Capítulo 3
Aura
Me tenía que tocar a mí. Y mira que estaba bueno el muchacho, pero todo lo que tenía de buena planta lo tenía de idiota.
Además de eso, insolente y prepotente; vamos, que, salvo el físico, no tenía nada bueno el chico.
En fin, qué le íbamos a hacer, había quienes se empeñaban en sacarse la carrera de gilipollas y, mientras hacían las prácticas, lo teníamos que sufrir los demás.
Recogí mis cosas como pude, al igual que él, que no dudó en irse hasta la ventanilla para comprobar su boleto. En cuanto me fijé bien, me di cuenta de que los habíamos intercambiado, de que ese era el mío, y no tuve ninguna duda en decírselo, pero el chico de la administración habló antes que yo.
—Bueno, qué suerte. Le han tocado veinticinco mil euros. Tiene trece aciertos; le ha fallado uno de los partidos… —dijo el chico.
—Ese es mi boleto.
—Claro, porque tú lo digas.
—Porque yo lo diga, no. Porque es mío y lo sé.
—¿Cómo lo sabes, listilla? Seguro que has visto que tiene premio y por eso lo dices.
—No, no he visto que tiene premio y te lo he dicho. Si lo digo es porque este que tengo en mis manos no tiene el dibujito que mi sobrino hizo por detrás para identificarlo. Además, él me dijo que, por lo que recordaba, tenía como diez aciertos.
—Diez aciertos, pero no trece, como tiene el mío.
—Mira, guapito, no me toques la moral, hazme el favor. A ti ese dinero no te hace falta y a mí me soluciona la vida.
—Claro que sí, y por eso, porque no me hace falta, voy y te lo regalo.
—¡Que no me estás regalando nada, chico! ¡Que es mío!
—A ver, ¿qué dibujo tenía el boleto, Aura? —preguntó Manuel, que me conocía de toda la vida, pues sus padres vivían en el mismo bloque que yo.
—Yo qué sé, Manuel. Lo hizo Saúl cuando nos diste el resguardo.
—¿Lo ves? Es mentira, ese boleto es mío.
—¿Por qué no comprobamos también el tuyo, Aura? Lo mismo tienes suerte.
—Por supuesto, porque como yo me caracterizo por ser una suertuda…
—Anda, dame. Mientras no aclaremos esto, no puedo hacer efectivo el pago del boleto, caballero.
Le di el boleto, pero con las esperanzas perdidas, pues no era que yo hubiera ganado nada en la vida, mucho menos que me tocara la lotería o algo parecido. Pero, contra todo pronóstico, cuando lo pasó por la máquina, el boleto que había entregado tenía premio, aunque muy inferior al del otro.
—Aura, corazón, tienes un premio de nueve mil euros —me dijo Manuel.
—Anda, mira, no te vas a ir con las manos vacías.
—Por supuesto que no, porque este no es mi boleto. Como puedes ver, no tiene ningún dibujito por detrás.
—Ni el otro tampoco. Así que coge tus nueve mil euros y vete a disfrutarlos, que yo haré lo mismo con mis veinticinco mil.
—Que no, lo siento, pero no me bajo del burro. A ver, Manuel, ¿hay alguna forma de comprobarlo?
—Bueno, yo tan solo puedo comprobar en qué administración se ha sellado cada boleto, pero eso me llevará un tiempo y no podréis cobrar hasta entonces —nos dijo Manuel.
Ese tipo, del que todavía no sabía ni el nombre, empezó a resoplar. Pero me daba igual, como si quería desinflarse como un globo de tanto echar aire. No me iba a bajar del burro y quería que se comprobara, porque estaba completamente segura de que ese boleto era mío.
—¿Ahora vamos a tener que guiarnos por el comentario de un mocoso que seguro que se lo ha inventado? —dijo el tipo, negando con la cabeza.
—Mira, para empezar, para hablar de mi niño te lavas la boca antes, gilipollas. Más quisieras tú decir las verdades que dice él.
—¿Pero no decías que era tu sobrino? ¿También me vas a mentir en eso?
—Uf, me está sacando de quicio. Manuel, por favor, comprueba que «mi» boleto se selló aquí. El otro no sé dónde lo selló él, aquí, el hombre perfecto.
—No soy perfecto ni pretendo serlo. Lo que soy es justo y ese boleto es mío.
De verdad que me estaban entrando ganas de cogerlo por el pelo tan engominado que llevaba y arrastrarlo por todo el local. La madre que lo parió. Por su culpa iba a llegar tarde a la peluquería y eso me retrasaría en el trabajo.
—Bueno, señor, déjeme su número de teléfono y lo llamaré en cuanto tenga todo comprobado.
—Qué te crees tú eso. No pienso dejar aquí mi boleto y que se pierda o lo cobre otro. Si esto es así, llamaré a la policía para que quede constancia.
—Manuel, yo te dejo mi boleto. Cuando sepas algo, me llamas, que llego tarde a la peluquería.
—¿En serio te vas a marchar así? Seguro que estáis compinchados, porque no creo que dejes nueve mil euros ahí por hacerte las mechas, que, por cierto, ya hace falta que te las hagas, que se te ve la raíz.
—¿Me estás llamando estafadora? Mira, imbécil, para empezar, si me hace falta retocarme las mechas, tiene solución, no como tú, que la gilipollez no se cura.
»Y, para terminar, confío plenamente en Manuel, a quien conozco de toda la vida. Ahora, si no te importa, tú puedes permitirte no trabajar, pero yo, si no lo hago, no puedo poner un plato en mi mesa.
Salí de allí como alma que lleva el diablo. ¿De qué coño iba este tío? De verdad, es que hay veces que es mejor no levantarse y quedarse durmiendo, porque, cuando la mañana empezaba así, Dios sabía cómo iba a terminar.
Llegué a la peluquería y allí estaba Davinia, que trabajaba en mi local como esteticista y que, nada más verme la cara, supo que algo me había ocurrido y que no venía de buen humor.
—Ni te pregunto, nada más hay que verte la cara.
—Mejor así, porque como empiece a hablar, me voy a quemar más la sangre y puedo liarla parda.
—Vale, vale, te dejo que te relajes y ya me cuentas luego.
Las primeras clientas empezaron a llegar y el trabajo y la rutina me hicieron olvidar, por un momento, el episodio sufrido esa misma mañana con ese indeseable.
Llegaron las dos de la tarde y todavía estaba la peluquería llena, por lo que envié a las chicas a comer, respetando su horario, y yo me quedé trabajando.
Cuando estuviera más tranquila de trabajo, me pediría algo de comer y me sentaría en la parte de estética a descansar un rato mientras lo hacía. Davinia tampoco se fue a casa y me ayudó a lavar cabezas mientras yo atendía a otra clienta.
A las cuatro y cuarto de la tarde salió por la puerta la última clienta.
Davinia, unos quince minutos antes de que saliera la señora Carmen, que era la que me quedaba por terminar, llamó a una hamburguesería que nos gustaba mucho y pidió dos sándwiches de pollo y dos refrescos, uno para cada una.
Llegaron justo a tiempo y nos los pudimos comer calentitos.
—Ahora que estamos tranquilas, cuéntame qué es lo que te ha pasado esta mañana para llegar así a la peluquería.
—Uy, y a mí que se me había olvidado…
Le conté todo lo que me había sucedido con aquel hombre, pero mi amiga tan solo se quedó con que estaba muy bueno y que me habían tocado nueve mil euros. Lo demás pasó a un segundo plano.
—¿Y no has querido cobrar el dinero? Chica, con lo que te ha tocado podrías llevar a tu sobrino a Disney y todavía te sobraría dinero para tener un colchoncito. Además, podrías haber aprovechado y que el estirado te invitara a cenar.
—¿Qué parte de que es gilipollas no has entendido?
—Hija, ni que para echar un polvo te tuviera que soltar un discurso. Con decirle: «Tú, calla y come, que con la boca llena no se habla».
Cuando soltó eso, el sorbo de refresco que tenía en la boca salió disparado como un aspersor. ¿Se podía ser más bruta que esta mujer? Ya os digo yo que no, pero, evidentemente, me sacó una carcajada que me salió de lo más profundo de mi ser.
En cuanto llegaron mis chicas, y como por la tarde había menos faena, ellas mismas me dijeron que me marchara a casa, que tenía una cara de cansancio que no podía con ella, y eso hice.
Me moría por una buena ducha y por tirarme en el sofá a ver algo en la televisión.
Bueno, lo que vería serían dibujos animados, porque con Saúl despierto no se podía ver otra cosa, pero no me importaba.