La quiniela que nos unió Capítulo 15
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Capítulo 15

Daniel

Esa semana la tuve completamente ocupada con citas y reuniones. La mayoría de los clientes y proveedores de mi padre con los que contacté, después de escuchar la propuesta que les hice, no dudaron en contratarme y contar conmigo como abogado para sus empresas.

No cobraría por minutas, sino que recibiría una cantidad fija todos los meses y, a cambio, estaría disponible cuando me necesitaran. Era beneficioso para ambas partes: ellos tendrían un abogado al que recurrir siempre que hiciera falta y yo contaría con unos ingresos fijos cada mes.

Llegó el viernes y me levanté con un terrible dolor de muelas. Había pasado una noche horrible y, por eso, en cuanto salí a la calle y me crucé con una clínica dental, no dudé en entrar para que me echaran un vistazo.

—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle? —me preguntó una chica muy amable que había en la recepción.

—Buenos días, vengo de urgencias. Tengo un terrible dolor de muelas que no me ha dejado dormir en toda la noche. ¿Sería posible que me viera alguien?

—Hombre, verlo lo estoy viendo yo, pero supongo que a lo que se refiere es a si podría atenderlo el doctor. Deme un segundo, que le pregunto, porque la agenda está un tanto apretada.

No pude evitarlo, pero esa manera tan irónica y sarcástica de contestarme me recordó a Aura.

La mujer que me había atendido no tenía nada que ver con ella, al menos físicamente.

No sé cómo explicarlo, se veía menos voluptuosa, más fina, pero había algo en su forma de expresarse que me la recordó de inmediato.

Estaba sumido en mis pensamientos cuando la mujer regresó de la consulta del dentista. Traía una sonrisa, así que supuse que me habían encontrado un hueco.

—El doctor dice que, si puede esperar a que termine con el paciente que está atendiendo, no tendrá ningún inconveniente en verlo.

—Por supuesto que esperaré, no tengo prisa.

—Entonces, pase a la sala de espera. Yo misma me encargaré de avisarlo cuando termine, no creo que tarde mucho.

Me acompañó hasta la sala, cerró la puerta y volvió a su trabajo. Me había tomado prácticamente de todo para intentar calmar el dolor y, como nunca había tenido ninguna caries, no entendía qué podía estar provocándolo con tanta intensidad.

Unos quince o veinte minutos después, la puerta de la sala de espera volvió a abrirse y apareció Marta, la chica que me había atendido al llegar. Llevaba su nombre en una plaquita prendida en la parte superior del pijama médico.

—Pase por aquí, por favor, que el doctor lo está esperando.

—Gracias, de verdad.

Entramos en la consulta y el doctor me indicó que me sentara en el sillón. Antes de empezar a examinarme, me hizo una serie de preguntas de rigor, como si tenía algún tipo de alergia o si era la primera vez que acudía a aquella clínica.

Una vez que tuvo la ficha completa, procedió a comprobar qué me ocurría. Me hizo una radiografía bucal, cuyas imágenes pudo ver de manera inmediata, y enseguida pareció tener claro el origen del problema.

—Amigo, ya sabemos a qué se debe el dolor que estás sintiendo.

—Dime que se puede solucionar, por lo que más quieras.

—Hombre, claro, todo tiene solución en esta vida menos la muerte. Eso sí, no sé si el precio te vendrá bien o no…

—Cóbrame lo que te dé la gana, pero quítame este dolor. Te pongo mi ático a tu nombre, si quieres, y te pago hasta un alquiler para que me dejes seguir viviendo allí.

—No, por Dios, que tampoco es para tanto…

El doctor me explicó que todo aquel dolor se debía a una grieta bastante importante y que el tratamiento se realizaría en varias fases.

Lo primero sería tratar la infección que me estaba provocando las molestias.

Después sellaría la grieta, pero solo cuando se hubiera asegurado de que no quedaba ni rastro de la infección.

Para terminar, me pondría una funda en la muela que evitaría que volviera a producirse un episodio igual.

El precio no me pareció nada elevado y acordé con el doctor abonarlo entero en aquella misma visita.

Así me quedaba tranquilo sabiendo que el tratamiento estaba pagado de principio a fin.

No porque desconfiara del equipo médico, sino porque era tan despistado que seguro que, en cuanto dejara de dolerme, se me olvidaría lo que tenía pendiente después.

—Lo primero que haré será ponerte algo para el dolor y recetarte antibióticos. Ya sabes, sigue las recomendaciones y procura comer por el otro lado.

—Si me quitas el dolor, te saco a hombros como a los toreros.

Raúl, que así se llamaba el dentista, soltó una carcajada. Ese hombre me caía bien, igual que Marta, la chica de recepción.

Después de atenderme y dejar el dolor algo más controlado, me explicó las pautas que debía seguir hasta la siguiente cita.

—Recuerda que debes tomarte una pastilla cada ocho horas. Y ahora Marta te dará cita para dentro de diez días, cuando hayas terminado el tratamiento.

—Gracias, de verdad. No sabes el alivio que he sentido.

—Procura seguir las indicaciones y, si el dolor empeora o notas algo extraño, nos llamas antes de la cita.

Pasamos a recepción, donde le dije a Marta que se cobrara la totalidad del tratamiento y, aunque se extrañó porque no era lo habitual, lo hizo.

Mientras gestionaba el pago, me fue contando que antes trabajaban en la clínica que había al lado, que había cerrado por una mala gestión de su propietario y que ahora tanto su marido como ella habían decidido establecerse por su cuenta.

—Yo soy abogado y estoy a vuestra entera disposición para todo lo que necesitéis. Como ya tenéis mi teléfono en la ficha, no será necesario que os deje una tarjeta, entre otras cosas porque todavía no las he hecho.

—Entonces estás igual que nosotros. Lo que ocurre es que los pacientes que estaban acostumbrados a Raúl, en cuanto se enteraron de que estamos aquí, no han dudado en venir a su consulta.

—A mí me ha pasado prácticamente lo mismo. Sigo teniendo casi los mismos clientes que antes de establecerme por mi cuenta.

—Bueno, Daniel, pues la siguiente cita será el día dieciocho a las nueve de la mañana. ¿Te viene bien?

—En principio, me viene de miedo. Si de aquí a entonces tengo algún problema o alguna reunión que no pueda evitar, os llamo y me cambiáis la hora.

—Perfecto, quedamos en eso, entonces.

Salí de allí encantado con los dos. Vamos, que a partir de ese momento se habían convertido en mi clínica dental de confianza y acudiría a ellos en cuanto tuviera cualquier problema.

Mi dentista de siempre se había jubilado el año anterior y, como desde entonces no había tenido ninguna molestia, tampoco había sentido la necesidad de buscar un sustituto.

Llevaba el reloj de Aura en el bolsillo, pues había pasado ya casi una semana desde que se lo dejó en mi casa.

Ese día pensaba llevarlo a la administración de loterías.

Antes había intentado hablar con Davinia para que se lo entregara ella o me facilitara el número de teléfono de Aura y poder quedar con ella, pero había sido tajante.

—Lo siento, Daniel, pero no pienso meterme en vuestra relación, sea del tipo que sea. Ella es mi amiga y tú eres el amigo del chico con el que estoy saliendo. Está claro que cada uno tirará para lo suyo y no pienso permitir que eso sea motivo de discusión entre nosotros. Ya lo hemos hablado.

—Y tienes razón, Davinia. Perdona, no volveré a insistir.

—Pues te lo agradezco, de verdad, porque sería muy incómodo para todas las partes.

Por eso, en cuanto llegué a la administración de loterías, pregunté por Manuel, ya que había una mujer joven atendiendo en su lugar.

—Buenas tardes, ¿podría hablar con Manuel, por favor?

—Claro que sí, corazón, pero, si quieres, yo también puedo escucharte.

—Gracias, pero lo que tengo que tratar es con él.

—Vaya por Dios, otro que está en la acera equivocada. ¡Manuel, te buscan! —gritó.

No sabía de dónde había sacado aquella conclusión, pero tampoco pensaba sacarla de dudas. Prefería que siguiera creyendo que era gay y me dejara tranquilo antes que soportar los piropos que empezaban a incomodarme una barbaridad.

Manuel salió del almacén y, al verme, me sonrió de manera amable, sin insinuaciones de ningún tipo.

—Manuel, necesito que me hagas un favor.

—Claro que sí, Daniel. Dime en qué puedo ayudarte.

—Aura se dejó este reloj en mi casa el otro día. No sé si será importante para ella, pero, como no la he visto, he pensado que tú podrías dárselo cuando la vieras.

—Por supuesto, no te preocupes. Luego la llamo y le digo que baje a por él. En cuanto lo tenga, te aviso con un mensaje para que te quedes tranquilo.

—Gracias, de verdad.