Capítulo 21
Aura
En cuanto recibí el mensaje de Daniel, se me dibujó una sonrisa en los labios. Tanto Almudena como Sandra se dieron cuenta del cambio que había pegado en cuestión de minutos y, por supuesto, no tardaron en decir algo.
—Esta tarde no vienes a trabajar, que tienes que preparar una cena.
—Tengo tiempo, solo necesito irme un poco antes.
—De eso nada. Nosotras nos ocupamos de todo. Ya sabes que los viernes por la tarde son más tranquilos, mucho más sabiendo que hoy no hay estética.
—Está bien, pero, si necesitáis ayuda o veis que os desbordáis, me llamáis enseguida, que bajo en un minuto.
—¡Que sí, pesada! Ahora lárgate, que tienes que pasar por el supermercado antes de subir —me dijo Almudena.
—Y no se te ocurra ponerle una tortilla ni nada por el estilo. Como mínimo, una mariscada.
—Sí, claro, ahora voy a preparar lo que a ti te dé la gana.
Salí de allí riéndome por las ocurrencias de Almudena, aunque lo cierto era que algo de razón tenía, porque yo también quería preparar una cena un poco especial.
Había pensado comprar marisco, preparar unas tostas con salmón y paté de cabracho y hacer una dorada al horno con verduritas, algo rico pero sin volverme loca tampoco.
Entré en el supermercado de mi barrio, que no cerraba al mediodía, y fui comprando todo lo que necesitaba.
Por suerte, cuando llegué a la pescadería todavía quedaban doradas frescas, porque no había cosa que menos me gustara que cocinar pescado congelado y, ya que me iba a poner, quería que la cena saliera bien de verdad.
En cuanto llegué a casa, me calenté la comida que había dejado preparada para mí y, después de comer, me puse manos a la obra.
No me gustaban nada las prisas y prefería dejarlo todo hecho con antelación, cocinando con tranquilidad y dándole a cada cosa el tiempo que necesitaba, en vez de llegar a última hora corriendo de un lado para otro.
A las ocho ya tenía la cena preparada y la mesa puesta, así que podía dedicarme a mí sin estar pendiente de nada más.
Me metí en la ducha y empecé a arreglarme con calma.
Que Daniel viniera a cenar a mi casa no significaba que pensara recibirlo de cualquier manera y, para qué engañarme, quería impresionarlo.
Quería abrir la puerta y que, al verme, se quedara unos segundos con la boca abierta.
Me sequé bien el pelo con el secador porque, después del enfriamiento que acababa de pasar, no tenía ninguna intención de tentar otra vez a la suerte.
Aproveché para marcarme un poco más los rizos y me hice un semirrecogido con una pinza.
Después saqué del cajón unos leggings que me quedaban de muerte y me marcaban el trasero de una manera espectacular, justo como a mí me gustaba.
Los combiné con un top deportivo y una chaqueta cortita que cerré solo hasta la mitad.
Iba cómoda, pero tampoco había elegido la ropa al azar.
Me encantaba andar descalza por casa y, como el suelo era de madera, tampoco sentía frío.
Además, en Cádiz no es que hiciera un frío de muerte precisamente.
Salvo algunos días contados en invierno, las temperaturas eran bastante suaves, así que podía permitirme ir sin zapatillas sin acabar congelada.
Estaba terminando de aplicarme el brillo labial cuando llamaron a la puerta y, de repente, todos los nervios que hasta ese momento había conseguido mantener a raya aparecieron de golpe.
No lo entendía demasiado, porque no era la primera vez que Daniel y yo estábamos juntos y a solas, ni mucho menos, pero aquella noche se sentía distinta.
Quizá porque esta vez no había sido fruto de una casualidad ni de un calentón, sino que los dos habíamos decidido vernos y hablar.
Respiré hondo, me miré una última vez en el espejo y fui a abrir.
—Estás preciosa, Aura.
—Hola. Gracias. Pasa, ya tengo la mesa preparada.
—Sí, pero antes guarda esto en el congelador o terminaremos comiéndonos el helado con una cañita.
—Me da igual cómo haya que comerlo, es mi debilidad.
—Yo podría proponerte unas cuantas maneras de comerlo, pero creo que antes deberíamos hablar.
—No empieces a decirme esas cosas, que ya sabes que me da mucha vergüenza.
Daniel soltó una carcajada mientras entraba y se quitaba la cazadora. Debajo llevaba una camiseta que dejaba bastante a la vista aquellos brazos musculosos que me volvían loca. Y el pantalón… Madre mía, cómo le quedaba aquel pantalón.
Se dio cuenta de que le estaba mirando el culo descaradamente. Tampoco era muy difícil, porque me había quedado plantada en mitad del pasillo, con la vista clavada justo en aquella parte de su anatomía.
—Sé que te vuelve loca mi trasero, pero, si sigues ahí parada, el helado terminará derritiéndose.
—Creído. No te estaba mirando a ti, sino una manchita que había en el suelo.
—Claro que sí. ¿Dónde está? Por ayudarte a limpiarla.
—No sé, se habrá quitado.
Volvió a reírse y acabó contagiándome, por mucho que intentara disimularlo. Entré en la cocina, guardé el helado en el congelador y fui sacando las bandejas con las tostas y el marisco que había preparado como entrantes.
En cuanto Daniel me vio cargada con todo, se acercó y me quitó las bandejas de las manos. Tenerlo tan cerca, con aquel perfume y mirándome de esa manera, consiguió que me temblaran hasta las piernas.
—Menudo manjar… —me susurró al oído.
—Espero que te guste, lo he preparado todo con mucho cariño.
—¿La comida? Seguro que sí, pero no me refería precisamente a eso.
—Daniel, tengamos la cena en paz, por favor.
—No puedo resistirme, Aura. Es tenerte cerca y revolucionárseme todo por dentro.
—¿Crees que a mí no me entran ganas de mandar todo a la mierda y besarte hasta quedarme sin aliento?
—Pues hazlo. Hagámoslo. Solo un beso, pero necesito volver a sentir tus labios.
Nos quedamos mirándonos y ya no hubo manera de resistirse.
No sabría decir cuál de los dos dio el primer paso, pero, cuando quisimos darnos cuenta, estábamos besándonos como si lleváramos semanas faltándonos el aire.
Sus manos terminaron en mi trasero y las mías se aferraron a él, acercándolo todavía más.
Llegó un momento en que, o nos separábamos para respirar, o iban a encontrarnos allí pegados como dos lapas y convertidos en momias.
—Vamos a cenar y dejamos esto para después.
—Sí, será lo mejor, porque no quiero hacer nada de lo que pueda arrepentirme luego.
Daniel se quedó mirándome unos segundos antes de hablar.
—Aura, te prometo que esa mujer no significa nada para mí. En realidad, nunca lo ha hecho. Si estaba con ella era porque mi padre me la metió por los ojos, convenciéndome de que aquello era lo mejor para todos, cuando en realidad solo era lo mejor para él.
—Lo sé. Tu madre me lo ha contado.
—¿Qué te lo ha contado? Joder con mi madre, eso sí que no me lo esperaba.
—Uy, tienes una madre muy astuta, la muy bruja.
—Ja, ja, ja. No quiero ni imaginar cómo te ha convencido para que aceptaras verme.
—No me ha convencido. Me ha tendido una trampa y yo, que soy medio gilipollas y una bocazas, he caído de lleno.
—Cuéntamelo todo, por favor, que me muero por conocer los detalles.
Respiré hondo y le fui contando cómo su madre había ido llevando la conversación justo adonde quería, cómo empezó hablándome de su marido, de lo que había sucedido y de la manera en que todo aquello había terminado afectándolo también a él.
—Y va la muy capulla y me pregunta: «¿Tú qué harías si fueras la mujer con la que mi hijo estaba empezando algo?».
—¡No! Ja, ja, ja.
—Claro que sí. Y yo, medio imbécil, por no decir imbécil entera, le digo que lo escucharía. Que no podía asegurarle que fuera a perdonarlo, porque dependería de las explicaciones, pero que sí le daría la oportunidad de hablar.
—Y con eso le diste exactamente la respuesta que quería.
—Y tanto. Porque entonces va y me suelta: «Pues me alegro, porque mi hijo es Daniel». Al final se marchó de allí con nueva imagen y con mi teléfono, según ella, para llamarme cuando necesitara otra cita.
—Te prometo que jamás habría imaginado a mi madre haciendo algo semejante. Si la hubieras conocido hace unos meses, seguramente te habría parecido una estirada de mucho cuidado…
—Pues ahora mismo me cae genial. Hemos estado bromeando un montón y no se ha tomado a mal ninguna de mis burradas, que ya sabes cómo soy, no tengo filtro.
—Eso es precisamente una de las cosas que más me gustan de ti. Bueno, una vez que te conozco, porque a simple vista está claro que lo primero que me llamó la atención fue otra cosa…
—Ya, a ti lo primero que te llamó la atención fue mi trasero.
—Vamos, como si tú no te hubieras quedado mirando el mío en cuanto he llegado y me he dado la vuelta.
Noté cómo se me encendían las mejillas de golpe y aproveché para escapar a la cocina a por el pescado, que seguía calentito en el horno y ya estaba listo para servir.