Capítulo 11
Aura
¿Cómo había sido capaz de hacer eso en plena terraza? ¿Y si hubiera venido alguien y nos hubiera visto de esa guisa? Dios, me moría de la vergüenza, pero os prometo que no lo había podido evitar. Ese hombre sacaba mi lado más salvaje y me gustaba.
Con él no tenía que fingir ser quien no era.
Me había conocido así, en todo mi esplendor, y lo más inverosímil era que le gustaba tal y como era.
No sabía si querría repetir o no, pero yo me moría porque lo hiciera, aunque no así, pues tan solo imaginármelo desnudo y a mi disposición hacía que me mojara de nuevo.
—No quiero que esto se quede aquí, Aura. Te necesito en mi cama, desnuda, y quiero saborearte sin prisas.
—No me digas eso, Daniel, que me pongo histérica.
—¿Para bien o para mal? Me refiero a que te pones histérica, pero ¿porque te mueres porque lo haga o porque quieres que haga lo contrario?
—¿Tú qué crees?
—No lo sé y por eso necesito que me lo digas.
—Pues sí, Daniel, quiero que me quites el vestido, que recorras mi cuerpo con tus besos y que me hagas gritar de placer.
Noté cómo Daniel, cuando pronuncié esas palabras, se endureció de nuevo, pero no pensaba volver a hacerlo con él allí. Si quería, o bien que me llevara a su casa o bien que reservara una habitación de hotel.
Me miró con deseo en los ojos, me hizo levantarme y me ayudó a recomponerme un poco, aunque no se podía hacer demasiado. Después se levantó él y me cogió de la mano para ir a buscar nuestras chaquetas.
No habíamos visto a Javier y a Davinia en toda la noche, así que probablemente se habían marchado ya. Cogí el móvil para comprobar si tenía algún mensaje suyo y, efectivamente, ahí estaba. Lo leí con una sonrisa.
Davinia: Amiga, no tengo ni idea de dónde habéis ido. Lo único que le pido al universo es que ese hombre te dé un buen meneo, como el que espero que me dé a mi Javier.
»Por cierto, no me busques, que paso la noche en casa del que, sin ninguna duda, será mi chico. Te deseo buenos orgasmos, aprovecha.
Solté una carcajada porque, si yo hablaba sin filtro, Davinia no era más prudente. Marta decía que las hermanas parecíamos nosotras dos en vez de ella y yo, porque la pobre no hablaba por no ofender. Pero no la dejé en visto, le contesté, por supuesto.
Aura: Amiga, sé que no me vas a leer ahora porque estarás en otros menesteres, unos en los que pienso estar yo en breve, pero con Daniel. Te llamo mañana cuando abra los ojos, que no sé a qué hora será.
Daniel llegó y, al verme con una sonrisa en los labios, no hizo falta que le dijera nada, pues leyó los mensajes por encima de mi hombro mientras me ponía la chaqueta y me besaba el cuello por la espalda.
Al final, paramos el primer taxi que vimos pasar porque estábamos de un calentón que, como no llegáramos rápido a su casa, me veía haciéndolo detrás de un matorral y allí, precisamente, no había ninguno.
Me sorprendió el lugar donde vivía. Le tenía que ir muy bien económicamente para hacerlo en un ático de esa zona, una de las más caras de toda la ciudad. En cuanto entramos y cerramos la puerta a nuestras espaldas, se desató la locura.
—No puedo más, Aura, te necesito desnuda.
—Hazlo, quítame el vestido, hazme sentir como nunca me han hecho sentir.
Daniel no esperó ni un segundo más, cogió el bajo de mi vestido y me lo sacó por la cabeza.
Cuando lo hizo, se paró a mirarme, en especial mis pechos, que lucían sin ningún tipo de tela, y mi pequeña tanguita, que Davinia me había obligado a ponerme por si acaso y que se lo tendría que agradecer toda mi vida.
Yo había llevado las manos a su jersey y también se lo saqué por la cabeza, pero no estábamos en igualdad, por lo que desabroché su cinturón y quité el botón de sus pantalones, esos que bajé llevándome conmigo su bóxer.
Daniel los sacó de sus piernas, ya que antes se había deshecho de sus zapatos, y los dejó arremolinados a sus pies. Su miembro saltaba ante mi cara, pues no me había levantado y seguía de rodillas delante de él. No me lo pensé, saqué la lengua y lo lamí desde la base hasta la punta.
—Joder, Aura, si sigues así, termino antes de empezar.
—Tenemos mucho tiempo, ¿no crees?
Me lo introduje en la boca y no pensaba sacarlo hasta que se corriera.
Me debía un orgasmo y me lo pensaba cobrar.
Por eso, no paré de hacerle círculos con la lengua, haciendo que se estremeciera.
En un momento dado, y viendo que yo no iba a parar, hizo una coleta con mi pelo en su mano y empezó a mover mi cabeza al son que a él le gustaba.
—Preciosa, si no paras ahora, voy a terminar en tu boca.
No le hice caso, tan solo lo miré con una sonrisa en los labios que le dejó claro que no pensaba parar y que terminó por volverlo loco. Bueno, en realidad no sé si fue eso o que empecé a succionar mientras lo llevaba hasta el inicio de mi garganta.
Se corrió, alcanzó el orgasmo con un gruñido que me puso a cien. Cuando terminó de derramarse en mi boca, no pude evitar pasar la lengua por todo su glande, haciendo que se estremeciera de placer.
Me cogió del brazo y me levantó del suelo, quedando muy cerquita de él.
Cogió mi pelo de nuevo y volvió a besarme de una manera que anticipaba lo que estaba por venir.
Puso las manos en mi trasero, me levantó, haciendo que enredara las piernas en su cintura y, así, me llevó hasta su habitación, hasta su cama, donde me dejó caer.
Sin dejar de besarme, metió la mano en la cinturilla de mi tanga y lo bajó mientras recorría mi cuerpo con sus besos. Cuando me tuvo completamente desnuda, se lanzó a mis pechos, esos que mordió, lamió y succionó a su antojo.
Cuando ya estuvo saciado de ellos, siguió bajando hasta llegar a mi sexo. Abrió mis pliegues con los dedos, dejando a la vista mi clítoris y, poniendo la boca a su altura, lo primero que hizo fue recorrerlo de abajo arriba con la lengua, haciéndome gritar del placer que sentí.
Ese fue el pistoletazo de salida para una noche de sexo desenfrenado, en la que el sexo oral fue lo primero que practicamos.
Se esmeró en recorrerme con la lengua, haciendo que me retorciera de placer, y no se dio por satisfecho hasta que alcancé el orgasmo, alargándolo hasta que ya no tuve fuerzas para gritar más.
Esperaba que la habitación estuviera insonorizada o que no tuviera vecinos al otro lado de la pared, porque, si era así, tenían dos opciones: o llamar a la policía por escándalo público o ponerse ellos también manos a la obra, porque el calentón que debían de tener era chico.
Después de eso, Daniel se puso un preservativo y me penetró, primero poniendo mis piernas sobre sus hombros, llegando a lo más profundo de mí. Os prometo que no me había sentido así en la vida; ningún hombre me había hecho sentir tanto en tan poco tiempo.
Fueron innumerables las posturas que practicamos. Me movía a su antojo, como si fuera ligera como una pluma. Lo que más me gustaba era que no me trataba como si fuera de cristal, como si me fuera a partir en cualquier momento, como me había sucedido con las anteriores parejas que había tenido.
Cuando ambos alcanzamos el orgasmo y recuperamos el aliento, Daniel se dejó caer en la cama, se quitó el preservativo, le hizo un nudo para tirarlo luego a la papelera y pasó un brazo por mi espalda, haciendo que me recostara sobre su pecho.
—Aura, no quiero que esto se quede aquí, quiero más contigo, mucho más.
—Yo también quiero más, Daniel, y no solo de sexo.
—Uy, ¿mi niña es insaciable en la cama? Porque déjame decirte que todavía tenemos mucho tiempo por delante…
—A ver si el insaciable vas a ser tú, que otra vez tienes a tu amiguito en pie de guerra.
—Es que es ver estos pechos, acariciar este trasero y mi miembro se pone como si fuera de mármol.
—Ah, ¿sí? ¿Tanto te ponen mis nalgas?
—Compruébalo por ti misma.
Llevé las manos a su miembro y empecé a acariciarlo de arriba abajo.
Él tampoco se quedó con las manos quietas y llevó sus dedos a mi sexo, pellizcando mi clítoris hasta hacer que me corriera.
No me lo pensé, me giré, dejando el trasero a la altura de su cadera, y empecé a empujar y masajear su pene con mis nalgas.
—Te estás buscando que te vuelva a follar otra vez.
—Lo mismo es eso lo que quiero.
—No se diga más, tus deseos son órdenes para mí.
Se situó a mi espalda y volvió a penetrarme, levantando mi pierna y situándola por detrás de su cadera para tener mejor acceso y movilidad, y hacer que nos corriéramos pocos minutos después.
Así estuvimos toda la noche hasta que la luz del sol empezó a entrar por la ventana, momento en el que Daniel se levantó y echó la persiana para que pudiéramos descansar. Antes de quedarme dormida, le envié un mensaje a Marta para que no se preocupara.
Aura: Marta, cariño, como podrás comprobar, he pasado la noche fuera y no sé a qué hora llegaré. Este mensaje es para que no te preocupes, porque estoy mejor que bien. Te cuento cuando vaya. Un beso.
Le quité el sonido al teléfono y lo puse bocabajo en la mesilla de noche, dispuesta a dejar que el cansancio me sumergiera en un sueño profundo y reparador, sintiendo el latir del corazón de Daniel, pues la mejor almohada para mí era su pecho.
No sabíamos qué hora era, pero el timbre de la puerta empezó a sonar de manera insistente y fue lo que nos despertó. Daniel seguía durmiendo y, como no sabía si le iba a gustar que yo abriera la puerta, decidí despertarlo para que fuera él quien lo hiciera.
—Daniel, Daniel…
—Umm, ¿qué ocurre?
—Está sonando el timbre de la puerta.
—Pues déjalo que suene, ya se aburrirá quien sea. No espero a nadie.
—¿Y si es importante?
—Está bien, pero como sea algún vecino pidiendo sal, te juro que salgo en los telediarios porque terminaré cogiéndolo por el cuello.
Solté una carcajada al ver cómo lo decía y la cara que ponía, pero la risa se transformó en una oleada de deseo cuando lo vi levantarse completamente desnudo, con un trasero que podría partir almendras. Él, que se dio cuenta, me miró sonriente mientras se ponía el bóxer y una camiseta.
—No te muevas, que cuando vuelva pienso hacer realidad todo eso que está pasando por tu cabeza ahora mismo.
—¿Estás seguro de lo que estás diciendo?
—Como que me llamo Daniel Gálvez.
Lo vi salir dispuesto a despachar a quien fuera en poco tiempo, pero me equivoqué porque tardaba bastante.
Sin pensarlo, y porque mi intuición me decía que algo estaba sucediendo y que ese algo no me iba a gustar, me levanté de la cama, cogí una camiseta del mismo cajón del vestidor en el que había cogido él la suya y me dispuse a salir.
Antes entré en el baño y, al verme la cara en el espejo, con todo el maquillaje corrido, me la lavé bien y también los dientes. Como no tenía cepillo, utilicé el dedo para hacerlo.