La que vuelve (Nadie duerme solo 3) Capítulo 7 — Miren #2
36%

Capítulo 7 — Miren #2

Se movió por la cocinita con la eficiencia de la edad bien llevada, y yo me senté en el borde de una silla de enea y miré la labor de la mecedora —una manta, a medio hacer, en grises y azules— y pensé en la tarde de lluvia en que esta mujer me había enseñado a hacer punto, «del derecho, del revés, y ya tienes el mundo», y en que quince años era un tiempo demasiado largo para no haber tejido nada juntas.

Miren volvió con dos tazas y un plato de pastas envueltas en papel de la panadería, se sentó enfrente, en la mecedora que no meció, y me miró con una calma que no era calma: era espera.

—Tu padre te manda —dijo. No era pregunta.

—Me escribió su nombre. El miércoles. Le pregunté por el último año de mi madre y no me contestó: me escribió «pregunta a Miren».

Miren cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió tenían brillo, pero la voz le salió entera:

—Claro que no te contestó. No podía. —Dejó la frase quieta entre las dos—. ¿Cómo está él, Leire? De verdad. Lo que sale por la boca de Jon ya sabemos lo que vale.

—Está entero —dije—. No habla casi, pero entiende todo y escribe con la izquierda, cada día mejor. Está entero, Miren. Dentro.

—Eso me dijo tu madre de él una vez —dijo, y sonrió con un lado—. «Patxi está siempre entero, lo que pasa es que hay que saber dónde mirar.» —Se le quebró un poco la cara al decirla, a ella—. Anda. Bebe, que se enfría.

Bebí. El café estaba bueno y fuerte, y las pastas eran las de siempre, las de manteca de la panadería de la esquina, y por un momento la mañana fue solo eso: dos mujeres, un café, una foto en la pared.

Después Miren dejó la taza en el plato con el golpecito seco de quien empieza una sesión, y habló.

—El último año de tu madre —dijo—. Tú estabas en Madrid, recién empezada, con tu primer trabajo, y ella no quería que supieras nada hasta que hubiera algo que supieras.

Así que te lo cuento yo ahora, que es cuando toca.

En junio del once le encontraron lo que le encontraron.

Se lo dijeron un martes y el miércoles vino aquí y se sentó donde tú estás y lloró once minutos —los conté, qué quieres, era mi manera de no llorar yo— y después se enjugó la cara y dijo: «Bueno. Ahora hay que dejarlo todo en orden.»

—¿En orden? —dije, aunque ya sabía.

—En orden —repitió Miren—. Eso decía. «Lo tengo que dejar todo en orden, Miren, se lo debo.» Se lo debía a ti, quiero decir. Eso decía ella: «se lo debo a la chiquilla». Y no hablaba del piso ni de la vajilla, ¿me entiendes? Hablaba de lo otro. Del dinero. De las cuentas.

La casa de la calle de la Estación, el taller, los trece millones de pesetas del caserío que yo había leído en una escritura doblada en cuatro dentro de una caja de galletas. Asentí sin voz.

—Tu madre se pasó aquel otoño haciendo cosas que nunca había hecho —siguió Miren—.

Fue a la notaría de la plaza, la del portal de la reja.

Fue dos veces, que yo sepa; la primera fue conmigo hasta la puerta, que no se atrevía sola, y la segunda ya subió ella.

Se entendió con una mujer joven, una oficial, una tal Nerea, creo, que según tu madre la escuchaba despacio y no le ponía prisa.

Sacó papeles del caserío, de la venta, copias de no sé qué cuentas.

Y se sentó conmigo en esta mesa con una libreta —una libreta de tapas rojas, la recuerdo entera— y hacía listas.

Lo que era suyo, lo que era de los dos, lo que quería que fuera tuyo.

«La mitad de todo esto es mío, Miren, y la mitad de lo mío es de Leire, y yo no quiero que dependa de que yo esté para decirlo.

» Eso me dijo, con esas palabras. Y tenía razón, y mira.

Miren se levantó y fue a la galería, y volvió con un pañuelo, y se sonó sin disimulo, y se volvió a sentar.

—No te voy a contar la enfermedad —dijo—.

La enfermedad la conoces por tu oficio y por tu madre.

Fue rápida y no fue limpia, y ella la llevó con más entereza de la que yo habría tenido.

Lo que te tengo que contar es lo otro. Sobre el otoño, cuando ella ya estaba mal y seguía con sus listas y con lo de la notaría, tu padre empezó a decir que se le iba la cabeza.

Ahí estaba. La frase. La oí venir desde antes de que llegara, como se oye un tren en la vía antes de verse en la curva, y aun así me llegó entera.

—¿Que se le iba la cabeza?

—Que si decía cosas raras. Que si se le olvidaba lo que había firmado.

Que si un día quería una cosa y al día siguiente la contraria, «la pobrecilla no está en condiciones de decidir».

Eso decía tu padre en la casa, y lo decía delante de mí algunas veces, con esa voz suya baja, y yo…

—Miren se paró, y escogió las palabras, y eso me dio más miedo que cualquier grito—.

Yo a tu madre la vi tres tardes por semana hasta el final, Leire.

Estaba enferma y estaba cansada y algunos días estaba enfadada y algunos días estaba triste, que no es lo mismo que estar ida.

Se le iba el cuerpo, no la cabeza. A mí nunca me lo pareció. Ni un solo día me lo pareció.

El reloj de péndulo dio la media, una sola campanada sorda, y ninguna de las dos se movió.

—Y sin embargo —dijo Miren—, la que tenía que escribir las cosas era ella, y ella cada vez podía menos, y él cada vez decía más aquello.

Tú sabes cómo funciona eso mejor que yo, que te dedicas a las palabras.

Una cosa dicha muchas veces por la persona que duerme en la casa acaba pareciendo un hecho.

Tu madre me lo dijo una tarde, ya muy al final, con una lucidez que me dio miedo: «Si me pongo a discutir que estoy bien, parezco peor.

» Y no discutió. Y las listas se quedaron en la libreta roja, y la notaría se quedó en dos visitas, y luego septiembre, y luego el funeral, y luego tú con la maleta.

Tú con la maleta. Me llegó al centro del pecho, seco. Miren me miraba sin piedad y sin reproche, que es una combinación que solo tienen los que te quieren de verdad.

—Yo no sabía nada de esto —dije, y mi voz sonó pequeña—. Nadie me… Ella no me contó nada. Ni una carta, ni…

Me paré. Porque Miren había hecho una cosa con la cara: se había levantado la mitad de la silla, como quien va a por algo, y se había vuelto a sentar. Lo hizo despacio, deliberadamente, como se contiene un gesto. Me miró. Y dijo:

—Tengo una cosa tuya.

El aire del salón cambió. Lo sentí físicamente, como se siente una corriente.

—Pero tu madre dijo: si algún día pregunta —siguió Miren, despacio, mirándome a los ojos—. Así lo dijo. «Si algún día pregunta, se lo das.» Y tú no has preguntado todavía, Leire. Llevas aquí una hora y no has preguntado.

Ahí estaba la puerta. La vi con toda claridad, con su marco y su pomo: preguntar.

Qué es, Miren. Qué me guardas. Qué me dejó.

La pregunta era de tres palabras y yo llevaba quince años ensayándola sin saberlo, y tenía la boca llena de la mañana entera —de la libreta roja, de la oficial que escuchaba despacio, de «se lo debo a la chiquilla»— y las tres palabras no salieron.

No salieron porque detrás de ellas venía todo lo demás: si mi madre me había dejado algo, era porque había sabido que se moría sin terminar; si había sabido que se moría sin terminar, era porque había contado conmigo para después; y si había contado conmigo para después, la que no había estado a la altura del después era yo.

Preguntar era abrir la puerta de todo eso.

Y yo, que a los treinta y nueve años evaluaba la capacidad de los demás para decidir, descubrí allí, en la silla de enea, que no era capaz de decidirme a hacer una pregunta de tres palabras.

Miren me miró un rato largo. No se le movió la cara de la espera; no me ayudó; no me soltó la frase por mí, que habría sido la caridad más barata y la peor. Al final asintió, despacio, como quien cierra un cajón sin ruido.

—No pasa nada —dijo—. Ya preguntarás. Cuando preguntes, estará aquí.

Yo no me muevo de esta casa y la cosa no se mueve de donde está.

—Se levantó, y yo me levanté, y en la entrada me agarró las dos manos con las suyas, grandes y calientes—.

Leire. Escúchame una cosa. Tú no te fuiste.

Ya sé que eso no lo crees ahora, pero guárdalo: no te fuiste. A ti te fueron empujando.

No supe qué contestar. Me dio dos besos que sonaron a campana pequeña, y en la puerta, ya con el descansillo entre las dos, me dijo lo último:

—Y dile a tu padre… no. No le digas nada. Dile solo que la manta va por la mitad. Él sabe de qué manta hablo.

Bajé los tres pisos con las piernas de algodón.

La niebla se había levantado y había un sol de octubre lavado y tímido, y me senté en un poyo de piedra dos portales más abajo, porque las piernas no me pedían ir a casa todavía.

Tengo una cosa tuya. Y yo no había preguntado.

Quince años fuera, tres semanas de vuelta, una libreta llena de fechas, y la primera puerta que se me abría de verdad yo no la había empujado.

La parte de mí que tenía veinticuatro años se sentó a mi lado en el poyo, muy quieta, sin decir nada, esperando a ver qué hacía la de treinta y nueve.

Cuando llegué a casa era casi la una. Felisa tenía la comida en marcha y a mi padre lavado y peinado y de buen humor, y al verme entrar no me preguntó nada, que era su manera de preguntarlo todo.

Le di las gracias y le dije que había estado con una amiga de la familia.

Felisa asintió, volvió a los fogones, y mientras ponía los platos, con la voz de todos los días, dijo:

—El señor ha desayunado bien y la mañana ha sido tranquila. —Una pausa, el cazo en la mano—. Esto se lo cuento a usted igual que se lo cuento a Jon por las tardes, ¿eh? Que no parezca que le cuento a cada uno una cosa distinta.

—Ya lo sé, Felisa —dije—. Gracias.