La quiniela que nos unió Capítulo 1
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La quiniela que nos unió

La quiniela que nos unió

Por Marcos A. C.

© inepub.com

Capítulo 1

Aura

Esta historia comienza con un encontronazo sin importancia en una administración de loterías. Aunque, bueno, eso de sin importancia… Más bien tuvo toda la del mundo, porque movió mis cimientos de una manera que no os podéis imaginar.

Mi nombre es Aura y aquel día, una mañana de octubre, tras revisar mi cartera buscando Dios sabe el qué, me encontré con una quiniela que había echado la semana anterior y de la que no tenía ni idea de si tenía algún premio o no.

No es que yo fuera de esas que juegan a la quiniela todas las semanas, pero ese día iba con mi sobrino Saúl y me convenció para que rellenáramos una y jugáramos. Total, por lo que costaba, no me suponía un gran problema darle el gusto al niño.

—Tata, déjame que la rellene yo, que tú no entiendes de fútbol.

—Ni que lo digas, corazón. Venga, vamos a coger uno de esos papelitos en los que se anotan los resultados y ahora, cuando desayunemos, venimos y la echamos.

Mi sobrino se sentó en la terraza del Florida, el bar que estaba cerca de la administración de loterías y donde yo desayunaba todos los fines de semana. Me encantaba compartir estos momentos con mi niño, porque así lo consideraba, a pesar de que contara con su padre y con su madre.

Mi hermana Marta y yo nos quedamos huérfanas cuando ella tenía quince años y yo contaba con dieciocho. Por suerte, yo había terminado mis estudios y había encontrado un trabajo, así que podría mantenernos a las dos, ya que la casa la teníamos pagada.

Ella quería estudiar enfermería y yo la animé a que lo hiciera. Mi madre, porque mi padre se marchó cuando ambas éramos pequeñas y no habíamos sabido nada más de él, había dejado unos ahorritos que yo no quise tocar para destinarlos a los estudios de mi hermana.

Cuando Marta contaba con veinte años, se quedó embarazada de Saúl y fue un mazazo, no porque el niño supusiera una carga ni nada parecido, sino porque ella tendría que parar, al menos un año, sus estudios.

Raúl, el padre del bebé, estaba completamente enamorado de mi hermana y no dudó en asumir, junto a ella, todo lo que se les venía encima. Por eso, y como estaba ya en el último año de carrera, se esforzó todavía más para terminarla y encontrar un trabajo con el que mantener a su familia.

Con el tiempo, mi hermana había terminado la carrera, trabajaba en una clínica dental y era de lo más feliz junto a su familia.

Mi cuñado también trabajaba en esa clínica, pero él como odontólogo, y a mí, hacía ya unos años, me habían hecho el mejor regalo que me podían hacer, después de mi sobrino, por supuesto.

Yo era peluquera y me encantaba mi trabajo, pero lo que no me gustaba era mi jefa, que se pensaba que estaba por encima de todos los empleados, ella, que no daba un palo al agua y que se permitía corregir a los demás cuando se hacía algo que ella no haría de ese modo.

Por eso, en cuanto mi hermana y mi cuñado se enteraron de que había una peluquería completamente montada que se traspasaba por una enfermedad de la propietaria, no dudaron en comprar el local con todo el material de trabajo.

Ellos vivían conmigo, en nuestra casa, pues mi hermana decía que no pensaba dejarme sola. Mil veces le propuse vender la casa o que ella me comprara mi parte y yo me hiciera con un apartamento o una casa más pequeña para mí sola.

A mis treinta años ya había perdido la fe en el amor.

Después de una relación de más de diez años, en la que me di cuenta de que no estaba conmigo por amor, sino por comodidad, cuando me dejó por otra me prometí a mí misma que se acababa ahí, que no volvería a confiar nunca más en un hombre, y así continuaba.

Eso no significa que no tuviera mis escarceos por ahí cuando salía de fiesta con mi amiga Davinia, pero nunca, jamás en la vida, los llevaba a mi casa. Era en su casa o en un hotelito y nunca en mi ciudad, que era muy pequeña y nos conocíamos casi todos, aunque solo fuera de vista.

Cuando nos íbamos de marcha, nos íbamos a los pueblos cercanos o a otra ciudad, como Sevilla.

Anda, que no os he dicho que nosotros vivíamos en Cádiz, en un barrio obrero, pero en el que lo teníamos todo a mano, desde bares y restaurantes en los que tomar una cervecita hasta un centro comercial o el centro de salud.

Por eso mi peluquería estaba en ese mismo barrio, aunque a dos calles de mi casa.

Desde el principio me fue tan bien que tuve que contratar a dos chicas que me ayudaran.

Pero no busqué fuera, me llevé a mis compañeras de toda la vida, las que habían trabajado conmigo para aquella tirana, que no dudaron en decir que sí en el mismo momento en el que se lo propuse.

Bueno, a lo que iba, que me voy por los cerros de Úbeda.

Mi sobrino Saúl cogió un bolígrafo y rellenó la quiniela sin decirme ni los resultados ni nada parecido.

Cuando terminamos de desayunar, volvimos a la administración de loterías, donde sellamos el boleto, ese que guardé en la cartera olvidándome de él.

Unos días después, mientras desayunábamos antes de salir de casa, mi hermana me preguntó:

—¿Has mirado la quiniela que te rellenó el niño, Aura? —me dijo, sentada en la cocina antes de marcharse a trabajar.

—Pues no. Lo cierto es que la acabo de ver ahora mismo.

—Cuñada, a ver si vas a ser millonaria y no te has enterado todavía —dijo Raúl, medio burlándose de mí.

—¡Dios te escuche!

—Tata, no he visto todos los resultados de los partidos, pero hay un montón de ellos que he acertado —me dijo Saúl, que también desayunaba para irse al colegio.

—Define «un montón de resultados», Saúl, porque no es lo mismo cinco aciertos que doce, cariño.

—Uf, pues no sé. Pero, por lo menos, diez hemos acertado.

Mi cuñado y mi hermana me miraron y yo empecé a abanicarme con la mano. No sabía cuánto se podría ganar con diez aciertos, pero el simple hecho de que fueran noventa o cien euros a mí me hacía una ilusión enorme.

—No os preocupéis, que ahora mismo lo pienso averiguar. Vamos, en cuanto baje a la calle me voy directamente a la administración de loterías, antes de ir a la peluquería.

—Cuando sepas cuánto te ha tocado, nos llamas, para saber si compramos champán o tenemos que comprar vino peleón —dijo Raúl, riendo.

—Pues, como me haya tocado más de cien euros, no pienso compartirlo nada más que con mi niño.

—Tata, me llevas a Disneyland París, que todos los de mi clase o han ido o van a ir, y nosotros, lo más lejos que nos hemos ido de vacaciones, ha sido a Torremolinos —me dijo mi niño.

—Cariño, ahí nos iremos cuando hagas la comunión, que ahora mismo no podemos, mi vida, que ese viaje es muy caro —le respondió su madre.

Me partía el alma cuando el niño decía algo así y su madre lo conformaba con argumentos de adultos.

Es cierto que, aunque nos iba bien económicamente, sus padres estaban ahorrando para abrir su propia clínica dental, pues en la que trabajaban estaba en la cuerda floja y, cualquier día, se veían en la calle.

Por el contrario, yo tenía ahorradas todas mis propinas y ya me faltaba menos para poder llevar a mi niño al viaje de sus sueños.

Aunque sabía que ni mi hermana ni mi cuñado me dirían nunca que no me lo llevara yo sola, sabía que Marta se moriría de pena de no ver la carita de su hijo en ese momento y, por eso, seguía ahorrando para que pudiéramos ir los cuatro.

Terminamos de desayunar y bajamos a la calle. Me despedí de mi sobrino con un beso y un abrazo de oso, como decía él. Me encantaba su olor, su carisma y su personalidad, y verlo crecer a mi lado para mí era un lujo.

Sus padres lo dejaban en el colegio, que estaba un poquito retirado de nuestra casa, pero cerca de su trabajo, por lo que les venía de camino dejarlo allí antes de entrar en la clínica.

Lo recogían a las dos de la tarde, puesto que Saúl se negaba a comer en el comedor del colegio.

Decía que como yo cocinaba no lo hacía nadie.

Iba a entrar en la administración y llevaba la cartera en la mano cuando sonó el móvil en mi bolso.

Me puse a buscarlo dentro, sin darme cuenta de que había un chico allí, con el que tropecé, haciendo que cayeran tanto mi cartera como todo lo que él llevaba en las manos, dejando todo desperdigado por el suelo.