Capítulo 14
Daniel
En cuanto volví a casa, me di cuenta de que Aura se había dejado allí su reloj y esperé que viniera a buscarlo, porque así tendría la oportunidad de hablar con ella.
Si en una semana no aparecía a por él, se lo dejaría en la administración de loterías, porque para mí sería una señal inequívoca de que no quería volver a verme.
Puse sábanas limpias en la cama, pues no había nada que me resultara más incómodo que una cama sin hacer y una cocina llena de cacharros. Para mí era como si la casa estuviera llena de mierda. Sé que puede resultar exagerado, pero era mi TOC y no lo podía remediar.
Con todo recogido, me senté en la mesa del salón y cogí el móvil para llamar a Jacinto, un detective privado al que ya conocía y en quien sabía que podía confiar.
Quería que investigara a mi padre y todos sus movimientos.
No pensaba quedarme de brazos cruzados; tenía claro que iba a desenmascararlo y que, por supuesto, no volvería a hipotecar mi vida por sus decisiones.
—Buenos días, Jacinto.
—Buenos días, Daniel. ¿Qué te ocurre? Porque tengo claro que, si me llamas, no es para saludarme.
—Pues no, no te llamo para saludarte, sino para encargarte un trabajito.
—¿De qué se trata?
—De mi padre. Quiero que lo investigues, que me informes de adónde va, con quién y hasta de la hora en la que mea y caga.
—Perfecto. ¿Durante cuánto tiempo?
—Hasta que averigües todo, pero cuanto antes, mejor. Me da igual si me cobras por días o con una cifra cerrada, te pagaré lo que me pidas.
—Está bien. Intentaré hacer el trabajo en una semana. Ya sabes cuál es la tarifa y, si llego a tardar algo más, te cobraré lo mismo que si lo hubiera hecho en ese tiempo.
—Te hago la transferencia de la mitad del importe ahora mismo y, cuando me entregues el informe, te haré llegar el resto.
—Perfecto. Espero llamarte lo antes posible.
—Yo también lo espero. Gracias, Jacinto.
—A ti, Daniel.
La cabeza me iba a estallar, por eso decidí apagar el móvil, darme una ducha y ponerme el pijama para acostarme un rato, aunque fuera en el sofá. Antes, y viendo la hora que era, prepararía algo de comer.
La señora que venía a limpiar a casa solía dejarme comida hecha para toda la semana, por lo que tan solo tenía que coger uno de los recipientes y calentarlo. Y eso hice.
Saqué un táper de cocido que me apetecía especialmente y, mientras se calentaba, puse la mesa para comer solo. Mi teléfono sonó. Era Javier, pero no me apetecía hablar con él, así que le envié un mensaje.
Daniel: Ahora mismo no me apetece hablar con nadie. Te llamo después o mañana, cuando tenga fuerzas.
Javier: ¿Todo bien? Dime que sí, que estás bien y que lo único que te ocurre es que estás cansado.
Daniel: Cansado, agobiado y terriblemente confundido con todo, pero lo superaré.
Javier: Te dejo que descanses esta tarde, pero luego, por la noche, me tienes ahí con una «pizza». Llamaré a Mariola para que compre la cerveza.
Daniel: Está bien, porque sé que, por mucho que te insista, no voy a conseguir nada. Os espero a las nueve, antes no, por favor, que quiero dormir.
Javier: Allí estaremos. Descansa.
A las nueve en punto estaban los dos en mi puerta, con un par de pizzas familiares y una caja de cervezas bien frías.
Ellos sí que eran mi verdadera familia, los que me apoyaban y permanecían a mi lado tanto en lo bueno como en lo malo, aquellos con los que podía contar para lo que fuera sin sentirme juzgado.
—Ya estamos aquí, tío bueno —me dijo Mariola, mirándome de arriba abajo.
—¿Qué me estás mirando?
—Hijo, que como sigas abriéndome la puerta de esa guisa, me pensaré seriamente cambiarme de acera.
Miré hacia abajo y me di cuenta de que no me había puesto los pantalones. Cuando me iba a dormir, solía quitarme la parte de abajo del pijama, pues me daba mucho coraje que, al moverme, se me enrollara en la cintura y las piernas.
Por eso había abierto la puerta únicamente con la camiseta y el bóxer, que no ocultaba precisamente el estado en el que me encontraba después de haber estado soñando con Aura y con lo sucedido entre nosotros.
—Ahora vuelvo, voy a ponerme unos pantalones. La mesa del salón ya está puesta.
—No tengas prisa. Si tienes que entrar en el baño para bajar a la fiera, por nosotros no hay problema —dijo Mariola, riendo.
—Sí, hombre. Habla por ti. Estaría bueno que yo esperara a que este se pajeara para venir a cenar —sentenció Javier, haciendo como que se estremecía.
Solté una carcajada y entré en mi habitación a buscar los pantalones, que había dejado sobre una silla. Me los puse y volví rápidamente antes de que aquellos dos siguieran montándose películas.
Durante la cena les expliqué lo que había sucedido, evidentemente obviando los detalles de mi encuentro sexual con Aura, aunque no porque Mariola no insistiera en que le contara cómo era en la cama.
—Chico, yo os lo cuento todo. Por cierto, «mi amiga» de anoche… No os podéis imaginar cómo es en la cama. Me ha dejado destrozadita…
—Mariola, nos lo cuentas porque te gusta fardar de tus encuentros sexuales, no porque nosotros te preguntemos nada —le dijo Javier, negando con la cabeza.
—Joder, si lo único más excitante que nos ha contado es que se lo montó con ella en el banco de la terraza exterior del local. Lo demás, todo demasiado light .
—Además, eso no es lo importante ni lo que lo tiene así. Déjalo que termine de contarnos —la riñó Javier.
—Es cierto. Lo que me preocupa es lo que ocurrió después…
Les conté la aparición de Mónica y lo que me había dicho sobre mi padre y sus deudas. No sabía qué pensar y necesitaba la opinión de ellos, por si veían algo que a mí se me hubiera pasado por alto.
—Es que, de verdad, no entiendo esa manía que tiene Mónica de joderte la vida —dijo Mariola.
—Independientemente de eso, yo creo que con tu padre tiene razón. Lo que no debes permitir es que vuelvan a manejarte la vida —añadió Javier.
—Eso, nunca. He contratado a Jacinto, el investigador privado, para que me saque hasta el último trapo sucio de mi padre. Una vez que tenga todo eso, me enfrentaré a él cara a cara.
—Y con Aura… ¿qué piensas hacer? —me preguntó Mariola.
—Se ha dejado aquí su reloj y esperaré una semana a que venga a por él. Si no viene, será que no quiere volver a verme.
—No puedes ser así de drástico, Daniel. Lo mismo no viene porque no sabe dónde lo ha perdido o vete tú a saber —dijo Javier, negando con la cabeza.
—Tal vez, pero, si el destino quiere volver a cruzarnos, lo hará. Si no, tendré que vivir con ello. Aunque, si os soy sincero, esa es la menor de mis preocupaciones ahora mismo.
No era del todo cierto y los tres lo sabíamos, pero bastante tenía ya encima como para reconocerlo en voz alta.
—Pues debería serlo, entre otras cosas porque estás enamorado de esa mujer —añadió Mariola.
—No digas tonterías, Mariola. Me gusta, sí, pero no me ha dado tiempo a enamorarme de ella.
—Vale, entonces no te importará que, si tú no vas a buscarla y a darle las explicaciones necesarias, se vea con otro hombre y vaya a cenar con él…
—Pues, si es eso lo que ella quiere, no seré yo quien se oponga.
—Lo dices con la boquita pequeña. A mí no me engañas; si quieres, intenta engañarte a ti mismo.
Mariola tenía razón. El simple hecho de pensar que otras manos pudieran tocar el cuerpo de Aura me ponía malo de los nervios y una oleada de celos se apoderó de mí. Pero no podía demostrarlo, porque mi amiga se metería de lleno y no me dejaría en paz hasta conseguir lo que pretendía.
También se me vino a la cabeza aquella cabañita que habíamos hablado de alquilar para el fin de semana siguiente.
Un plan que, apenas unas horas antes, me había parecido una locura maravillosa y que ahora no sabía si llegaría a hacerse realidad.
Con todo lo que había ocurrido, lo último que podía esperar era que Aura quisiera marcharse conmigo a ninguna parte.
Primero tenía que centrarme en solucionar el tema de mi padre.
No pensaba permitir que arruinara a mi madre ni que se gastara en vicios todo lo que a mis abuelos les había costado tanto levantar.
Y no porque fuera mi herencia, ya que yo podía vivir de mi trabajo, sino porque era el legado de mi familia, uno que a él no le pertenecía en exclusiva y con el que no tenía derecho a hacer lo que le diera la gana.
Estuvimos hasta bien entrada la madrugada hablando de todo un poco.
Javier nos contó que Davinia le gustaba, y mucho, que habían congeniado en todos los sentidos y que pensaba seguir conociéndola.
Habían hablado de ello y ella también estaba de acuerdo.
Al día siguiente habían quedado para comer juntos y, el fin de semana siguiente, se marcharían de viaje a Portugal, un país que Davinia quería conocer y que estaba lo bastante cerca como para escaparse unos días.