Capítulo 26
Daniel
Me costó muchísimo que Aura entendiera que no había actuado de mala fe, ni por caridad ni por ningún motivo parecido.
Lo había hecho porque me salió del alma.
A mí aquel dinero no me hacía ninguna falta y sabía que, con esa cantidad, ella podía ayudar a su hermana y a su familia, como finalmente había hecho.
La dejé en su centro de belleza, pero quedamos en que la recogería al mediodía.
Después iríamos a su casa para preparar el resto de las cosas que quería llevarse a la nuestra.
Porque así era como yo empezaba a sentirla: nuestra casa, nuestro hogar, el lugar en el que comenzaríamos aquella nueva etapa y nos prepararíamos para la llegada de nuestro bebé.
Habíamos decidido esperar un poco antes de contarlo. Aura estaba de once semanas, así que faltaba apenas una para llegar a los tres meses y pensamos que ese sería un buen momento para reunir a familiares y amigos en una cena y darles la noticia a todos juntos.
Sin embargo, nuestros planes duraron bastante poco.
En cuanto Marta vio a su hermana aquel mediodía, se quedó mirándola durante unos segundos y después se lanzó a abrazarla. Al parecer, había percibido algún cambio en ella que ni siquiera nosotros habíamos sido capaces de notar todavía.
—No me lo puedo creer. Vamos a ser madres casi al mismo tiempo. ¿De cuánto estás?
—De once semanas, pero nos hemos enterado esta misma mañana.
—Enhorabuena. No os podía haber pasado nada mejor en la vida, os lo aseguro.
—Estamos muy contentos, Marta, aunque tu hermana está un poco asustada —le dije a mi cuñada.
—Eso es normal, Aura. A partir de ahora vas a tener miedo por todo: por no saber si vas a ser capaz de cuidar de un bebé, porque se ponga malito, porque le pase cualquier cosa… Y siento decirte que esa sensación ya no desaparece nunca.
—Joder, hermanita, vaya ánimos que me estás dando.
—Ja, ja, ja. No intento animarte, simplemente te estoy preparando para lo que se te viene encima. Por suerte, las dos contamos con unos hombres de bandera a nuestro lado. Y no lo digo solo por lo buenos que están, que también, sino porque nos quieren y nos apoyan.
—En eso tienes razón, hermanita. Hay muchas mujeres que tienen que enfrentarse a todo este proceso solas, y eso sí que debe ser aterrador.
—Aura, no te recordaba yo tan cobardica…
—Deben de ser las hormonas, que les ha dado por ahí.
—Bueno, venga, os ayudo a recoger lo poco que te queda en esta casa.
—Sí. Además, así podrás cambiar a Saúl a mi habitación, que es más grande, y dejar la suya para el bebé. Mi niño tendrá más espacio y podrá ir teniendo sus cosas mejor organizadas.
—¿Estás segura? Esta también es tu casa y no quiero que en ningún momento sientas que nos estamos apropiando de tu espacio.
—Completamente segura. Yo voy a empezar mi vida con Daniel en la suya.
—En la nuestra, Aura, que no se te olvide. Pero venga, dejaos ya de tanta cháchara y ayudadme a guardar cosas, que al final parece que estoy haciendo yo todo el trabajo —les dije en tono de broma.
—Sí, vamos, que te vas a herniar —me contestó Aura con ese tono ácido suyo que tanto me gustaba.
Los tres soltamos una carcajada y nos pusimos manos a la obra. Bueno, en realidad Aura iba decidiendo lo que se llevaba y Marta y yo nos encargábamos de guardarlo en las cajas que habíamos preparado.
Hubo algunas prendas que no quiso llevarse porque decía que ya no se las pondría y pensaba donarlas.
Marta, sin hacerle demasiado caso, las metió en una caja aparte y dijo que las guardaría en el trastero por si algún día cambiaba de opinión.
Conociendo a mi cuñada, estaba claro que no pensaba permitir que su hermana se deshiciera de nada sin darle al menos una segunda oportunidad.
Eran casi las siete de la tarde cuando terminamos de guardar todo. Raúl no tenía consulta aquella tarde porque había tenido que llevar a Saúl al pediatra y, como sabía que no estaría disponible, no había agendado ninguna cita. Así que se ofreció a ayudarnos a trasladar las cajas.
Ni que decir tiene que, en cuanto se enteró del embarazo de su cuñada, abrazó a Aura con una naturalidad que dejaba claro el cariño que se tenían. Raúl tenía la misma edad que ella, tres años menos que yo, pero ni por un segundo sentí celos.
Confiaba plenamente en Aura y, además, bastaba verlos juntos para comprender que entre ellos existía una relación de hermanos. Raúl la miraba con el mismo cariño con el que yo podía mirar a Mariola: sin deseo, sin segundas intenciones y desde una confianza construida durante años.
Al final bajamos las cajas al coche entre los dos y volvimos a subir con la intención de desmontar algunos muebles y cambiar los de Saúl de habitación, pero, viendo la hora que era y el cansancio que llevábamos encima, decidimos dejarlo para el fin de semana.
Como Marta ya conocía la noticia, Aura consideró que no sería justo que mi madre tuviera que esperar una semana para enterarse. Así que compramos una pizza familiar y pusimos rumbo a su casa para cenar con ella.
—Pero bueno, ¿y esta sorpresa?
—Venimos a darte una noticia…
—¡No! ¿En serio?
No nos hizo falta decir nada más.
Ocurrió prácticamente lo mismo que con Marta. En cuanto mi madre se fijó bien en Aura y vio nuestras caras, pareció comprenderlo todo. Se lanzó a abrazarla con lágrimas en los ojos, completamente desbordada por la emoción.
—No me podéis haber hecho más feliz. Y os advierto que pienso consentir a este bebé todo lo que no pude hacerlo con mi hijo.
—Y nosotros no te vamos a decir nada, Isabel. Es normal que una abuela quiera darle todo a su nieto, pero lo que más me gustaría que le dieras es todo el amor del mundo —le dijo Aura, separándose un poco de ella para mirarla.
—Uy, eso no lo dudes. De amor va a estar sobrado.
Nos sentamos a cenar y mi madre no dejó de hacerle muestras de cariño a mi chica en toda la noche.
Le ponía la mano sobre el vientre, a pesar de que seguía teniéndolo tan plano como siempre, le acariciaba la cara, le preguntaba cada poco cómo se encontraba…
Estaba disfrutando de la noticia incluso más de lo que yo había imaginado.
—Daniel, ¿estás feliz? —me preguntó mi madre cuando Aura se levantó para ir al baño.
—No podría estarlo más. Tengo a mi lado a la mujer de la que estoy enamorado y estamos empezando a construir algo que ni siquiera era consciente de cuánto deseaba hasta ahora.
—Cuídala, por favor. Es una mujer excepcional, luchadora y capaz de hacerte muy feliz, pero también de decirte esas cosas que no quieres escuchar cuando necesitas que alguien te las diga.
—Lo sé, mamá. Precisamente por eso me he enamorado de ella. Nunca ha intentado bailarme el agua y, desde el primer día, se ha mostrado tal y como es.
—Sí, a mí también me ha cautivado precisamente eso. Su naturalidad, esa forma de hablar sin medir cada palabra y la frescura que tiene. Es difícil encontrar a alguien así.
En ese momento regresó Aura con una sonrisa en los labios.
Por su expresión, sospeché que había escuchado al menos una parte de la conversación.
Y, lejos de incomodarme, me alegró. Quería que supiera exactamente lo que sentía por ella, todas las veces que hiciera falta, porque quizá así acabaría creyéndose de una vez que no pensaba desaparecer de su vida.
Después de cenar nos despedimos de mi madre y regresamos a nuestra casa.
Cuando nos metimos en la cama y Aura apoyó la cabeza sobre mi pecho, experimenté una sensación difícil de explicar. Me sentía completo. Como si hasta ese momento hubiera habido alguna pieza de mi vida fuera de sitio y, de repente, todo hubiera encontrado el lugar al que pertenecía.
Me quedé dormido imaginando cómo sería Aura cuando el embarazo empezara a notarse, cuándo descubriríamos si esperábamos un niño o una niña y, sobre todo, cómo sería el momento en el que por fin tuviéramos a nuestro bebé entre los brazos.
También empecé a darle vueltas a la habitación de invitados. Podríamos convertirla en la del bebé. En mi cabeza fui cambiando los muebles de sitio, imaginando dónde pondríamos la cuna, cuál sería la mejor distribución y todo lo que tendríamos que comprar en los próximos meses.
Estaba seguro de que Aura no permitiría que yo pagara todo.
La conocía lo suficiente para saber que aquello acabaría siendo motivo de discusión, pero tampoco pensaba permitir que el dinero provocara una brecha entre nosotros.
Ya encontraríamos una forma de hacerlo con la que los dos nos sintiéramos cómodos.
Lo que ninguno imaginábamos era que, al día siguiente, mi madre se nos adelantaría.
Nos hizo llegar varias cosas para el bebé acompañadas de una nota en la que nos informaba, más que preguntarnos, de que ella se encargaría de aquello. Para el resto, decía que esperaría a saber si era niño o niña y, sobre todo, a que fuéramos con ella para elegirlo todo a nuestro gusto.
—No puedo con ella. Siempre va un paso por delante —dijo Aura, mirando las cosas que había enviado.
—Ni que lo digas. Pero te garantizo que antes no era así. Es como si todo lo que ha ocurrido con mi padre la hubiera obligado a despertar después de muchos años.
—Está claro que ha sido así. Tiene que ser muy duro ver anulada tu personalidad por la persona a la que amas.
—Sí, en eso no tengo ninguna duda. Mi madre ha amado a mi padre con toda su alma, hasta el punto de poner su vida completamente en sus manos.
—Pero, gracias al cielo, ha conseguido salir de ese pozo.