Capítulo 19
Aura
La semana había pasado de manera lenta y tortuosa. No sabía si me sentía así por culpa de los últimos coletazos del enfriamiento que había cogido o porque en mi cabeza se repetía, una y otra vez, la noche que había pasado con Daniel.
Tenía que olvidarme de él y, por eso, esa noche quería salir a cenar y tomar una copa, aunque fuera sola. Davinia se había marchado con Javier a pasar el fin de semana en Portugal. Me había pedido el viernes libre y, como no tenía citas agendadas, no tuve ningún problema en dárselo.
Pero todavía me quedaba ese viernes por trabajar, ya que el sábado era festivo y no abríamos. Subí la persiana del local y empecé a prepararlo todo. Después me cambié de ropa y me recogí el pelo en una coleta alta, porque no me gustaba trabajar teniendo que apartármelo continuamente de la cara.
Todavía faltaban cinco minutos para que llegara la primera clienta que teníamos agendada y mis compañeras ya estaban allí, así que nos pusimos a hablar entre nosotras.
—¿Qué planes tenéis para esta noche? —preguntó Sandra.
—Pues yo he quedado con la chica que conocí el otro día. Me gusta mucho y, además, es tan divertida… —contestó Almudena.
—Te ha dado fuerte, ¿no?
—Pues sí, la verdad es que me ha llamado mucho la atención y, como hemos congeniado tan bien… Lo cierto es que estoy muy ilusionada.
—¿Y tú, Aura? ¿Qué vas a hacer? —preguntó Sandra, dirigiéndose ahora a mí.
—Pues no sé, supongo que me quedaré en casa, tranquilita, viendo una serie y aprovechando que estoy sola, porque mi familia se marcha hasta el domingo a casa de los padres de mi cuñado.
—Deberías salir más, Aura. Eres muy joven y bonita, y te mereces conocer a un hombre en condiciones, que te trate como una reina —me dijo Almudena, que era la más romántica de todas.
—¿Ese tipo de hombres existe? —pregunté de cachondeo, por supuesto.
—Claro que existen. Además, el mejor ejemplo lo tienes en tu propia casa, con Raúl, que trata a tu hermana como si fuera el mayor tesoro del mundo.
—Lo sé, estaba de broma. Mi hermana ha tenido mucha suerte encontrando a un hombre así, pero no es tan fácil, te lo digo yo…
Estábamos enfrascadas en aquella conversación cuando se abrió la puerta del salón y entró una señora de poco más de sesenta años, guapísima y muy elegante. Lo hizo con una sonrisa y se dirigió directamente a mí.
—Buenos días. Siento venir sin cita, pero ha sido un impulso. ¿Sería posible que me atendierais?
—Buenos días. Por supuesto que sí, señora. Pase por aquí y yo misma la atiendo —le contesté.
—Ay, hija, gracias. Es que esta mañana, cuando me he levantado y me he mirado en el espejo, me he dicho: «Isabel, necesitas un cambio de aspecto, uno que diga que has pasado página y que estás dispuesta a vivir de nuevo».
—Pues déjeme decirle que ha venido al lugar adecuado. ¿Qué es lo que le apetece? ¿Cómo se imagina ese cambio?
—Para empezar, no me llames de usted, que me haces sentir más vieja. Dime Isabel.
—Está bien, Isabel. ¿Cómo quieres verte?
—Mira, quiero mantener el color de mi pelo porque me encanta el blanco que tengo y me ha costado muchísimo eliminar todo rastro de tinte, pero me gustaría que tuviera más brillo, que se viera más vivo. Y, en cuanto al corte, lo dejo en tus manos, que eres la que entiende.
—Entonces tengo el corte ideal para tu rostro. Cuando vuelvas a mirarte en el espejo, no te vas a reconocer.
—Más bien no quiero que me reconozca mi exmarido, el muy cabronazo…
Mientras trabajaba en su pelo, Isabel empezó a contarme lo que había pasado con el hombre que había sido su marido durante más de cuarenta años. Cómo la había estafado y puesto los cuernos a placer, además de haberla obligado a denunciarlo hasta acabar detenido.
—Pero ¿sabes qué ha sido lo peor?
—No tengo ni idea, porque cualquiera de las cosas que me has contado es para que se te pongan los pelos de punta.
—Lo peor todavía no te lo he contado. Tenemos un hijo, guapísimo, por cierto, al que, por cojones, le dijo que tenía que mantener una relación con la hija de su socio. Lo que no le contó fue que él también se estaba acostando con ella y que la ha dejado embarazada.
—¡No! ¿Y cómo se ha tomado tu hijo la traición de su novia? Porque, qué quieres que te diga, es demasiado fuerte como para asumirlo de buenas formas.
—A mi hijo eso le ha dado igual. Él no estaba enamorado de ella, nunca lo ha estado. Lo que de verdad le ha molestado es que estaba empezando algo con una chica y, por culpa de su exnovia, todo se ha ido al traste.
—Mujer, pues no puede perder la esperanza. Dile que luche por ella, que hablen y aclaren las cosas.
—Ponte en el lugar de esa chica. ¿Tú qué harías? ¿Hablarías con él?
—Por supuesto que sí. No te digo que no me costara entenderlo, e incluso perdonarlo, pero escucharlo, claro que lo escucharía. Aunque fuera cenando o tomando una copa.
Yo todavía no me había dado cuenta de por dónde iba Isabel. Había llevado la conversación justo al terreno que le interesaba y yo, sin sospechar nada, le estaba poniendo en bandeja exactamente lo que quería escuchar. Lo entendí en cuanto volvió a hablar.
—Pues me alegro de que pienses así, porque mi hijo es Daniel y tú eres la mujer con la que estaba empezando algo, la que ha perdido por culpa de la víbora de Mónica.
Me quedé mirándola con la boca entreabierta, sin saber si enfadarme o aplaudirle la jugada.
—¿Perdona? ¿Me estás queriendo decir que me has tendido una trampa?
—Era la única manera de conseguir que no te cerraras en banda y que me dijeras de verdad lo que sentías.
—Sí, sí, eres tú demasiado lista.
—Ay, hija, sabe más el diablo por viejo que por diablo.
Aquella mujer me había caído demasiado bien.
Tenía algo que hacía imposible no cogerle cariño y, aunque me fastidiara reconocerlo, había conseguido salirse con la suya sin que apenas me diera cuenta.
Terminé de cortarle el pelo con una sonrisa, todavía pensando en lo lista que había sido para llevarme justo hasta donde quería.
Cuando Isabel se miró en el espejo y vio el resultado, se llevó las manos a la boca. El cambio era enorme. Había llegado con el pelo a la altura de media espalda y las puntas tenían un tono algo amarillento que apagaba el blanco natural.
Le hice un corte pixie asimétrico, dejando el flequillo largo, a la altura de la barbilla, en el lado derecho y despejándole la oreja en el izquierdo. Después utilicé un matizador y un champú específico para cabello blanco o plateado, consiguiendo un tono mucho más limpio y brillante.
Fue entonces cuando me fijé mejor en sus ojos. Eran del mismo gris que los de Daniel y también compartían esa intensidad en la mirada que al principio podía parecer fría y cambiaba por completo en cuanto sonreían.
—Cariño, me has dejado nueva. Verás cuando me vea mi hijo.
—¿Te ha gustado?
—Me ha fascinado. Y ¿sabes qué? A partir de este momento te has convertido en mi estilista de cabecera.
—Y yo que me alegro, de verdad.
—Bueno, ahora necesito que me des tu número de teléfono para cuando tenga que pedir cita, pero no el del salón. Dame el tuyo personal, que es mejor.
—Claro, seguro que es para pedir cita en la peluquería y no para dárselo a tu hijo.
—Bueno, hija, una cosa no es incompatible con la otra.
—De verdad, Isabel, no se puede tener la cara más dura que tú, te lo aseguro.
Isabel soltó una carcajada por la forma en la que se lo dije y por mi expresión de absoluta incredulidad. Al final terminamos riéndonos las dos.
—Me encanta esa naturalidad que tienes, Aura. En estos tiempos, en los que todo el mundo intenta aparentar más de lo que es, cuesta encontrar personas así. Ahora entiendo por qué mi hijo está tan pillado por ti.
—Ya será para menos, Isabel. Pero bueno, te he prometido que voy a escucharlo y siempre cumplo mis promesas. Aquí tienes mi tarjeta; el número de móvil es el mío personal.
—Y, además, tienes palabra. Cada minuto que paso contigo me gustas más como nuera. Anda, dime cuánto te debo, que me voy a marchar ya.
—Lo único que me debes son dos besos y que me dejes darte cita para dentro de quince días.