La que vuelve (Nadie duerme solo 3) Capítulo 7 — Miren #3
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Capítulo 7 — Miren #3

Siguió con los cacharros, sin ruido ni con los platos, y yo me quedé con la frase.

Era la segunda vez que me la decía, palabra por palabra, como una consigna.

La primera vez la había archivado como una defensa de oficio.

Ahora la oía entera: en esta casa hasta el parte de cómo ha dormido un enfermo viajaba dos veces, a dos destinatarios, y la mujer que lo redactaba se aseguraba de que las dos copias fueran idénticas, porque una discrepancia podía costarle el sobre blanco de los lunes.

No era confianza lo que Felisa me ofrecía.

Era un notariado de pobre: la declaración jurada de la que no tiene sello.

La tarde del viernes pasó quieta. Mi padre no me preguntó por Miren; me miró preguntándome, que es distinto, y yo le dije la verdad en voz alta, porque se la debía:

—Fui a verla. Me contó cosas de mamá. Del último año. —Me costó, y él esperó a que me costara—. Todavía no sé qué hacer con lo que me contó, aita. Dame unos días.

Asintió. No insistió. Hicimos la sesión de la tarde —frases con «aunque», que le salían torcidas y le hacían bufar— y por la noche, después de acostarlo, me senté en mi cuarto con la libreta de trabajo y no escribí nada durante mucho rato.

Había cosas que no quería fechar todavía.

Escribí al final una sola línea, con su fecha: «Miren: mamá quería dejarlo todo en orden.

Consultó la notaría. Hizo cuentas. Decían que se le iba la cabeza.

A Miren nunca se lo pareció.» Y debajo, sin fecha, pequeño: «Hay algo para mí. No pregunté.»

El sábado amaneció claro, con un frío limpio, y después de desayunar saqué a mi padre al mercadillo de los sábados —más pequeño que el de los miércoles, cuatro puestos y un olor a fruta fría—, que el médico mandaba caminar.

Mi padre iba agarrado a mi brazo, despacio, saludando con la barbilla, y yo compré manzanas y un queso que él señaló con decisión de amo de casa, y estábamos en eso cuando oí a dos mujeres detrás de nosotros, en la cola, hablando con esa voz de plaza que no es gritar ni callar:

—…lo de la calle de los Tintes, aquella mujer que se cayó por la escalera el invierno pasado; dicen que al final fue el marido.

No me volví. Mi padre siguió mirando los quesos.

La frase pasó por nosotros como pasan las frases de plaza, y yo la archivé sin querer, en el archivo que ya funcionaba solo: otra casa de esta ciudad donde una escalera había dicho una cosa y un marido había dicho otra, y durante un invierno entero había valido más lo del marido.

Compramos el queso y volvimos despacio, con el sol bajo dándonos de lado, y mi padre paró dos veces a mirar escaparates que no le interesaban, que era su manera de alargar la mañana fuera de casa.

Por la noche, después de cenar —tortilla y ensalada, sábado, la casa de los dos— mi padre me hizo la seña de la libreta.

Se la acerqué con el bolígrafo de la goma.

Escribió despacio, más despacio que de costumbre, con las paradas de medir, la punta quieta antes de cada palabra.

La mano ya no se le desmontaba; las letras se le quedaban en la línea, grandes y pequeñas, pero la lentitud de aquella noche no era de la mano: era de la frase. Cuando acabó, me giró la libreta:

«Tu madre quería arreglar.»

Me quedé con la frase un rato antes de soltarla, como me enseñaba esta casa.

Cuatro palabras en pasado imperfecto. Quería a secas, el verbo cargado con todo lo que Miren me había contado por la mañana —la libreta roja, las dos visitas a la plaza, las cuentas, «se lo debo a la chiquilla»—.

Y arreglar: la palabra de mi madre traducida por mi padre a su lengua de taller: lo que está torcido se endereza, lo que está mal hecho se arregla.

Él sabía. Mi padre sabía lo que mi madre quiso hacer aquel año, lo sabía desde entonces, y me lo confirmaba ahora con la mano que le temblaba, en la única frase que podía permitirse.

—Lo sé —dije, y la voz me salió baja—. Me lo ha contado Miren esta mañana. Lo de la notaría. Lo de las cuentas. Lo que quería dejarme.

Mi padre no apartó la vista. Tenía los ojos claros fijos en mí, y en ellos no había sorpresa —ninguna: él me había mandado allí— y había otra cosa que no supe leer del todo hasta mucho después: no era miedo a que yo lo supiera; era la vigilia de quien lleva años esperando a que alguien lo sepa.

—Y lo que decías tú de ella —dije, despacio, porque había llegado la hora y lo sabíamos los dos—. Que se le iba la cabeza. A Miren nunca se lo pareció, aita. Ni un día.

Silencio. El relé de la nevera. La lamparilla.

Mi padre cerró la libreta con la palma, despacio, y la dejó cerrada entre los dos, y no escribió más aquella noche, y yo no pedí más.

Lo acompañé a la escalera y lo vi subir, peldaño a peldaño, y en el descansillo se paró —no solía pararse ahí— y se volvió a medias, y me miró desde arriba, con la mano izquierda en la barandilla y la cara mitad luz mitad sombra, y no hizo ningún gesto.

Me miró y se fue. Fue lo más parecido a una confesión que me hizo aquella noche.

Subí a mi cuarto y archivé la nota con su fecha —nueve de octubre, ocho hojas— y me quedé a oscuras mirando el mirador negro.

Confusa. La palabra andaba por esta casa desde antes de que yo naciera a este oficio, cargada como un arma de las que se guardan en una vitrina.

La primera vez que la oí cargar no fue el lunes que llegué, en la letra temblorosa de mi padre.

Fue quince años antes, en esta misma casa, contra otra persona que también había querido ponerlo todo en orden.

Mi madre había oído esa palabra apuntándole, y había muerto sin poder contestarla.

Mi padre la oía ahora, y contestaba con la izquierda, letra a letra.

Y yo llevaba toda la vida en medio de las dos veces, sin ver que eran la misma.

La palabra era la misma. Lo que cambiaba era a quién le tocaba esta vez responderla.