Capítulo 16
Aura
Ya había empezado a trabajar, pues me encontraba muchísimo mejor, aunque todavía quedaba algún resto de esa tosecilla que se resistía a marcharse.
Esa mañana, antes de ir al local, me pasé por la administración de loterías, porque Manuel me había llamado la tarde anterior para decirme que tenía algo para mí que le habían dejado para que me lo entregara.
—Hola, bonita. Espera un minuto, que voy a buscarlo.
—No tengo prisa, voy con tiempo.
Manuel entró en el almacén y regresó con mi reloj, ese que me había dejado en casa de Daniel. En cuanto lo vi, supe que había sido él quien había pasado por allí para dejarlo, sabiendo que me conocían.
—¿Quién te lo ha dejado?
—Me lo dejó Daniel ayer, a última hora de la mañana, pero no me dio tiempo a avisarte hasta por la tarde.
—Me lo suponía, no te preocupes.
—¿Todo bien?
—Todo perfecto. Lo que ocurre es que todavía me quedan restos del enfriamiento, pero no podía pasar más tiempo en casa o me volvería loca entre esas cuatro paredes.
—Pues me alegro, preciosa. Cuídate.
—Lo haré. Ahora me marcho, que tengo que abrir el salón o mis clientas me cogerán por los pelos.
—Bueno, siempre puedes ponerles el pelo verde y decir que te has equivocado de tinte.
Ambos soltamos una carcajada. Ese Manuel tenía unas ocurrencias que eran para partirse de risa y todos en el barrio lo sabíamos de sobra.
En la peluquería, todas mis clientas se alegraron mucho de que estuviera mejor y hubiera vuelto al trabajo.
A mí también me sentó bien comprobar cuánto me querían, porque aquel afecto no solo se demostraba con la confianza que depositaban en mí, sino también con cada beso y abrazo que recibí durante el día.
Davinia y yo decidimos comer en un bar cercano al salón de belleza. Hacía muchos días que no hablábamos tranquilamente y sabíamos que, si cada una se marchaba a su casa, no tendríamos ocasión de hacerlo.
—Estoy feliz, Aura, muy feliz.
—Se te nota, cariño, y no sabes cuánto me alegro.
—Pero quiero decirte algo, aunque sé que contigo no tendré ningún problema de ese tipo.
—¿A qué te refieres?
—Pues es que…
—Ve al grano, Davinia, déjate de rodeos.
—Está bien. Daniel me ha preguntado por ti y yo no he querido contestarle. Ni Javier ni yo nos vamos a meter en el jueguecito que tenéis entre vosotros. No queremos acabar discutiendo por ello.
—Y me parece perfecto. Ni siquiera voy a preguntarte qué quería saber Daniel de mí.
—Pues, ciertamente, no lo sé, porque no le dejé terminar de formular la pregunta. Y ahora cuéntame qué es lo que ha pasado entre vosotros, porque estoy segura de que no ha sido una nimiedad. Entre otras cosas porque, si no fuera importante para ti, no te habrías acostado con él.
—Sí que me gustó, y me sigue gustando, y mucho, pero no pienso ser el segundo plato de nadie…
Le expliqué a mi amiga lo que había sucedido aquella tarde, cuando su ex, o al menos él decía que lo era, apareció por su casa, y también las duras palabras que me había dedicado. Entre una cosa y otra, hablando de todo aquello, se nos pasó el tiempo volando y tuvimos que regresar al trabajo.
Nada más llegar, mientras Davinia atendía a su primera clienta, entró una mujer cuyo rostro me resultaba de lo más familiar. No conseguí ubicarla hasta que me llamó por mi nombre y se presentó.
—Hola, Aura, veo que no te acuerdas de mí.
—Hola. Pues, ciertamente, tu cara me suena muchísimo, pero la verdad es que ahora mismo no caigo en quién eres.
—Soy Mariola, la mejor amiga de Daniel y de Javier.
—Si vienes de parte de tu amigo, dile que tenga los santos cojones de venir él a decirme lo que sea…
—¿Venir de su parte? Para nada. Es más, ni siquiera sabe que he venido. Si llega a saberlo, me corta las piernas antes de permitirlo. Y sí, tiene los cojones para venir a decirte todo lo que sea, tan solo que ahora tiene otros problemas más importantes y urgentes que resolver.
Aquello me hizo entender que yo no era importante para él. Mariola intentó recular nada más darse cuenta de cómo habían sonado sus palabras, pero ya las había soltado y no puedo decir que me sentaran precisamente bien.
—Aura, creo que me he explicado mal, que no he utilizado las palabras correctas.
—Mira, Mariola, entiendo que él es tu amigo y que estará siempre por encima de todo, pero no me interesa nada de lo que tengas que decirme sobre él ni estoy para perder el tiempo. ¿Vienes a hacerte algo o tan solo a hablarme de Daniel?
—Te comprendo, de verdad. Y no, no he venido únicamente a hablarte de Daniel. Quiero arreglarme el color y cortarme el pelo. Busco algo sencillo y práctico, que no me haga perder demasiado tiempo para arreglarlo.
—¿Estás dispuesta a cortar tu melena?
—Oh, por favor, sí. Me encantaría un corte bob o algo parecido.
—Entonces has venido al lugar perfecto.
Le entregué la carta de colores porque me había dicho que quería un cambio radical, algo que la hiciera parecer otra persona. Finalmente decidió quitarse las mechas y aplicarse un rubio ceniza, pues, según ella, así se iba acostumbrando para cuando empezaran a aparecerle las canas.
Mientras el tinte hacía efecto, atendí a otra de mis clientas, que tan solo quería un lavado y un peinado, y volví enseguida con Mariola. Le retiré el producto y le apliqué un champú matizador para terminar de ajustar el tono y aportarle brillo.
Cuando terminé, volví a preguntarle si estaba segura de querer aquel corte y me respondió que sí, así que fui a buscar las tijeras y empecé. Le descargué un poco de volumen para evitar que quedara como si le hubieran colocado un casco romano y después me dispuse a secárselo.
Lo cierto era que Mariola tenía un cabello de lo más agradecido y manejable, por lo que ni siquiera hizo falta pasarle las planchas. Solo con el secador y mis manos conseguí que la melena quedara preciosa.
En cuanto se vio en el espejo, se llevó las manos a la boca. Si lo que quería era un cambio radical, desde luego lo había conseguido, y estaba guapísima.
—No me lo puedo creer, chica, has hecho magia.
—No, bonita, he aplicado mis conocimientos de peluquería, nada más.
—Pues entonces tienes que ser licenciada en cepillos y tintes, porque en mi vida me he visto tan favorecida como hoy.
Ambas soltamos una carcajada y, cuando llegó la hora de pagar, no quise cobrarle. Al fin y al cabo, era la mejor amiga del hombre del que estaba enamorada y no me salía hacerlo. Ella, por el contrario, cogió un billete de cincuenta euros y lo metió en la hucha de las propinas.
—Para que las chicas se tomen una copita a mi salud. Y a ti te la debo, porque tengo clarísimo que mi amigo y tú vais a terminar juntos.
—Uy, me parece que te equivocas. Lo que pasó aquel día fue…
—Fue mágico para ambos y no me lo vayas a negar, porque entre vosotros hay una química espectacular que se ve incluso en la distancia.
—No, no te lo niego, pero no pienso ser el segundo plato de nadie ni, mucho menos, permitir que una mujer me insulte en mi cara y que el hombre que esté conmigo no sea capaz de reaccionar.
—Te aseguro que, si Daniel no le dijo nada a Mónica, no fue por falta de ganas, sino porque hay muchas cosas de por medio, esas mismas que ahora intenta solucionar.
—Por eso mismo. Yo no tengo a nadie más en mi vida y me merezco un hombre que esté conmigo al cien por cien, no alguien que prefiera que yo me marche de su casa antes que echar a la que se supone que es su ex y que yo todavía no me creo que lo sea.
—¡Dios mío! ¿Por qué sois tan cabezones los dos? Mira, me juré antes de venir que no te diría nada, pero no puedo mantener la boca cerrada. Daniel lo está pasando tan mal como tú o incluso peor…
—Me da igual. Si él lo está pasando mal es por su culpa, porque yo no he hecho absolutamente nada.
—En eso te tengo que dar la razón. Si Daniel le hubiera plantado cara antes a su padre, no estaría en esta situación.