptado a los de Daniel y los suyos a los míos hasta formar un grupo en el que ya resultaba difícil distinguir quién había llegado de la mano de quién. No todos compartíamos sangre, pero, a esas alturas, aquello importaba bastante poco.

Éramos una familia porque habíamos decidido serlo.

Mi suegra se acercó a nosotros mientras sacábamos las bandejas de carne para llevarlas hasta la barbacoa. El tiempo nos había dado una tregua: brillaba el sol y la temperatura era sorprendentemente agradable.

—Tengo que contaros algo y sé que me vais a llamar tramposa, pero, para lo que tenía pensado, no me quedaba otro remedio…

—Mamá, por favor, déjate de rodeos y dinos ya qué has hecho.

—Pues he conseguido que Javier me diga el sexo de vuestro bebé. Me ha costado lo mío convencerlo, pero necesitaba saberlo para una cosa que tenía pensada.

La madre que la parió. A saber qué se traía entre manos aquella mujer.