Capítulo 5
Aura
Al llegar a casa, sobre las seis de la tarde, Saúl estaba sentado en el sofá, viendo dibujos mientras merendaba una leche con cacao y unas galletas de chocolate, que eran sus preferidas. Mi hermana Marta estaba en la cocina preparando no sé qué, porque había comida hecha para toda la semana.
—Hermanita, qué pronto has vuelto, ¿no?
—Vengo muerta. Hasta pasadas las cuatro de la tarde hemos estado Davinia y yo atendiendo a clientas.
—Pues date una ducha. Mientras, yo preparo café para las dos. No te prometo que podamos ver una buena película en la televisión, pero sí que podemos charlar.
—Sí, que tengo muchísimo que contarte, hermanita. Por cierto, ¿y mi cuñado?
—Yo también tengo algo que contarte. Está en una reunión de la clínica a la que han convocado a todos los doctores.
Por su forma de decirlo, supe que aquello no pintaba demasiado bien, pero preferí no preguntar todavía.
—Está bien, me doy una ducha y vengo rápido.
—Tómate tu tiempo, no tenemos prisa.
Me metí en la ducha y, mientras el agua caía sobre mi cabeza y mis hombros, la imagen de ese hombre de la administración de loterías, del que no sabía ni su nombre, volvió a mi mente.
No era lógico, pero me imaginé besando esos labios tan carnosos y apetecibles que tenía, mordiéndolos mientras me agarraba a su pelo, ese que lucía un tanto más largo de lo normal por la parte trasera. Una rabia se apoderó de mí en ese instante. ¿Pero qué narices me pasaba?
No me podía permitir pensar en él, no cuando la estabilidad económica de mi familia estaba en juego.
Porque estaba segura de que la reunión a la que habían convocado a Raúl nos iba a traer consecuencias.
Si ese hombre no hubiera tropezado conmigo, si tuviera ya ese dinero en mis manos, podría ayudarlos a montar su propia clínica dental.
Me sequé y me puse un pijama finito, pues, a pesar de estar en otoño, las temperaturas todavía eran demasiado agradables como para ponerme uno más gordo. Con el secador de mano quité la humedad de mi cabello, que era rizado, y me fijé en mis raíces.
Lo que me había dicho ese cabrito era cierto: me tenía que dar unas mechas a la voz de ya. Pero en mi caso se cumplía el dicho ese de «en casa del herrero, cuchillo de palo».
Llegué a la cocina y me encontré a mi hermana con el codo apoyado en la mesa y la cara descansando sobre la mano, de lo más pensativa. Algo le rondaba por la cabeza y, por el gesto de su rostro, sabía que no era nada bueno. Por eso, la abracé por detrás, como hacía cuando era pequeña.
—¿Qué te ronda por esa cabecita?
—Ay, Aura, que estoy segura de que la clínica va a cerrar y no sé qué vamos a hacer ahora, sobre todo cuando estoy embarazada de nuevo.
Me separé de ella de golpe.
—¿Estás embarazada? ¿Raúl lo sabe? Eso es una buena noticia…
—Sería una buena noticia si no estuviéramos a punto de perder nuestro trabajo. Pero, en estas condiciones, no sé si lo mejor sería abortar.
—No lo digas ni en broma. ¿Te enteras?
—¿Y qué vamos a hacer? Tú, mejor que nadie, sabes los gastos que tiene un bebé, porque cuando nació Saúl fuiste la que se encargó de todo.
—Y lo volveré a hacer si hace falta. Además, tenemos dinero ahorrado y podemos hipotecar el local de la peluquería para conseguir lo que falte y que abráis vuestra propia clínica.
—Eso sí que no lo voy a permitir. Si la cosa sale mal, no solo perderíamos nuestro trabajo, sino que también peligraría el tuyo. Ya buscaría yo algo en lo que poder trabajar y ahorrar el dinero que nos falta.
Fue entonces cuando me acordé, otra vez, del maldito boleto.
—¡Me cago en la puta leche que tragó el mierda estirado de los cojones!
Marta abrió los ojos de par en par.
—¿De qué estás hablando, Aura? No te estoy entendiendo.
—Verás, ¿recuerdas la quiniela que rellenó tu hijo?
—Claro que me acuerdo, y él estaba convencido de que teníais varios aciertos en sus predicciones.
—Pues bien, esta mañana fui a comprobarla…
Le conté a mi hermana lo que había sucedido en la administración de loterías de Manuel y el premio que era nuestro, además del que también tenía ese otro boleto, que, por mucho que dijera el estirado aquel, era el suyo, no el mío.
—Aura, por el amor de Dios. ¿Tú sabes lo que podríamos hacer con esos nueve mil euros?
—Ni la mitad de lo que podríamos hacer con veinticinco mil.
—Pero… no sabemos lo que pueden tardar en comprobar eso y, durante todo ese tiempo, el dinero estará rondando por ahí, no en tu cuenta bancaria.
—Me da igual esperar, pero no pienso consentir que el estirado ese, que además se veía a leguas que no necesitaba el dinero, se quede con lo que es mío.
—No lo sabes, cariño.
—¿Qué se supone que no sé?
—Si ese es tu boleto o el suyo, cariño. Lo mejor será que bajes y le digas a Manuel que te conformas con tu premio, que no quieres que siga investigando nada.
—No te lo crees ni tú. Esos veinticinco mil euros son míos, nuestros, y no voy a parar hasta que no me diga que el boleto se selló allí.
—Mira que eres cabezona, Aura, de verdad…
Justo cuando estábamos discutiendo eso, escuchamos la llave en la cerradura de la puerta. Era mi cuñado, que acababa de llegar de la reunión y apareció en la cocina con una cara que no presagiaba nada bueno.
Marta se incorporó enseguida.
—¿Qué ha sucedido, Raúl? —preguntó, preocupada.
—Pues lo que ya esperábamos, Marta. Este es el último mes en el que la clínica permanecerá abierta. Cierra sus puertas porque no puede asumir los gastos y las deudas.
—Me cago en todo, Raúl. La clínica funciona a la perfección y, si no fuera por el manirroto de su propietario, todos podríamos estar ahí hasta el final de nuestros días.
—¿Habéis pensado en hacer una cooperativa y quedaros vosotros con la clínica? —les propuse a los dos.
—Sí que lo hemos mirado, pero tendríamos que hacer frente a las deudas de alquiler y materiales, y eso es inasumible para nosotros.
—Entonces vamos a buscar un local para que podáis montar vuestra propia clínica. Mucho más pequeña que en la que estáis trabajando, por supuesto, pero vuestra.
—No, Aura, ya te lo he dicho…
—Lo que tienes que hacer es decirle a tu pareja eso que te estás callando.
Raúl miró a Marta de inmediato.
—¿Ocurre algo, Marta? ¿Has ido al médico? Llevas días encontrándote mal y no puedes seguir así.
—Sí que he ido al médico y lo que me ha dicho creo que va a ser tan impactante para ti como para mí.
—Déjate de rodeos y empieza a hablar, por lo que tú más quieras, que me va a dar algo.
Marta tomó aire antes de soltarlo.
—Estoy embarazada. Vamos a ser padres de nuevo.
Raúl la miró con todo el amor con el que una persona era capaz de mirar a su compañera de vida y, acto seguido, la abrazó mientras se le llenaban los ojos de lágrimas. Sabía que aquello era una buena noticia para mi cuñado, que era el mejor padre del mundo.
—Vamos a salir adelante, te lo prometo. Ese bebé crecerá igual que su hermano, sin que le falte absolutamente de nada.
—Ya, pero Saúl creció sin carencias porque nos ayudó mi hermana. Ahora…
—Ahora también ayudaré, no tengas ninguna duda.
—Pero no es lo mismo…
—Por supuesto que no. Cuando te quedaste embarazada de Saúl tenías veinte años, no teníais estudios y yo trabajaba para otra persona. Ahora ambos tenéis una profesión, con años de experiencia, y yo soy propietaria de mi propio negocio.
Marta miró a Raúl y ambos vinieron a abrazarme. Sabían que podían contar conmigo siempre, aunque tuviera que echar más horas en la peluquería que un reloj.
Nos sentamos los tres a la mesa de la cocina. Yo cogí una taza de café y abrí mi ordenador portátil, entrando en una de esas páginas inmobiliarias con la clara intención de buscar un local apropiado para ellos.
—Empezaremos con un alquiler con opción a compra hasta que se arregle lo del boleto de la quiniela…
Raúl frunció el ceño.
—¿Qué boleto? ¿De qué habláis?
—Pues mira…
Le volví a relatar a mi cuñado todo lo sucedido en la administración de Manuel, pero le dejé claro que no pararía hasta que se hiciera justicia, hasta que se reconociera que ese dinero era mío y no del estirado de la carpetita.
—Vale, vale, es tu dinero y yo no me meteré en nada. Pero un alquiler con opción a compra es algo que no voy a permitir, puesto que sería tirar el dinero.
—Está bien, entonces miremos algo que podamos pagar y que no necesite mucha reforma.
—Yo había pensado en el local que hay junto a la clínica, en el que estaba antes de cambiarnos. Sigue en venta y está completamente montado; tan solo tendríamos que poner el material para trabajar —dijo Marta.
Cerré la página inmobiliaria que acababa de abrir.
—¿Tenéis el teléfono del propietario? Además, también quiero negociar con vuestro jefe la compra del material de vuestra consulta —les dije.
—Joder, Aura, cuando te pones en plan empresaria eres implacable, de verdad. Deberías dedicarte a eso, porque se te da demasiado bien —contestó Raúl.
—Uy, uy, a mí me dejáis con mis tintes y mis señoras, que soy la mar de feliz.
Mi cuñado me pasó el número de teléfono del propietario del local, que no quería vender a través de inmobiliarias ni nada por el estilo, sino de manera directa. Eso nos venía muy bien porque nos ahorrábamos el dinero de la comisión.
Por otro lado, también me facilitó el número de su jefe, al que llamé de inmediato. Me cité con ambos, cada uno en su clínica y con una hora de diferencia, para que me diera tiempo a hablar con los dos tranquilamente.
Lo hice esa misma tarde, a pesar del cansancio que sentía, porque quería dejar todo lo más encaminado posible. Sí, lo sé, la paciencia no es una de mis virtudes. Cuando se me metía algo en la cabeza, necesitaba ponerme con ello en ese mismo momento, por si luego me arrepentía.
—Chicos, dejadme a mí, que seguro que vuelvo con buenas noticias.
—El problema es el dinero, que no sé si vamos a tener para afrontar todo… —dijo mi hermana.
—Ya te he dicho que lo que falte se pide una hipoteca sobre mi local.
—De eso nada. Nosotros también tenemos dinero ahorrado y podemos aportarlo para esto. Al fin y al cabo, será nuestro negocio.
—Eso no me sirve, porque cuando yo empecé con el mío vosotros corristeis con todos los gastos.
—No es lo mismo, Aura. Esto cuesta muchísimo más dinero que un secador.
—Créeme, cuando alguien está ahogado por las deudas, cogerá cualquier cantidad de dinero que se le ofrezca. Tan solo quiero que me digas una cantidad justa que le pueda poner encima de la mesa por el material que tenéis en vuestra consulta.
Raúl hizo cálculos y me anotó en un papel todo lo que costaría el material nuevo y la cantidad que consideraba razonable ofrecer por él de segunda mano. Lo guardé en una de las cremalleras de mi bolso y me marché dispuesta a negociar.
No pensaba venirme abajo ni volver a casa sin haber dejado todo lo posible atado, a pesar de que todavía no hubiera solucionado el tema del boleto y estuviera cansada hasta la saciedad. Mi hermana y toda su familia se lo merecían.
El primero con el que me iba a reunir era el dueño del local que queríamos comprar. No estaba mal de precio, pero necesitaba conseguir una rebaja considerable para poder comprar también el material sin tener que meternos en un préstamo.
La conversación duró bastante más de lo que había imaginado. Él no quería bajar demasiado el precio y yo no pensaba aceptar la primera cifra que me pusiera delante. Después de un buen rato de tira y afloja, acabamos llegando a un punto que nos convenía a los dos. Y lo conseguí.
Quedamos para el día siguiente con el fin de dejar encaminada la compraventa y comenzar con los trámites necesarios. Para que constara nuestro interés y el local quedara reservado, le hice una transferencia en concepto de señal y firmamos un acuerdo privado.
Ahora me tocaba lidiar con el jefe de mi hermana y mi cuñado, pero con ese tendría menos problemas, pues se había declarado en quiebra y estaba como loco por conseguir dinero.