La quiniela que nos unió Capítulo 18
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Capítulo 18

Daniel

Nunca en mi vida había visto a mi madre actuar de aquella manera, con tanta determinación y seguridad en sus palabras. Quizá, si se hubiera mostrado así desde el principio, no habríamos llegado a ese punto.

—Esta es mi propuesta: colaboras para aclarar todo lo relacionado con los contratos y las firmas de mi marido, dejamos perfectamente establecido qué parte de la empresa corresponde legalmente a cada uno y yo no te acusaré de haber participado en algo que aseguras desconocer.

—Eso no es justo, porque yo no sabía nada.

—Entonces no tendrás ningún problema en demostrarlo. Eso sí, si descubro que actuaste de mala fe o que conocías las falsificaciones, reclamaré todo lo que legalmente me corresponda y tomaré las medidas necesarias contra ti.

Ramón la miró sin saber qué hacer. Yo, como abogado, había asesorado a mi madre y ella estaba siguiendo las directrices que le había indicado. Al final aceptó y saqué el contrato que había preparado para dejar constancia del acuerdo.

Ahora le tocaba el turno a mi padre, que se removía en su asiento porque sabía que con él no iba a ser tan benévola, ni mucho menos.

Yo me mantuve al margen, pero tenía claro que no permitiría que le faltara al respeto a mi madre ni que intentara convencerla para que no hiciera lo que consideraba necesario.

—En cuanto a ti, ahora mismo vas a salir de aquí sin llevarte absolutamente nada, al igual que saldrás de la que, hasta hoy, ha sido tu casa. De allí tan solo recogerás tus efectos personales.

—¿Dónde voy a ir? No tengo ni lugar ni dinero —dijo mi padre, intentando darnos pena.

—Ese no es mi problema. Pero antes vas a acompañarme al banco y vas a salir de las cuentas que compartimos. También voy a dejar constancia de que yo no tengo nada que ver con esa hipoteca que has pedido.

—Eso da igual, mamá, porque la que está gravada es la casa, aunque tú no hayas firmado. Contra eso tendrás que actuar por la falsificación de tu firma.

—Lo siento por vosotros, pero tu madre sí firmó la hipoteca. Vino conmigo al notario y lo hizo delante de él —dijo mi padre, pagado de sí mismo.

—Yo no he ido al notario nada más que cuando falleció mi padre, para la lectura de su testamento.

—Bueno, eso es lo que dices tú, pero tanto el notario como yo diremos lo contrario.

—Eres un hijo de puta. ¿También le pagaste al notario para que fingiera que mi madre había firmado? —le dije, rabioso.

—Eso lo estás diciendo tú. Yo no he dicho nada semejante.

—Si piensas que te vas a ir de rositas, no te lo crees ni tú. Mamá, será mejor que llamemos a la policía y que sean ellos quienes lo acompañen a recoger sus efectos personales. Así nos evitamos problemas —le aconsejé.

—Tienes razón, Daniel. Y así también podré denunciar todo lo que me ha hecho.

—Esa también es mi casa. No me puedes poner en la calle como si fuera un perro.

—Lo siento, querido, pero esa casa es únicamente mía. Me la dejó mi padre en herencia y tú allí no tienes nada más que tus cosas personales. Y eso sí puedo demostrarlo.

Mientras mis padres discutían, yo no perdí el tiempo y llamé a la policía, esperando que llegara cuanto antes. Mónica seguía allí sentada, observándolo todo, y no sabía si buscaba la manera de hacerme todavía más daño o de salir victoriosa de aquel desastre.

—Daniel, el hijo que espero es tuyo, no de tu padre.

—Eso no es posible. Hace más de cinco meses que no me acuesto contigo y, si el hijo fuera mío, a estas alturas ya tendrías una barriga bastante considerable.

—No me puedes dejar así. Tu padre me engañó, me hizo creer que tú te casarías conmigo y que, además, él se encargaría de que nunca me faltara nada, que cuidaría de mí…

—De verdad, Mónica, no te arrastres más. ¿No ves que tú misma te estás contradiciendo? No puedes decir que te prometió que yo me casaría contigo, entre otras cosas porque es mi vida, no la suya, y al mismo tiempo afirmar que él se haría cargo de ti.

—¿Todo esto lo estás haciendo por la zarrapastrosa que estaba el otro día en tu casa?

—No la llames así, que más quisieras tú llegarle a la suela del zapato. Y no, no es por ella. Es por mí, por mi madre y por el legado de mis abuelos.

—No voy a permitir que estés con ella. Si no estás conmigo, no lo estarás con nadie…

—A mí no me tienes que permitir nada, Mónica. No eres ni serás nunca nada mío, te lo aseguro.

Mi padre escuchaba nuestra conversación con mucha atención, pero también con rabia por lo que estaba oyendo de boca de la mujer que, supuestamente, estaba enamorada de él.

—Mónica, ¿tú también me vas a abandonar ahora?

—¿Acaso pensabas que estaba contigo porque estaba enamorada de ti?

—Por supuesto. ¿Qué otro motivo podría haber?

—No me hagas reír, por favor. Si estaba contigo era porque quería ser la dueña de toda la empresa, que dejaras a tu mujer y quedarme con la casa de mis sueños. Pero, si no tienes ni dónde caerte muerto, ¿para qué me voy a quedar contigo?

Vi cómo mi padre se sentía humillado y no puedo decir que me diera pena. Estaba viviendo en sus propias carnes parte de lo que le había hecho a mi madre. La diferencia era que ella me tenía a mí y él, después de todo aquello, parecía haberse quedado completamente solo.

La policía llegó poco después y mi madre, con las pruebas que tenía, les explicó lo ocurrido. Mi padre salió de allí detenido y fue trasladado para que se determinaran las medidas que correspondieran mientras se investigaban los hechos.

Yo, como abogado de mi madre, me ocupé de acompañar todo el procedimiento y de aportar la documentación que habíamos reunido, mientras ella se dirigía al banco para aclarar la situación de las cuentas y de la hipoteca.

En el juzgado coincidí con Salvador Galindo, un antiguo compañero de la universidad al que hacía años que no veía.

—Hombre, Daniel, ¿tú por aquí?

—Sí. Vengo por el asunto de mi padre.

—¿Es el detenido que acaban de traer?

—Sí, es él.

Su expresión cambió al darse cuenta de que aquello no era precisamente una visita agradable.

—Imagino que la situación es complicada.

—Mucho. Hay documentación, posibles falsificaciones y, además, creo que existe riesgo de que intente desaparecer si se ve acorralado. Tiene muchos contactos forjados durante todos estos años.

—Pues aporta todo lo que tengáis y se valorará junto con el resto de las circunstancias.

—Eso haré. Gracias, Salva.

—No tienes que darme las gracias. Ya sabes cómo funciona esto.

—Lo sé. Y, por cierto, me alegro de verte, aunque habría preferido que fuera en cualquier otra circunstancia.

—En eso estamos de acuerdo. Cuando termine todo, nos tomamos una cerveza.

—Hecho.

Salí de allí algo más tranquilo, al menos sabiendo que mi padre no podría manejar la situación con la misma facilidad con la que había manejado a todo el mundo durante años.

Si finalmente quedaba en libertad y existía la posibilidad de que molestara a mi madre, tenía claro que me iría a vivir con ella durante un tiempo.

Después fui a recogerla al banco, donde el director la esperaba con gesto preocupado.

Nos facilitó toda la documentación relacionada con la hipoteca y los datos necesarios para que pudiéramos seguir reclamando por las vías correspondientes, también contra cualquiera que hubiera participado en una posible falsificación.

—¿Sigues pensando en vender la casa? —le pregunté a mi madre cuando salimos.

—Sí. Aunque consigamos solucionar todo esto, allí solo tengo malos recuerdos. Y sé que tú tampoco la quieres, que nunca has sido feliz en esa casa.

—Eso es cierto. No la quiero ni muerto. Si no la vendes tú ahora, lo haré yo cuando algún día me corresponda decidir sobre ella. Te lo digo así de claro.

—Entonces, como todavía es temprano, podemos pasar por una inmobiliaria para ponerla en venta y ver qué opciones tengo después.

—Vamos. Conozco el sitio ideal, donde compré el local en el que estoy trabajando.

—¿Pretendes seguir allí o vas a dirigir la empresa?

—¿Quieres que te diga la verdad?

—Por supuesto. Y no quiero que pienses en lo que crees que deberías hacer, sino en lo que de verdad te apetece.

—Si esa empresa fuera mía en estos momentos, la vendería al mejor postor. Y ese, por mucho que me duela, podría ser el padre de Mónica.

—Por encima de mi cadáver esa mujer se quedará con ella.

—Entonces déjame mover los hilos necesarios. Lo importante primero es saber exactamente qué parte pertenece a quién y qué acuerdos son válidos. Después decidiremos la mejor manera de venderla sin regalarle nada a nadie.

—Lo dejo en tus manos. A mí tampoco me interesa conservarla. Tan solo quiero vivir tranquila y feliz. Eso sí, me tienes que contar quién es esa mujer que estaba en tu casa cuando llegó la víbora de Mónica.

Solté una carcajada porque, en mis treinta y tres años, jamás había tenido una conversación de ese tipo con mi madre.

Nunca había sentido aquella complicidad entre nosotros y, por primera vez, empecé a preguntarme cuánto había influido mi padre en la distancia que siempre había existido entre los dos.

—Eso te lo contaré en otra ocasión, mamá. Ahora vamos a ver el tema de la casa.

—No se me va a olvidar, si es eso lo que estás pensando.

Entramos en la inmobiliaria y, nada más vernos, la chica pensó que habíamos vuelto por algún problema con el local. Le aclaré enseguida que no era así y le contamos que queríamos poner en venta la casa de mi madre.

En cuanto vio la ubicación y las características, se le iluminó la cara. Aquello podía ser una muy buena operación y, por lo que nos explicó, ya tenía en mente a varios clientes a los que podría interesarles. Nos aseguró que los llamaría cuanto antes para comprobar si alguno quería visitarla.

Después nos habló de una vivienda que, según ella, encajaba bastante bien con lo que buscaba mi madre. No quería nada grande, con dos dormitorios tenía más que suficiente, pero sí tenía clarísimo que quería vistas al mar. Le daba igual que fuera una casa o un piso mientras cumpliera con eso.

Decidimos ir a verla y, la verdad, acertó de lleno. Era justo lo que mi madre buscaba y, además, estaba cerca de mi casa. Le gustó desde el primer momento, así que decidió seguir adelante con la compra.