Capítulo 4
Daniel
Cuando esa mujer, que supe que se llamaba Aura, salió de la administración de loterías, no pude evitar fijarme en su trasero, entre otras cosas.
Era guapa a rabiar, pero también una insolente de cuidado.
De esas personas que, en cinco minutos, eran capaces de sacarte de tus casillas y quedarse tan tranquilas después.
El chico que atendía en la administración me pidió mi número de teléfono y me entregó un documento, firmado y sellado por él, en el que constaba que yo había dejado mi boleto para que comprobara la administración en la que había sido sellado.
Con eso, supuestamente, se aclararía todo el entuerto que esa mujer había ocasionado.
O que yo había ocasionado, según ella, claro.
Desde luego, había días en los que las cosas se torcían de tal manera que resultaba imposible prever qué vendría después.
Solo esperaba que no se complicaran todavía más.
Entonces recordé que había quedado con la chica de la inmobiliaria, pues, con todo el jaleo del boleto de la quiniela, se me había olvidado por completo.
Salí a toda prisa de allí y vi llegar a una chica con una carpeta en la mano. Venía mirando el reloj y, por la expresión de su cara, parecía bastante preocupada. Por suerte para mí, ella también llegaba tarde a la cita.
—Perdone, ¿es usted Daniel?
—El mismo, pero tutéame, por favor.
—Disculpa el retraso, pero la visita anterior se me ha complicado un poco y se ha alargado más de la cuenta.
—No te preocupes, estaba en el bar tomándome una cerveza y comprobando algo. ¿Entramos?
—Claro, por supuesto. Espero que te guste.
No era la primera vez que me pasaba, me refiero a que una mujer coqueteara conmigo, pero, en esta ocasión, sí que me sorprendió, porque lo hizo de una manera tan sutil que provocó que se dibujara una sonrisa en mi boca.
Entramos en el local y, mientras ella me explicaba las posibilidades que tenía el espacio, volví a acordarme, sin venir a cuento, de la mujer de la administración.
Os prometo que, si Aura no me hubiera cabreado tanto, la habría invitado a comer y habría intentado tener un encuentro sexual con ella.
Me hacía falta, porque, aunque con Mónica había terminado el día anterior, hacía más de dos meses que no teníamos relaciones sexuales.
Simplemente, no me apetecía estar con ella, aunque hasta entonces no me hubiera parado a pensar demasiado en lo que significaba eso.
El local me encantó. Tenía el espacio justo para poner mi despacho y, fuera, en la parte más visible, una recepción.
Incluso podría habilitar otra zona para recibir a los clientes sin tener que hacerlos pasar directamente al despacho.
Tendría que contratar a alguien que se encargara de la recepción y de las llamadas, pero eso llegaría después. Primero necesitaba empezar.
Me recorrí el local un par de veces, abriendo puertas, asomándome a cada rincón y calculando mentalmente qué tendría que cambiar. No era demasiado. Una mano de pintura, algunos muebles y poco más para poder comenzar a trabajar cuanto antes.
En cuanto le dije que me interesaba, la chica me citó a las cinco de la tarde en su oficina para empezar con los trámites de la compraventa.
No lo quería alquilar, prefería que fuera mío desde el primer momento porque consideraba la otra opción como tirar el dinero, pagando todos los meses por algo que nunca llegaría a pertenecerme.
Afortunadamente, podía permitírmelo, así que no lo dudé demasiado. La chica me explicó lo que necesitaríamos preparar y me dijo que su oficina estaba en la avenida principal, cerca de donde tenía mi ático. Decidí que iría a comer a casa y luego bajaría para dejar todo encaminado.
La rapidez con la que estaba tomando decisiones hasta a mí me sorprendía, pero tampoco tenía ganas de quedarme parado lamentándome por lo sucedido con mi padre. Si quería echarme de la empresa, perfecto. Ya me buscaría yo la vida.
Antes de marcharme, recogí la carpeta que había olvidado en la mesa del bar cuando me senté a tomarme la cervecita.
En ella tenía los datos de contacto de muchas de las empresas proveedoras de la empresa de mi padre y pensé que podía empezar por llamarlas para ofrecerles mis servicios, eso sí, no de manera exclusiva como hacía hasta entonces.
Todos me conocían bien y sabían cuál era mi forma de trabajar.
Eso lo haría al día siguiente. A esas horas, seguro que muchos estarían comiendo o fuera de sus despachos y no quería dejarle el recado a ningún empleado. Prefería hablar directamente con las personas que tomaban las decisiones.
Con ese pensamiento llegué a mi coche, pero algo me sorprendió muchísimo: no conseguía quitarme de la cabeza a aquella mujer de la administración de loterías. Aura. Hasta el nombre se me había quedado grabado.
En cuanto entré en casa, lo primero que hice fue darme una ducha para intentar destensar los músculos y quitarme de la cabeza todo lo que Aura me había provocado, tanto lo bueno como lo malo.
No quería pensar más en ella. Acababa de salir de una relación tortuosa y no me apetecía entrar en otra dinámica complicada, ni siquiera aunque solo fuera para pasar un buen rato.
Pensé en llamar a Mariola, pero, como si la hubiera invocado o tuviéramos telepatía, mi teléfono empezó a sonar y era ella.
—Hola, bonita. ¿Qué tal va todo?
—Hola, precioso. Bien, pero tuve la sensación de que tenía que hablar contigo, ya sabes a lo que me refiero.
—Pues sí que lo sé. Te iba a llamar ahora. Tengo que contarte algo.
—¿Qué ha pasado? ¿Ha sido con tu padre o con Mónica?
—Con los dos, pero no era eso de lo que quería hablar contigo. Aunque, para que lo entiendas todo, quizá debería empezar por ahí.
—¿Tienes comida para los dos o ya has comido?
—Sí que tengo comida para los dos y no, no he comido. Iba a calentarla ahora.
—Pues voy para allá. Llego en cinco minutos.
—Te espero, bonita.
Colgué la llamada con una sonrisa en los labios.
De verdad que, si hubiera existido alguna posibilidad con ella, no habría dudado en lanzarme a la aventura desde hacía mucho tiempo, pero ni a mí me provocaba los sentimientos que me tendría que provocar ni ella me veía más allá de como un hermano, por diferentes razones.
Eso no significaba que no la viera como la compañera de vida ideal.
La conocía desde siempre, podía contarle cualquier cosa y sabía que nunca me fallaría.
Mariola era lesbiana, pero tan solo lo sabíamos Javier y yo.
Todavía no se había atrevido a salir del armario.
Según ella, no tenía necesidad de contarle nada a su familia, que era bastante tradicional, porque no había encontrado a la mujer que la hiciera ilusionarse lo suficiente como para querer algo más que un par de revolcones.
Yo estaba seguro de que, en el momento en el que la encontrara, no tendría ningún problema en decirlo, sin importarle la opinión de su familia. No es que no los tuviera en cuenta, simplemente su felicidad estaba por encima de todo.
No habían pasado ni cinco minutos cuando escuché abrirse la puerta.
—Ya estoy aquí, bonito mío.
—Venga, que ya he puesto la mesa en la cocina.
—¡Qué bien huele, por favor!
Mariola me dio un beso en la mejilla y un abrazo antes de sentarse a comer.
Ella tenía una llave de mi casa para cualquier cosa que pudiera suceder y, cuando sabía que estaba solo, en vez de llamar al timbre, la utilizaba para entrar sin tener que molestarme.
A Mónica nunca le había gustado, claro, aunque hasta ese momento no me había parado a pensar en cuántas cosas de mi relación con Mariola le molestaban.
Nos sentamos a comer unas patatas guisadas con carne que había hecho el día anterior y que habían salido de muerte.
Me encantaba cocinar. Era una de las cosas que más me relajaban del mundo y, después de la ruptura del día anterior, me había metido en la cocina y había dejado comida preparada para toda la semana.
Mariola apenas había probado un par de cucharadas cuando empezó a mirarme con esa cara que ponía cuando sabía que yo estaba ocultando algo.
Le conté lo que me había ocurrido con Mónica y se enfadó porque nunca le hubiera dicho que ella era lesbiana, pero es que no me correspondía a mí hacerlo.
—Si hubiera sido una persona importante en mi vida, no habría dudado en explicarle que entre tú y yo no podía existir nada más, pero como no lo es…
Mariola dejó la cuchara en el plato.
—¿Me estás diciendo que no te ha dolido terminar tu relación con ella?
—No. Te estoy diciendo que, después de esa conversación, me di cuenta de que había muchas más cosas de ella que no me gustaban que las que sí lo hacían. Además de descubrir que no estaba enamorado.
—Joder, Daniel, me estás dejando de piedra.
—Pues eso no es nada para todo lo que te tengo que contar…
Seguí explicándole la conversación con mi padre, despido incluido, mi intención de establecerme por mi cuenta, el local que acababa de ver y que empezaría a tomar forma esa misma tarde, cuando dejara encaminada la compra.
Para terminar, le conté todo lo que había sucedido en la administración de loterías.
Y, como era de esperar, se quedó con lo que menos me interesaba de toda la historia.
—Esa mujer me gusta. ¿Cuándo vas a quedar con ella?
—¿Estás loca? No pienso ni volver a verla, mucho menos tengo intención de quedar con ella.
—Te gusta, y no es una pregunta.
—No negaré que es una mujer preciosa, con un cuerpo de escándalo, porque estaría mintiendo, pero hasta ahí.
—Esa mujer, en cinco minutos, ha sido capaz de ponerte de los nervios, de sacarte de tu zona de confort de una patada en el culo, y eso te da miedo.
—¿Miedo? Esa mujer me da pavor. Lleva la palabra peligro tatuada en la frente.
Mariola soltó una carcajada al ver mi cara, que debía ser un poema a juzgar por las carcajadas que estaba dando. Entonces le conté lo de la peluquería y lo que Aura me había dicho sobre sus mechas.
La expresión de Mariola cambió de inmediato.
—Tengo que encontrar la peluquería en la que trabaja.
—¿Para qué? ¿Qué pretendes hacer?
—¿Yo? Absolutamente nada. Simplemente quiero cambiar el corte y el color de mi pelo y así, de paso, me hago una idea de cómo puede ser.
—Te juro por mi vida que me estás dando mucho miedo.
—¿Cómo dijiste que se llamaba la chica?
—Aura, pero no me preguntes el apellido porque no tengo ni idea, de verdad.
Mariola me miró como si ya tuviera perfectamente claro lo que quería hacer y, cuando eso sucedía, no había manera de conseguir que se echara atrás. Por eso, ni siquiera intentaría disuadirla. Ya vería lo que pasaba si conseguía dar con ella.