Capítulo 8 — Las citas #2
Y luego registré lo otro, lo que me apretó el estómago todo el camino de vuelta: la hija fue el viernes a ver a una amiga de la familia.
Mi visita a Miren ya había viajado. Ya era parte del parte.
Desde el mismo viernes por la tarde, Jon sabía que yo había estado en la calle de la Escuela, y lo sabía por la vía más limpia del mundo: se lo había contado la asistenta, que no mentía, que contaba lo mismo a los dos.
No había traición en ningún sitio de aquella cadena.
Ese era el problema. Las cadenas que funcionan no tienen eslabones rotos; tienen eslabones honrados.
Aquella noche, cuando mi padre ya dormía y la casa estaba en punto muerto, bajé a la cocina y abrí el cajón de junto al frigorífico, el de las cosas de la casa: pilas, cinta, un destornillador, el talón de la farmacia, y debajo de todo, el taco de tarjetas de citas del ambulatorio sujeto con una pinza.
Lo había visto allí la primera semana, ordenando.
Lo saqué a la luz de la tirita de led y lo pasé tarjeta a tarjeta.
Enero. Ahí estaba. «Bengoa Bengoa, Patxi.
Medicina general. Martes 12, 17:30.» Y debajo, con la misma tinta de la impresora pero en otra tarjeta, grapada a la primera: «Jueves 14, 17:30.
» Dos tarjetas. La del martes y la del jueves.
La segunda tenía en el dorso una nota impresa en letra pequeña: «Cita modificada a petición del paciente/familiar.
» A petición del paciente o del familiar.
Alguien había movido aquella cita, o la había movido el ambulatorio y la familia había aceptado; en ambos casos, mi padre se había levantado un martes seguro de que aquella tarde tenía médico, se había puesto la camisa buena, y a las cuatro su hijo le había enseñado un móvil con la fecha equivocada.
La fecha equivocada que era la correcta, porque la cita ya no era el martes: la habían movido, y la noticia de que la habían movido no le había llegado nunca al paciente.
Había llegado al móvil que el paciente no tenía.
Dejé las tarjetas como estaban, con su pinza, en su cajón.
No hice fotos; no hizo falta; feché el hallazgo en la libreta, que era mi manera de hacer fotos.
«12 de enero: la cita existió. Se movió.
El cambio no le llegó.» Y debajo, despacio: «No estaba confundido.
Estaba desinformado. Hay una diferencia, y esa diferencia es toda la enfermedad que no tiene. »
Aquella madrugada no dormí. Di vueltas hasta que el colchón se volvió administrativo, y a las tres menos cuarto bajé a la cocina, en calcetines, y encendí la radio de encima del frigorífico sin pensarlo demasiado, o pensándolo ya desde la tarde, desde el banco de piedra.
Encontré la emisora donde estaba dejada.
La franja de las tres. Ismael Cuvi tenía aquella noche la voz más cansada que de costumbre, o yo la oía más cansada, y hablaba de los cambios de hora, de que el cuerpo tarda una semana, de que a los viejos les cuesta más, y luego cogió una llamada.
—Hola, ¿me oye? —Era una mujer, voz de mediana edad, voz de estar sentada en una cocina como la mía—.
Pues mire, Ismael, yo le llamo por una cosa que me corroe.
Mi padre tiene ochenta y uno y entre mis hermanos y yo hemos decidido que ya no se haga cargo de sus cosas.
Del banco, de la casa, de nada. Y está lúcido, ¿eh?
Eso es lo peor. Está lúcido y le hemos quitado la llave de su vida entre todos, con buenas palabras.
Y yo por las noches me pregunto… —la mujer respiró, y la respiración se oyó entera en mi cocina—.
¿Quién decide cuándo un padre ya no decide?
¿Quién tiene esa llave, Ismael? ¿Quién la tiene?
Hubo una pausa, de esas que solo se permiten a las tres de la mañana, y Cuvi dijo, sin subir el tono:
—Pues mire, señora, yo llevo veintipico años en esta franja y esa pregunta me la han hecho de todas las maneras. Y solo le voy a decir una cosa que he aprendido: la pregunta no es quién decide. La pregunta es si el padre está en la habitación cuando deciden. Buenas noches.
La mujer dijo algo más, y luego vino la música, una cosa lenta, y yo me quedé de pie junto al frigorífico con el vaso de agua en la mano.
La pregunta es si el padre está en la habitación cuando deciden.
Pensé en las revisiones «bien aparcadas», en el móvil en el bolsillo ajeno, en la cita movida, en la historia clínica donde mi padre no hablaba porque hablaba su acompañante.
Mi padre llevaba meses, quizá años, fuera de la habitación donde se decidía su vida.
Y lo más terrible —lo pensé con el vaso frío en la mano, y era lo más terrible de todo— era lo fácil que era.
No hacían falta mentiras gordas. Hacían falta citas movidas y teléfonos en bolsillos ajenos y partes bien administrados.
El confinamiento de un hombre lúcido no se hacía con rejas. Se hacía con logística.
Otras noches, en otras casas, en otras vidas mías, habría apagado la radio antes de que la frase prendiera.
Esta vez no la apagué. Me quedé hasta el final de la canción, y luego hasta el principio de la siguiente, de pie, en la cocina a oscuras, oyendo el programa entero como se oye una misa en la que una no cree: para ver qué se le aparece a los que sí creen.
El martes amaneció gris perla, y a las doce y media saqué a mi padre al ambulatorio, que le tocaba sesión a la una.
La logopeda joven se lo llevó con sus tarjetas y su alegría, y yo, en vez de quedarme en el banco del pasillo, bajé a la planta baja, a la ventanilla de citas de medicina general.
Esperé mi turno detrás de una señora con un carro de la compra y le dije a la administrativa mi nombre, el de mi padre, y enseñé mi DNI y la autorización de la historia clínica que llevaba ya en el bolso como un salvoconducto.
—Perdone —dije—. En enero mi padre tenía una cita un martes y consta que se modificó. ¿Me puede decir cómo se hizo el cambio? Es que él no se enteró, y queremos que no vuelva a pasar.
La administrativa tecleó, leyó, tecleó.
—Aquí está. Doce de enero, diecisiete treinta. Se llamó por teléfono esa misma mañana porque el doctor salía de tarde, y se pasó al jueves. —Leyó un poco más—. Lo atendió el hijo. Consta en la nota de la cita: «se comunica al hijo, que confirma que avisa al paciente.»
Se comunica al hijo, que confirma que avisa al paciente.
Le di las gracias con la voz de todos los días, subí a la segunda planta, me senté en el banco del pasillo, y no me moví hasta que salió mi padre de su sesión, sonriente, con un fonema nuevo —la «r» inicial, «rata», «rosa», clavada dos veces de tres— y yo lo felicité con toda la boca y por dentro no paraba de ver la nota de la cita, esa línea administrativa redonda y legal y demoledora: se comunica al hijo, que confirma que avisa al paciente.
El sistema había funcionado. Todo el mundo había hecho su trabajo.
El ambulatorio había avisado, el hijo había confirmado, la nota lo probaba.
Solo había fallado una cosa, una sola pieza de un milímetro en toda la máquina: el aviso no había cruzado de un bolsillo a un oído.
Y de ese milímetro colgaba, nueve meses después, la reputación entera de la cabeza de mi padre.
De vuelta a casa, mi padre iba contento con su «r» nueva y yo iba haciendo una lista que ya no me cabía en la libreta: faltaban dos episodios por mirar, y los dos tenían nombre propio. Por la tarde, con mi padre en la siesta, llamé a San Sebastián.
La tía Maite me reconoció la voz al segundo «soy yo», y se echó a llorar un poco, y me riñó un poco, y me preguntó por todo en desorden, con esa avidez buena de las tías.
Hablamos veinte minutos de mi padre, de la rehabilitación, de que si iba a venir a verlo —«en cuanto pueda, hija, es que con la cadera»— y entonces, con la voz más normal que pude, pregunté:
—Tía, la boda de Aitor. Al final no se hizo, ¿no? Papá me la sigue recordando algunos días, y yo no sé bien qué pasó.
—Ay, la boda —dijo la tía Maite—. Se suspendió en julio, hija.
Que se dieron un tiempo, que las cosas de los jóvenes.
Se lo dije a Jon enseguida, llamé al teléfono de tu padre y lo cogió él, como siempre, y le dije «díselo a tu padre con tiento, que le hace ilusión la boda, que le da disgusto».
¿No se lo dijo? Qué raro. Tu padre me escribió una tarjeta preciosa en agosto, con su letra de antes, dándome ánimos. ¿Entonces sí sabía?
Me quedé quieta. Mi padre sabía. Mi padre sabía en agosto que la boda se había suspendido —se lo había dicho alguien, o lo había oído, o lo había leído; sabía— y le había escrito a su cuñada una tarjeta de ánimo con la derecha, con su letra de antes.
Y sin embargo, en la versión que circulaba por la familia —la que a mí me había llegado la primera semana, envuelta en «ya venía mal», «se le olvidan las cosas»— mi padre «seguía creyendo que había boda».
Lo había oído yo misma de Jon la semana anterior, de pasada, recogiendo la mesa: «El otro día me preguntó por lo de Aitor. Se le ha olvidado que se anuló.»
—Sí, tía —dije, con la garganta seca—. Sí que sabía. Perdona, que me había liado yo con las fechas.
Colgué con dos besos y una promesa de volver a llamar, y me quedé en la cocina con el móvil en la mano.
La tía Pilar fue la segunda llamada, y fue más corta, porque la tía Pilar era de pocas palabras y de misa de nueve.
Le pregunté por la conversación rara, la que según Jon le había dicho a ella que papá había dicho cosas raras por teléfono.
Hubo un silencio de provincia al otro lado.