La quiniela que nos unió Capítulo 25
74%

Capítulo 25

Aura

Habían pasado ya dos meses desde que Daniel y yo iniciamos lo nuestro, y aquella noche la habíamos pasado en su ático, como casi todas las demás.

A esas alturas, tenía casi más cosas en su casa que en la mía.

Si hasta me había dejado la mitad de su vestidor para que pudiera tener mi ropa bien colgada y una balda del mueble del baño para guardar todos mis enseres personales.

Esa mañana me levanté rara, algo indispuesta, y pensé que la cena del día anterior me habría sentado mal.

Era eso o que estaba incubando algo, pero no quise decirle nada a Daniel y disimulé todo lo que pude.

Si se enteraba de que me encontraba mal, sería capaz de obligarme a quedarme en casa, y aquel día no podía permitírmelo.

Teníamos la agenda llena de cara a las fiestas, que ya estaban muy cerca.

Me di una ducha para ver si se me pasaba el malestar y después fui a la cocina con la intención de desayunar un poco. Quizá, si conseguía meterme algo en el cuerpo, se me asentaría el estómago, porque lo tenía como un ascensor, para arriba y para abajo.

—Venga, que ya tengo preparada la cápsula del café.

—¿Perdona?

—El café. Ya está listo, le he dado al interruptor…

Fue pensar en el café y tener que salir corriendo hacia el baño, donde vomité hasta la primera papilla que me dio mi madre. ¡Qué cosita más mala, virgencita del Carmen! Me tiré más de diez minutos con la cabeza metida en la taza del váter.

—¿Qué estás haciendo, Aura?

—Nada, aquí, viendo si la lejía ha hecho su efecto y ha dejado el fondo blanquito. De verdad, hijo, hay veces que pareces tonto.

—¿Estás vomitando? ¿Te encuentras mal?

—No, qué va. Es que mañana tengo un desfile de modelos y necesito perder trescientos gramos.

—No hace falta que te pongas irónica. Venga, vamos, que te acompaño al médico.

—Anda ya. Esto será que estoy incubando algo o que me sentó mal la cena de anoche.

—Anoche no comiste casi nada. Ya noté que no estabas del todo bien.

—De acuerdo, pero, en cuanto salga del médico, me marcho a la peluquería.

—Todo dependerá de lo que tengas, porque, si te dice que tienes que guardar reposo, no te moverás de la cama, así tenga que quedarme aquí aguantándote. Además, yo puedo trabajar desde casa…

—Claro, claro. Como tengo hoy la peluquería hasta arriba de gente, voy a decirles a las niñas que no puedo ir porque me encuentro mal.

Se puso a protestar no sé qué de que primero estaba yo y después el negocio, que tenía que aprender a delegar, que podía contratar a otra peluquera y no sé cuántas cosas más.

La verdad es que me encontraba tan mal que ni siquiera le presté demasiada atención.

Al final, y más que nada por no seguir escuchándolo, permití que me llevara al centro de salud, donde tuve la suerte de que mi médico de cabecera tenía un hueco y pudo atenderme.

—Hola, Eusebio, buenos días.

—Hola, Aura. ¿Qué te trae por aquí?

—Pues me he levantado con malestar de estómago y no paro de vomitar. Ahora parece que estoy un poco mejor, pero es pensar en comida y me vuelven a dar arcadas.

—¿Cuándo fue la última vez que tuviste la regla?

—Pues la verdad es que, como tomo la píldora, lo que suelo tener es un leve sangrado entre caja y caja, más bien un manchado, así que no sabría decirte la fecha exacta.

—¿Has olvidado alguna píldora últimamente? ¿Has tenido vómitos o diarrea después de tomarla?

—Que yo recuerde, no. Soy bastante estricta con eso.

—Aun así, quiero que descartemos un embarazo antes de valorar cualquier otra cosa. Baja a enfermería para que te hagan una prueba y después vuelves a subir.

Os prometo que el mundo se me cayó a los pies.

No podía ser. No podía estar embarazada porque no me había saltado ni una sola toma. ¿O sí? Por más que intentaba recordar, no encontraba ningún día en el que hubiera olvidado tomarla. Dios, me iba a estallar la cabeza.

Daniel, por el contrario, tenía una sonrisa en la cara que evidenciaba la ilusión que le estaba haciendo aquella posibilidad.

—¿Te imaginas un pequeño Danielito o una pequeña Aurita corriendo por casa?

—Ahora mismo lo único que tengo en la cabeza es que esa prueba me puede cambiar la vida.

—No estás sola, Aura. Estoy contigo y voy a estar a tu lado, igual que Raúl estuvo con tu hermana. Además, nosotros, al fin y al cabo, lo tenemos mucho más fácil que ellos cuando llegó Saúl. Tenemos nuestras vidas encauzadas y una estabilidad laboral y económica.

Sabía que Daniel tenía razón, pero eso no conseguía que el miedo desapareciera.

Lo que más incertidumbre me provocaba era esa sensación absurda que arrastraba desde hacía años de que, cuando todo en mi vida iba demasiado bien, el batacazo no tardaba en llegar.

Y entre nosotros todo iba de maravilla. Quizá demasiado.

Pero eso no podía decírselo a él porque seguramente me tomaría por loca.

Tan solo me quedaba esperar que la prueba saliera negativa.

No porque no me hiciera ilusión ser madre o porque no quisiera tener un hijo con Daniel.

Si alguna vez había imaginado compartir algo así con alguien, quería que fuera con un hombre como él.

El problema era que el miedo se había apoderado de mí y no me estaba dejando pensar con claridad.

Pero, como en mi vida parecía ocurrir siempre justo lo contrario de lo que esperaba, aquella prueba dio un positivo como una casa de grande.

Apenas había metido el palito en la muestra de orina cuando comenzaron a aparecer las dos rayas rosas.

Tan solo le faltó al dichoso cacharro sacar un letrero luminoso por un lado que dijera: «Gilipollas, hasta las píldoras anticonceptivas te han fallado. ¿Qué esperabas?».

Me quedé mirando el resultado sin saber si reír, llorar o salir corriendo.

—Parece que no te ha gustado el resultado —dijo Daniel con cuidado—. Yo estoy encantado con la idea de ser padre, mucho más si es contigo, pero, si decides que no quieres seguir adelante con el embarazo, quiero que tengas claro que te apoyaré en lo que decidas.

—No es eso, es que…

Sin poder evitarlo, me eché a llorar. Ahora que lo pienso, ni siquiera sé si fue por la emoción, por el miedo o porque todo aquello me había caído encima de golpe y me superaba.

Daniel no dijo nada. Se limitó a abrazarme como solo él sabía hacerlo, sin meterme prisa, sin hacer preguntas y dejándome llorar todo lo que necesitara.

Cuando conseguí secarme las lágrimas y pude volver a hablar, decidí contarle a mi chico lo que realmente me estaba pasando por la cabeza.

—Tengo miedo de que todo se tuerza, como suele ocurrirme. De verme sola con un bebé y no saber qué hacer ni cómo encontrar la manera de seguir adelante.

—Eso no va a suceder. Yo voy a estar a vuestro lado. Y la primera muestra de ello es que quiero que te vengas a vivir definitivamente conmigo, al ático.

—¿Cómo voy a hacer eso? Sería meterme de lleno en tu espacio y, no sé, me haría sentir demasiado vulnerable. Si algún día decides que ya no quieres estar conmigo, tendría que recoger todas mis cosas y volver a empezar…

—Siempre tendrás tu casa. Y, si alguna vez ocurriera eso que estás imaginando, que ya te digo que no creo que suceda, sería yo quien se marchara. Tú y el bebé os quedaríais en el ático el tiempo que hiciera falta.

—Todo esto me está saturando, te lo prometo.

—Mira, vamos a hacer una cosa. Subimos a la consulta, dejamos que Eusebio te dé las indicaciones que correspondan y después nos marchamos unos días fuera. Nos alejamos de todo, hablamos con calma y pensamos qué queremos hacer.

—No necesito pensar qué quiero hacer, Daniel. Este bebé va a nacer, al menos si todo sigue adelante con normalidad. Yo no voy a interrumpir el embarazo. Lo único que necesito es quitarme de la cabeza todos esos miedos que se han apoderado de mí.

—Y yo voy a ayudarte a que desaparezcan, te lo prometo. Te quiero, Aura. Mucho más de lo que te puedes imaginar. Y pensar que podemos empezar a formar nuestra propia familia me hace feliz de una manera que no sé ni explicarte.

Aquello consiguió que volviera a llenárseme los ojos de lágrimas, aunque esta vez por un motivo completamente distinto.

—Yo también te quiero, Daniel, y juntos conseguiremos tener esa familia que tanto deseamos los dos.

—Verás cuando se entere mi madre de que va a ser abuela…

—O mi hermana, cuando sepa que su bebé y el mío se van a llevar solo unos meses.

Regresamos a la consulta y Eusebio me explicó los primeros pasos que debía seguir a partir de ese momento. También dejó encaminadas las citas con la matrona y ginecología para que comenzaran a llevar el seguimiento del embarazo y me indicó el suplemento que debía empezar a tomar.

Salimos del centro de salud de una manera muy distinta a como habíamos entrado.

Seguía teniendo miedo, no iba a desaparecer de un plumazo, pero el apoyo que Daniel me estaba mostrando conseguía que todo pareciera un poco menos abrumador.

No tenía por qué enfrentarme a aquello sola.

Mi hermana tampoco lo había hecho cuando se quedó embarazada de Saúl y, por primera vez desde que vi aparecer aquellas dos rayas, conseguí respirar con algo de tranquilidad.

Me sentía protegida, cuidada y, sobre todo, acompañada.

Antes de entrar en la peluquería, donde pensaba trabajar mientras el cuerpo me lo permitiera, Daniel me detuvo. Por su expresión supe enseguida que quería decirme algo importante.

Y lo que soltó no consiguió enfadarme exactamente, pero sí me sentó bastante mal.

—Aura, no puedo seguir guardándome esto. El dinero del premio, esos veinticinco mil euros… En realidad, nunca supimos a quién de los dos le habían tocado. Yo le dije a Manuel que te los diera a ti y que te hiciera creer que habías sido la afortunada.

Me quedé mirándolo unos segundos, intentando asimilar lo que acababa de decirme.

—¿Y me lo dices ahora, casi cinco meses después? No me lo puedo creer.

—No te enfades, por favor. Precisamente te lo cuento porque no quiero que haya ninguna mentira entre nosotros.