La quiniela que nos unió Capítulo 23
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Capítulo 23

Aura

Había pasado la mejor noche de mi vida y esperaba que no ocurriera lo mismo que la vez anterior, cuando, después de pasar la noche juntos, al despertarnos el sueño terminó convirtiéndose en una pesadilla.

Fui la primera en abrir los ojos y me quedé observando lo guapísimo que estaba Daniel dormido. Se le veía tan relajado que no pude evitar sonreír y, sin darme cuenta, terminé embobada mirándolo.

—Si continúas mirándome así, vas a terminar por gastarme.

—Pensé que estabas dormido.

—Y lo estaba, hasta que he sentido tu mirada penetrante sobre mi persona.

—Uy, cualquiera que te escuche pensará que te estaba diseccionando con la mirada, guapo.

—Con la mirada no, pero con otra cosa sí que te voy a diseccionar yo ahora mismo, que tengo hambre.

Daniel se puso la sábana sobre la cabeza, tapándonos a los dos, y se metió entre mis piernas, donde me saboreó a placer. Cuando llegué al orgasmo y salió de debajo de la sábana, me colocó a cuatro patas sobre la cama y me penetró desde atrás.

Después de contarle que tomaba la píldora, no había vuelto a hacer ni el intento de sacar un preservativo de su cartera. Según él, sentirme sin nada entre los dos era de las mejores cosas que había experimentado en su vida y yo, la verdad, tampoco podía decir lo contrario.

Tras nuestra sesión de sexo matutino, nos dimos una ducha y nos vestimos de manera cómoda. Tanto que él se quedó con el bóxer y la camiseta que había traído y yo me puse únicamente una camiseta, porque no me dejó ni coger unas braguitas.

—Vamos a desayunar, que me muero de hambre.

—Yo necesito café en cantidades industriales, por favor.

—Anda, abre la puerta, que ya tiene que estar el pan colgado del pomo.

—¿Perdona? ¿Te traen el pan cada mañana a casa?

—Así es, calentito y recién hecho. Me lo cargan en cuenta todos los meses y es uno de los mejores servicios que he contratado en mi vida.

—Yo quiero eso. Antes de que me vaya mañana, me das el número de teléfono de quien lo trae.

—¿Vas a pasar todo el fin de semana conmigo aquí, en mi casa?

—Si a ti no te molesta, por supuesto.

—¿Eres tonto? ¿Por qué me va a molestar? Lo decía por tu madre, que va a estar sola todo el fin de semana.

—¿Quieres que cambiemos de ubicación? Por mí no hay problema si prefieres que lo pasemos en mi casa, solo que no podremos tener escenas de sexo tórrido hasta que ella se acueste.

—No todo es sexo, señor Gálvez. Hay muchas más cosas en una pareja, si es que eso es lo que somos…

—Por supuesto que eso es lo que somos. Y sí, yo también pienso igual que tú. Lo que me ocurre es que no consigo mantener las manos quietas cuando te tengo cerca.

Daniel me atrapó entre la encimera y su cuerpo y llevó una de sus manos hasta mi sexo. Como no llevaba nada que se lo impidiera, introdujo sus dedos en mí y consiguió hacerme gemir otra vez.

Bueno, no os voy a contar a qué hora conseguimos desayunar ni cuántas veces tuve que volver a hacer las tostadas por culpa de nuestros arrebatos.

Lo cierto es que, alrededor de las doce y media, salimos de mi casa rumbo a la suya.

Yo llevaba una mochila con un pijama y ropa cómoda para estar allí, porque llovía a cántaros y no teníamos ninguna intención de salir durante el resto del día.

Al pasar por un local que habían ocupado hacía poco y en el que, según comentaban los vecinos, habían abierto un despacho de abogados, Daniel se paró en seco. Me miró con una sonrisa y soltó algo que no me habría imaginado en la vida.

—Este es mi despacho. Trabajo aquí.

—¡No! Seguro que estás de broma para hacerme creer que hemos estado así de cerca durante todo este tiempo…

—Te prometo que es verdad. Si quieres, puedo abrir y enseñártelo.

—Mejor mañana, cuando me acompañes de vuelta a casa, porque ahora mismo vamos a ponernos como una sopa con la que está cayendo.

—Es cierto. Vamos, que tengo el coche ahí mismo.

Con lo difícil que era aparcar en mi barrio y el tío había encontrado un hueco prácticamente en la puerta. Con la cantidad de vueltas que tenía que dar yo cada vez que cogía el coche para algo… Eso era suerte y lo demás, tonterías.

Su edificio tenía garaje, aunque la última vez que había estado allí no lo había visto porque habíamos llegado en taxi. Aparcó en la plaza que le correspondía al ático y subimos hasta su casa, donde nos recibió su madre, que estaba en la cocina preparando algo que olía de maravilla.

—Mamá, te dije que no prepararas nada, que tenía comida en táperes en la nevera.

—Ya, hijo, pero he visto una receta en internet que se me ha antojado y he bajado al súper a comprar los ingredientes.

—Hola, Isabel…

—Ay, mi niña, que no te había visto. Daniel, hijo, ¿por qué no me has dicho que Aura venía contigo?

—Porque no me has dado tiempo, mamá. Y sí, viene a pasar el resto del fin de semana conmigo, bueno, con nosotros. Íbamos a quedarnos en su casa, pero al final hemos decidido venir aquí.

—¿No lo habréis hecho por mí? Ya sabes que estoy acostumbrada a estar sola, no sería nada nuevo. Además, cuando me vaya a mi nueva casa, tampoco tendré compañía.

—Lo hemos hecho porque me apetecía pasar el día contigo, Isabel. Pero, si es una molestia para ti, no tengo ningún problema en volver a casa, y no vayas a pensar que me voy a enfadar ni nada parecido.

—A mí no me molestas, cariño, más bien todo lo contrario. Estoy de lo más halagada de que queráis pasar tiempo conmigo. Solo digo que no quiero incomodaros. Entiendo que también necesitáis vuestros momentos a solas y de pasión.

—Uy, Isabel, por eso no te preocupes, que de eso ya vamos sobrados por hoy. No te puedes imaginar cómo es tu hijo de pasional…

—Vale, vale, no creo que a mi madre le interese conocer ese aspecto de mi personalidad.

Isabel y yo nos miramos y soltamos una carcajada. Daniel puso tal cara de horror que fue imposible contenernos y, para rematar, se le encendieron las mejillas de un rojo pasión, nunca mejor dicho.

Al final, mientras Daniel se ponía cómodo, yo me metí en la cocina con su madre. Como ya llevaba unas mallas y una sudadera desde casa, tampoco necesitaba cambiarme hasta la noche.

Isabel quería preparar un arroz a la marinera, pero no tenía demasiada idea de cocina, dicho sea de paso.

Empezó quemando el sofrito y consiguió que las dos nos partiéramos de risa, así que terminé apartándola un poquito para enseñarle cómo tenía que controlar el fuego y evitar que volviera a ocurrir.

Así nos encontró Daniel, entre fogones y riéndonos. Sonrió al vernos, se sentó en una de las sillas de la cocina y se quedó observándonos durante unos segundos.

—Mamá, te puedo asegurar que Aura es una gran cocinera. No te puedes imaginar el pescado al horno que hizo anoche para cenar.

—¿Es eso cierto, Aura?

—Bueno, tampoco es para tanto. Simplemente tuve que aprender a marchas forzadas, porque me quedé sin madre con dieciocho años y con una niña de quince a mi cargo. Y no solo eso, sino que mi madre llevaba ya bastante tiempo sin poder ocuparse de muchas cosas.

—¿Cómo que con una niña de quince años a tu cargo?

—Pues sí, porque esa era la edad que tenía mi hermana cuando nos quedamos huérfanas. No iba a permitir que nos separaran, así que me busqué un trabajo y la saqué adelante.

—¿Y tu padre? ¿También había fallecido?

—Como si lo estuviera, Isabel. Mi padre es el típico que fue a por tabaco y se encontró el estanco cerrado. Debe de andar ya por Asturias buscando uno abierto.

Isabel soltó una carcajada y Daniel, que justo había dado un sorbo a una cerveza, lo escupió como si fuera un aspersor. No fue tanto lo que dije como la manera en que lo hice.

—Aura, preciosa, parece que estás haciendo un monólogo cuando cuentas estas cosas —me dijo Daniel, sin poder parar de reír.

—¿Qué quieres, si es la verdad?

—Ya, mi vida, pero lo normal sería que lo contaras como una tragedia, no como una comedia.

—Es que no me podía permitir vivirlo de otra manera o me habría hundido.

—Eso dice mucho de ti, Aura. Cuanto más te conozco, más me gustas como nuera, cariño. Por cierto, ¿qué es de tu hermana?

—Mi hermana estudió enfermería, tiene un niño precioso de siete años, que es mi vida entera, y está embarazada de nuevo. Su pareja es dentista y acaban de abrir una clínica cerca de aquí.

—¿Dónde, concretamente? —me preguntó Daniel, sorprendido.

—Junto a la iglesia. Es pequeñita y la llevan solo los dos.

—Tu cuñado, por casualidad, no se llamará Raúl, ¿verdad?

—Sí, ¿por qué?

—Porque el destino se empeña, una y otra vez, en que nuestros caminos se crucen.

—No te entiendo, Daniel. ¿A qué te refieres?

—Pues a que hace unas semanas me levanté con un dolor de muelas horrible y, como mi dentista se había jubilado, decidí entrar en la primera clínica que encontrara. Y resultó ser la de tu cuñado y tu hermana.

—No me digas que Raúl es tu dentista.

—El mismo. Es más, tengo que volver dentro de unos días.

—Pues no le digas nada. Iré contigo y les damos una sorpresa a mi familia, si a ti no te importa, claro.

—¿Te importaría dejar de preguntarme si me importa o me molestan las cosas? No te preocupes, que, cuando no quiera que me acompañes, yo mismo me encargaré de decírtelo —me dijo Daniel antes de darme un beso en los labios.

Nos sentamos a comer entre risas y anécdotas que Isabel contaba sobre las trastadas que hacía Daniel cuando era pequeño. Lo que más me llamó la atención fue que muchas de ellas las relataba a través de lo que otras personas le habían contado, no como recuerdos que hubiera vivido en primera persona.

Cuando estábamos con el postre, terminé entendiendo el motivo.

Su marido, el padre de Daniel, nunca había querido que Isabel tuviera demasiada relación con el niño.

Por eso contrató a una nana que se hizo cargo de buena parte de su cuidado y educación mientras ellos estaban de viaje o acudían a actos y galas benéficas.

—La otra opción era meterlo en un internado, y eso sí que no lo habría soportado. Al menos, así podía acercarme por la noche, aunque estuviera dormido, darle un beso y decirle cuánto lo quería.

—No entiendo cómo un padre puede hacer algo así. Mi cuñado daría la vida por mi sobrino y eso lo tengo clarísimo.

—Tu cuñado y cualquier padre que se considere como tal. Para mí, José no fue un buen marido ni, mucho menos, un buen padre. Quería que el mundo viera una familia perfecta, pero, fuera de las miradas indiscretas, no éramos más que personas que vivían bajo el mismo techo.

Me dio muchísima pena escucharla. A pesar de la ausencia de mi padre, sin el que crecimos, nuestra infancia había estado repleta de cariño.

Mi madre se desvivía por hacernos reír y disfrutar, aunque llegara muerta del trabajo, y fue precisamente ese ejemplo al que me agarré cuando nos quedamos solas Marta y yo.