Capítulo 8 — Las citas #3
—¿Cosas raras? —dijo la tía Pilar—. No, hija.
Yo hablé con tu padre cinco minutos, en agosto, y me habló de lo de la boda y de la huerta, normal, con su voz de siempre.
Lo que pasa es que luego me llamó Jon, y me dijo que no le hiciera mucho caso a tu padre, que llevaba un tiempo diciendo cosas raras.
Y yo me quedé pensando, claro. Pero raro, raro, lo que se dice raro…
tu padre no me dijo nada raro. Me lo dijo Jon que era raro.
Me lo dijo Jon que era raro. Colgué, y escribí la frase en la libreta, pasándola por mi letra, con la fecha: «12 de octubre. Pilar: el episodio no lo oyó ella. Se lo contaron.»
Y entonces, en la mesa de la cocina, con la lamparilla encendida aunque era de día, puse los tres episodios en fila y los miré como se mira una radiografía por fin bien colgada.
La cita: existió, se movió, el aviso murió en un bolsillo.
La boda: se suspendió, el aviso llegó a un teléfono que no era el suyo, y cuando él supo —porque supo, la tarjeta lo probaba— el mérito de saberlo se borró y quedó el relato de que no sabía.
La llamada a la tía: normal, según la única testigo, y el «raro» llegó después, en una segunda llamada, de segunda mano, del mismo teléfono de siempre.
Tres episodios. Ninguno era un hecho. Los tres eran tránsito: información que había pasado por una sola aduana y había salido transformada.
Mi padre no estaba confundido. Mi padre estaba al otro lado de un filtro.
Escribí la conclusión, y me tembló la mano al escribirla, lo cual en mí era noticia: «Los episodios no existen. Existe la centralita.»
Y debajo, porque era justo y porque tenía miedo, escribí lo que todavía no entendía: la centralita tenía muchas piezas, y una de ellas era honrada y fregaba de rodillas y me contaba a mí lo mismo que le contaba a Jon cada tarde.
Si todo lo que pasaba en esta casa viajaba dos veces, todo lo que pasaba en esta casa podía desviarse en cualquiera de los dos trayectos, y yo no sabía todavía en cuál de los dos se torcía, ni quién lo torcía, ni cuánto de aquello era plan y cuánto era costumbre.
Me quedé un rato mirando la cocina como se mira un tablero al que le faltan piezas por descubrir.
Mi padre bajó de la siesta a las seis, con el pelo aplastado de un lado, y encontró la mesa despejada y la libreta cerrada y a mí con el café de la tarde ya hecho, y se sentó en su silla y me miró con esa atención suya que ya no me desordenaba: me ordenaba.
Después de cenar —puré de lunes, recalentado por Felisa con sus ocho minutos de tarjeta— me hizo la seña. La libreta.
Escribió con la mano izquierda, y por primera vez el ritmo era otro: no más rápido —la velocidad no, todavía no— sino más seguido, con las palabras llegando en grupos en vez de a saltos, y las letras ya tan en la fila que daban ganas de subrayarlas.
Escribió la primera nota con estructura de frase entera que yo le veía desde el ictus —sujeto, verbo, complemento, todo en su sitio— y me giró la libreta:
«Las citas. Jon decía otro día.»
Cuatro palabras, y me pesaron como pesa un parte.
Jon decía otro día. Lo dijo en imperfecto, con el orgullo quieto del que llevaba un año sabiendo lo contrario: mi padre sabía qué día era la cita, lo sabía desde enero, sabía quién le había dicho que era otro día, y había pasado nueve meses oyendo que se equivocaba.
No necesitaba mis tarjetas del cajón ni mi ventanilla; me había esperado a mí, a que yo llegara por mi cuenta al cajón de junto al frigorífico, para confirmarlo con cuatro palabras y un sujeto tácito.
Le puse la fecha delante de él —doce de octubre, nueve hojas— y archivé la nota con las demás, y él me miró archivarla con una cara que solo le había visto una vez, de niña, cuando le salía una espiga difícil: la cara de la pieza que encaja.
Aquel martes, ya en mi cuarto, con la casa dormida y la niebla otra vez contra el cristal, me quedé mirando la libreta de trabajo cerrada sobre la mesilla y pensé en lo que sabía ahora que no sabía el domingo.
Los episodios no existían; existía la centralita; la centralita tenía nombre y tenía empleados honrados, y yo misma, sin saberlo, llevaba tres semanas trabajando en ella, porque cada cosa que yo le contaba a Felisa en la cocina era una cosa que Felisa le contaba a Jon por las tardes, palabra por palabra, sin maldad, con su sobre blanco de los lunes esperándola al final de la cadena.
La hija fue el viernes a ver a una amiga de la familia.
Ya lo sabía él. Lo sabía desde el viernes mismo, a la hora del parte, antes de que yo acabara de cenar.
Apagué la luz y me quedé a oscuras. Mañana Jon sabría lo que yo había preguntado hoy en el banco de piedra.
Y yo seguía sin saber si en esta casa la centralita era el portero, o la telefonista, o las dos cosas a la vez, ni quién de los dos —el que administraba o la que informaba— había empezado antes a mentir sin decir ni una sola mentira.