La que vuelve (Nadie duerme solo 3) Capítulo 7 — Miren
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Capítulo 7 — Miren

La nota del miércoles me duró despierta hasta las tantas.

«Pregunta a Miren.» La tenía archivada con su fecha —seis de octubre, siete hojas ya— y aun así bajé a la cocina a medianoche a mirarla otra vez, como si la letra de la izquierda de mi padre fuera a cambiar durante la noche.

No cambiaba: cuatro palabras, desniveladas, en fila.

Mi padre no me había contestado una pregunta; me había señalado una voz.

Y una voz, en esta casa, era una cosa concreta, con puerta y timbre y una mujer detrás que hacía quince años que no me veía.

El jueves amaneció con la niebla baja y gris, de la que se pega a las persianas.

Oí a mi padre en el pasillo a la hora de siempre —paso, arrastre, la palma en la pared en la curva— y bajé a hacer el café con la decisión ya tomada, aunque no me la hubiera dicho todavía.

Había decisiones que se tomaban solas durante la noche y por la mañana solo pedían cuerpo.

Desayunamos con la rutina ya hecha de estas semanas, hicimos la sesión de la mañana —nombres de frutas, que le ponían de mal humor porque la mitad le salían solas y la otra mitad se le quedaban en la punta de la lengua haciéndole burla— y a las nueve menos cinco sonó el timbre.

Felisa entró con la niebla en el abrigo y su bolsa de tela, y la casa cambió de marcha como cambiaba todas las mañanas de entre semana: el fregadero empezó a sonar, la tabla de ejercicios apareció encima de la tele, la medicación de la mañana salió del pastillero con la comprobación de siempre, dos dedos, un vaso de agua, la vista en la boca de mi padre.

Yo me había hecho a la idea de que conocía a Felisa; dos semanas y media dan para eso, para una idea.

Aquella mañana, con la visita a Miren ya decidida en la cabeza, la miré trabajar y me di cuenta de que lo que conocía era su coreografía, que no es lo mismo.

Me quedé en la cocina con el pretexto de ordenar el cajón de los paños, y observé.

Felisa se había traído la comida en un taper, como todos los días, y el taper tenía su hueco exacto en la nevera, donde no estorbaba a nada.

No se servía café de la cafetera de la casa: se lo hacía ella misma en un cacito pequeño que lavaba y guardaba boca abajo.

Nunca se sentaba en el salón. Comía en la cocina, de pie apoyada en la encimera o sentada en la silla de junto al fregadero, la que no era de nadie, y nunca en la mesa de la lamparilla, que era la de mi padre.

Dos semanas y media mirándola y no había visto lo que veía aquel jueves: que Felisa no vivía su jornada en esta casa; la pasaba por esta casa, con los zapatos quietos y el bolso siempre a la vista, como quien está de prestado hasta dentro de sí misma.

—Felisa —dije, con los paños en la mano—. ¿Usted conoce a Miren Arostegui? La de la calle de la Escuela.

Lo pensó un segundo. Lo pensó con la cara, que era una cara que no mentía bien porque no practicaba.

—De vista —dijo—. Del mercado. Es amiga de la familia, ¿no? De antes.

—Era la mejor amiga de mi madre.

—Ah —dijo Felisa, y ahí hizo la cosa que yo ya le había visto hacer y que aquella mañana entendí por primera vez: miró el puré que no había, miró el reloj, calculó—. Querrá usted ir a verla. Yo me quedo con el señor sin problema, es mi horario. No hace falta que lo mueva.

No le había dicho que quería ir. Se lo agradecí, y ella recibió el agradecimiento con una inclinación de cabeza rápida, incómoda, como se reciben las propinas de la gente que no sabe darlas.

Volvió al fregadero. Y entonces, con el agua corriendo y sin volverse, dijo una frase que me quedé oyendo un buen rato después de que la dijera:

—Yo aquí estoy para lo que estoy, Leire. Lo demás lo veo, pero no me lo pregunte.

Lo dijo sin dureza, incluso con cariño, con ese tono bajo y práctico de las mujeres que han criado y han fregado y han aguantado.

Pero la frase tenía su forma exacta y yo la pesé entera: lo demás lo veo.

Veía, y sabía que yo sabía que veía, y me pedía por adelantado que no le pusiera precio a lo que veía.

Porque tenía precio. Todo lo que saliera de la boca de Felisa tenía precio en una casa donde el sueldo entraba en un sobre blanco, sin papel, sin contrato, sin mesa donde reclamar.

El silencio de Felisa no era un carácter: era una cuota, y se pagaba todas las mañanas a las nueve, con la niebla todavía en el abrigo.

Una mujer que cobra en efectivo no puede permitirse tener memoria en voz alta.

A las doce y media saqué a mi padre al ambulatorio, que el jueves le tocaba sesión.

En la sala de espera estaba el muestrario de siempre: la mujer que repetía sílabas con su hija, el hombre de la órtesis.

La logopeda joven se lo llevó con su alegría profesional y yo me quedé en el banco del pasillo mirando la puerta cerrada, detrás de la cual mi padre se ganaba palabra a palabra un idioma que ya era suyo, y pensé en qué manera de contar aquello tendría Jon en casa: «le cuesta hablar», diría, y sería cierto, y lo que la frase no diría era que cruzaba.

De vuelta a casa, en la curva de la calle de la Estación, mi padre se paró, me miró, señaló con la barbilla la dirección del casco antiguo y levantó las cejas. La pregunta entera estaba ahí: ¿vas? La calle de la Escuela quedaba hacia allá.

—Mañana —dije—. Mañana por la mañana, si te parece.

Asintió. Y luego me soltó el brazo, buscó mi mano con la izquierda, y me apretó los dedos dos veces, despacio, como se sella un sobre.

Aquella noche cenamos con Jon. Fue una cena normal, y ya sabía yo que las cenas normales de aquella casa eran las que más trabajo daban: Jon contó el taller, contó la ciudad, y pasó su consulta de sobremesa —que la revisión de cabecera estaba «bien aparcada», que la tía Pilar había llamado el martes, que él le había dicho que papá estaba «tirando, con sus cosas»—.

Mi padre escuchaba con la mano izquierda plana sobre la libreta cerrada.

Yo sonreía en los sitios. Había aprendido la coreografía de no decir, y me producía un cansancio fino, de músculo pequeño.

Cuando Jon se fue, a las diez y media, mi padre y yo no dijimos nada de Miren, y el no decirlo juntos fue distinto del no decirlo con Jon: era un silencio de antes de salir de viaje, no un silencio de custodia.

El viernes por la mañana, después de la sesión y del café, me puse el abrigo bueno.

No sé por qué el bueno; me lo puse, eso es todo, como se hacen las cosas que una hace quince años tarde.

Mi padre estaba en su silla con la libreta, y al verme arreglada me miró de arriba abajo y asintió con una solemnidad de padrino.

Felisa, que pasaba la aspiradora por el recibidor, la apagó un segundo:

—La calle de la Escuela es la que sube del mercado —dijo—. La panadería de la esquina, subiendo, el segundo portal.

—Eso es —dije, y me sorprendió que lo supiera, y luego no me sorprendió: Felisa sabía los portales de esta ciudad como sabía los cajones de esta cocina, por oficio y por necesidad.

La niebla del viernes era de las finas, de las que mojan la cara sin empapar, y caminé despacio hacia el casco antiguo con las manos en los bolsillos y quince años en la espalda.

La calle de la Escuela subía del mercado en cuesta, empedrada, con las casas viejas de dos alturas y las macetas en los alféizares.

El segundo portal era de piedra oscura, con un portalón de madera comido por abajo y una placa de timbres de las de antes, con las tiras de papel manuscritas.

Arostegui, tercero izquierda. La letra de la tira era temblosa y vieja y estaba escrita en azul, y me quedé mirándola como se mira un acantilado antes de saltar. Apreté el timbre.

El portero sonó al momento, como si alguien estuviera esperando con la mano puesta, y subí los tres pisos por la escalera estrecha, oliendo a cera y a puchero, con el corazón haciendo un ruido administrativo en los oídos. En el tercer rellano, con la puerta ya abierta, estaba Miren.

La reconocí en el acto y no la reconocí: el pelo, antes castaño y revuelto, era ahora blanco y corto, muy corto, con esa valentía de las mujeres que deciden que el pelo ya no es asunto suyo; la cara era más estrecha, las manos iguales, grandes y venosas, manos de amasar.

Llevaba una chaqueta de punto gorda, morada, y las zapatillas de estar por casa, y me miraba con los dos brazos quietos a los lados, sin abrirlos, y con una cara en la que había quince años apilados como platos.

—Por fin —dijo.

No dijo hola. No dijo cuánto tiempo. Dijo por fin, que era las dos cosas y una tercera que no tenía nombre, y se hizo a un lado para dejarme pasar, y yo entré en la casa de Miren Arostegui con la garganta cerrada y los ojos bajos, como se entra en las iglesias.

El piso era pequeño y estaba lleno de luz y de cosas: plantas en la galería, libros en pilas por los rincones, una mecedora junto a la ventana con una labor de punto encima, abierta, como una conversación a medias.

Olía a café y a lavanda. En la pared del salón-comedor, entre cuadros de barcos y un reloj de péndulo, había fotos en marcos pequeños, y una de ellas era mi madre: mi madre y Miren, jóvenes, sentadas en un muro con las piernas colgando, riéndose de algo que quedaba fuera de la foto.

Me quedé delante un segundo. Miren, detrás de mí, dijo:

—Esa es del setenta y ocho. El verano del muro. Ya estábamos las dos como estábamos siempre, riendo de algo que no se podía contar.

—Yo me acuerdo de usted riendo —dije—. En casa. Los jueves. Mi padre se iba al taller.

—Se iba porque se reía demasiado alto, decía —dijo Miren, y se le movió la boca—. Tu padre siempre tan suyo. Siéntate, hija. Café, ¿no? Lo tengo hecho.