Capítulo 8 — Las citas
El domingo fue un día de niebla cerrada y de casa entera, de esos en que el mundo se acaba en el mirador y la televisión pone el parte como quien habla de otra provincia.
Jon no vino hasta la noche; Felisa no trabajaba los domingos; mi padre y yo pasamos la mañana con la sesión de las fotos y la tarde con una película vieja que él seguía entera, riéndose con la media cara en los sitios exactos.
Era domingo de verdad, el primer domingo de verdad desde que yo volví, y sin embargo yo llevaba dentro la mañana del viernes como una piedra en el zapato: la libreta roja, la notaría, «tengo una cosa tuya», y mi padre escribiendo «tu madre quería arreglar» con la mano que le temblaba.
Por la tarde, mientras mi padre dormía la siesta, hice en mi libreta de trabajo el ejercicio que llevaba días aplazando: el inventario de los episodios.
Los llamaba así ya, entre comillas, en la lengua de mi oficio: «episodios».
Puse la fecha —diez de octubre— y copié en fila todo lo que la otra historia decía de mi padre, con su fuente al lado, porque un dato sin fuente es una opinión.
Uno: «olvida citas y repite preguntas», septiembre de dos mil veintiséis, historia clínica. Fuente: familia. Acompañante: su hijo.
Dos: «despistes crecientes», primavera de dos mil veintisiete, historia clínica. La hija que consultaba era yo y estaba a quinientos kilómetros. Fuente: «su hijo Jon, que refiere los episodios».
Tres: «un día me dijo que yo le quitaba dinero de la cartera», contado por Jon en mi propio recibidor la primera noche, con Felisa como testigo de la risa. Fuente: Jon.
Cuatro: «dice cosas raras», en general, sin fecha ni ejemplo, servido como parte meteorológico. Fuente: Jon.
Miré la fila. Cuatro episodios, cuatro fuentes que eran una sola.
Y debajo, en mi lado de la página, lo que tres semanas de casa me daban: un hombre que seguía los chistes por orden, que navegaba la calle saludando en los momentos exactos, que corregía sus propias erratas, que ganaba palabras cada semana delante de una logopeda pública y de mí.
Escribí la pregunta que llevaba tres semanas creciendo y que aquel domingo por fin cupo en una línea: «¿Hay algún episodio que alguien haya visto sin que Jon lo contara primero? »
Porque esa era la forma de la cosa, y la vi entera aquella tarde, con la niebla apretada contra el cristal y mi padre durmiendo arriba: todos los datos de la otra historia llegaban ya contados.
Nadie traía un hecho; todos traían una versión.
Y yo, que me ganaba la vida distinguiendo el síntoma del relato del síntoma, sabía que un relato de síntoma tiene una firma: llega antes que el hecho, lo ocupa, y cuando el hecho no aparece, el relato sigue ahí, caliente, ocupando el sitio.
Jon vino a las nueve, a cerrar el día, con su olor a serrín y su parte de sobremesa: que el armario de la urbanización había salido bien, que el lunes había que comprar cola, que había hablado con la tía Pilar «y le he dicho que estás tú aquí, que papá está muy atendido».
Mi padre, en su silla, siguió mirando la tele con la mano izquierda plana sobre la libreta cerrada, y yo recogí la mesa y sonreí en los sitios, y registré la frase entera: Jon le contaba a la familia que yo estaba aquí; no me preguntaba a mí qué contar.
Administraba también mi biografía, además de la de papá.
Se fue a las diez, con las llaves de la farmacia y del ambulatorio bien señaladas en el cajón de la entrada, y la casa se quedó en la paz de los dos.
Lo que no sabía era que no iba a tener que buscar el episodio. Iba a venir solo, como vienen las cosas cuando una ya ha puesto la mesa.
El lunes fue día de puré y de semana ordenada.
Felisa llegó a las nueve con la bolsa de la verdura, hizo la crema para dos días, dejó su tarjeta encima de la olla —«calentar 8 min, fuego medio»— y le hizo a mi padre la tabla del brazo con su seriedad de enfermera de provincia.
Yo hice la sesión de la mañana, salí a por el pan, y pasé el día con una decisión creciendo: hablar con Felisa fuera de la casa.
Dentro de la casa, Felisa hablaba con el fregadero de por medio y un oído puesto en el pasillo; fuera, quizá, hablara otra Felisa. O ninguna. También podía ser.
A las seis menos diez me abrigué y bajé.
Felisa salía a las seis y caminaba hacia la parada del autobús de la avenida —lo sabía porque la había visto desde el mirador alguna tarde, menuda y rápida, con el bolso cruzado—.
A medio camino había un banco de piedra junto a los tilos pequeños, enfrente de la valla de las obras del paseo.
Yo llegué antes que ella y me senté a esperar, con el frío subiendo de la piedra, y cuando la vi venir por la acera me levanté y le salí al paso.
—Felisa. ¿Tiene cinco minutos?
Se paró. Me miró la cara, miró el banco, miró la calle —lo vi todo, la revisión entera del terreno— y dijo:
—Cinco.
Se sentó en el borde del banco, con el bolso en el regazo y las manos encima, y yo me senté a su lado y fui directa, porque con la gente como Felisa los rodeos son una falta de respeto.
—El otro día me dijo que lo demás lo ve, pero que no se lo pregunte. Se lo voy a preguntar una sola vez, y si no quiere contestar, no contesta, y aquí no ha pasado nada. —Respiré—. ¿Usted ha visto alguna vez a mi padre confundido? De verdad. Con sus ojos.
Felisa se quedó mirando la valla de las obras. Pasó un coche. Pasó otro. Después dijo, despacio, con la voz de quien decide que una cosa ya pesa más callada que dicha:
—Una vez. —Levantó una mano, un dedo—. Una vez sola, y se la cuento entera, y luego usted hace con ella lo que quiera, que para eso es hija y es de la ciencia.
Fue en enero, o por ahí. Un martes. El señor se levantó diciendo que aquella tarde tenía médico.
Médico de cabecera, a las cinco y media.
Se lo oí decir dos veces, seguro, «hoy tengo médico», y se arregló después de comer, se puso la camisa buena.
Y a las cuatro vino Jon a no sé qué, y yo le dije, «Jon, que tu padre dice que tiene médico a las cinco y media», y Jon dijo que no, que eso era el jueves, que se había liado.
Y el señor se enfadó, que no se enfada nunca, y dijo que no, que era hoy, y Jon le enseñó el móvil y le dijo «mira, papá, si está aquí, jueves», y el señor se calló y se fue a su cuarto un rato, y luego salió y estuvo normal.
—Felisa se encogió de hombros—. Y yo pensé lo que se piensa: que se había confundido de día.
Que esas cosas pasan. Me dijo Jon que esas cosas pasaban, que él le llevaba el calendario.
El frío de la piedra me había subido ya por las costillas.
—¿Le enseñó el móvil?
—Sí. —Felisa me miró—. El móvil del señor, que lo lleva Jon, que usted ya sabe cómo va eso. Salía ahí la cita. El jueves.
—Felisa —dije, despacio—. ¿Y si la cita era el martes y la movieron?
Se quedó quieta. No me preguntó qué quería decir; me entendió en el acto, y eso también era un dato, y me dio escalofrío, porque quien entiende en el acto una cosa así es que la tenía ya pensada por dentro, archivada, esperando a que alguien la dijera en voz alta.
—Yo solo sé lo que vi —dijo al final, mirando la valla—.
Vi al señor seguro de una cosa, y vi que la cosa no era.
Eso es lo único que yo he visto con estos ojos, Leire.
Lo demás que dicen por ahí del señor, que si un día dice tal, que si otro dice cual, yo no lo he visto nunca.
Yo lo que veo es un señor que se sabe el calendario mejor que yo y que me corrige si le pongo el puré antes de la sopa.
—Se levantó, y yo me levanté—. Y ahora déjeme que coja el autobús, que si no llego a casa y tengo que hacer la cena.
—Felisa. —La paré con la voz, suave—. Lo que usted me cuenta a mí…
—Se lo cuento igual que a Jon —dijo ella, y no era la primera vez, y esta vez la frase sonó entera, cargada, como un sobre cerrado—.
Todo. Cada tarde, cuando viene o cuando me llama.
El señor ha dormido bien, el señor ha comido, el señor hoy está triste, la hija ha salido, la hija ha entrado, la hija fue el viernes a ver a una amiga de la familia.
—Me miró a los ojos—. Se lo cuento todo igual a los dos.
Que no parezca que le cuento a cada uno una cosa distinta.
Eso es lo que hay. Yo trabajo de esto desde que era joven y he aprendido una cosa: la que está en medio no elige bando, porque el bando no le paga.
A mí me paga Jon. Y no hace falta que me mire así, que usted ya lo sabía.
No la miraba de ninguna manera; la miraba entera, que era distinto. Asentí.
—Lo sé —dije—. Gracias por los cinco minutos.
—Han sido veinte —dijo Felisa, y por primera vez en tres semanas le vi algo parecido a una sonrisa, una cosa rápida y cansada—. El autobús pasa a las y veinticinco. —Se ajustó el bolso—. Cuídelo, Leire. Eso sí que se lo digo a usted y no se lo digo a Jon: cuídelo.
Y se fue, menuda y rápida, hacia la parada, y yo me quedé junto al banco de piedra con las manos en los bolsillos y la frase colgando de los tilos.
Cuídelo. No «cuídelo usted», no «cuide de él»: cuídelo, con el imperativo de la casa, dicho a la hija y no al hijo, una frase con dos destinatarios desiguales, la primera discrepancia que Felisa cometía delante de mí.
La primera copia no idéntica. Lo registré con el escalofrío de quien ve una grieta en un muro que creía de carga.