La que vuelve (Nadie duerme solo 3) Capítulo 6 — El caserío
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Capítulo 6 — El caserío

El lunes empecé a buscar la letra de antes.

No fue un arranque de detective; fue, como casi todo lo que hacía yo en aquella casa, una necesidad de oficio disfrazada de quehacer.

Llevaba quince días archivando la escritura de la izquierda de mi padre —seis hojas ya, seis fechas, una curva empezando a dibujarse— y toda curva necesita su punto de origen: para decir cuánto sube una mano hay que saber desde dónde sube, y para saberlo hay que tener el antes.

El antes de mi padre era una letra de derecha apretada e inclinada que yo recordaba de mil sitios —de las notas en el taller, de los «vuelvo enseguida» en la puerta de la cocina, de mi boleta de notas firmada con un solo trazo— pero del que no tenía ni una muestra reciente.

Nerea me había dicho que el ocho de marzo firmó con mejor pulso que el suyo.

Eso era un testimonio. Yo necesitaba papel.

Desayunamos, hicimos la sesión —nombres de oficios, que le gustaban porque le tocaban: carpintero, cerrajero, tornero; clavó los tres y bufó de orgullo, que era un bufido distinto del otro— y cuando recogía las tarjetas le pregunté, con la voz de todos los días:

—Aita, ¿guardas cuadernos viejos? De antes. Cosas escritas por ti, con la derecha. Apuntes del taller, cuentas, lo que sea.

Se quedó pensando. No la pausa de medir: la otra, la de buscar, la ceja subida, la vista perdida en el inventario de su propia casa. Luego levantó la mano izquierda y señaló el techo.

—¿Arriba? —dije—. ¿En el desván?

Asintió. Y añadió un gesto que me costó traducir: la mano plana, horizontal, bajando por pisos, hasta quedarse a la altura de la mesa. Cajas. Piso a piso. Arriba del todo. En el desván, en cajas.

—¿Subo a buscarlos?

Asintió otra vez, y me miró con esa manera que tenía ya de despedirme a los recados, la vista clara, sin ansiedad: ve, yo espero.

Mi padre se había convertido, sin que nadie se lo propusiera, en el hombre que espera abajo mientras otros suben.

Lo pensé bajando la escalera de tijera del desván, y me pareció una de las frases más tristes que me había hecho nunca, y me la guardé, y seguí.

Era la segunda vez que subía. La primera había sido la semana anterior, el miércoles, buscando otra cosa —buscando el papel de mi madre que Jon decía que «estaría en alguna caja»— y había bajado con las manos vacías y una certeza incómoda: allí arriba no había nada escrito por ella.

Aquella vez no había buscado nada de mi padre; ahora subía con encargo suyo, que era una diferencia que me gustaba, aunque fuera pequeña: la primera vez subí a escondidas de una explicación; esta vez subía con permiso.

El desván de la calle de la Estación era el desván de siempre: el bombillón pelado colgando del cable, el suelo de tablas que contestaba, el olor a madera vieja y a polvo tibio, y la luz de octubre entrando por el ventanuco redondo como una moneda sucia.

Allí seguía el inventario que ya me sabía: la bicicleta de Jon de los ochenta, con el manillar cromado y una rueda pinchada desde antes de que yo me fuera; el somier apoyado contra el muro; la caja de herramientas viejas, las del abuelo, con las iniciales quemadas a fuego en la tapa; y en el rincón, apiladas y cerradas con cinta de embalar, las tres cajas rotuladas «ropa amama» con la letra de rotulador de mi hermano.

Me paré delante de las tres cajas un momento.

No las toqué. Lo pensé —sería hipócrita escribir que no lo pensé: tres cajas cerradas con la ropa de mi madre, la letra de Jon en el rótulo, y yo con las manos libres y la casa abajo—, pero no era ese el camino y lo sabía con una claridad que no venía de la ética sino del oficio: las cajas que alguien ha cerrado no se abren a solas la primera vez; se abren delante, o no se abren.

Todavía no sabía delante de quién. Bajé la vista, seguí buscando, y detrás del somier encontré lo que había venido a buscar: una caja de cartón sin rotular, medio aplastada por una tabla, con un lomo de cuaderno asomando por una esquina rota.

Eran los cuadernos del taller. Los reconocí antes de sacarlos: tapas duras de cuadrícula, de los de toda la vida, con el año escrito en la portada con rotulador grueso.

Había una docena. Los fui sacando y sentándolos en el suelo como se sienta a la gente: mil novecientos noventa y ocho, dos mil tres, dos mil siete, dos de los noventa con las esquinas comidas por la humedad, y uno azul, el último de la pila, que ponía dos mil veintiséis.

Me lo quedé en las manos. No lo abrí allí; el polvo y la media luz no eran sitio.

Me lo llevé abajo, con la caja de las fotos que encontré al lado —una caja metálica de galletas, de las de tapa dura, que pesaba lo suyo y no sonaba a galletas— y dejé el desván como estaba, con sus tres cajas intactas y su polvo repuesto sobre mis huellas.

Mi padre estaba donde lo había dejado, en su silla, y al verme bajar con el cuaderno azul hizo una cosa que no le había visto: sonrió con la cara entera, o con toda la cara que le obedecía, y se llevó la mano izquierda al pecho, dos golpecitos. Su libro. Su año.

Nos sentamos a la mesa de la cocina, uno enfrente del otro, y abrimos el cuaderno de dos mil veintiséis.

Era un cuaderno de encargos. Cada página era un trabajo: el nombre del cliente arriba, subrayado; las medidas en columnas, con las marcas de fracción de la madera; el presupuesto en una esquina; la fecha de entrega al final, con una crucecita cuando se había entregado.

Y la letra —eso era lo que yo había ido a buscar, y aun así me dio en el pecho—: la letra de la derecha de mi padre, apretada, inclinada, uniforme, sin un titubeo, página tras página, mes tras mes.

Enero de dos mil veintiséis: un estante para la librería de la calle Mayor, entregado, crucecita.

Marzo: una cómoda. Junio: puertas para un piso de la urbanización.

Mi padre pasaba las páginas con la mano izquierda, despacio, con la yema del pulgar, y yo miraba la letra y miraba su mano y calculaba sin querer: aquello lo escribió esta mano, la otra, la que ahora estaba aparcada en el mantel como una maleta.

Las páginas de septiembre —el septiembre de los «episodios», el septiembre de la primera nota de la historia clínica, «olvida citas, repite preguntas»— tenían dos encargos cerrados, con medidas exactas al milímetro y un precio corregido con una sola raya limpia.

Un hombre que pierde las citas no entrega puertas al milímetro.

Un hombre que repite preguntas no corrige presupuestos con una raya sola.

No escribí nada de eso en voz alta; mi padre pasaba páginas y no necesitaba mi voz.

El cuaderno azul acababa en junio de dos mil veintisiete —me explicó por gestos que había otro, que estaba en el taller, el del año actual— y la última página escrita tenía fecha del catorce de junio: un armario empotrado para un tal Goicoechea, medidas, presupuesto, entrega prevista «primera semana de julio».

Sin crucecita. Cinco días después de aquella fecha, la mano que había escrito aquella página dejó de obedecer para siempre.

Cerré el cuaderno despacio, como se cierra la puerta de un cuarto donde alguien duerme.

—Me lo quedo unos días —dije—. ¿Puedo? Para el trabajo. Para ver cómo vas.

Mi padre asintió. Y luego señaló la caja de galletas, que yo había dejado a un lado de la mesa, y me la empujó hacia mí con el borde de la mano: abre.

Abrí la caja de las galletas y dentro no había galletas ni costura, que era lo que las cajas de galletas guardaban en mi infancia: había fotos.

Fotos sueltas, desordenadas, de las de antes, con los bordes blancos y los colores ya corridos hacia el naranja.

Y casi todas —lo vi a la tercera, y luego no pude dejar de verlo— eran del mismo sitio: un caserío de piedra con un portalón de madera y un prado delante, y geranios en el balcón de madera, y al fondo, en las que eran de verano, la línea baja de los montes de detrás de la ciudad.

El caserío. El caserío de los abuelos, el de mis veranos de niña, el que salía en la foto del salón con mi madre joven y yo en brazos.

Estaba todo él en aquella caja: mi abuelo delante del portalón con la txapela; mi abuela sentada en un poyo con un gato; mi madre y su hermana, las dos jóvenes, riendo con la cabeza echada atrás, con unos vestidos de domingo y unas chanclas de estar por casa, esa mezcla de las fotos de los pueblos; y en una, la más vieja, mis abuelos el día de la boda de mi madre, ella de blanco delante del caserío, con la casa de piedra entera detrás como un padrino.

Debajo de las fotos, doblado en cuatro, había un papel oficio.

Lo desdoblé sobre la mesa, con cuidado de los dobleces viejos, y era una copia simple de escritura pública: la venta del caserío.

Fecha: primavera de mil novecientos noventa y cuatro.

Vendedoras: doña Amaia Garmendia y doña Maite Garmendia, hermanas, herederas.

Comprador: una empresa de maderas de la provincia.

Y el precio, escrito en cifra y en letra, una cantidad en pesetas que a mí me sonaba a otra época —trece millones de pesetas— y que mi cabeza tradujo sin ayuda, porque yo tenía seis años aquella primavera y recordaba aquel año entero por otros motivos: aquel año compramos la casa de la calle de la Estación, y aquel año mi padre dejó de ser el oficial del taller de otro y abrió el suyo propio, con maquinaria nueva, en el local de la calle del Depósito.

Me quedé leyendo la escritura mucho rato, aunque ya la había leído.