La quiniela que nos unió Capítulo 2
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Capítulo 2

Daniel

Esa mañana había discutido con don José, mi padre, mientras mi madre, doña Isabel, se mantenía al margen. ¿El motivo? Pues el mismo de siempre: no entendían que entre Mónica y yo ni había ni habría nunca nada más, por mucho que les conviniera que tuviéramos una relación.

Mónica era la hija del socio de mi padre y ellos siempre habían soñado con que nosotros nos casáramos y siguiéramos con la empresa dentro de la familia, pero yo no tenía ninguna intención de hacerlo, por mucho que lo hubiera intentado.

Al principio, Mónica era una mujer encantadora, espontánea, con un desparpajo que llamaba la atención de cualquiera, además de ser preciosa y tener un cuerpo de escándalo. Pero eso cambió en cuanto llevábamos un tiempo saliendo.

Por cojones quería que nos fuéramos a vivir juntos y no entraba en mis planes, al menos de manera inmediata. Era muy celoso de mi intimidad y que me controlaran los tiempos o la rutina me ponía de los nervios.

Yo tenía dos mejores amigos. Una era Mariola, con la que prácticamente había crecido y que era mi confidente.

Cuando tenía un problema, la primera persona a la que llamaba era ella, y eso Mónica no lo entendía.

El otro era Javier, mi hermano sin tener la misma sangre, y con los dos me solía ir de cena y de copas en alguna que otra ocasión, sin parejas, tan solo nosotros tres.

—Lo siento, pero ya no aguanto más a tu amiguita —me dijo Mónica aquella tarde mientras nos tomábamos algo en una cafetería.

—¿A qué te refieres? Porque, que yo sepa, esto no es nuevo. Cuando me conociste, ya sabías la relación que había entre Mariola y yo…

—Por eso mismo, porque eso era antes de aparecer yo. Si tienes un problema en el trabajo o cualquier otra cosa, no me llamas a mí la primera, sino que contactas con ella, y ya estoy harta.

—Pues eso es lo que hay, lo siento por ti. Es mi mejor amiga y no pienso distanciarme de ella ni dejar de contarle mis cosas porque a ti te moleste.

—No hay vuelta atrás y te doy dos opciones: o me eliges a mí o se terminó todo.

—Si eso es lo que quieres, encantado. Porque no pienso hacer caso a tus celos de niña de colegio. Te ha faltado decir: «Si eres mi amigo, a ella no le hables…».

—Precisamente eso es lo que quiero. Si estás conmigo, a esa no le dirijas ni el saludo. Si te quedas con ella, entonces yo no tengo nada más que decir.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—Completamente.

Y ese fue el momento en el que rompimos nuestra relación. Yo había ido a buscarla a un centro de belleza en el que se ponía las uñas y se hacía la depilación y, por eso, estábamos en un barrio que no era el nuestro.

En el momento en el que le dije que me parecía bien y que le enviaría las cosas que tenía en mi casa a través de mi padre, se levantó de la silla y, después de darme un tortazo, se marchó.

No os vayáis a pensar que yo salí detrás de ella, ni mucho menos.

En ese momento me di cuenta de que no estaba enamorado.

Llevaba con ella más de tres años, pero era por costumbre, concretamente por mi mala costumbre de seguir las directrices y los deseos familiares. Pero hasta ahí habíamos llegado.

Mi padre, cuando llegué a su casa con una caja con las cosas que Mónica tenía en la mía, puso el grito en el cielo, alegando que no iba a encontrar a otra mujer como ella, pero lo que no sabía era que eso, precisamente, era lo que quería.

—Trabajáis en la empresa codo con codo y esto lo único que va a hacer es que el ambiente se tense y se haga insoportable.

—¿Qué me estás sugiriendo? ¿Que debo continuar con una relación que no quiero para que el ambiente sea bueno?

—No solo por eso. Su padre es mi socio y, si se enfada…

—Si se enfada, que beba agua. Es mi vida y no pienso consentir que nadie me la dirija. Ya tengo la suficiente edad para saber lo que quiero y lo que no.

—Seguro que ha sido por esa amiguita tuya, que se toma muchas libertades contigo…

—Se toma las libertades que yo le doy, ni más ni menos, y son las mismas que yo me tomo con ella.

—Eso no es sano. En mi vida he entendido la amistad entre un hombre y una mujer. Uno de los dos siempre tiene una intención oculta.

—No digas tonterías, papá. Ninguno de los dos tenemos ninguna intención que no sea la de ser amigos y, si no lo entiendes, es tu problema.

—Bueno, sea como sea, no podéis seguir trabajando juntos y, puesto que has sido tú el que ha dinamitado esa relación, tendrás que ser tú el que se marche de la empresa.

—¿Me estás despidiendo?

—Eso mismo. Mañana te tendrán la liquidación preparada y una carta de recomendación para que encuentres otro trabajo.

—¿Tú no tienes nada que decir, mamá? Te recuerdo que la empresa era de mis abuelos, de tus padres, no de la familia de papá y mucho menos de él —le dije a mi madre.

—Tu abuelo aprobó mi matrimonio porque sabía que tu padre sería un buen candidato para continuar con la empresa y que la llevaría a lo más alto. Por eso, lo que tu padre decida, yo lo respetaré —dijo mi madre.

—Me parece perfecto. Aquí tienes mi identificación de la empresa. Mañana a primera hora pasaré a firmar el despido. Eso sí, no te extrañes si tienes noticias de mi abogado.

—¿Me estás amenazando?

—No, te estoy advirtiendo. Más vale que busques un motivo creíble y demostrable para el despido, porque te pienso demandar por despido improcedente.

Salí de la casa de mis padres con un cabreo de mil demonios y me fui a dar vueltas por la ciudad después de aparcar el coche en el garaje de mi casa. Caminar sin rumbo era lo que necesitaba para pensar y saber qué quería hacer con mi vida a partir de ese momento.

Casi sin darme cuenta, llegué a un barrio de clase media que nada tenía que ver con aquel en el que vivíamos nosotros. Mis padres vivían en un chalé de una urbanización situada en el pueblo más cercano a la ciudad y allí teníamos también las oficinas y las naves de la empresa.

Yo, por el contrario, vivía en un ático en uno de los mejores barrios de la ciudad, donde la renta per cápita era de las más elevadas.

Mi ático tenía cuatro habitaciones, dos baños y un salón con cocina americana, además de una terraza que tenía casi más metros que la casa y que podía disfrutar durante todo el año, porque las temperaturas de mi ciudad invitaban a ello.

Yo era abogado y trabajaba en la empresa de mis padres como tal, pero ahora no descartaba hacerlo de manera independiente. No necesitaba nada más que un local en el que establecerme y la casualidad de la vida me lo había puesto por delante.

En ese barrio en el que estaba había un local con un cartel de disponible y un número de teléfono. Por eso, no dudé en llamar y quedé con la chica de la inmobiliaria media hora después.

Me tomé tranquilamente una cerveza en el bar de enfrente del local con la intención de llamar a mis amigos para contarles las buenas nuevas, pero, al sacar el móvil del bolsillo de mi chaqueta, cayó una quiniela que habíamos rellenado de cachondeo unas semanas antes y que me había quedado yo para comprobarla. Todavía no lo había hecho.

Junto al bar había una administración de loterías, así que pagué la cerveza y entré para ver si éramos millonarios o no. Léase esto con toda la ironía del mundo, porque a ninguno de los tres nos iba mal, al menos económicamente hablando.

Cuando estaba a punto de entrar en la administración, recordé que me había dejado una de las carpetas sobre la mesa del bar.

Me giré para volver a buscarla justo en el momento en el que una chica se disponía a entrar y acabamos chocando.

El golpe hizo que se me cayeran la carpeta que todavía llevaba y la quiniela, además de la cartera y las cosas que ella llevaba, y todo quedó esparcido por el suelo.

—Podrías tener un poquito más de cuidado, ¿no crees?

—Uy, chico, ni que te hubiera tirado ácido sulfúrico por encima y fueras a desintegrarte.

—No, si encima irá de graciosa la muchacha.

—¿Eres así de antipático todos los días o es que hoy se te ha olvidado tomarte el All-Bran?

—¿Perdona? ¿Tú eres así de insolente siempre o es que hoy te has desayunado un payaso?

Después de recoger nuestras cosas, entramos en la administración todavía mirándonos con ganas de continuar la discusión.

No me contestó, pero no fue por falta de ganas, sino porque el chico que estaba detrás del mostrador nos miraba a los dos, esperando a que nos decidiéramos a decirle qué era lo que queríamos.