Capítulo 22
Daniel
La cena transcurrió mucho mejor de lo que habría esperado, sin reproches, escuchándonos el uno al otro y dejando claros nuestros sentimientos y lo que ambos esperábamos de aquello que se estaba forjando entre nosotros.
Después de recoger todo lo de la cena, que, por cierto, no podía estar más buena, nos sentamos en el sofá con una copa. Aura se quitó la chaqueta deportiva que llevaba puesta, dejando a la vista un top que me estaba provocando taquicardia.
—¿Pretendes que muera de un infarto o de combustión espontánea?
—¿Yo? ¿Por qué dices eso?
—Preciosa, ese top me está haciendo imaginar todo lo que haría con esos pechos que me están llamando.
—¿Te gusta lo que estás viendo?
Aura se levantó y dio una vuelta sobre sí misma, mostrándome todo su cuerpo. Lo hizo despacio, como si quisiera que me fijara bien en cada detalle, pero, cuando fue a sentarse de nuevo, la agarré de la mano y tiré de ella hacia mí, haciendo que cayera sentada sobre mi regazo.
—No es que me guste, es que me vuelve loco.
—No es por nada, pero lo estoy notando justo debajo de mis nalgas.
—Entonces tendremos que ponerle remedio, ¿no crees?
Me lancé de nuevo a su boca, pero no fue un beso hambriento como el que nos habíamos dado antes, sino lento, saboreándola y encendiéndonos todavía más. Ella metió las manos por debajo de mi camiseta y consiguió que levantara los brazos para quitármela por la cabeza.
A continuación, pasó las manos por todo mi torso, como si quisiera aprenderse el mapa de mi piel, reconocer cada peca y cada músculo, y aquello provocó que la sangre me hirviera en las venas.
Yo hice lo mismo con su top y, pocos segundos después, estaba acompañando a mi camiseta en algún lugar indeterminado del salón. Cuando tuve sus pechos delante de mi boca, no pude reprimirme y me lancé a ellos para besarlos, succionarlos y hasta mordisquearlos.
Fui a dejarla caer sobre el sofá, pero ella me cogió de la mano, se levantó y me guio hasta su habitación. Me encantó comprobar que aquel espacio tenía su sello personal, con ese punto de locura que poseía Aura, pero también con su lado más dulce.
En cuanto atravesamos el umbral, me dio un empujón y me tiró sobre la cama.
Se puso a horcajadas encima de mí y empezó a besarme de una manera que consiguió ponerme todavía más taquicárdico.
Durante aquel beso, no pude evitar llevar las manos hasta una de las partes de su anatomía que más me gustaban: sus nalgas.
No me preguntéis cómo ni cuándo, pero, sin darnos cuenta, ambos estábamos desnudos sobre la cama, comiéndonos a besos y recorriendo nuestros cuerpos a caricias.
En un momento determinado, le di la vuelta e invertí nuestras posiciones, dejándola a ella sobre el colchón mientras yo me situaba entre sus piernas.
Tenía clarísimo lo que quería en ese momento y no lo dudé.
Me levanté de la cama y fui corriendo a la cocina, más concretamente a buscar lo que quedaba de helado y una cucharilla.
—Te dije que dejaras un poquito de helado para mañana, pero, en realidad, no quería decir eso. Tenía mil planes para comerme ese helado.
—Joder, solo de pensarlo me están entrando unos calores…
—Lo único malo de todo esto es que vamos a poner el edredón un poquito pringado de chocolate.
—Eso tiene fácil solución, dame un minuto.
Sé que podéis pensar que todo aquello estaba enfriando el momento, y nunca mejor dicho, pero nada más lejos de la realidad. En cuanto la vi levantarse completamente desnuda, mi miembro reaccionó de inmediato.
Cuando volvió, traía una toalla enorme que colocó cubriendo buena parte de la cama. Después fue ella la primera en hacerse con el envase del helado y la cucharilla.
—La idea fue mía…
—Ya, pero yo seré la primera en probarlo sobre tu piel.
Y eso hizo. Con la cucharilla cogió una buena porción de helado y la dejó caer sobre mi torso.
A continuación, lamió de abajo arriba, haciendo que soltara un gruñido que salió de lo más profundo de mi ser.
Repitió la jugada un par de veces más, pero no la dejé continuar o me iba a correr sin ni siquiera haberla tocado.
—Ahora me toca a mí. Y prepárate, porque no voy a ser tan benévolo como tú.
—Ah, ¿sí? Venga, demuéstramelo.
Me encantaba ese descaro que mostraba en la cama, esa manera que tenía de retarme, y, por supuesto, se lo iba a demostrar. Eso estaba más que decidido.
Abrí sus piernas y lo primero que hice fue poner un poquito de helado en su sexo, para hacerle pensar que aquello sería todo. Lo lamí entero, haciendo que soltara un grito que no supe si fue por la impresión o por el placer, pero me daba igual, porque no pensaba dejarlo ahí.
A continuación, puse helado sobre sus pechos, porque quería que, cuando de verdad me centrara en su sexo, sintiera el contraste entre el frío y el calor que emanaba de su cuerpo.
Repetí lo de los pechos en varias ocasiones hasta que, cuando menos se lo esperaba, puse una buena porción entre sus pliegues, nada parecido a la cantidad que había utilizado antes, y dejé que se derritiera un poco con el calor de su sexo.
—Dios, esta es la mejor sensación del mundo.
—Eso no será nada comparado con lo que vas a sentir cuando pase la lengua por ahí y saboree todo el helado. ¿Estás preparada?
—Preparadísima. Hazme gritar como solo tú sabes, hazme temblar de placer.
—Ahora mismo, preciosa. A partir de hoy, nunca volveré a ver este sabor de helado de la misma manera.
Abrí sus piernas y me lancé a lamer su clítoris sin darle tregua. Apenas necesité un par de pasadas de la lengua para que se corriera en mi boca, cuando todavía quedaba helado por saborear. Y, para mi sorpresa, ahora me sabía incluso mejor, mezclado con el sabor de su cuerpo.
No pude contenerme mucho más. En cuanto terminé de relamerla, la penetré con fuerza, pillándola por sorpresa, aunque su reacción dejó bastante claro que no le había disgustado precisamente.
Escucharla pedirme que le diera más fuerte fue suficiente para volverme todavía más loco.
Sus palabras se mezclaban con nuestros gemidos y jadeos, convirtiéndose en la única banda sonora que necesitaba en aquel momento.
Ni siquiera me había dado cuenta de que no me había protegido, pero sentirla así, sin nada entre los dos, estaba acabando con el poco control que me quedaba.
No podría decir cuántas veces cambiamos de postura ni tampoco cuántas veces alcanzó Aura el clímax.
Lo que sí recuerdo perfectamente es el momento en que llegamos los dos a la vez.
Nunca había sentido algo semejante con ninguna de las mujeres con las que había estado y, si por mí fuera, pensaba repetirlo con ella muchas más veces.
—Joder, Aura, ha sido espectacular.
—Ni que lo digas. Me has puesto de punta hasta los pelos de la coronilla.
—Dios, no me he dado cuenta. No hemos usado protección, pero no te preocupes, que estoy limpio y, si por cualquier casualidad hemos dado en la diana, no pasa nada, porque…
—Echa el freno, Magdaleno. No te montes películas, que tomo la píldora desde que tenía quince años por un motivo médico y, además, me sirve como anticonceptivo.
—De verdad que eres única. Yo que ya me imaginaba acunando a un bebé entre mis brazos…
—Ah, si es por eso, no te preocupes, porque mi hermana está embarazada y, en unos cinco meses y medio, más o menos, podrás cumplir tu sueño.
No pude evitar soltar una carcajada. Aura tenía una manera muy suya de tomarse las cosas y aquella no iba a ser la excepción.
Después de escucharme decir algo así, en lugar de ponerse seria o darle más vueltas de la cuenta, había conseguido convertir la situación en una broma y quitarle importancia.
—Anda, vamos a la ducha, que estamos pringados hasta la médula.
—Sí, y de paso echamos esta toalla a la lavadora…
—Más que a la lavadora, habría que tirarla a la basura.
—Ah, no, que yo tengo un detergente que hace milagros.
Nos metimos en la ducha y, entre el agua caliente, las caricias y la cercanía, volvimos a ponernos a tono casi sin darnos cuenta.
Las manos iban de un cuerpo al otro mientras nos lavábamos y terminamos enredándonos de nuevo.
Esta vez fue ella quien tomó la iniciativa y me practicó sexo oral hasta hacer que me vaciara en su boca.
Después, nos metimos en la cama abrazados. Tenerla pegada a mí, sentir el olor de su cabello y el calor de su cuerpo me produjo una calma que no recordaba haber sentido nunca. Cerré los ojos y me quedé dormido casi al instante.