La quiniela que nos unió Epílogo
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Epílogo

Aura

Veinte años después…

Aquel día hacía veinte años que Daniel y yo nos habíamos dado el «sí, quiero», y, como cada aniversario desde que nos casamos, habíamos organizado una comida con nuestra familia y nuestros amigos.

Al principio celebrábamos aquella fecha en algún restaurante, pero, desde que nos mudamos a nuestra nueva casa, preferíamos hacerlo allí, en el jardín y alrededor de la barbacoa, de la que Raúl se había autoproclamado dueño absoluto desde el primer día.

Sí, habíamos tenido que cambiarnos de casa porque, tal y como ya había avisado mi flamante marido durante nuestros votos, no nos quedamos solo con Sofía. Ampliamos la familia y, además, a lo grande.

La primera sorpresa llegó a la vuelta del viaje de novios. Se me olvidó tomar una de las pastillas anticonceptivas y, zasca, mi querido esposo dio en la diana, pero a base de bien. Nueve meses después nacían Romeo y Rodrigo, nuestros mellizos, que ya tenían diecinueve años.

Pero la cosa no terminó ahí.

Después de que nacieran los niños decidí ponerme un DIU porque, visto nuestro historial, cualquier precaución me parecía poca. Durante años funcionó perfectamente y, cuando llegó el momento de cambiarlo, fui dejando pasar más tiempo del debido entre unas cosas y otras.

Cuando por fin pedí cita para colocarme uno nuevo, me hicieron una prueba de embarazo antes de continuar con el procedimiento. El resultado fue un positivo como una casa y todavía recuerdo la sensación de que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Aura, de verdad, cuando termines este embarazo, o te ligas las trompas o te pones una cremallera en el chichi, porque vaya manera de tener niños —me soltó Mariola cuando les contamos que volvíamos a estar embarazados.

Otra niña, Beth, llegó siete meses y medio después.

De repente nos encontramos con Sofía, que tenía ocho años, los mellizos con cinco y una recién nacida. Por mucho que Daniel y yo nos resistiéramos a abandonar el ático, estaba claro que allí ya no cabíamos ni haciendo un puzle con los niños.

No tuvimos más remedio que buscar otra casa y, por suerte, un poco más arriba de la calle en la que vivíamos nos enteramos de que vendían una vivienda con jardín y piscina.

Era una especie de pequeño chalé dentro del casco urbano y nos pareció perfecto, porque nos permitía seguir disfrutando de la comodidad de la ciudad, pero con espacio suficiente para aquella familia que no dejaba de crecer.

El ático terminamos alquilándoselo a Mariola y Sandra, que también estaban esperando un bebé. Su relación se había consolidado por completo y poco después nació Andrés, un niño que se convirtió en inseparable de Beth. Se llevaban pocos meses y acabaron incluso en la misma clase.

Almudena también encontró el amor en David, aquel pasante que Daniel contrató cuando abrió el despacho y que, con los años, terminó trabajando como abogado junto a él. Lo suyo sí que fue prácticamente un flechazo y empezó, precisamente, durante el bautizo de Sofía y Martina.

Se casaron dos años después que nosotros y tuvieron un hijo, al que también llamaron David y que ya tenía diecisiete años. Junto a Romeo y Rodrigo formaban los tres mosqueteros: donde iba uno, aparecían los otros dos.

Mi hermana y mi cuñado, en cambio, no tuvieron más hijos. Según ellos, ya habían cumplido de sobra con su aportación a la tasa de natalidad y nos dejaban el resto del trabajo a nosotros.

Martina y Sofía crecieron siendo mejores amigas. Habían acabado incluso entrando en la misma universidad para estudiar Odontología, algo que a Raúl le hacía una ilusión que intentaba disimular sin demasiado éxito.

Con los años también conseguimos cumplir aquella promesa que le había hecho a Saúl cuando era pequeño y nos fuimos todos juntos a Disneyland París, ya con los niños lo bastante mayores como para disfrutarlo de verdad.

Él nunca me dejó olvidar que aquel viaje había empezado, muchos años antes, con una quiniela y un sueño que parecía demasiado caro para nosotros.

La clínica dental también había crecido muchísimo.

Tuvieron que comprar el local contiguo para ampliarla y no solo se quedó trabajando con ellos aquel compañero y su auxiliar que les echaron una mano durante la baja de Raúl, sino que terminaron contratando a más profesionales, entre ellos un odontopediatra, porque no daban abasto.

Mi centro de belleza tampoco podía ir mejor.

Durante los años en los que los niños eran pequeños me limité prácticamente a la gestión y, cuando todos empezaron el colegio, volví a trabajar de manera más activa, aunque solo media jornada.

Mis chicas llevaban el negocio de maravilla y, por primera vez desde que era prácticamente una cría, aprendí a no creer que tenía que cargar yo sola con todo.

Mi suegra también había rehecho su vida. Se apuntó a una asociación en la que organizaban actividades para gente de su edad y allí conoció a Santiago, un hombre un par de años mayor que ella, viudo y sin hijos, que era un auténtico dandi y tuvo toda la paciencia del mundo para conquistarla.

Ahora vivían juntos en el piso de él, algo más grande que el que Isabel había comprado después de separarse, y hasta habían preparado habitaciones para cuando alguno de los nietos se quedaba a dormir.

Santiago disfrutaba muchísimo cada vez que nos reuníamos todos; los niños lo llamaban yayo Santi y a mi suegra, yaya Isabel, y ambos se derretían con cada uno de ellos sin hacer jamás distinciones.

De Mónica apenas volvimos a saber nada. Después de años de tratamiento y cuando los especialistas consideraron que podía continuar su vida fuera del centro, Ramón se hizo cargo de ella y ambos se marcharon del país para empezar de nuevo lejos de todo lo ocurrido.

Con respecto al padre de Daniel, al que nunca llegué a considerar mi suegro, no llegó a cumplir toda su condena. Unos seis o siete años después de entrar en prisión murió durante una reyerta.

No quiero parecer insensible, pero todos sentimos un alivio difícil de explicar.

Durante años habíamos vivido con el miedo de que, si algún día obtenía un permiso o cualquier posibilidad de salir, intentara vengarse de alguno de nosotros. Había perdido prácticamente todo y el odio que sentía hacia Daniel seguía intacto.

Mi marido fue a visitarlo algunas veces durante los primeros años.

Quiso contarle que se había convertido en abuelo e intentó mantener, al menos, un hilo de contacto con él, pero terminó desistiendo.

Cada vez que regresaba de una de aquellas visitas volvía destrozado porque su padre seguía mirándolo como si fuera su peor enemigo, cuando Daniel había sido uno de los principales traicionados en toda aquella historia.

Pero aquel día no quería pensar en nada de eso. Era nuestro aniversario y estábamos allí para celebrar lo felices que éramos y todo lo bueno con lo que la vida nos había ido compensando.

Mientras preparaba unas bebidas, me fijé en Sofía. La noté algo apagada, como preocupada, y aquello me extrañó porque siempre había procurado que mis hijos tuvieran conmigo la confianza suficiente para contarme cualquier cosa, así que me acerqué a ella.

—Sofi, mi amor, ¿qué te preocupa?

—Mamá, he conocido a un chico y está en la puerta. Quiere conocer a mi familia, pero a mí me da miedo.

Fruncí el ceño.

—¿Qué te da miedo? ¿No estás segura de lo que sientes por él? Porque, si es así, tendrás que decírselo. No puedes jugar con sus sentimientos…

—Para, para, que no es eso. Claro que estoy enamorada de él. Ese no es el problema.

—¿Entonces? Si no me lo cuentas, difícilmente voy a adivinarlo, cariño. La bola de cristal la tengo en el taller.

Mi hija soltó una carcajada. Siempre había intentado que los problemas de mis hijos parecieran un poquito menos grandes cuando se podían afrontar con una sonrisa.

—Me da miedo que papá deje de verme como su niña. Que piense que, porque tengo novio, ya no merezco esos besos y esos abrazos que siempre me da.

Ahora la que se echó a reír fui yo. Si aquella criatura supiera que, para su padre, podría tener veinte, cuarenta o setenta años y seguiría siendo siempre su niña, su princesa…

—Levántate y abre la puerta a ese pobre muchacho antes de que piense que vuestra relación ha terminado mientras esperaba en el portal.

Sofía sonrió y obedeció.

Yo, mientras tanto, fui en busca de mi marido porque alguien tenía que prepararlo para lo que estaba a punto de suceder. En cuanto me vio acercarme, pasó un brazo por encima de mis hombros y me dejó un beso en la cabeza.

—¿Qué ocurre? Tienes cara de querer contarme algo. Y otro embarazo no puede ser porque me hice la vasectomía en cuanto nació Beth.

—Pues no sé si lo que voy a decirte te va a sentar mejor.

Daniel frunció el ceño y, justo entonces, vio aparecer a Sofía de la mano de un chico. La cara se le descompuso.

Aitor era guapísimo, eso había que reconocerlo.

Estaba claro que mi niña había heredado el buen gusto de su madre para los hombres y, además, a primera vista parecía educado y bastante nervioso, cosa que, teniendo a Daniel delante observándolo como si estuviera preparando un interrogatorio, tampoco me extrañaba.

Sofía se acercó hasta nosotros y nos lo presentó.

—Mamá, papá, él es Aitor.

Daniel consiguió devolverle el saludo sin sufrir ningún desmayo y, después de las presentaciones, alguien preguntó si se habían conocido en la universidad.

Mi hija negó con la cabeza.

—No. Nos conocimos hace un par de meses en una administración de loterías. Nos tropezamos y, para pedirme disculpas, me invitó a un refresco en el bar de al lado.

Se hizo un segundo de silencio, todos nos miramos y, acto seguido, estallamos en carcajadas.

Aitor contemplaba a aquella panda de locos sin entender absolutamente nada hasta que le contamos cómo nos habíamos conocido Daniel y yo. Entonces terminó riéndose también.

Miré a mi marido y él negó con la cabeza, resignado.

—En esta familia vamos a tener que cambiar el típico cartel de «Dios bendiga esta casa» por otro que diga: «La quiniela que nos unió».

Y pensé que no podía existir una frase mejor para resumir nuestra historia.