La quiniela que nos unió Capítulo 9
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Capítulo 9

Aura

¿Se podía tener más mala suerte que yo? Si es que, de verdad, yo soy de esas que le clavan agujas a una foto de su suegra y termina curándole la artrosis por acupuntura.

No había tenido suficiente con tropezarme con Daniel en el restaurante, sino que ahora también tenía que encontrármelo en la terraza donde íbamos a tomar una copa.

—Ni se te ocurra marcharte —me dijo Davinia, cogiéndome del brazo.

—Joder, Davi, no me hagas quedarme aquí, por favor.

—Claro que nos vamos a quedar y, no solo eso, nos vamos a acercar a saludar.

—Sí, sí, lo que tú digas, y encima los invitamos a una copa, por los cojones…

—No, pero porque no nos van a dejar. Estoy segura de que, antes de que podamos decir ni hola, tendremos una copa en las manos y vendrá por su parte.

—Pero ¿por qué me haces esto, Davinia?

—Porque sí, porque ese hombre te gusta y no pienso permitirte que vuelvas a boicotearte.

—Seguro que será por eso y no porque eres tú la que se ha quedado prendada del amigo.

—Eso también. Y no me podrás negar que están los dos para mojar pan.

—Ya, pero también está esa mujer que va con ellos, que no sabemos si es la pareja de alguno de los dos.

—No, no tiene pinta de eso. Más bien parece una más de su pandilla, su mejor amiga.

—Hija, qué inocente eres. Su mejor amiga, dice…

Estábamos discutiendo cuando vimos que el amigo de Daniel, del que yo todavía no sabía ni el nombre, se acercaba a nosotras.

Davinia me lanzó una mirada un tanto intimidante y supe que estaba perdida.

No podía decirle que nos marchábamos porque aquel hombre le interesaba mucho y yo no era capaz de arruinarle, al menos, la noche solo porque Daniel consiguiera ponerme de los nervios.

—Hola, chicas. Vaya sorpresa —dijo el amigo.

—Hola, Javier. Sí, ha sido una casualidad que hayamos terminado aquí, la verdad, sobre todo coincidiendo con vosotros.

Así que Javier. Al menos ya podía ponerle nombre al motivo por el que Davinia se negaba a marcharse.

—Veo que, al final, Mariola tenía razón y estáis solas…

—Si estamos solas es porque los chicos con los que habíamos quedado no nos gustaban y hemos preferido decirles que nos marchábamos por nuestra cuenta —le dije, intentando justificar mi mentira.

Ni yo misma sabía por qué seguía manteniendo aquella historia absurda, pero reconocer que me la había inventado nada más ver a la mujer agarrada al brazo de Daniel me parecía todavía peor.

—Pues mejor para nosotros, porque habéis terminado aquí —me dijo Javier.

Nos indicó que lo acompañáramos hasta donde estaban sus amigos, pero, cuando llegamos, Mariola había desaparecido, dejándonos a los cuatro a solas.

Os prometo que no sabía dónde meterme. La vergüenza se apoderó de mí y más todavía cuando Daniel me recibió con aquella sonrisa que dejaba claro que no se había tragado mi excusa.

—Hola, Aura. ¿No habíais quedado? —me preguntó con cierto retintín.

—Daniel, a las señoritas sus acompañantes no les gustaban y han decidido ir por libre —le contestó Javier en un tono que sonó bastante a advertencia.

—De verdad, me cansa mucho ese tono que siempre empleas conmigo. Vengo a divertirme, no a sentirme incómoda ni a tener que estar toda la noche a la defensiva. Por eso, será mejor que yo me marche y mi amiga se quede aquí con vosotros —le dije.

Era cierto. No aguantaba más y, para estar en un sitio a disgusto, prefería irme a casa, sentarme en el sofá a ver una serie junto a mi hermana y mi cuñado o planificar todo lo que teníamos pendiente para sacar adelante la clínica.

Cualquier cosa me parecía mejor que pasar la noche discutiendo con un hombre que tenía la extraña habilidad de alterar mi humor en cuestión de segundos.

Daniel dejó de sonreír y su expresión cambió.

—Tienes razón y me disculpo por ello, pero no te marches, por favor. ¿Qué te parece si empezamos de cero? Hola, soy Daniel, abogado, y me gustaría invitarte a una copa.

Me quedé inmóvil, sin saber qué hacer ni qué decir.

No me esperaba una disculpa, mucho menos que fuera tan directa.

Al final, viendo que había cambiado por completo el tono y que parecía sincero, decidí seguirle el juego.

Estiré la mano hacia él y me presenté como si aquella fuera realmente la primera vez que nos veíamos.

—Hola, Daniel, encantada. Soy Aura y te acepto la copa de la paz.

—Pues no os mováis de aquí, que enseguida vuelvo.

—Espera, te acompaño y así pido lo que nos gusta a Davinia y a mí, que me da que tienes pinta de que te guste el whisky y a mí eso me sabe a colonia de Nenuco.

Cuando terminé de decirlo, Daniel se volvió hacia mí, me miró a los ojos y soltó una carcajada que se escuchó en toda la terraza, haciendo que mucha gente se girara a mirarnos.

Algo que a mí me daba muchísima vergüenza porque, si no tenía bastante con las miradas que atraía el vestido, ahora también teníamos público.

—¿Siempre eres así?

—Así, ¿cómo?

—Tan espontánea, tan natural… No sé.

—Pues, si es por lo que acabo de decir, sí. Soy así, no pienso las cosas antes de soltarlas. Lo sé, no tengo filtro y eso me ha traído más de un problema, pero no puedo evitarlo.

—Eso es lo que más me gusta de ti, que tu boca habla antes que tu cabeza.

—Ah, ¿pero te gusta algo de mí?

Joder. Precisamente lo que acababa de explicarle quedó demostrado con esa pregunta.

¿Cómo se me podía ocurrir soltar algo así?

Noté que el calor me subía por el cuello hasta las mejillas y supe que mi rostro debía de haberse puesto de un rojo intenso, de esos que parece que te has tragado la bombilla de un local de vida alegre, como decía mi abuela.

—Me gusta todo, pero de eso mejor hablamos luego, cuando estemos con nuestras copas, a solas —me respondió.

Y ya os podéis imaginar mi cara en ese momento.

Daniel, tal y como había vaticinado, pidió dos whiskies con hielo, uno para él y otro para Javier, mientras que nosotras pedimos dos vodkas: el mío con zumo de piña y el de Davinia con naranja.

Quise pagarlas yo, pero no me lo permitió y aseguró que, cuando fuéramos a por la segunda, ya pagaría otro. Aunque algo me decía que ni Davinia ni yo íbamos a conseguir sacar el monedero aquella noche.

Mientras esperábamos las bebidas, me descubrí mucho más relajada a su lado.

Sin las pullas constantes, Daniel era diferente.

Seguía teniendo ese aire seguro de sí mismo que a ratos me daban ganas de borrar de un guantazo, pero empezaba a vislumbrar algo más detrás de él y, para mi desgracia, sentía curiosidad por descubrirlo.

También me provocaba una curiosidad enorme la relación que ambos tenían con esa chica a la que no había vuelto a ver desde que entramos en aquel local. Y, como siempre, mi impulsividad ganó la batalla.

—¿No estaba con vosotros una chica?

—Sí, nuestra mejor amiga, Mariola. Para nosotros es como una hermana y siempre estamos los tres juntos. Hay mujeres que no entienden que la amistad entre un hombre y una mujer sea posible y se lo toman mal…

La explicación consiguió que me sintiera un poco ridícula por los celos que había tenido en el restaurante, aunque, evidentemente, no pensaba reconocerlos.

—No soy de esas, te lo puedo asegurar. Yo tengo una relación con la pareja de mi hermana que va mucho más allá de la típica relación entre cuñados. Lo quiero como si fuera de mi propia sangre.

—¿Y tu hermana lo entiende o se pone celosa?

—Por supuesto que lo entiende. Además, menudo trabajo tendría si no fuera así, porque vivimos todos juntos…

—¿Vives en casa de tu hermana y tu cuñado? Eso sí que no lo había visto nunca.

—Pues no exactamente. Esa casa era de nuestra madre. Mi padre se marchó cuando éramos pequeñas y todavía seguimos sin saber nada de él. Cuando nuestra madre falleció, yo me hice cargo de Marta, mi hermana…

—¿Qué edad tenías?

—¿Yo? Dieciocho años recién cumplidos y mi hermana tenía quince. Me dejé las manos para que ella no tuviera ninguna carencia y, cuando se quedó embarazada de mi niño, Raúl se vino a vivir con nosotras.

Hablar de aquellos años seguía removiéndome por dentro. Habían pasado muchas cosas desde entonces y nuestra situación no tenía nada que ver con la de aquellas dos crías que se quedaron solas de repente, pero nunca olvidaría la responsabilidad que sentí caer sobre mis hombros.

—Joder, tienes que quererlos…

—Más que a mi vida. Ellos son y serán siempre mi prioridad, mucho más ahora que voy a ser tía de nuevo.

—Yo no tengo hermanos, al menos de sangre, porque de vida sí que tengo a Javier y a Mariola. Y la relación con mis padres tampoco es muy buena últimamente… —Hizo una pequeña pausa, pero enseguida cambió de tema—. Pero bueno, hablemos de otra cosa, de nosotros. ¿A qué te dedicas?

Me dio la impresión de que detrás de aquella frase sobre sus padres había mucho más de lo que quería contar, pero no insistí. Apenas nos conocíamos y no tenía ningún derecho a meterme en algo que claramente prefería dejar a un lado.

—Tengo un centro de belleza con tres empleadas. Una de ellas es Davinia, que se ocupa de la parte estética, mientras que mis chicas y yo nos encargamos de la peluquería.

—Veo que te encanta tu trabajo. Se te ilumina la mirada cuando hablas de ello.

No esperaba que se hubiera fijado en algo así y, por algún motivo, el comentario me gustó más de lo que debería.

—Pues sí, porque me dejo la piel cada día por sacarlo adelante.

Estuvimos un buen rato más hablando de nuestras vidas. La conversación resultó mucho más sencilla de lo que habría imaginado unas horas antes y descubrí que, cuando ninguno de los dos estaba empeñado en llevarle la contraria al otro, podíamos entendernos bastante bien.

Como el espectáculo estaba a punto de empezar y fuera comenzaba a hacer fresquito, decidimos entrar en el salón que nos correspondía.

Nada más hacerlo, debido al contraste entre la temperatura exterior y la de dentro, me quité la chaqueta y la dejé en el guardarropa, donde me entregaron el resguardo para recogerla después.

Cuando me giré, me fijé en Daniel. No apartaba los ojos de mí y había algo diferente en su expresión. Su mirada se había oscurecido hasta volver sus ojos de un gris mucho más intenso, casi metálico, y aquella forma de observarme empezó a intimidarme.

—¿Te importaría dejar de mirarme así?

—¿Cómo se supone que te estoy mirando?

—Como si fuera la última Coca-Cola del desierto y estuvieras muerto de sed.

—Bueno, más que de sed, de hambre, pero de ti.