Capítulo 6
Daniel
Mariola me acompañó a firmar el contrato de compraventa del local, pero me ocurrió una cosa curiosa. En cuanto la chica de la inmobiliaria, esa que me había tirado los tejos mientras hacíamos la visita, nos vio entrar juntos, cambió por completo de actitud, pensando que Mariola era mi pareja.
Ella, que ya sabía lo que había ocurrido porque yo se lo había contado, lo hizo todavía peor, dándome caricias y abrazos y consiguiendo que la chica estuviera cada vez más incómoda.
Cuando salimos, no pude evitar reprochárselo porque, aunque no me interesaba, si hubiera querido tener algo con ella, me lo habría chafado por completo.
—¿Se puede saber por qué te has comportado de esa manera?
—Uy, chico, porque no me gusta para ti, así de claro.
—Aun así, no tenías que hacerle pensar que éramos algo más que amigos, porque podría haberla invitado a cenar y acostarme con ella, por ejemplo.
—De eso nada. No quiero a esta mujer en nuestro grupo. ¿No te has dado cuenta de que es igualita que Mónica?
—No se parecen en nada.
—Quizá físicamente no, pero tienen la misma forma de ser, así como sibilina, sin mostrarse realmente como son, esperando a tenerte para enseñar su verdadera cara.
—¿Cómo sabes eso si no la conoces?
—Porque el diablo sabe más por viejo que por diablo, cariño.
—¿Sabes lo que pienso?
—A ver, sorpréndeme, moreno…
No pude evitar soltar una carcajada por la manera en la que pronunció esas palabras, además del gesto de intento de mordisco que me hizo. Era imposible enfadarme con ella, os lo prometo, porque tenía la habilidad de darle la vuelta a cualquier asunto y ponerlo del revés.
—Creo que estás tan impresionada con lo que te he contado de la mujer de la administración que te niegas a dejarme interactuar con nadie del género femenino. Pero, desde ya, te digo que no voy a volver a verla ni a tener nada con ella.
—Bueno, pues ahora me toca a mí darte mi opinión de todo esto. En cuanto a que no vas a volver a verla, nunca digas nunca, jamás, porque el destino es un cabronazo y no sabes lo que te tiene guardado…
—Y si el destino tiene una aliada como tú, entonces ya apaga y vámonos.
—Eso mismo, porque yo voy a hacer todo lo posible para que ese encuentro se haga realidad. Además, tengo algo que decirte y sé que me lo vas a rebatir, pero deberías dejarle el premio mayor a ella…
—Ah, no, lo siento, pero por ahí no voy a pasar.
—A nosotros no nos hace falta el dinero, Daniel. Con tres mil euros cada uno para pegarnos un buen viaje y darnos algún que otro capricho tenemos de sobra, pero, según me has contado, a ella sí que le hace falta, sí que lo necesita.
—No es por el dinero y lo sabes bien, pero no pienso dejar que se salga con la suya. Si lo hago, con lo obstinada que es, cualquiera la escucha…
—Sois los dos iguales, Daniel. Y así no vamos a llegar a ninguna parte.
—Es que no quiero ir a ningún sitio, pero veo que todavía no te ha quedado claro.
Seguimos rumbo a mi casa, pero me lo pensé mejor y decidí que iríamos a ver el local.
Quería que mi amiga me aconsejara con los muebles y la decoración, porque no pensaba gastar mi dinero en contratar a una decoradora de interiores, ya que eso sería lo que harían mi padre o Mónica, sin ninguna duda.
No tenía demasiado claro qué imagen quería darle al despacho, más allá de que no pareciera frío ni impersonal. Había pasado demasiados años trabajando en un entorno elegido por otros como para repetir lo mismo ahora que, por fin, podía decidir hasta el último detalle.
Con el portátil, y sentados en el suelo del local, estuvimos viendo todo el mobiliario y comprando lo que pensábamos que nos vendría bien para desarrollar mi actividad profesional.
Mariola descartaba casi todo lo que yo elegía porque, según ella, tenía tendencia a convertir cualquier espacio en algo demasiado serio.
Yo protestaba, por supuesto, pero al final terminaba haciéndole caso más veces de las que estaba dispuesto a reconocer.
Casi sin darnos cuenta, se nos hizo la hora de cenar y, como estábamos frente al bar en el que había desayunado aquella mañana, le dije que la invitaba a una cerveza y unas tapitas que, por lo que había ido viendo, tenían una pinta estupenda.
—¿Has pensado en lo del dinero, Daniel?
—Mira que eres pesadita, ¿eh?
—Joder, esa mujer podría hacer muchas cosas con ese dinero que ninguno de nosotros necesita. Piensa en su situación…
—¿Intentas hacerme chantaje emocional? ¿Te has propuesto que muestre mi lado más débil?
—No es debilidad, cariño, es tener un poco de humanidad, y a ti nunca te ha faltado. No puedes dejarte llevar por la cabezonería. Quizá pierdas un poco de dinero, pero puedes ganar otra cosa mejor.
—No vayas por ahí, Mariola, porque eso sí que no va a suceder nunca. Además, acabo de salir de una relación que me tenía asfixiado. No pienso cometer el mismo error.
—Nadie ha dicho que le vayas a poner un anillo en el dedo a la voz de ya, pero sí que, por lo que me has contado, esa mujer es la ideal para ti. La que te saca de tu zona de confort.
—No, cariño, no me saca de mi zona de confort, lo que me saca es de quicio.
Ambos soltamos una carcajada. Ella, al ver mi cara, y yo, al pensar en Aura, una mujer que me atraía en la misma medida en la que me repelía.
Tenía un carácter de mil demonios, pero también contaba con el suficiente descaro y el punto justo de ironía que me volvía loco en una mujer, además de un físico impresionante.
Llegué a casa con su imagen en la cabeza y tuve que darme una ducha fría porque mi amiguito había decidido tener vida propia y ponerse duro como una piedra al recordar el trasero de esa mujer.
Si me ponía así cuando la había visto con ropa de trabajo, no quería ni imaginar cómo estaría en el hipotético caso de verla arreglada para salir.
Eso, precisamente, era lo que necesitaba: una salida con mis amigos, una buena cena y una copa, unos bailes que me quitaran de la cabeza todo lo que me rondaba, además de tener la posibilidad de encontrar a alguien con quien pasar un buen rato en la cama.
A la mañana siguiente, en cuanto me levanté de la cama y antes de marcharme al local, donde recibiría los muebles en breve y que quería pintar, les envié un mensaje al grupo que teníamos en WhatsApp.
Daniel: Esta noche, cenita, copita y lo que surja, que para eso es viernes.
Javier: Está bien, pero sin excesos, que mañana tengo trabajo.
Mariola: Yo también me apunto, pero, como ha dicho Javier, de tranquilitos, que no quiero pasarme todo el sábado en la cama con resaca, y no de la emocional, sino de la que provoca el alcohol.
Daniel: Perfecto, nos vemos a las nueve en el restaurante de siempre. Me muero por comerme una dorada a la sal.
Con ese mensaje dejé zanjado el asunto y me dirigí hasta el local en el que pondría mi despacho.
Antes pasé por una tienda de pinturas, donde compré todo lo necesario para ponerme manos a la obra.
Sí, podía pagar a una persona para que lo hiciera, pero, por una vez en mi vida, quería hacer algo con mis propias manos, hacer algo por mí mismo.
Mientras lo hacía, no podía dejar de pensar en Aura y en lo que Mariola me había dicho sobre el dinero. Al final tomé una determinación, pero no quería que ella se enterara.
No era una decisión que me costara por la cantidad.
El dinero, afortunadamente, no era un problema para mí.
Lo que me fastidiaba era darle la razón, aunque fuera sin que ella lo supiera.
Pero cada vez que recordaba cómo había dicho que aquel premio podía solucionarle la vida, la cabezonería empezaba a parecerme una estupidez.
Eso sí, prefería que pensara que había tenido razón a que lo viera como un acto de caridad hacia su persona.
Por eso, antes de ponerme a pintar, salí del local y encaminé mis pasos hacia la administración de loterías, donde hablaría con Manuel, el chico que atendía allí, y le contaría mis planes.
—Buenos días, señor Daniel.
—Buenos días, Manuel. No me llames señor, por favor, que todavía soy muy joven. Tan solo Daniel.
—Está bien, Daniel. ¿En qué puedo ayudarte?
—Venía a hablar contigo sobre el boleto que te dejé el otro día…
—Todavía no hemos averiguado nada. Eso lleva su tiempo porque he tenido que enviarlo a la central para que lo comprueben y no somos tan solo nosotros los que tenemos ese problema.
—Por eso mismo venía, para que lo anules y le digas a Aura que tenía razón, que el boleto premiado con el mayor importe era el suyo…
—Daniel, pero es mucha la diferencia económica. ¿Por qué no juntáis los dos premios y los dividís entre los dos?
—Sería una buena solución, pero, sin pretender ser pedante, creo que ella lo necesita más que yo, que no tengo problemas económicos.
—Eso dice mucho de ti, Daniel, pero no creo que a ella le haga mucha gracia…
—En eso mismo reside el quid de la cuestión. Ella no tiene por qué saberlo. Es más, no quiero que lo sepa. A todos los efectos, su boleto era el premiado con veinticinco mil euros y eso es lo que le vas a decir.
—Si eso es lo que tú quieres, por mí no hay problema. Espera, que doy la orden de transferencia a tu cuenta de los nueve mil euros, si me das el número de cuenta, claro. En caso de que no quieras hacerlo desde aquí, tendrás que ir a tu banco y que te lo tramiten ellos.
—Para nada. Cuantos menos trámites tenga que hacer yo, mucho mejor. Anota, que te doy el número de cuenta.
Le dije mi número y Manuel me dio el justificante de la transferencia que había hecho a mi nombre. De ahí, yo tendría que abonar tres mil euros a cada uno de mis amigos, pues siempre que alguno compraba algún boleto de lotería o algo parecido lo compartíamos.
Después de eso, volví a mi local y me dispuse a pintarlo para que, cuando llegara el lunes y me trajeran los muebles, ya lo tuviera todo listo, nada más que para colocarlos y quedar a la espera del letrero que iría en la puerta y en el escaparate.
Me remangué la camiseta y empecé por una de las paredes del despacho.
No tenía ni idea de si terminaría arrepintiéndome de no haber contratado a alguien, pero lo cierto era que tener las manos ocupadas me venía de maravilla.
Durante un rato conseguí pensar únicamente en rodillos, pintura y muebles, que ya era bastante.
Lo que no me esperaba era que, como media hora después, aparecieran por allí mis amigos para ayudarme.
Los miré entrar cargados con bolsas y alguna que otra bebida como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Ninguno me había preguntado si necesitaba ayuda; simplemente habían decidido que la necesitaba y se habían presentado.
Era una de esas cosas que agradecía de nuestra amistad, aunque jamás se lo dijera de aquella manera porque no pensaba darles material para que se pusieran sentimentales.
Eso sí, Mariola parecía que, en vez de venir a pintar, iba a un pase de modelos.
En ella, eso de antes muerta que sencilla se cumplía al pie de la letra.
Traía unos leggings de firma, con un top y un cortavientos de la misma marca, además de unas zapatillas deportivas que, según ella, estaban para el arrastre, pero que realmente lo único que tenían era la piel manchada y, con un buen lavado, quedarían como nuevas.
Estuvimos allí hasta las seis de la tarde, hora en la que terminamos todo y decidimos ir a ducharnos y arreglarnos para la cena y las copas posteriores. Estábamos reventados después de todo el día, pero eso no sería impedimento para salir. Nunca lo había sido.
Cuando cerramos el local, me quedé unos segundos mirando el resultado antes de marcharme. Todavía faltaban muebles, papeles, clientes y un montón de cosas más, pero por primera vez desde la discusión con mi padre sentí que no estaba perdiendo nada. Estaba empezando algo mío.
Una vez en la ducha, no pude evitar que una sonrisa se dibujara en mis labios al imaginar la cara que pondría Aura cuando Manuel le dijera que el premio era suyo.
Cuando les conté a los chicos lo que había hecho, Mariola se lanzó a mis brazos, dándome las gracias por hacerle caso, mientras Javier me indicó que lo que yo hubiera hecho, bien hecho estaba, que no se iba a meter por unos cuantos miles de euros.
Mi amigo era neurocirujano y su sueldo tenía más ceros de los que podía imaginar cualquiera, mientras que Mariola era farmacéutica, aunque donde menos estaba era en la farmacia, pues decía que tenía unos empleados que sabían llevarla mejor que ella.
También ayudaba que el negocio perteneciera a su familia desde hacía generaciones.
Javier siempre bromeaba con ella diciendo que la primera farmacia de su familia la había inaugurado María Antonieta, que fue a por una caja de aspirinas antes de que le cortaran la cabeza, y ella se reía con la ocurrencia de nuestro amigo.