Capítulo 6 — El caserío #3
El miércoles fue también día de mercado, y después de comer salí con mi padre a la plaza, porque el médico decía que caminara y porque la ciudad de los miércoles era la ciudad de verdad: los puestos de la fruta, las verdaderas con delantal, el olor a pescado y a manzana, los carritos.
Mi padre caminaba despacio, con mi brazo, y la gente lo saludaba como se saluda a los de allí: sin lástima, con chistes, con palmadas en el hombro bueno.
En el puesto de la verdura, una mujer mayor con un pañuelo anudado bajo la barbilla nos miró un rato y luego me señaló a mí con el puñado de judías:
—Tú eres la hija de la Garmendia. La de Amaia.
Dije que sí, con mi padre agarrado a mi brazo.
—Se te ve —dijo la mujer—. Tienes su cara.
Yo compraba aquí con tu madre todos los miércoles, hija, todos los miércoles del mundo.
Y con tu abuela antes, que en paz descanse.
Los del caserío, qué familia. Cuando vendieron aquello se habló una temporada entera: que si se lo quedaba el pueblo, que si se lo quedaba la maderera…
Tu madre salió de aquello con la cabeza alta, eso te lo digo yo. Con la cabeza bien alta.
Le compré medio kilo de judías y unas manzanas, y mi padre señaló las peras y compramos peras también, y la mujer le dijo a mi padre «Patxi, qué buena cara tienes, la chiquilla te cuida bien», y mi padre asintió y sonrió con la media cara, y seguimos andando.
Pero la frase se me quedó puesta: tu madre salió de aquello con la cabeza alta.
La venta del caserío había sido un asunto de la ciudad —se habló una temporada entera—; todo el mundo la recordaba; y dentro de nuestra casa, en cambio, aquellos trece millones de pesetas habían pasado treinta años siendo «el taller de papá».
Lo que la ciudad sabía, la casa no lo decía.
Empezaba a entender que esa era la regla, y no el accidente.
Aquella noche, después de cenar, con Jon ya ido y la casa en la paz de los dos, me senté delante de mi padre con la libreta cerrada entre los dos y le hice la pregunta que llevaba tres días creciendo.
—Aita. Quiero preguntarte por mamá. —Mi voz salió más baja de lo previsto; no la corregí—. Por su último año. El de la enfermedad.
Mi padre se quedó muy quieto. La lamparilla le daba de lado y la mitad de la cara se le quedaba en sombra, la mitad buena, y en la otra mitad le brillaba el ojo.
No sé cuánto rato pasó. Yo no moví nada, ni las manos; he acompañado a mucha gente al borde de una palabra difícil y sé que el borde no se pisa: se espera.
Al final mi padre respiró hondo —lo oí llenar el pecho, una maniobra entera— y abrió la libreta, y soltó el bolígrafo de la goma, y escribió.
Le llevó un rato. La mano ya no se le desmontaba; las letras se le quedaban en la línea, desniveladas pero en fila, como soldados cansados que aguantan la formación. Escribió una frase corta. Y me giró la libreta:
«Pregunta a Miren.»
Miren.
Me quedé mirando el nombre como se mira una foto que una no esperaba.
Miren Arostegui. La amiga de mi madre. La de la calle de la Escuela, la que venía a merendar los jueves y se reía tan alto que mi padre salía al taller, la que me había enseñado a hacer punto una tarde de lluvia, la que en el funeral me había abrazado tanto rato que me dolieron las costillas y me había dicho al oído una frase que quince años habían borrado.
Quince años sin oír ese nombre. En mi cabeza de adulta de Madrid, Miren era un dato de la infancia, una señora de una calle; y de pronto, en la letra de la izquierda de mi padre, era una dirección. La única que él me daba.
No había escrito «de eso no se habla». No había cerrado la libreta.
Mi padre, el hombre que había pasado treinta años dejando que la casa callara lo que la ciudad sabía, me acababa de dar una puerta y un nombre, y el nombre no era el de Jon, ni el de la tía Maite, ni el de ningún papel: era el de la mejor amiga de mi madre.
La primera persona a la que me mandaba era a ella.
—¿Miren Arostegui? —dije, por decir algo, por oír el nombre entero en la cocina.
Asintió. Y cerró la libreta con la palma, despacio, y apoyó la mano encima, y esta vez el gesto no era de ocultar nada: era de haber terminado.
Se levantó. Lo acompañé a la escalera y lo vi subir, peldaño a peldaño, la barandilla haciendo el trabajo del lado derecho, y no volví la cabeza hasta que oí su puerta.
Aquella noche archivé la nota con su fecha —seis de octubre, siete hojas ya— y me quedé en la cama pensando en la geometría de lo que estaba pasando.
Yo había preguntado por el último año de mi madre, y mi padre no me había contestado: me había mandado.
Hay una diferencia entre las dos cosas que cualquier logopeda reconocería: contestar es usar la propia voz; mandar es señalar otra voz.
Mi padre, que tenía tan pocas palabras y las gastaba con tanto cuidado, había decidido que aquella historia no la contara él.
Que la contara Miren. Y una parte de mí —la parte que tenía veinticuatro años para siempre, la que quince años antes había salido de aquella ciudad con una maleta y una frase que no pensaba volver a oír— entendió, con un frío limpio en la nuca, que si mi padre me mandaba a preguntar a la amiga de mi madre por el último año de mi madre, era porque había algo de aquel año que él no podía contarme.
No «no quería»: no podía. Ya distinguía sus negativas.
El nombre de mi madre era, en aquella casa, una puerta que solo se abría con una contraseña. Y la contraseña, al parecer, se llamaba Miren.