Capítulo 24
Daniel
Puedo decir, sin miedo a equivocarme, que aquel fue uno de los fines de semana más bonitos de mi vida. No habíamos ido a ninguna parte ni hecho ningún plan especial; simplemente había pasado el tiempo con las dos mujeres más importantes de mi vida y, sorprendentemente, no había necesitado nada más.
El domingo por la tarde, mientras acompañaba a Aura a su casa, recibí una llamada de Mariola y no dudé en contestar. Mi chica sabía lo importante que era mi amiga para mí y entendía perfectamente la relación que teníamos, aunque todavía no supiera que Mariola era lesbiana.
—Dime, chalada, ¿qué te pasa?
—Hola, medio hombre. A mí no me pasa nada, pero, como no has dado señales de vida en todo el fin de semana, te llamaba para comprobar que seguías vivo.
—Vivo y muy feliz. Tengo mucho que contarte, pero ahora no puedo, que estoy con mi chica. Acabo de acompañarla a su casa y estamos entrando por el portal.
—¿Tu chica? Tan solo espero que no estés hablando de la indeseable.
—No, hija, esa está muy lejos de mi vida. Ya te he dicho que tengo mucho que contarte. Si quieres, mañana quedamos para desayunar en el bar de enfrente del despacho.
—No lo dudes. Estaré allí a las nueve en punto, como un clavo.
—Menudo personaje es Mariola —me dijo Aura, sonriendo cuando colgué.
—Ni que lo digas. Ya la conocerás mejor. Por cierto, a ella también la dejaste preciosa. Estoy pensando que me hace falta un buen corte; igual mañana me paso por tu centro de belleza.
—No hace falta que vengas, ahora mismo te corto el pelo, si quieres.
—Es que me hace ilusión conocer tu lugar de trabajo, a tus compañeras y el ambiente en el que te mueves.
—Si es por eso, te espero a las diez y así vienes con Mariola, que tengo ganas de verla.
—¿Por qué no te vienes mañana y desayunas con nosotros?
—Porque es vuestro momento. Entiendo que quieras desahogarte con ella, contarle todo y, si estoy yo delante, quizá no puedas hablar con toda la libertad que necesitas.
Aquella respuesta volvió a sorprenderme.
Aura entendía que estar juntos no significaba tener que compartir absolutamente cada minuto ni cada conversación.
Me estaba dando mi espacio sin hacer preguntas ni intentar enterarse de lo que quisiera contarle a Mariola, y esa naturalidad conseguía que me sintiera todavía más cómodo a su lado.
Justo cuando abrió la puerta de su casa, un pequeño de unos siete años salió corriendo a abrazarla y entendí enseguida que era su sobrino, Saúl.
—Hola, mi niño bonito. ¿Qué tal te lo has pasado con los abuelos?
—Bien, pero te he echado de menos, tata.
—Bueno, pero ya estás aquí con nosotros. ¿Papá y mamá también están aquí?
—Creo que acabas de hacer la pregunta más tonta de la historia, Aura. No creo que tu hermana y tu cuñado hayan dejado al niño aquí solito —le dije, y Saúl soltó una carcajada.
—¿Tú eres el novio de mi tata? Porque me gustas, tío. Eres guay.
—Pues sí, soy el novio de tu tata. Y tú también me gustas, así que me parece que nos vamos a llevar muy bien.
—Saúl, ¿es tu tía? —preguntó una mujer que apareció al fondo y a la que reconocí enseguida como Marta, la chica de la recepción de la clínica.
—Sí, que viene con su novio —respondió el niño.
—¿Qué hablas de novio, hijo? No empieces con las invenciones, hazme el favor —dijo su padre, mi dentista.
—Pues sí, soy su novio y también tu paciente. Buenas tardes, Raúl.
—Me cago en la leche. ¿Tú eres el novio de Aura?
—Sí, cuñado, es Daniel, mi chico.
—Qué verdad es eso de que el mundo es un pañuelo —dijo Marta.
—Y nosotros, unos cuantos mocos —contestó Aura como si fuera lo más normal del mundo, haciendo que tanto Saúl como yo soltáramos una carcajada.
Raúl y Marta nos invitaron a quedarnos a cenar.
Pizza , por supuesto, porque había elegido Saúl y era su comida preferida.
Cuando salí de allí, lo hice con una sensación que no esperaba.
Me habían acogido con una naturalidad increíble y, en apenas unas horas, me había sentido mucho más integrado en aquella familia que en la mía durante gran parte de mi vida.
Al día siguiente me levanté temprano, me di una ducha y me marché al bar donde había quedado con Mariola para desayunar. El despacho no abría hasta las diez, pero David estaría allí por si surgía cualquier cosa urgente.
—Hola, medio hombre. ¿O ya tengo que llamarte hombre entero?
—Eso se lo tendrás que preguntar a Aura.
—Dime que estás con ella, que lo habéis arreglado, por lo que tú más quieras.
—Pues sí. El viernes mi madre, que ya sabes lo liante que puede llegar a ser, se plantó en el centro de belleza sin decirle quién era…
Le conté todo lo que había sucedido desde que mi madre apareció en el centro de Aura y la manera en que consiguió llevarla justo hasta donde quería para que aceptara hablar conmigo.
También le expliqué que había preferido no venir a desayunar porque entendía que yo necesitaba hablar con ella a solas y con total libertad.
—Te lo dije, esa mujer es la horma de tu zapato. Espero que no la dejes escapar.
—Ahora que la he recuperado, ni muerto pienso dejarla escapar.
—Bueno, ¿y qué es eso que me tenías que contar sobre Mónica y todo lo demás? Desde que conocí a Sandra ya sabes que apenas hemos tenido tiempo de hablar.
—A esa mujer tengo que conocerla. No quiero que te impida hablar conmigo ni que cambie la relación que tenemos.
—Eso puedes tenerlo claro. Sandra me gusta muchísimo, pero tú sabes que tanto Javier como tú sois mi familia y eso no va a cambiar. Pero venga, cuéntame qué ha pasado.
Cuando terminé de explicarle todo lo que había hecho mi padre, Mariola se llevó las manos a la cabeza.
Para tranquilizarla, le conté que muchas cosas ya estaban encauzadas y que, además, la persona con la que nos habíamos entrevistado para la posible venta de la empresa me había enviado un correo diciendo que estaba preparando la documentación necesaria para comprar la parte de mi madre.
—Es un hijo de puta, con todas las letras.
—Ni que lo digas. Lo mejor de todo es que está en la cárcel, a la espera de lo que decidan con él, y no creo que vaya a salir bien parado porque hemos conseguido reunir bastantes pruebas.
—Ojalá se pudra allí, porque no merece menos.
—Bueno, vamos un momento a mi despacho. Tengo que decirle a David que saldré a hacer un recado y que me llame si surge alguna urgencia.
—¿A un recado?
—Sí, y te necesito, porque tengo que ir al salón de belleza de Aura y no tengo ni idea de dónde está.
—Uy, yo te llevo encantada de la vida. Además, tengo ganas de darle un abrazo y un beso a esa mujer.
—Porque sé que esa tal Sandra te tiene bastante entretenida, que, si no, no te dejaba acercarte a menos de cien metros de mi chica. Eres capaz de hacer que cambie de acera.
Mariola soltó una carcajada porque no era la primera vez que ocurría algo parecido. En una ocasión, Javier había conocido a una chica preciosa y estaba de lo más ilusionado con ella, pero Mariola insistía en que lo estaba engañando y que solo lo utilizaba como tapadera.
Para demostrárselo, empezó a coquetear con la chica hasta que, en determinado momento, se lanzó y la besó. Ella creía que Javier no las estaba viendo, pero Mariola se había asegurado de que lo hiciera para que no le quedara ninguna duda.
Desde entonces, cada vez que Javier conocía a una mujer, le preguntaba a Mariola si pensaba ligársela antes o después que él.
En alguna ocasión hasta habían terminado compartiendo encuentro, aunque entre Javier y Mariola jamás había ocurrido nada.
Los dos tenían muy claro que esa era una línea que no pensaban cruzar.
David me dijo que no había ningún problema. Hasta ese momento no había surgido nada urgente, tan solo un par de recados que había apuntado en mi agenda digital. Después de hablar con él, nos pusimos rumbo al centro de belleza, que estaba a unos cinco minutos andando.
Cuando entramos y Aura me vio, me recibió con una sonrisa. Lo que no nos esperábamos ninguno de los dos era que Sandra, la mujer con la que Mariola estaba saliendo, también trabajara allí.
—¿Qué haces tú aquí? —le preguntó Mariola.
—Esa pregunta te la tendría que hacer yo a ti, porque este es mi lugar de trabajo.
—No me jodas. Pero si yo estuve aquí hace un tiempo y tú no estabas, te lo puedo asegurar.
—Seguro que viniste el día que libré.
—No me digas que tú eres la chica con la que está Sandra —preguntó Aura, riendo.
—La misma que viste y calza.
—Lo último que habría imaginado es que tú eras lesbiana.
—Lo sé, me pasa bastante. No es que quiera esconderlo, pero tampoco tengo por qué llevar un cartel luminoso en la frente. Además, la gente tiene la costumbre de pensar que todas las lesbianas somos masculinas y aquí tienes dos ejemplos de que no siempre es así.
—Tienes razón. Pero pasad, que hoy la mañana está tranquilita. Si queréis haceros algo, no tengo ningún problema.
—Pues yo quiero cortarme el pelo, pero tienes que hacerlo tú —le dije a Aura.
—No hay problema. Venga, pasa al lavacabezas. Mientras, Sandra puede lavar y peinar a Mariola. Además, en breve llegará Davinia.
—¿También trabaja ella aquí?
—Sí, es la encargada de la estética del centro.
Me encantaba ver a Aura moverse por su trabajo con aquella soltura, saber perfectamente qué tenía que hacer en cada momento y observar también la forma en que la trataban las clientas que iban entrando.
Se notaba que no solo confiaban en ella profesionalmente, sino que le tenían un cariño enorme, y me gustó descubrir esa parte de su vida.
Al final, como no tenía nada pendiente en el despacho, decidí esperar a que Aura terminara. Llamé también a Javier para que viniera a recoger a Davinia y acabamos yéndonos a comer los seis, porque Mariola y Sandra se apuntaron al plan.
No podíamos alejarnos mucho, ya que a las cuatro y media ellas tenían que volver al trabajo. Raúl y Marta tampoco podían venir porque Saúl salía del colegio a las tres y media y la clínica estaba abierta hasta las tres.
Terminamos comiendo en el restaurante del centro comercial y, aunque Aura intentó pagar, ni Javier ni yo se lo permitimos.
Fue entonces cuando algo me sacudió por dentro.
Todavía no le había contado que, en realidad, nadie sabía con certeza a cuál de los dos le había correspondido el premio de veinticinco mil euros.
No quería que terminara enterándose por otra persona. Tenía que ser yo quien se lo contara, pero aquel no era el lugar ni el momento. Así que, como mi madre ya se había instalado en su casa, invité a Aura a cenar en la mía.
—Está bien, pero hasta las ocho no cerramos la peluquería.
—No pasa nada. Estaré en el despacho arreglando documentación y, en cuanto salgas, te espero allí. Así coges ropa para pasar la noche en mi casa.
—Al final, como sigamos así, terminaré pasando más tiempo en tu casa que en la mía.
—Ese es el objetivo, que terminemos viviendo juntos.
—Eso no ocurrirá mientras no pasemos por el altar, guapo.
—Lo tendré en cuenta, no lo dudes.