Capítulo 5 — Lúcido #3
Cuando volví a la mesa, mi padre seguía igual: la libreta cerrada, la mano izquierda encima, los ojos en el mantel.
Me senté enfrente y no dije nada, porque no había nada que decir que no fuera peor que el silencio, y porque llevaba dos semanas aprendiendo que con él el silencio no era vacío: era una habitación compartida.
Al cabo de un rato él levantó la vista. Nos miramos.
No sé lo que él vio en mi cara; yo en la suya vi una cosa que me costó nombrar, y era esto: alivio.
No alegría, no triunfo —alivio, el alivio de quien ve por fin que una conversación que temía ha ocurrido y la casa sigue en pie—.
Hizo con la barbilla el gesto de la escalera: se iba a acostar, era la hora.
Lo acompañé hasta abajo, le dejé el vaso y la medicación preparados, y al volverme en la puerta me dijo con la boca torcida, despacio, juntando las sílabas como quien junta tablas: «Bien.
» Una palabra sola. La única que necesitaba aquella noche.
El sábado amaneció limpio, con la niebla rendida por primera vez en días y un sol bajo que entraba en la cocina hasta la mitad de la mesa.
Mi padre y yo pasamos la mañana solos —Felisa no trabajaba los fines de semana, Jon abría el taller como todos los sábados— y fue una mañana buena, de las que yo ya sabía que tenían que quedar escritas aunque no pasara nada: él hizo sus ejercicios de la tarjeta sin que se los mandara; merendamos temprano; me dictó por gestos una lista de la compra absurda y corta —pan, huevos, y su colonia, que se le acababa— y se rio con la mitad de la cara cuando yo no entendí el gesto de la colonia y lo hizo tres veces, cada vez peor, de broma.
A media tarde, cuando yo recogía la mesa de la merienda, oí el roce de la libreta.
Mi padre la había abierto y escribía. Me sequé las manos y esperé, de espaldas, fingiendo fregar, como se espera en terapia: sin mirar mientras escribe.
Tardó lo suyo. La mano le temblaba lo de siempre, pero las líneas ya se le quedaban en su renglón, las palabras ya no se le derramaban fuera de la fila; yo lo veía por el rabillo del ojo en el reflejo del grifo, que es un sitio absurdo desde el que querer a alguien.
Al final carraspeó. Me giré. Él me había girado la libreta hacia mí.
«Pregunté yo. Que vieran que estoy bien.»
Lo leí despacio. La ortografía, entera. La subordinada de finalidad, entera.
Y el sujeto: pregunté yo. Él. Él lo había pedido.
Él había subido solo a aquella notaría —en taxi, ida y vuelta, contado con una mano— a preguntar cómo se hacía para que constara que estaba en plenas facultades, porque quería que lo vieran.
Que vieran que estaba bien. No para ganar nada: para que constara.
Mi padre, con setenta y tres años y toda una vida de hablar poco, había hecho la cosa más rara que puede hacer un hombre silencioso: había ido a gritar por escrito.
—Ya —dije, y se me quebró la voz en la sílaba—. Ya lo sé, aita. Estuve allí. Me lo contó la notaria.
Él asintió. Y entonces, en vez de cerrar la libreta, levantó un dedo de la izquierda —espere, decía ese dedo, todavía no— y volvió a bajarla a la página.
Escribió otra vez. Más corto. La punta del bolígrafo apretaba más, y el temblor le subía por el antebrazo, y las dos palabras le salieron hundidas en el papel, grandes, desniveladas, con la línea quebrándosele hacia abajo al final como la primera noche:
«No bastó.»
No bastó. Lo leí, y lo leyó también la casa entera en silencio —la lamparilla, la radio apagada, el pastillero de colores—, y entendí lo que aquello quería decir con una claridad que me sentó mal, físicamente, en el estómago: que él ya lo había intentado.
Que antes del ictus, antes de mí, antes de todo, mi padre había visto venir la otra historia —la de que se perdía, la de que decía cosas raras, la que solo una boca contaba— y había hecho lo único que un hombre de papel puede hacer: dejar constancia ante una notaria, con fecha, con su firma de pulso firme.
Y no había bastado. La otra historia había seguido caminando igual, por los consultorios y por los teléfonos y por mi recibidor la primera noche, porque un papel guardado en un protocolo no llega a los oídos donde una voz llega todos los días.
Él lo sabía. Llevaba meses sabiéndolo. Y me lo había escrito ahora a mí, no como queja —mi padre no se quejaba por escrito; escribía partes— sino como entrega: aquí está lo que hice; mide tú ahora lo que queda.
Le puse la fecha a la nota delante de él —dos de octubre— y la archivé con las demás, seis ya, y al cerrar la libreta de trabajo supe que la pregunta de la hoja de la impresora ya no era una pregunta de mi oficio ni una sospecha de hija resentida.
Era el centro de la casa. Quién había fabricado la otra historia, desde cuándo exactamente, y para qué la necesitaba: eso era lo que yo había venido a averiguar sin saberlo, quince años después, a la mesa donde mi madre había pelado la fruta.
Por la noche, ya en mi cuarto, escuché a mi padre arrastrar el paso por el pasillo hasta su cuarto, paso y arrastre, la palma en la pared en la curva, y pensé que aquel hombre había perdido una batalla a solas en marzo y había empezado otra en septiembre, con una libreta, un bolígrafo atado con una goma y una hija que fechaba sus palabras. Y que esta vez no iba solo.