Capítulo 10
Daniel
La charla que Aura y yo habíamos compartido me había dicho mucho de ella, de cómo era y de cómo miraba la vida desde una perspectiva de lucha diaria. Cuantas más cosas sabía, más me gustaba. Pero el momento clave llegó cuando entramos en el interior del local y se quitó la chaqueta.
Dios mío de mi alma, ¿cómo se podía estar tan elegante y sugerente a la vez? Para mí iba a ser una auténtica tortura no poder tocarla o besarla, aunque pondría todo de mi parte para que esto último fuera posible.
No sabía de dónde había sacado la confianza y la cara dura, por qué no decirlo, para responderle aquello que le dije, pero no me arrepentí. Era el primer paso para conseguir lo que quería: dejarle claro lo que estaba provocando en mí.
Y, por la manera en la que me había mirado después, algo me decía que no me encontraba solo en aquel terreno.
Davinia y Javier entraron con nosotros, pero, en determinado momento, durante el descanso del grupo que estaba tocando, las chicas fueron al baño y nosotros nos acercamos a la barra a por unas copas.
—Amigo, esa mujer me gusta mucho —me confesó Javier.
—A mí también, pero tengo claro que nuestros principios nos van a pesar si quiero tener algún tipo de relación.
—Quizá no deberías empezar por ahí, sino por conquistarla…
—Me muero por quitarle ese vestido y hacer que tiemble bajo mi cuerpo, así que no me pidas paciencia, porque no la tengo.
Javier me miró y soltó una carcajada. Se pensaba que yo no iba a darme cuenta de que él tenía las mismas aspiraciones y deseos que yo, solo que lo tenía mucho más fácil para cumplir sus fantasías con Davinia.
—Te ríes, pero tú estás igual o peor que yo.
—Yo, por lo menos, no me paso la noche disimulando que la mujer que me gusta me vuelve loco.
—Porque tú eres un tío sencillo.
—Y tú un complicado de cojones.
No pude evitar reírme porque, en parte, tenía razón.
Las chicas se reunieron con nosotros poco después, pero ya empezaba a sentirme un tanto agobiado allí dentro, con tanta gente y tanto calor.
Por la expresión de Aura, me pareció que a ella le ocurría lo mismo, así que le propuse que nos tomáramos la copa fuera, en unos sillones con una mesita que había en un lateral de la terraza.
—¿Te parece si nos la tomamos fuera?
—Sí, por favor, que no puedo más con tanto bullicio. La gente apelotonada me agobia muchísimo.
—Entonces, igual que a mí.
Nos sentamos en una zona resguardada del viento y, no sabía si por el calor que todavía llevaba encima, por lo que me estaba provocando Aura o por ambas cosas, pero me sentí bien allí con ella. Mucho más de lo que esperaba después de cómo habían empezado nuestros encuentros.
—Cuéntame, ¿cuál es tu cita perfecta? —me preguntó.
—¿Con una chica, te refieres?
—Hombre, claro. No va a ser con tus colegas, que esa ya me supongo cómo es.
Me encantaba esa mujer, no podía evitarlo. Solté una carcajada porque no se pensaba las cosas; de verdad que no. Las soltaba tal y como aparecían por su mente y, después de años rodeado de personas que medían cada palabra antes de pronunciarla, aquella espontaneidad me resultaba refrescante.
—Pues, para mí, una cita perfecta con una chica sería una cenita con velas, pero solo los dos. En mi casa o en la suya, nada de restaurantes con gente molestando. Después, bailar con ella en el salón, ambos descalzos, y terminar la noche con un beso.
—Joder, qué intenso te has puesto.
—Has sido tú la que ha preguntado. ¿Y la tuya? ¿Cómo sería?
—Pues tal y como lo has contado, salvo que el beso lo daría cuando comprobara que me gustaba de verdad. Y, lo mismo, en vez de dejarlo en un beso, pues daba un pasito más.
La miré por encima de mi copa, preguntándome si era consciente de lo que acababa de decirme. Por el sorbo que dio inmediatamente después y el ligero rubor que apareció en sus mejillas, supuse que sí.
Escucharla decir aquello me envalentonó para soltar lo que se me pasó por la cabeza, sin pensarlo demasiado. Estaba clarísimo que todo lo bueno se pega.
—¿Te apetece que mañana cenemos en mi casa?
—¿Me lo estás diciendo en serio?
—Por supuesto. No me importaría que fuera en la tuya, pero tengo claro que no estaríamos solos en ningún momento. Además, ya te he dicho que me gustas mucho, Aura, y quiero conocerte más y mejor.
—En mi casa no podría ser, a no ser que enviara a todos de fin de semana a una cabañita o algo.
—Eso me gusta…
—¿Que envíe a mi familia de excursión para estar a solas?
—No, tonta, lo de la cabañita. De repente, nos he visualizado delante de una chimenea, cenando, y se me ha ocurrido algo, pero necesito que me sigas en esta locura.
—Me estás dando miedo, Daniel.
—¿Por qué no alquilamos una cabañita para el fin de semana que viene, que hay un puente?
—¿Para nosotros dos solos?
—No, mujer, voy a invitar a la comunidad de vecinos de mi bloque. Pues claro, Aura, para nosotros dos. Si quieres, se lo podemos decir a Davinia y a Javier, pero ellos que estén en otra, sin compartir.
Aura me miró como si intentara decidir si estaba completamente loco o si lo estaba ella por plantearse siquiera la posibilidad.
Lo cierto era que yo tampoco sabía de dónde había salido aquella idea.
Nos conocíamos desde hacía muy poco y, sin embargo, la posibilidad de pasar un fin de semana entero con ella me apetecía demasiado.
—Dios mío, ¿por qué seré tan bocazas?
—Esa boca es la más bonita que he visto en mi vida y me muero por saborear esos labios tan apetecibles que tienes.
—Daniel…
—No puedo aguantar más, de verdad.
No supe si lo hizo por la desesperación que encontró en mi voz o porque yo me atreví a verbalizar lo que ella no pudo, pero lo que no esperaba era que diera el primer paso.
Aura puso sus manos en mi cara, enmarcándola con ellas, se acercó y depositó un breve beso en mis labios, que me sirvió como pistoletazo de salida, pues, cuando se retiró de mi boca, nos miramos a los ojos y ambos comprendimos que no había vuelta atrás.
En ese momento fui yo el que le puso las manos en la cintura, haciendo que se sentara en mi regazo.
En el lugar en el que estábamos no nos podía ver nadie, a no ser que viniera expresamente a ese sitio por algún motivo.
Por ello, enredé su pelo en mi mano, le di un pequeño tironcito para que me diera acceso a su boca y la besé de manera hambrienta y desesperada.
Cuando sus labios ya lucían rojos e hinchados por mis besos, bajé hasta su cuello. No pude evitar lamer todo el largo, desde la clavícula hasta el lóbulo de su oreja, provocando un gemido en ella que me puso como una piedra.
—Me muero por quitarte este vestido y por hacer eso mismo que he hecho en tu cuello, pero por todo tu cuerpo —le susurré al oído, para morder su lóbulo a continuación.
—Joder, Daniel, no me puedes decir estas cosas, no cuando estoy…
—¿Cómo estás, Aura? Dímelo, por favor, porque yo no hace falta que te diga cómo estoy, lo estás notando en tu maravilloso trasero.
—Ardiendo, Daniel, así estoy. Dios, no he hecho nada de esto en mi vida…
—¿A qué te refieres?
—A que nunca he tenido un lío de una noche.
—Nadie te ha dicho que sea el lío de una noche. De hecho, nos acostemos esta noche o no, el fin de semana que viene nos iremos a la cabañita de la que hemos hablado.
—¿Estás seguro de que eso es lo que quieres? Mira que hemos chocado desde que nos conocimos.
—Bueno, está claro que ahora mismo no chocamos. Quizás lo que teníamos era una tensión sexual no resuelta…
—Seguimos sin resolverla.
—Eso lo soluciono yo ahora mismo.
Estaba de un atrevido que ni yo mismo me conocía, pero es que esta mujer sacaba mi lado más ardiente, lo reconozco.
La besé mientras metía mi mano entre sus piernas.
Ese vestido me lo estaba poniendo demasiado fácil, pues se había subido hasta más arriba de medio muslo.
Ella estaba sentada de forma que, si se acercaba alguien, tan solo le vería la espalda.
Aparté su braga a un lado e introduje mis dedos entre sus pliegues, acariciando su clítoris y acallando sus gemidos con mis besos.
Su cara de placer me estaba llevando al límite y, si seguía moviendo su trasero sobre mi erección, al final iba a correrme a la vez que ella, como si fuera un quinceañero.
Cuando alcanzó el clímax, su forma de retorcerse, los jadeos que emitió y la manera en la que echó su cabeza hacia atrás provocaron que hiciera algo que no había hecho en mi vida.
Saqué mi miembro, me puse un preservativo que llevaba en la cartera y, en la misma posición en la que estábamos, la penetré.
—No voy a durar mucho, pero no podía esperar más para estar dentro de ti.
—No pares, por favor, que yo tampoco creo que dure mucho.
Ver cómo Aura botaba encima de mi miembro, cómo, sin que yo le dijera nada, se levantó para sentarse a horcajadas en mi regazo y penetrarse de nuevo con mi pene, para tener más movilidad o, lo que es lo mismo, para volverme más loco de lo que ya me estaba volviendo, hizo que mis embestidas fueran más fuertes y profundas.
Posé mis manos en su trasero para ayudarla a moverse y sentí cómo su vagina se contraía alrededor de mi miembro, con un orgasmo que me arrastró como una ola se lleva una pequeña caracola en la orilla. En mi vida me había sentido así de bien, os lo prometo.