La quiniela que nos unió Capítulo 13
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Capítulo 13

Aura

Salí de su casa corriendo, sin rumbo. Me fijé en que no estaba demasiado lejos de la mía, pero, en el estado en el que me encontraba, no llegaría ni a la esquina.

Por eso, me dirigí a una parada de taxis cercana y me subí en el primero que estaba disponible, deseando que me llevara a casa cuanto antes.

Al entrar, me fijé en que no había nadie y, aunque suene un poquito mal, me sentí mejor, pues en ese momento no me apetecía tener que hablar con nadie. Me daría una ducha y me metería en la cama.

Fui hasta la cocina porque no sabía qué hora era, ya que mi reloj se había quedado en casa de Daniel. Por suerte, no era nada del otro mundo, no tenía un gran valor ni económico ni sentimental, porque no pensaba ir a buscarlo. Ni muerta ponía yo un pie allí.

El muy desgraciado me había hecho creer que no tenía ninguna relación con nadie, pero la presencia y las palabras de esa mujer me hicieron pensar todo lo contrario, sobre todo porque él no supo contestar a lo que le pregunté.

Bueno, sí que lo hizo, pero con evasivas, titubeando, y eso a mí no me convencía.

Me metí en la ducha y, mientras el agua caía sobre mi cabeza, no pude evitar echarme a llorar. ¿Cuándo me iba a dejar la vida en paz? Yo no pedía nada del otro mundo, ni ser millonaria ni tener el cuerpo de una modelo, tan solo quería ser feliz y vivir tranquila.

Cada vez que me permitía ser un poco feliz, pensar en mí y no únicamente en el bienestar de los demás, el destino me hacía poner los pies de nuevo en el suelo, dándome una bofetada de realidad y colocándome, una vez más, al final de la lista.

Me puse un pijama, pero, como eran las cuatro y media de la tarde, antes de meterme en la cama decidí calentar una taza de caldo en el microondas para tener algo en el estómago, porque apetecerme, lo que se dice apetecerme, no me apetecía nada.

En la puerta de la nevera, sujeta con un imán, había una nota que me había dejado mi hermana y que no había visto cuando entré a encender el calentador, ese que, por cierto, tenía que apagar antes de acostarme. La cogí y me dispuse a leerla.

«Aura, corazón, han venido los padres de Raúl de visita a la ciudad y vamos a pasar el fin de semana con ellos.

Si me necesitas para algo, me llamas al móvil, que estará encendido.

Espero que te lo hayas pasado bien.

Te queremos. Marta, Raúl y Saúl»

Me tomé la taza de caldo mientras releía la nota.

Mejor, así no tendría que levantarme para nada ni me vería obligada a dar explicaciones sobre mi estado cuando no me apetecía hacerlo.

Llamadme egoísta, pero no tenía ganas de ver ni hablar con nadie.

Quería regodearme en mi propia mierda, como se suele decir.

En cuanto puse la cabeza sobre la almohada, dejé salir todo lo que me estaba ahogando y lo hice en forma de lágrimas. Lloré desconsoladamente, y no solo por Daniel, sino por todo aquello que, hasta ese momento, no me había permitido llorar.

No sé en qué momento caí rendida por el cansancio y el llanto, pero me despertó mi hermana, dándome pequeñas palmadas en la cara y con un gesto de preocupación que no entendía.

—¿Qué ocurre?

—Aura, mi niña, estás ardiendo en fiebre —me dijo mi hermana.

—¿Qué hora es? ¿Fiebre? No lo sé, tan solo me apetece seguir durmiendo. Déjame, por favor.

—Cariño, son las dos de la tarde. Es hora de que te levantes y te des una ducha mientras te cambio las sábanas de la cama.

—¿Cómo van a ser las dos de la tarde si yo me acosté a las cuatro y media? Serán las dos de la madrugada.

—No, cariño, has estado durmiendo más de veinte horas seguidas. Nos hemos dado cuenta porque Davinia ha intentado hablar contigo y no le has cogido el móvil, ni a mí tampoco.

—No lo sé, no me habré enterado, pero, por favor, dejadme descansar…

—No, Aura, ahora mismo nos vamos al hospital. Esa fiebre que tienes no es ni medio normal —me dijo Raúl, visiblemente preocupado.

—No es nada, debe de ser un enfriamiento porque anoche estuve a la intemperie sin chaqueta y con la espalda al aire.

—Está bien, pero llamo ahora mismo al centro de salud para que venga un médico a verte.

Me levanté como pude, pero toda la habitación me daba vueltas y tuve que apoyarme en mi hermana, que fue quien me llevó hasta la ducha y se encargó de ayudarme a quitar todo el sudor que la fiebre había provocado.

Después me volví a acostar, esta vez entre sábanas limpias, de cuyo cambio se había encargado mi cuñado.

También había abierto un poquito la ventana y levantado la persiana para ventilar la habitación.

Minutos después llegó el médico, que me hizo un chequeo y determinó que tenía un enfriamiento bastante importante.

—Le receto paracetamol para la fiebre. Además, tendrá que mantenerse en reposo al menos una semana —dijo el médico.

—No puedo, tengo que trabajar…

—No se preocupe, doctor, que nosotros nos ocupamos de que lo cumpla —dijo mi cuñado.

—Aunque tenga que atarla a la pata de la cama, no voy a permitir que se levante y se mueva de aquí —añadió mi hermana.

La miré con una cara que quería decir que eso no se lo creía ni ella, pero Marta hizo caso omiso a mi advertencia de que me levantaría en cuanto me encontrara mejor y acompañó al doctor hasta la salida, mientras Raúl se quedaba conmigo en la habitación.

Por suerte, mi sobrino se había quedado en la casa que sus abuelos habían alquilado para pasar unos días en la ciudad, porque me aterrorizaba que pudiera ponerse enfermo por mi culpa.

También tenía intención de conseguir que mi hermana se marchara de allí, pues, estando embarazada, prefería que no se expusiera innecesariamente.

—Aura, ¿qué pasó la otra noche? Porque, además de la rojez y la hinchazón que tienes en la cara por la fiebre, no tengo ninguna duda de que te has hartado de llorar —me dijo mi cuñado, preocupado.

—Os lo contaré, pero ahora no tengo ni ganas ni fuerzas para recordar nada, por favor.

—Está bien, pero sabes que puedes contar con nosotros para lo que necesites y, si no quieres preocupar a tu hermana, me lo puedes explicar a mí, que yo te guardaré el secreto.

—Lo sé, Raúl. Y lo haré, pero cuando me encuentre mejor.

Mi cuñado me dejó un beso en la frente y salió de la habitación, dejándome descansar. Me encontraba tan agotada y con tan pocas fuerzas que, en cuanto me quedé a solas, volví a dormirme.

Por mucho que insistí cada vez que me despertaba en que se marcharan con los padres de Raúl, ninguno de los dos quiso hacerlo y, cuando salían de casa, era durante poco tiempo y nunca cuando me tocaba tomar la medicación que me había recetado el médico.

Habían pasado ya tres días desde aquel episodio y me encontraba mucho mejor, pero aún no estaba lista para volver al trabajo, porque no tenía fuerzas suficientes para mantenerme tantas horas de pie como necesitaría.

Ese día, por fin, había abandonado la cama y la había sustituido por el sofá, donde me tumbé con una mantita sobre las piernas, dispuesta a ver unos episodios de mi serie favorita.

Mi hermana y mi cuñado habían ido a trabajar y era su último día, ya que la semana siguiente cerraría aquella clínica. Por eso, tenían que trasladar todo el material al nuevo local, que ya estaba pintado y listo para empezar con la actividad.

Me alegraba muchísimo por ellos porque eran dos buenos profesionales que no se merecían quedarse sin trabajo.

Además, teníamos pendiente ese viaje con el niño, que haríamos en cuanto estuviera completamente recuperada, y solo pensar en verle la cara cuando por fin cumpliéramos aquel plan conseguía animarme un poco.

Después de tomarme la pastilla que me había recetado el médico, volví a quedarme dormida sin enterarme de lo que estaba puesto en la televisión. Así me encontró mi hermana cuando regresó del trabajo.

—¿Cómo te encuentras, cariño?

—Mucho mejor, pero todavía estoy muy cansada.

—Claro, te ha dejado demasiado débil. Si hasta has perdido peso…

—Mira, eso me ha venido bien.

—¿Estás loca? Si tenías, y tienes, un cuerpo precioso.

—¿Y Raúl? ¿No ha venido contigo?

—No, se ha quedado con un compañero para trasladar el material de una clínica a otra. Nos va a ayudar con todo.

—Me alegro de que tengáis tan buenos compañeros…