Capítulo 17
Daniel
Habían pasado cinco días desde que contraté a Jacinto para que investigara a mi padre y ya me había llamado para decirme que tenía algo que contarme.
No sabía si había llegado al fondo del asunto o simplemente había encontrado algo de lo que tirar, pero quedé con él en la cafetería de siempre dentro de media hora.
Me había dado una ducha y me había vestido de manera cómoda, con unos vaqueros, una sudadera y unas zapatillas de deporte, entre otras cosas porque el día amenazaba lluvia y, a juzgar por el color del cielo, no iba a tardar mucho en caer.
Llegué antes que él y me senté en la mesa que ocupábamos siempre. Pedí un café con leche y un cruasán tostado con mermelada, que era lo que más me gustaba desayunar cuando no lo hacía en casa, y me dispuse a esperarlo.
—Perdón por el retraso, pero no había dónde aparcar y, como se ha puesto el día, cualquiera coge la moto.
—No te preocupes, yo también acabo de llegar. Mientras te acomodas, te pido un café.
—Sí, por favor, y algo para comer.
—Entonces pido otro como el mío y lo pruebas.
Le hice un gesto a la camarera para que pusiera dos en vez de uno y me entendió a la primera. Jacinto se sentó, sacó un dosier de su maletín y tomó aire antes de empezar a hablar.
—Daniel, lo que he descubierto no te va a gustar un pelo.
—Eso lo daba por hecho, Jacinto. No me va a coger de nuevas.
—Pero es que… es demasiado fuerte, de verdad.
—Empieza a contarme, por favor, y no te dejes nada, por mucho que pienses que me va a doler.
Jacinto empezó a relatarme todo lo que había descubierto y era mucho más de lo que podía imaginar. Mi padre no solo había falsificado la firma de mi madre en infinidad de ocasiones, sino que también había hipotecado la casa en la que vivían.
—Pero eso no es todo, Daniel.
—¿Todavía hay más? Pues, de verdad, ya no sé qué le falta al buen hombre, porque es la mar de completito.
—Falta lo peor. Tu padre y Mónica llevan liados más de cinco años. Por eso tenía tanto empeño en que salieras con ella, para tenerla cerca y poder acostarse con ella cuando os quedabais en su casa.
Durante unos segundos me quedé mirándolo, intentando asimilar lo que acababa de decirme. De todas las cosas que esperaba escuchar aquella mañana, esa no había pasado ni de lejos por mi cabeza.
—¿Se puede ser más hijo de puta?
—Sí que se puede, porque ha firmado un contrato con su socio, que creo que también está al tanto de la relación que tienen su hija y tu padre.
En ese contrato se asegura que, si tú no te casas con Mónica y tu padre no le paga el dinero que le debe, que por otro lado es una suma bastante alta, se quedará con su parte de la empresa.
—Eso no puede hacerlo, necesita la firma de mi madre.
—¿Crees que no la ha falsificado o la ha obtenido de manera fraudulenta?
—Me cago en la puta, Jacinto. Espero que todo esto esté bien documentado, porque lo necesito, primero para enfrentarme a mis padres y, después, para denunciarlo.
—¿Estás seguro de que quieres hacer eso?
—No es que quiera, es que no me queda más remedio que hacerlo o el legado de mis abuelos pasará a manos de quien no debe.
—Entonces toma. Aquí está todo: copias de los documentos con la firma de tu madre falsificada, fotos de tu padre besándose con Mónica y entrando con ella en un hotel…
Miré la carpeta que acababa de poner delante de mí y sentí una mezcla de rabia y asco. Ya no eran sospechas ni palabras lanzadas por Mónica para hacerme daño. Allí estaban las pruebas.
—Gracias, Jacinto. Ahora mismo te hago la transferencia de la cantidad restante. De todos modos, si encuentras algo más, aunque sea de manera accidental, me lo comunicas y te lo pago.
—Seguiré pendiente. Sabes que, aunque entregue el informe, continúo investigando unos días más por si descubro algo nuevo. Si lo hago, te lo haré saber.
Salí de aquella cafetería con la sangre hirviendo. No podía creer que mi madre hubiera estado tan cegada, pero, sobre todo, lo que no me cabía en la cabeza era que mi padre llevara años liado con la que había sido mi novia.
No me veía en condiciones de coger el coche, así que pedí un taxi por la aplicación. Me recogió diez minutos después y puse rumbo a casa de mis padres.
Sabía que mi padre no estaría allí, porque se encontraría en la empresa, pero a mi madre sí esperaba encontrarla en casa, sentada en el sofá, leyendo o haciendo calceta, como si la vida que existía fuera de aquellas paredes no le perteneciera.
Eso era lo que más me jodía de todo, que prefiriera mirar hacia otro lado.
—Señorito, su padre no se encuentra y su madre está en el salón con unas amigas —me dijo la chica del servicio.
—Pues se tendrán que marchar, porque tengo que hablar con ella.
Entré en el salón y mi madre, al verme, puso una expresión que no fue de sorpresa, sino de resignación, como si llevara tiempo esperando que aquel momento llegara. Lo confirmó con lo que dijo a continuación.
—Señoras, siento tener que interrumpir el desayuno, pero mi hijo y yo tenemos que hablar de temas urgentes. Si no os importa, emplazamos esta reunión para la semana que viene.
—No hay problema, Isabel. Quedamos el viernes que viene en mi casa. Eso sí, tú llevas los pasteles —le dijo una de las mujeres que allí había.
—Eso está hecho, y llevaré de más para que te queden también para la merienda.
Cuando se marcharon, mi madre se sentó en el sofá, en el mismo sitio en el que parecía haber pasado media vida, y me hizo un gesto para que me colocara a su lado. En su rostro se reflejaba una lucha interna, pero también una especie de derrota que no pude pasar por alto.
—Has descubierto todo, ¿verdad?
—¿Lo sabías? ¿Eras consciente de lo que estaba haciendo mi padre?
—No lo sabía, pero intuía que había algo que yo desconocía.
—Algo no, mamá. Hay de todo y tengo pruebas para demostrártelo.
Acerqué la mesa y posé la carpeta encima. Fui sacando los documentos y las fotografías uno a uno mientras le explicaba cada cosa que Jacinto había descubierto. Su expresión pasó de la decepción a la incredulidad y, finalmente, a una rabia que pocas veces le había visto.
—Lo quiero fuera de mi casa ahora mismo.
—No es solo eso, mamá. También hay que hacer una auditoría en la empresa, abonarle al socio lo que realmente corresponda y conseguir que vuelva a estar bajo tu control, lejos de las garras de mi padre.
—Ha hipotecado mi casa, le debe dinero a su socio y no vemos beneficios de la empresa. Ha arruinado nuestra vida y nuestro futuro, y no lo quiero aquí.
—Mamá, ¿has pensado que quizá tengas que vender esta casa para pagar todo?
—Sí, se me acaba de pasar por la cabeza, Daniel, y creo que será lo mejor. Pero ahora vamos a la empresa. Quiero enfrentarme a él y que tenga los santos cojones de decirme todo esto a la cara.
—Estoy completamente de acuerdo contigo. Primero nos enfrentamos a él y después tomaremos las medidas necesarias.
Mi madre tenía el coche en el garaje, pues lo utilizaba muy poco. Yo ya estaba bastante más calmado y me encontraba con fuerzas para conducir, así que cogí las llaves y puse rumbo a la empresa, donde esperábamos encontrar a mi padre, aunque con él nunca se sabía.
Aparqué en la que, hasta hacía unos días, había sido mi plaza y subimos en el ascensor. Mi madre había pasado todo el trayecto llorando. Se sentía traicionada y no solo en el plano sexual, que también.
—Desde que nos casamos supe que no me sería fiel, pero, mientras me respetara, estaba dispuesta a dejarlo pasar.
—¿A eso llamas respeto, mamá?
—Me refiero a que yo no me enterara, que nunca supiera quién era. Pero saber que se ha acostado con ella en mi propia casa, que todo el mundo lo sabía menos yo… Eso me ha dolido mucho.
—Mamá, te recuerdo que la mujer con la que se acostaba era mi novia. Vamos, que yo me comía las babas de mi padre cuando estaba con ella.
—Eso tampoco se lo perdono. A ninguno de los dos, y pienso hacérselo pagar. Me da igual el dinero, la casa y todo lo material, pero mi dignidad no está en venta, que es lo que tu padre se ha pensado.
Mi madre se limpió las últimas lágrimas que caían por sus mejillas. No quería que mi padre, el que hasta ese momento todavía era su marido, volviera a verla como una mujer débil y manejable.
Abrió la puerta del despacho sin llamar y nos encontramos a esos dos besándose. Estoy seguro de que, si hubiéramos tardado cinco minutos más, los habríamos encontrado manos a la obra. No entendía cómo Mónica podía ser así, cuando mi padre perfectamente podría ser el suyo.
—Esto no es lo que piensas —dijo mi padre.
Mi madre soltó una carcajada, pero no era de humor, sino de pura ironía.
—Por supuesto que no, mi amor. La chica se había quedado sin aire y tú le estabas haciendo el boca a boca. Lo que ocurre es que no sabías que la lengua había que dejarla quietecita, ¿no?
—Isabel, no me gusta que emplees ese tono conmigo…
—Y a nosotros no nos gustan tantas cosas y nos hemos tenido que joder —le contestó mi madre.
—Bueno, yo mejor me voy, que esto es un asunto familiar…
—No, bonita. Tú te quedas ahí, sentadita, y escuchas lo mismo que van a escuchar mi futuro exmarido y su querido socio, al que ya he mandado llamar.
Mi madre, antes de llegar, le había enviado un mensaje al que había sido mi suegro, Ramón, citándolo quince minutos después en el despacho de mi padre. Por eso, apenas había terminado de hablar cuando lo vimos entrar.
—Supongo que esta urgencia será para hablar de la boda de Mónica y Daniel, porque mi hija está embarazada y no voy a permitir que se manche su honor… —dijo Ramón de manera muy solemne.
Me quedé mirándolo, convencido de que aquel día todavía guardaba alguna sorpresa más para mí.
—Pues, si se le mancha el honor, lo llevas a la tintorería, porque por encima de mi cadáver se casa mi hijo con esta mujer. Además, seguro que el hijo es de mi marido, así que será él quien cargue con este embarazo —contestó mi madre con todo el arte del mundo.
—¿De qué coño estás hablando, Isabel? ¡Mi hija no está liada con tu marido, eso es incierto!
—Tan incierto que lo tenemos documentado, como todo lo demás. Por tu bien, será mejor que te sientes y me escuches, porque la tonta de Isabel se quedó en mi casa haciendo calceta…
Mi madre les fue explicando todo, foto por foto.
Mi padre enseguida supuso que aquello no había sido cosa de ella, sino mía, porque jamás se le habría ocurrido mandar a nadie a investigarlo.
Por eso, en determinado momento, se abalanzó hacia mí para intentar cogerme por la solapa, pero no se lo permití.
—Eres un hijo de puta, me vas a arruinar la vida —me dijo.
—La vida te la has arruinado tú solito, papá.
—¿Qué pretendes, Isabel? —preguntó Ramón.
—Para empezar, recuperar mi empresa. Si mi marido te ha pedido dinero y ha firmado un contrato avalando su pago con parte de la empresa, siento decirte que no va a poder ser, porque la empresa es mía y yo no he firmado nada.
—Pero… yo tengo un documento que así lo asegura y está firmado por los dos.
—Pues no. Y no pienses que no voy a denunciarlo, porque lo haré en cuanto salga de aquí. Y no solo por eso, sino también por hipotecar mi casa, cosa que tampoco he firmado, y por muchas otras cosas que no pretendo relatar ahora.