La quiniela que nos unió Capítulo 7
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Capítulo 7

Aura

Lo había conseguido. Mi hermana y mi cuñado tenían ya su local para empezar por su cuenta y me sentía de lo más satisfecha por todo eso.

Me había quedado sin un céntimo del dinero que tenía ahorrado, pero me daba lo mismo, porque ellos eran todo lo que tenía y daría mi vida, si hacía falta, por ellos, al igual que ellos la darían por mí.

No voy a negar que ver cómo bajaba mi cuenta bancaria había dado un poco de vértigo, porque aquellos ahorros me habían costado años de trabajo. Pero también sabía que, si había un momento para utilizarlos, era ese. Marta y Raúl necesitaban empezar de nuevo y yo podía ayudarlos a hacerlo.

Cuando llegué a casa, les puse la carpeta encima de la mesa a los dos. Me miraron sin saber qué pensar hasta que se dibujó una sonrisa en mis labios y ambos supieron que lo había conseguido.

—¿Lo has conseguido? ¡Sí, sí, lo has conseguido! —dijo Marta.

—Sí que lo he conseguido y a mucho mejor precio del que os podáis imaginar.

—Cuñadita, si es que lo que no consigas tú…

—Cuéntanos todos los detalles, por favor.

—Pues veréis…

Les relaté las conversaciones que había mantenido tanto con el que todavía era su jefe como con el dueño del local contiguo y les expliqué el acuerdo al que había llegado con ambos.

Con el dueño del local ya había firmado la compra porque, a pesar de que íbamos a hacerlo al día siguiente, cuando llamó al notario, le dijeron que tenían un hueco y aprovechamos para dejarlo todo listo.

También les expliqué lo que había conseguido negociar por el material. Todavía quedaban muchas cosas por organizar antes de poder abrir las puertas de la clínica, pero, al menos, lo más importante estaba resuelto: tenían dónde empezar de nuevo.

—Eres increíble, hermanita, pero no pensamos consentir que te quedes sin tus ahorros, así que ahora mismo te haremos una transferencia de, al menos, la mitad de lo que has gastado —me dijo Marta.

—Eso no te lo crees ni tú. Ese dinero lo guardáis para cuando llegue el bebé, que lo vais a necesitar, además de para comprar el material que necesitéis para poner la consulta en marcha.

—Yo estoy de acuerdo con tu hermana. Con la mitad de lo que tenemos, tendríamos para…

—Para nada. Y no me cabrees, que vengo muy contenta. Ahora tan solo quiero darme una ducha y tumbarme en el sofá. Eso sí, esta noche vosotros invitáis a pizza , porque yo no me pienso mover de allí hasta que me toque irme a la cama.

Raúl negó con la cabeza, pero sonreía. Sabía que seguiríamos discutiendo sobre el dinero durante días y que ninguno de los tres conseguiría convencer fácilmente a los demás.

—Eso está hecho. Venga, vete yendo mientras nosotros pedimos la pizza —me dijo mi cuñado, sonriente, antes de dejarme un beso en la mejilla.

Esa noche, mi niño estaba de lo más contento porque sus padres le dijeron que iba a tener un hermanito o una hermanita y, además, había pizza para cenar, su comida preferida.

No sabía cuál de las dos cosas lo tenía más emocionado.

Se pasó buena parte de la cena preguntando cuándo nacería el bebé, si podría cogerlo en brazos y si dormiría en su habitación.

Verlo así hizo que todo el esfuerzo de ese día mereciera todavía más la pena.

Poco después de cenar, caí redonda en la cama. El día había sido agotador en todos los sentidos y, al día siguiente, me esperaba una buena tunda otra vez.

A la mañana siguiente, en cuanto llegué a la peluquería, mis compañeras debieron de verme la cara porque no tardaron ni cinco minutos en organizarme la vida.

—Hoy, haya clientas o no, te marchas a comer a tu casa, sí o sí —me dijo una de ellas.

—Eso, y de volver por la tarde, nada de nada —añadió la otra.

—Entre otras cosas, porque esta noche salimos, te pongas como te pongas —me advirtió Davinia.

—Joder, Davi, estoy muerta de cansancio. Lo único que me apetece es quedarme en casa con el pijama puesto y jugar con Saúl.

—Eso lo haces el domingo o mañana por la tarde. Parece que tienes cien años, Aura, y no puedes seguir así. Entiendo que tu familia te necesite, pero de ahí a vivir enclaustrada…

—Vale, vale, está bien, pero cenita, copita y para casa.

—Claro que sí, a las doce en casa, como Cenicienta.

La mañana, a pesar de ser viernes, estuvo mucho más tranquila y, por la tarde, tan solo teníamos dos citas a primera hora, por lo que decidí darles el resto libre a mis chicas, que también se merecían un buen descanso.

Yo aproveché para volver a casa, comer algo y descansar un rato antes de que Davinia empezara con su particular operación para sacarme de mi aspecto de mujer agotada.

Me arregló el pelo y me maquilló una vez que salí de la ducha, y mi hermana se empeñó en que me pusiera un vestido suyo que, por su vientre, ya no le quedaba bien. Era de color vino tinto, con un escote en V pronunciado, pero que se quedaba pegado a mi pecho gracias a unos adhesivos que llevaba.

La espalda también estaba descubierta, con unas cadenitas muy finas que se cruzaban de un lado a otro haciendo las veces de tirantes de sujeción. Junto con unos zapatos de tacón negros que me encantaban y que me resultaban de lo más cómodos, formaban un atuendo de lo más elegante.

Me miré en el espejo y tuve que reconocer que Davinia había hecho un buen trabajo. Seguía cansada, sí, pero por lo menos ya no parecía que llevara una semana durmiendo tres horas al día.

Justo cuando estaba a punto de terminar de vestirme, mi móvil empezó a sonar. Era un número que yo no conocía. Aunque al principio estuve a punto de no contestar, finalmente cogí la llamada.

—¿Aura? Soy Manuel, de la administración de loterías.

—Dime, Manuel, ¿en qué puedo ayudarte?

—Necesito que me des tu número de cuenta para ordenar la transferencia. El premio de veinticinco mil euros es tuyo.

Durante un segundo me quedé completamente quieta, convencida de que no había escuchado bien.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—Claro, ya he ordenado la transferencia a Daniel…

—¿Daniel? ¿Quién es Daniel?

—El otro chico que tenía el boleto, con el que tropezaste…

Daniel. Se llamaba Daniel.

Sabía que no lo volvería a ver, pero, sin poder evitarlo, su imagen regresó a mi cabeza. Tan altivo, tan pagado de sí mismo, pero guapísimo y elegante. De esos hombres que te hacían volver la cabeza por la calle si los veías pasar.

No tenía ningún sentido que, en un momento como aquel, después de decirme que acababa de ganar veinticinco mil euros, mi cerebro decidiera entretenerse precisamente con el estirado. Pero ahí estaba otra vez.

Cuando colgué, no pude evitar soltar un grito de alegría y empecé a saltar por toda la habitación como si me hubiera dado un parraque. Mi hermana Marta y Davinia me miraban como si estuviera loca hasta que conseguí explicarles el motivo de mi alegría.

—¡El dinero era mío! ¡Sabía que tenía razón!

—¿Te han dado los veinticinco mil euros? —preguntó Marta, llorando. No sabía si de la emoción o de las hormonas.

—Sí, sí, sí.

Me lancé a abrazarla y terminamos las dos riendo y llorando a la vez, mientras Davinia daba palmadas como si el premio le hubiera tocado a ella.

—Entonces, y por mucho que te opongas, el plan sencillo se queda en el cajón. Nos vamos a ir a disfrutar de lo lindo. La pena es que Marta y Raúl no puedan venir con nosotras —dijo Davinia.

—Bueno, con nosotros que lo celebre el domingo y nos vamos a comer a ese restaurante que nos gusta tanto —dijo Raúl, que no dudó en darme un abrazo cuando se enteró de la noticia.

—Mucho mejor. La semana que viene, los cinco nos iremos de viaje. Pienso llevar a mi niño a Disney, aunque sea lo último que haga. Y, por supuesto, una parte te la pienso dar a ti, Davinia, que también eres de la familia.

—A mí ya me has incluido en ese viaje y, con eso, ya tengo suficiente. Bueno, y que esta noche todo corre por tu cuenta, por supuestísimo —me contestó Davinia.

—Qué morro tienes.

—Muchísimo, pero me quieres igual.

Salimos de casa entre risas y, a pesar de que no era a lo que estábamos acostumbradas, le di al taxista la dirección de uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Un sitio en el que se comía de maravilla, pero cuyos precios no estaban precisamente al alcance de todos los bolsillos.

Por una vez, no pensaba mirar demasiado la columna de la derecha de la carta. Después de todo lo que había ocurrido durante los últimos días, me apetecía celebrar algo sin pensar en problemas, clínicas, ahorros ni boletos.

En cuanto entramos, como no teníamos reserva, tuvimos que esperar un poco, aunque nada fuera de lo normal en cualquier otro restaurante. Cuando nos dieron mesa, pedimos un paté de cabracho para compartir y una dorada a la sal para cada una que, dicho sea de paso, estaba de muerte.

Como postre, el camarero nos aconsejó una tabla de mini tartas que, acompañadas por lo que nos quedaba de la botella de vino blanco que habíamos pedido, fueron la guinda final a una cena de categoría.

—Como sigamos celebrándolo así, los veinticinco mil no llegan al lunes —bromeé mientras nos levantábamos.

—No seas exagerada. Además, hoy te lo has ganado.

Justo cuando íbamos saliendo, tropecé con alguien y, al darme la vuelta para disculparme, me encontré con esos ojos grises que se me habían quedado clavados en la mente, con esa mirada tan fría como penetrante. Otra vez él. De verdad que Cádiz no podía ser tan pequeña.

—Vaya, está claro que necesitas unas gafitas, ¿no?

—A lo mejor el que las necesita eres tú. ¿Vas siempre tropezándote con todas las mujeres o solo tropiezas conmigo?

—Me parece que te equivocas y la que va siempre tropezando conmigo eres tú.

Sí, era Daniel, que seguía sacando lo peor de mí, pero también el que me hacía arder la sangre como ningún otro hombre lo había conseguido en mi vida. Y aquella noche tenía que reconocer que estaba todavía mejor.

Si verlo con aquel traje de chaqueta que parecía que se lo habían cosido sobre la piel había sido espectacular, no os podéis imaginar cómo estaba con esos pantalones chinos y ese jersey de cuello a la caja.

Mucho más informal, pero igual de peligroso para mis neuronas, porque me descubrí recorriéndolo con la mirada más de la cuenta.

Me fastidió darme cuenta de ello, así que levanté los ojos rápidamente antes de que pudiera pillarme haciéndolo.

—Hola, tú debes de ser Daniel, el chico del boleto equivocado. Yo soy Davinia —le dijo mi amiga.

—Sí, soy Daniel, el chico del boleto que tu amiga tiró por los suelos. Encantado de conocerte.

—¿Chicas, estáis las dos solas? Podríais veniros con nosotros —preguntó una mujer espectacular que iba con Daniel y con otro chico, agarrándose a su brazo.

Hasta ese momento no me había fijado demasiado en sus acompañantes.

Ella era guapísima y tenía una presencia de esas que llamaban la atención nada más entrar en un sitio.

El otro hombre tampoco se quedaba atrás, pero mis ojos volvieron directamente a la mano de aquella mujer sobre el brazo de Daniel.

Me quedé mirando fijamente el gesto y, a pesar de que no era lógico ni tenía el más mínimo derecho, una oleada de celos se apoderó de mí. ¿Celos yo? ¿De un hombre al que había visto dos veces y con el que solo había discutido? Pues sí, y me sentaron como una patada.

Antes de que pudiera pensarlo demasiado, dije justo lo que no pretendía.

—No, hemos quedado con unos chicos para tomar algo.

Davinia, que se había fijado claramente en el amigo de Daniel, me miró con cara de enfado, pero me daba igual. No pretendía pasar ni un minuto más cerca de ese hombre, que me estaba sacando de quicio y provocándome cosas que no tenía ninguna intención de analizar aquella noche.