La que vuelve (Nadie duerme solo 3) Capítulo 6 — El caserío #2
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Capítulo 6 — El caserío #2

Porque la frase de mi infancia —la frase que yo había oído en aquella cocina quinientas veces, en boca de mi padre, de Jon, de las visitas— era otra: «papá levantó esta casa», «el taller se lo hizo él», «lo que hay aquí se lo debe todo a estas dos manos».

Y no era mentira del todo, eso hay que escribirlo también: mi padre se había dejado la vida en el taller, eso lo había visto yo con mis ojos de niña, las manos, las virutas, los sábados.

Pero el dinero —el dinero de la entrada de la casa, el dinero de las máquinas, el dinero que hace que dos manos puedan empezar a dejarse la vida en algo propio— había entrado por otro sitio.

Había entrado por la puerta del caserío, es decir por la familia de mi madre, es decir por mi madre.

Trece millones de pesetas firmados por dos hermanas Garmendia en la primavera del noventa y cuatro.

Y en treinta y pico años de sobremesa, en aquella casa, yo no le había oído nunca a nadie decir la palabra caserío junto a la palabra dinero.

—Esto —dije, con la copia todavía en la mano— yo no lo sabía.

Mi padre me miraba. No hizo sí ni no. Hizo la tercera cosa, la de los hombros, la lentitud cansada, y luego bajó la vista a la caja de fotos, y con la yema de los dedos apartó dos o tres hasta encontrar una —mi madre de pie en el prado, joven, con el pelo suelto y una mano en la cadera, mirando a cámara como quien no tiene prisa— y la dejó encima de la mesa, a la vista, y no la volvió a guardar.

La foto se quedó en la mesa toda la tarde.

Yo no dije nada. Había cosas que mi padre no podía escribir y se las apañaba sacando a la gente de las cajas.

El martes fue día de ambulatorio y lo llevé yo, como todas las semanas desde que llegué.

La logopeda joven le hizo lectura de frases y denominación por categorías, y al final, en la puerta, me dijo que el señor Bengoa había tenido una buena quincena: «Se le van recuperando fonemas.

La escritura también mejora, ¿verdad? En casa escribe mucho, me han dicho.

» Me han dicho. Lo registré: Felisa, o Jon, informaban al ambulatorio de que mi padre escribía mucho en casa.

Era un dato inocente; era también un dato que viajaba por los conductos de siempre, a los que yo no tenía acceso.

Volvimos andando despacio, con mi padre señalando los escaparates de la avenida con la barbilla, y por el camino le conté lo del cuaderno azul —que me lo quedaba unos días, que la letra de antes me servía para ver lo que subía la de ahora— y él escuchó caminando, y al llegar a la curva de la calle de la Estación me apretó el brazo dos veces, que era su manera nueva de decir que sí a algo grande.

El martes por la noche Jon vio el cuaderno azul y la caja de galletas encima de la mesa de la cocina. Yo no los había recogido; fue una decisión, no un descuido: quería ver la cara.

—¿Y esto? —dijo, colgando la chaqueta.

—Los cuadernos viejos del taller —dije—. Los he bajado del desván. Para el trabajo: ver la letra de antes, comparar. Y una caja de fotos.

Jon se acercó, cogió el cuaderno, lo hojeó con la naturalidad de quien hojea lo suyo —y era un poco suyo, pensé: él trabajaba aquel taller, conocía aquellas páginas mejor que yo— y lo dejó donde estaba.

—Vaya yuyu da eso ahora —dijo, y no dijo más, y yo no supe si el yuyu se lo daba la letra de antes o el hecho de que yo hubiera subido al desván.

Fue a la cena —tortilla y ensalada, martes, el puré de Felisa ya se había acabado el lunes— y fue en la sobremesa, con mi padre ya mirando la tele en el salón con el volumen bajo, cuando saqué la escritura. La tenía doblada en mi libreta. No la saqué entera: saqué la pregunta.

—Jon, el caserío de los abuelos. ¿Cuánto se sacó por él?

Mi hermano se sirvió vino. No bebió.

—¿Por qué quieres saber eso ahora?

—Porque he encontrado la escritura en la caja de las fotos. Trece millones de pesetas, mil novecientos noventa y cuatro. El año de la casa. El año del taller.

—Ya —dijo Jon. Y entonces lo hizo: la versión, administrada con la soltura de quien la ha administrado toda la vida—.

Sí, bueno, lo del caserío. Eso era de mamá y de la tía Maite, sí.

Se vendió y con eso se pagó la entrada de esto, supongo.

¿Y? —Se encogió de hombros, y ahí venía la otra mitad, la que interesaba—.

Pero esta casa la levantó papá. La hipoteca la fue pagando él mes a mes con el taller, que se montó él desde abajo, con estas dos manos.

Eso no lo discute nadie, Leire. Ni los papeles.

—Yo no lo discuto —dije, y era verdad—. Solo digo que el dinero entró por la familia de mamá. Que yo sepa, en esta casa eso no se ha dicho nunca.

—Pues claro que se ha dicho —dijo Jon, y recogió los platos, y habló ya de espaldas, hacia el fregadero—. Se ha dicho lo que había que decir. En su momento. La gente no va por ahí contando de quién era cada duro, Leire. La gente tira adelante.

La gente tira adelante. Guardé la frase con las demás, en el archivo de la cabeza, que ya funcionaba solo.

Y lo que me quedó de aquella conversación no fue lo que Jon había dicho —que era, pieza a pieza, casi todo cierto, y ahí estaba el problema, que las mejores versiones se construyen con piezas ciertas— sino lo que no había dicho: en ningún momento había pronunciado el nombre de nuestra madre.

«Lo de mamá», «la tía Maite», «la familia», «el caserío».

Trece millones de pesetas habían entrado en aquella casa por una mujer cuyo nombre mi hermano había rodeado toda la sobremesa sin tocarlo, como se rodea un charco.

Ya en la puerta, con la chaqueta puesta, lo intenté una vez más, con la voz baja para que no llegara al salón:

—Jon. El último año de mamá. ¿Cómo fue?

Mi hermano se quedó con la mano en el pomo. No se giró del todo.

—Fue un año muy malo, Leire —dijo—. Ella estaba enferma y se apagó, y nosotros… —ahí se paró; lo vi tragar, o fingir que tragaba, que con Jon ya no sabía—. Nosotros hicimos lo que se pudo. No le des más vueltas, que no hay vuelta buena.

Y se fue. No le des más vueltas. Media frase sobre el año entero de una mujer —estaba enferma y se apagó— y una orden al final: no le des vueltas.

Apunté también eso, en el mismo archivo: en esta casa, preguntar por el último año de mi madre producía en todos el mismo movimiento —la media frase, el paño escurrido, el pomo en la mano—.

Todos sabían dónde no pisar. Todos menos yo, que no sabía ni dónde estaba el suelo.

El miércoles lo intenté con Felisa, de pasada, como se intentan las cosas que una sabe que no van a salir.

Felisa fregaba los cacharros de la comida y yo secaba, que se había vuelto nuestra manera de hablar: el fregadero era el único sitio de la casa donde dos mujeres podían quedarse de pie juntas sin que pareciera una reunión.

—Felisa, ¿usted conoció a mi madre?

—No, hija —dijo—. Yo entré aquí en dos mil veinticinco. La señora llevaba años… —dejó la frase, escurrió el paño—. No, no la conocí.

—¿Y en casa se habla de ella? ¿El señor…?

Felisa se quedó quieta un segundo, con las manos dentro del agua. Luego dijo, despacio, mirando el fondo del fregadero:

—El señor a veces saca la foto del salón. La de ella delante del caserío. La mira un rato y la vuelve a poner. Y una vez… —se corrigió; lo vi, la vi decidir no decirlo, con los hombros—. Nada. Cosas de la casa. No es asunto mío, Leire. Yo cuido al señor.

Yo cuido al señor. Era la frase con la que Felisa cerraba todas las puertas, y era una frase honrada, y era también una frase con una cerradura dentro: cuidar al señor quería decir saber cosas del señor, y no contarlas.

Dejé el paño de secar y no insistí. Pero caminé toda la tarde con la media frase colgada: y una vez qué.

Qué había visto u oído Felisa una vez, delante de la foto del caserío, para que se le hubiera quedado guardado con ese cuidado.