La quiniela que nos unió Capítulo 8
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Capítulo 8

Daniel

Habíamos salido de fiesta y, tal y como habíamos acordado, nos vimos en la puerta del restaurante al que solíamos acudir a cenar o a comer. Mariola, como siempre, iba espectacular, y todo el que pasaba por su lado terminaba girándose para mirarla.

Javier y yo íbamos más deportivos, sin rozar la chabacanería, porque a nosotros también nos gustaba ir elegantes y parecer guapos, pero nunca llegaríamos al estilazo que lucía Mariola.

Pasamos al salón, donde nos tenían preparada nuestra mesa de siempre, y tomamos asiento dispuestos a disfrutar de una cena divertida, como ocurría cada vez que salíamos juntos gracias, sobre todo, a las ocurrencias de Mariola, que no se cortaba ni un pelo.

—Chicos, mañana, en cuanto tenga el dinero en mi cuenta, os hago las transferencias de los tres mil euros a cada uno —les dije.

—Sin problemas. Eso sí, deberíamos pensar en un buen viaje en el que gastar hasta el último céntimo —contestó Javier.

—Completamente de acuerdo contigo, Javierito, pero tendrá que ser cuando yo coja las vacaciones, porque ahora mismo estoy de trabajo hasta arriba.

—Yo tampoco puedo ahora. Como sabéis, acabo de establecerme por mi cuenta y tengo una semana llena de reuniones en las que espero cerrar todos los acuerdos necesarios para no morirme de hambre.

Lo dije en tono de broma, aunque lo cierto era que tenía muchas ganas de empezar a trabajar por mi cuenta y comprobar hasta dónde era capaz de llegar sin el respaldo de la empresa de mi padre.

No me preocupaba quedarme sin dinero, pero sí demostrarme a mí mismo que podía construir algo completamente mío.

—Bueno, hambre tampoco, chico, que siempre te podemos llenar la nevera y pagarte los suministros. No vamos a dejar que te arrastres hasta tu padre —dijo Mariola, provocándome una carcajada.

—Por Dios, tan solo por no tener que verle la cara a Mónica, yo pago lo que haga falta —añadió Javier, poniendo cara de terror.

—Verdad, cariño. No soporto a esa mujer ni la soportaré nunca. Ahora, estoy como loca por conocer a la mujer del boleto. Esa sí que me gusta para nuestro amigo —comentó Mariola como quien no quiere la cosa.

—No seas pesada, de verdad, que no tengo intención de volver a ver a esa mujer nunca, jamás, en la vida.

—Ya te he dicho que el destino es muy cabrón y que, cuando menos te lo esperes… ¡zas!, te la encuentras de frente.

Negué con la cabeza y seguí cenando. Podía insistir todo lo que quisiera, pero Cádiz tenía suficientes habitantes como para que aquella mujer y yo pudiéramos continuar con nuestras vidas sin volver a cruzarnos. O eso pensaba.

Terminamos de cenar y, aunque me costó media vida, conseguí pagar yo la cuenta. Eso sí, tuve que prometer que las copas las pagarían ellos. No es que fuéramos de beber mucho, pero había una terraza en la que tenían música en directo y habíamos acordado ir allí después.

En cuanto salimos del salón, alguien tropezó conmigo y, al girarme para pedir disculpas por si acaso había sido yo el culpable, me encontré con la persona que menos imaginaba que iba a encontrarme.

¡Dios! ¿Cómo se podía estar tan jodidamente guapa?

Tuve que contener la sonrisa al acordarme de lo que Mariola acababa de decirme sobre el destino. Si levantaba la mirada y veía su cara de satisfacción, no me la quitaría de encima en toda la noche.

—Vaya, está claro que necesitas unas gafitas, ¿no?

—A lo mejor el que las necesita eres tú. ¿Vas siempre tropezándote con todas las mujeres o solo tropiezas conmigo?

Así empezó nuestro intercambio y tengo que reconocer que, en algunos momentos, tuve que reprimir una carcajada, porque sus contestaciones y esa manera tan irónica de hablarme me gustaban, y mucho.

Iba preciosa, con un vestido que resultaba imposible ignorar.

Era una belleza diferente a la de Mariola, pero no por ello menos elegante.

El color resaltaba su piel y el escote atraía la mirada más de lo que debería admitir, aunque intenté comportarme como una persona civilizada y mantener los ojos donde correspondía.

Y, hablando de mi amiga, que si fuera muda reventaba, no tardó en preguntarles si les apetecía venir a tomar una copa con nosotros.

No sé si fue por la cara que puse o porque realmente era cierto lo que habían dicho, pero Aura declinó su oferta. Lo siento, sé que no tenía ningún motivo, pero cuando pronunció que habían quedado con unos chicos para tomar algo, una oleada de celos se apoderó de mí.

La reacción me sorprendió. Apenas conocía a esa mujer y, hasta el momento, nuestras conversaciones se podían resumir en discusiones y pullas. No tenía ningún derecho a molestarme porque hubiera quedado con alguien y, aun así, la idea no me gustó ni un poco.

A Javier tampoco pareció hacerle demasiada gracia, pues me fijé en que se había quedado impresionado con Davinia.

Había escuchado su nombre cuando se presentó, aunque yo estaba demasiado pendiente de Aura para prestarle mucha atención.

Mi amigo, sin embargo, no le quitaba los ojos de encima y ella tampoco parecía precisamente indiferente.

—Bueno, si me das tu número de teléfono, te hago una llamada perdida y así agendas el mío, por si luego os apetece tomar algo con nosotros —le dijo Javier a la amiga de Aura.

—Claro, anota, seis dos nueve…

Mientras ellos intercambiaban los números de teléfono, Aura sacó el suyo y simuló que escribía un mensaje a alguien.

Sin embargo, gracias al reflejo del cristal que tenía detrás, pude comprobar que no estaba haciendo nada de eso.

No sabía por qué me había fijado en algo tan insignificante o, quizá, sí lo sabía y no quería reconocerlo.

Seguí mi impulso, me acerqué a ella y le hablé al oído.

—No tienes que fingir, simplemente sigue a lo tuyo.

—¿Perdona?

—Te perdono, pero no me pidas que te ignore.

Aura levantó la mirada hacia mí y nuestras caras quedaron muy cerca. Noté cómo se ponía nerviosa y aquello me dejó claro que ni yo era indiferente para ella ni ella lo era para mí.

Durante unos segundos ninguno se movió. Estábamos demasiado cerca para que aquello pudiera considerarse una conversación normal y fui muy consciente de su perfume y de la distancia ridícula que separaba nuestros labios.

Otra que también se había dado cuenta era Mariola, que nos observaba con una sonrisa en los labios.

—Nos vamos, que llegamos tarde —le dijo Aura a su amiga, dándole un tirón del brazo.

—Espera, que…

—No esperamos nada, que tenemos prisa.

La pobre Davinia salió casi a rastras, corriendo detrás de Aura y a punto estuvo de caerse. Nosotros tres nos quedamos contemplando la escena, igual que el resto de las personas que había alrededor, aunque los demás no sabían de qué iba la cosa y las miraban sorprendidos.

—Creo que ha quedado claro, ¿no? —preguntó Mariola.

—No vayas a empezar, Mariola, que quiero pasar tranquilo el resto de la noche.

—Ni empiezo ni termino, Daniel, pero esa mujer te gusta, al igual que tú le gustas a ella.

—Yo también estoy de acuerdo con eso, amigo. Y tengo que reconocer que a mí Davinia me ha llamado mucho la atención —dijo Javier con una sonrisa.

—Eso también lo he notado, Javierito, pero tú te vales por ti mismo, al contrario que este, que va a necesitar un empujoncito —siguió insistiendo Mariola.

—¿Un empujoncito? Este va a necesitar mucho más que eso, pero sé que tú harás todo lo que esté en tu mano —comentó Javier.

—En mis manos y hasta en mis pies, amigos. No lo dudéis.

—Sois insoportables los dos.

Salimos de allí entre risas y, cuando lo hicimos, no quedaba ni rastro de ellas.

Por un lado, me sentí aliviado porque, si Aura hubiera seguido allí, Mariola no se habría quedado quieta.

Por otro, experimenté una pequeña decepción, pues algo dentro de mí albergaba la esperanza de encontrármela todavía en la puerta, aunque fuera de manera casual.

Me molestó reconocerlo, pero la noche había cambiado en cuanto la vi aparecer.

Pusimos rumbo a la terraza a la que queríamos ir. El espectáculo daba la opción de cenar allí, pero, como nosotros ya lo habíamos hecho, entramos para tomarnos una copa tranquilamente hasta que empezara la música en directo.

—Me encanta este sitio, aun siendo otoño —dijo Javier.

—Sí, a mí también. Poder tomarte una copa mirando al mar… —añadió Mariola.

—Qué filosóficos os habéis vuelto, ¿no?

—Lo que ocurre es que tú eres un insensible, Daniel —me contestó Mariola, dándome un manotazo en el hombro.

Estábamos riendo, con nuestras copas en la mano y esperando a que nos dieran acceso al salón en el que se celebraba el espectáculo. Aunque las temperaturas no eran excesivamente bajas, ya era de noche y estábamos al aire libre, por lo que se agradecía llevar algo de abrigo.

Fue entonces cuando giré la cabeza hacia la entrada.

—No me lo puedo creer…

Allí estaba otra vez.

—El destino sí o sí quiere que estéis juntos —dijo Mariola, riendo.

—Tú eres una cabrona y el destino, más cabrón que tú.

—Propongo que esperemos un rato, porque lo mismo ha sido aquí donde han quedado con esos chicos que dijeron —comentó Javier.

—¿De verdad te has creído eso de que habían quedado? Porque yo tengo clarísimo que es mentira —dijo Mariola.

—¿Por qué iba a mentir? —pregunté, pues no le veía sentido.

—Ay, chico, qué poco kilometraje tienes con las mujeres. Cómo se nota que tu padre te puso a Mónica en el camino y ella estaba dispuesta a todo, porque si no…

—A veces eres insoportable, chica.

—Sí, pero me quieres, con todas mis virtudes y todos mis defectos, por supuesto.

—Yo no estaría tan seguro de eso…

Mariola me dio una colleja que resonó en toda la terraza y provocó que Javier y yo soltáramos una carcajada. Las chicas se giraron hacia nosotros al escucharla y fue entonces cuando vimos que estaban discutiendo entre ellas: Aura parecía empeñada en marcharse, mientras Davinia insistía en quedarse.

Aquello terminó de darle la razón a Mariola sobre la supuesta cita con otros hombres, aunque no pensaba reconocerlo en voz alta.

—Lo siento, chicos, pero no voy a dejar que se marchen —dijo Javier, encaminándose hacia ellas.

Mariola y yo nos miramos. Yo, en concreto, no sabía si seguir a mi amigo o quedarme donde estaba. Parte de mí quería hacerlo y otra parte me decía que no tenía ningún sentido perseguir a una mujer que parecía empeñada en salir corriendo cada vez que me tenía cerca.

Al final no tuve que decidir nada porque vi que Javier regresaba acompañado por ellas. Me quedé en mi sitio mientras Mariola aprovechaba para marcharse a saludar a una amiga.