Capítulo 12
Daniel
La noche con Aura había sido de ensueño y, cuando el timbre empezó a sonar de aquella manera tan insistente, os prometo que me entraron ganas de matar a quien estuviera llamando.
Ver el deseo con el que me miraba mientras me vestía hizo que la sangre me hirviera, por eso le prometí que, en cuanto despachara a quien fuera que estaba al otro lado de la puerta, haría realidad todo eso que estaba pensando.
Lo que no esperaba era encontrarme precisamente con la persona que sabía que no me dejaría cumplir mi promesa, por mucho que yo lo intentara.
Tan solo esperaba que Aura tuviera suficiente paciencia para esperarme y no saliera de la habitación, pero, conociéndola como empezaba a conocerla, no las tenía todas conmigo.
—¿Se puede saber qué haces aquí?
—¿Qué voy a hacer? Venir a casa de mi novio, que ya va siendo hora de hablar de lo que ocurrió el otro día.
—Para empezar, no tenemos nada de lo que hablar y, para terminar, tú y yo ya no somos nada.
—No digas tonterías, Daniel, por favor. Somos la pareja ideal en todos los sentidos…
—¿La pareja ideal? No seas ilusa, Mónica, eso no lo hemos sido nunca. Si estuve contigo fue por cumplir el deseo de mi padre, nada más.
—Claro que sí, por eso te acostabas conmigo, porque tu padre te lo decía. ¿A quién pretendes engañar, Daniel? Hemos estado juntos más de tres años, no puedes haber fingido durante tanto tiempo. Si lo dices por tu amistad con Mariola, te prometo que no volveré a decirte nada…
Mónica se tiró a mis brazos justo en el momento en el que Aura llegaba al salón. En cuanto mi ex la vio, su cara se tornó de color púrpura. De rabia, de celos, no sé de qué más, pero aquello no me preocupaba. Lo que sí lo hizo fue la decepción que descubrí en la mirada de Aura.
—¿Quién coño es esta? —preguntó Mónica.
—A ti no te importa. Márchate ya, que hablaremos luego —le contesté, enfadado.
Sé que no elegí bien las palabras. Lo cierto era que no sabía exactamente qué éramos Aura y yo y, por eso, no quise meter la pata definiendo algo que acababa de empezar. Sin embargo, conseguí justo el efecto contrario al que pretendía.
—No te preocupes, habla con ella todo lo que quieras, que yo me marcho ya —dijo Aura con cierto dolor en el tono.
—Eso es lo que tienes que hacer, largarte de la casa de mi novio. Ahora me dará él todas las explicaciones que necesite.
No la dejé seguir hablando y fui detrás de Aura hasta la habitación.
Joder, todo lo bien que iba aquello, lo que habíamos avanzado en apenas unas horas, y ahora venía Mónica a joderlo todo.
Me arrepentí de no haberle contado antes a Aura toda mi historia porque, cuando intentara hacerlo ahora, probablemente no querría escucharme.
—Aura, no es mi novia, te lo prometo…
—No es lo que parece. ¿Por qué no me lo dijiste antes? Porque está claro que no es una mujer de una noche.
—No, no lo es. Entre otras cosas, porque eso lo dejé atrás hace mucho tiempo, pero no significa que sea importante en mi vida.
—Mira, me da igual. Me has mentido, te has aprovechado de mí y eso no volveré a permitirlo. Ahora, si me disculpas, déjame salir de aquí, que quiero volver a mi casa.
No podía retenerla, entre otras cosas porque tenía a Mónica sentada en el sofá del salón, supongo que esperando a que yo saliera para ponerme la cabeza como un bombo. Pero tampoco pensaba permitirle hacerlo. Hasta ahí había llegado eso de dejarme manipular por nadie.
Aura salió de la habitación, pero no pensaba dejar que saliera de mi vida, aunque me costara sangre, sudor y lágrimas. Lo que no esperaba era que Mónica le dijera aquello que me dejó en tan mal lugar.
—¿Pensabas que Daniel se fijaría en una mujer tan vulgar como tú? Pues lo siento, bonita, pero mi novio tiene mejor gusto.
—Pues, para no fijarse en mí, bien que no ha dejado ni un centímetro de mi cuerpo sin degustar, «bonita» —le contestó Aura, pronunciando esa última palabra de manera muy irónica.
—Claro que sí, y no eres ni serás la única que ha pasado por su cama. La nuestra es una relación, digamos que especial, en la que yo entiendo que él necesita cosas que yo no puedo darle porque soy una señora y que busca en fulanas como tú.
Aura no dijo nada, pero le cruzó la cara de un tortazo. Después me miró y salió sin dejarme pronunciar ni una sola palabra. El enfado y la furia se apoderaron de mí. Me acerqué a Mónica, la cogí del brazo y la llevé hasta la puerta con la intención de echarla de mi casa.
—Si haces eso, tu familia se verá en la ruina.
—¿De qué coño estás hablando? Mi familia no ha tenido nunca ni tiene problemas económicos.
—¿No te ha hablado tu padre de que le ha vendido al mío su parte de la empresa para pagar ciertas deudas de dudosa procedencia?
—Eso es mentira. Lo haces para conseguir que vuelva contigo y eso no va a ocurrir nunca.
—Bueno, pues entonces verás a tu madre vender todas sus joyas y cambiar su gran casa por un pequeño apartamento en un barrio mediocre. Nada de uno céntrico ni nada por el estilo.
Mónica salió de mi casa, pero la duda se quedó instalada en mi cabeza.
Había pensado llamar a Davinia para que me facilitara el número de teléfono de Aura, ya que no habíamos tenido tiempo ni de intercambiarlo, pero lo dejé para más tarde.
En ese momento me urgía mucho más averiguar si lo que acababa de decirme sobre mi padre era cierto.
Entré en mi habitación, me di una ducha rápida y quité las sábanas de la cama, echándolas a la canasta de la ropa sucia. Ya el lunes, cuando viniera la señora que limpiaba mi casa dos veces a la semana, las lavaría, porque, como tuviera que hacerlo yo, no sabía qué podía salir de allí.
Dejé la cama destapada, con el edredón doblado a los pies, y entré en el vestidor para coger ropa. No pensaba llamar a nadie, sino plantarme directamente en casa de mis padres, dispuesto a que me dijeran la verdad y dejaran de ocultarme la situación económica de la familia.
Bajé al garaje, cogí mi coche y puse rumbo a su casa. No me esperaban, a no ser que Mónica los hubiera avisado de su visita, algo que tampoco sería extraño en ella, porque a veces parecía que la relación la tenía con mi padre en vez de conmigo.
—¿Qué haces aquí? —fue el recibimiento de mi padre en cuanto abrió la puerta y me vio al otro lado.
—Venir a que me digáis la verdad.
—¿La verdad? Eso nos lo tendrías que decir tú a nosotros.
—Yo no tengo nada que ocultar y, de hecho, no lo hago. En cambio, vosotros sí que me ocultáis cosas, como la situación económica de la familia.
—La familia no tiene ningún problema. Puedes estar tranquilo, que tu herencia seguirá intacta cuando me muera.
—A la mierda la herencia. No quiero nada que no me haya ganado con el sudor de mi frente, papá.
—Uy, qué poético, sobre todo cuando todo lo que tienes en este momento ha sido gracias a nosotros y no eres capaz de agradecerlo.
—No, papá, no te confundas. Lo único que tengo que agradeceros es que me hayáis pagado los mejores centros académicos, nada más.
—Daniel, ¿te ocurre algo? —preguntó mi madre en el momento en el que me vio entrar en el salón.
—Sí que me ocurre, mamá. Mónica ha estado hoy en mi casa, interrumpiendo un momento íntimo, dicho sea de paso.
—Pobre chica, lo que habrá tenido que sentir al ver que estabas retozando con alguna fulana…
—No es ninguna fulana, es una mujer que me importa.
—Y que seguro que no tiene dónde caerse muerta y cuenta con tu dinero para ser alguien en la vida —dijo mi padre.
—No todo el mundo piensa únicamente en el dinero, como haces tú, papá.
—Sigue soñando, hijo, que lo mismo te das de frente con un muro en cuanto esa mujer se deje ver de verdad ante tus ojos.
—Ya se ha dejado ver. Ni siquiera sabe quién es mi familia…
—Bueno, a lo que vamos, ¿qué te ha traído hasta aquí? —dijo mi madre, deseando terminar con aquella conversación.
—Mónica me ha dicho que papá le ha vendido su parte de la empresa a su padre para pagar deudas…
—Tu padre no ha podido hacer eso porque, antes de hacerlo, tendría que firmar yo la venta —dijo mi madre, que confiaba ciegamente en su marido, en mi padre.
La cara de él me decía que era cierto y que había hecho algún chanchullo para que mi madre no se enterara. Pero no pensaba permitir que se saliera con la suya y estaba decidido a desenmascararlo en ese preciso instante.
—Papá, quiero hacerme cargo de la parte de mi madre de la empresa, así que dame toda la documentación. Quiero hacer una auditoría…
—No te pienso dar una mierda, Daniel. Eso es algo entre tu madre y yo y a ti ni te va ni te viene.
—Por supuesto que me interesa, sobre todo cuando me están amenazando con que, o vuelvo con la hija de tu socio, o nos dejarán en la ruina si no lo hago.
La cara de mi padre mutó al terror más absoluto y supe que era cierto lo que Mónica me había contado, sobre todo cuando escuché su respuesta.
En ese instante descubrí que a mi padre le daba exactamente igual mi vida, lo que ocurriera en ella, mi felicidad o mi futuro.
Lo único que quería era cubrirse las espaldas y mantener a mi madre en la inopia como hasta entonces.
—Pues ya sabes lo que tienes que hacer. Vuelve con Mónica y verás cómo ya no tendrás nada que temer en cuanto a nuestra economía.
—¿Me lo estás diciendo en serio? ¿De verdad? No me lo puedo creer.
—Daniel, cariño, tu padre lo que intenta decirte es que esa es la mujer que te conviene, la que está en tu mismo estatus económico y con la que tienes que formar tu propia familia —dijo mi madre.
—No, mamá. Mi padre lo que intenta es que tú no te enteres de lo que ha hecho, de en qué ha tirado el dinero que tanto esfuerzo les costó a mis abuelos ganar —le respondí, furioso.
Mi madre era de ese tipo de mujeres que preferían vivir sin enterarse de nada antes que tener que enfrentarse a la realidad y a los problemas. Mientras su tarjeta Visa estuviera pagada y mantuviera los mismos privilegios que había tenido toda la vida, lo demás pasaba a un segundo plano.
Ella jamás había trabajado, ni siquiera en casa o en mi educación. Cuando eran más jóvenes y mi padre estaba en la oficina, se marchaba con sus amigas de brunch o de compras y me dejaba con mi tata, la señora que me cuidaba y que había fallecido hacía unos años.
Mi padre, al ver que continuaba teniendo a su mujer de su lado, intentó convencerme, en vano, de que lo mejor que podía hacer era volver con Mónica, sin dar su brazo a torcer respecto a la situación económica.
Incluso llegó a decirme que podría regresar a la empresa, pero siempre y cuando no metiera las narices donde no me llamaban.