Capítulo 20
Daniel
Mi madre se estaba quedando en mi casa mientras hacía algunas reformas en la vivienda que había comprado. Aquella mañana, en cuanto se levantó, me dijo que se venía conmigo al despacho porque tenía que hacer una cosa urgente por esa zona.
Tengo que reconocer que me sorprendió muchísimo.
Llevaba una determinación que no le había visto en la vida.
Siempre que quería hacer algo acudía a sus amigas y sus planes no solían pasar de tomar café o, como mucho, ir de compras, pero en aquella ocasión iba sola y parecía tener muy claro lo que quería.
En cuanto vendió la casa, y como los nuevos compradores necesitaban personal de servicio, mi madre les habló de las personas que tenía contratadas y ellos no dudaron en pedirles que se quedaran trabajando allí.
Ella solo se llevó sus efectos personales.
Ni siquiera quiso llevarse los muebles ni nada parecido; lo dejó todo en la casa para que los nuevos propietarios decidieran qué hacer con ello.
Por otro lado, donó gran parte de su ropa a una organización para que la subastaran y destinaran los fondos a ayudar a niños con enfermedades raras.
Todas sus cosas estaban en el trastero de mi casa, metidas en cajas y a la espera de que pudiera instalarse en su nueva vivienda. Mi madre era muy escrupulosa y había decidido reformar la cocina y el baño antes de mudarse, además de comprar muebles nuevos y cómodos para el resto de las estancias.
—Te veo luego, cariño. Si terminas antes que yo, me llamas y te digo dónde estoy para que me recojas. Si termino yo primero, vuelvo por aquí y ya nos marchamos los dos juntos.
—Está bien, mamá. Pero recuerda que a las dos tenemos una reunión con el posible comprador de tu mitad de la empresa.
—Estaré aquí mucho antes, te lo aseguro.
Mi madre se marchó sin darme demasiadas explicaciones sobre adónde iba y yo aproveché para ponerme a trabajar. Además, aquel era el primer día de David, el pasante que había contratado a través de la universidad y que también se encargaría de la recepción.
—Buenos días, David.
—Buenos días, señor Gálvez.
—David, por lo que tú más quieras, que somos prácticamente de la misma edad. No me llames señor, que me haces sentir como si fuera un anciano. Ya no sé cómo decírtelo.
—Lo siento, Daniel, es la costumbre.
—Pues esa costumbre déjala para tus profesores o para los estirados con los que hayas trabajado antes. Conmigo, no, por favor.
—Está bien. Dime, ¿necesitas algo?
—Uy, como necesitar, necesito muchas cosas, pero, de las que tú puedas solucionarme, solo el expediente de la conservera «El atún maravilloso», por favor. Tengo que revisar una cosa.
—Ahora mismo te lo llevo.
Nunca había entendido esa costumbre de poner nombres tan llamativos a algunas empresas. En su caso, Conservera Martínez me habría parecido mucho más lógico, teniendo en cuenta que ese era el apellido de la familia propietaria. Pero, en fin, mientras a ellos les gustara, poco tenía yo que decir.
Me centré en el expediente de un empleado que los había denunciado por despido improcedente.
Su contrato había finalizado mientras estaba de baja y tenía que revisar bien todas las circunstancias antes de sacar conclusiones.
En los dos años que llevaba trabajando para la empresa había tenido cinco bajas por distintas dolencias, con periodos que iban desde unos pocos días hasta varios meses, así que el asunto requería mirarlo con calma.
La mañana se me pasó casi sin darme cuenta. Cuando mi madre regresó de sus recados, me bastó con verla para saber cuál había sido uno de ellos y, la verdad, no me gustó un pelo, nunca mejor dicho. No porque no estuviera preciosa con su nuevo aspecto, sino por la persona que se lo había hecho.
—¿Qué te parece?
—Estás guapísima, pero voy a matar a Mariola, porque me apuesto lo que sea a que ha sido ella quien te ha dado la dirección del centro de belleza de Aura.
—Antes de que sigas diciendo tonterías, te diré que me encanta esa chica y que ha accedido a hablar contigo. Aquí tienes su tarjeta con su número de móvil.
—¿Cómo lo has conseguido? Porque, conociéndola como la conozco, te aseguro que no habrá accedido por las buenas y, si ella no quiere hablar conmigo, no pienso obligarla…
—¿Te quieres callar de una puta vez y enfrentarte a ella de cara?
Me quedé mirándola durante un par de segundos.
—Mamá, no me habías hablado así en la vida.
—Si no lo había hecho no era por falta de ganas, sino porque tanto tú como yo estábamos abducidos por tu padre. Ahora me siento libre para decir lo que realmente pienso.
—De verdad, mamá, si me llegan a contar esto hace unos meses, le habría dicho al que fuera que cambiara de camello, porque se la estaban dando adulterada. Pero me gusta esta versión de ti. Mucho.
—Entonces vamos, que tenemos una reunión y no quiero llegar tarde. Pero antes envíale un mensaje a Aura e invítala a cenar esta noche.
Algo me decía que, si mi madre me lo estaba diciendo con tanta seguridad, era porque sabía que Aura esperaba ese mensaje y que probablemente me diría que sí. Aun así, me puse tan nervioso como cuando tenía quince años y quería invitar al cine a la chica que me gustaba.
—Está bien, dame un minuto para enviarlo y nos marchamos.
—Estaré fuera, esperando y hablando con David. Ese chico me gusta, será un gran profesional, lo tengo clarísimo.
Daniel: Hola, Aura, soy Daniel. Mi madre ya me ha contado que ha estado en tu centro de belleza. Por cierto, la has dejado guapísima. Uf, estoy tan nervioso que no sé cómo decirte que me gustaría invitarte a cenar esta noche. ¿Te viene bien?
Me quedé mirando la pantalla del móvil y, en el momento en que las dos rayitas se pusieron azules y aparecieron los tres puntitos que indicaban que estaba escribiendo, solté todo el aire que no sabía que tenía retenido. Dos minutos después ya tenía su respuesta.
Aura: Hola. En primer lugar, yo no la he dejado guapísima porque ya lo era; solo he resaltado lo que tenía.
En segundo lugar, seguro que no te ha contado las artimañas con las que me ha liado, pero eso te lo cuento luego, mientras cenamos, porque sí, ya me has invitado, aunque te haya costado arrancar.
Eso sí, nada de pijerío. Tú dirás dónde nos vemos.
Solté una carcajada porque en aquel mensaje estaba Aura en estado puro, sin máscaras, sin mentiras ni falso resentimiento para obligarme a suplicarle. Y eso era precisamente lo que me volvía loco de ella, además de su belleza, porque pocas mujeres había conocido con aquellos ojos y aquellas curvas.
Daniel: Sé que te dije que mi cita ideal sería una cena en mi casa, con comida casera y tranquila, pero mi madre pasa unos días conmigo hasta que terminen las reformas de su nueva casa, así que no podrá ser allí. Proponme un lugar.
Aura: Por una vez, y sin que sirva de precedente, mi familia está fuera, así que, si te parece bien, podemos cenar en mi casa. Yo me encargo de todo y tú solo trae el postre. Por cierto, me encanta el helado de selva negra con cerezas de la heladería de la plaza de San Francisco. Ahí lo dejo.
Daniel: Si te encargas tú de todo, no te estoy invitando yo a ti, sino al contrario, y me dejarías en muy mal lugar…
Aura: Bueno, así te dejo la oportunidad de que me invites tú a la tuya cuando no esté tu madre. O cuando esté, me da igual. Es una mujer muy agradable y simpática, no la estirada que me podría imaginar viniendo de alguien como tú.
Daniel: ¿Me estás llamando estirado? Espero que no, porque luego pienso demostrarte que estás muy equivocada. Ahora tengo que marcharme a una reunión. Pásame la ubicación y dime a qué hora tengo que estar allí.
El siguiente mensaje venía acompañado de la ubicación y de una indicación muy clara: me esperaba a las nueve en punto, ni un minuto más tarde. Por lo visto, en eso nos parecíamos bastante, porque yo tampoco soportaba quedar con alguien a una hora y que apareciera media hora después.
Lo que sí me sorprendió fue la dirección.
Aura vivía justo encima de mi local y, aun así, nunca nos habíamos cruzado.
Ahora entendía mucho mejor que Manuel, el chico de la administración de loterías, la conociera tan bien y le tuviera tanto cariño.
Al final, era lógico: llevaban años coincidiendo en el mismo barrio.
Salí del despacho con una sonrisa y con ganas de quitarme aquella reunión de encima cuanto antes. Esa noche tenía una cita con Aura y, sinceramente, me apetecía bastante más que cualquier asunto relacionado con la empresa.